28. Un trato
Un trato
Aparecieron poco antes del amanecer, aún protegidas por la suave noche. Nélida y Loire se pusieron delante de ella, casi como si creasen una barrera protectora que, a esas alturas, resultaba inútil.
Eran al menos diez nereidas, además de su cabecilla, que Neve reconoció de inmediato. Era la mano derecha del Emperador entre esas criaturas.
—Inna, cuánto tiempo.
—¿Pudiste salvar a ese capitán? Al menos dime que te lo pasaste bien con él.
La capitana resistió la urgencia de acariciar la pulsera que colgaba en su muñeca izquierda, además de controlar la rabia que le provocó el tinte tan sexual con el que la nereida se había referido a Vasilak.
—Ya sabéis por qué os he llamado, así que no alarguemos esto más de lo indispensable. Sé que queréis el trozo de espejo, pero no me cabe duda de que yo soy más valiosa, así que le ofrezco un trato a vuestro líder.
Notó la mirada de Nélida y Loire, y las nereidas soltaron una risita cruel.
—En lugar de proponérmelo a mí para que lo transmita, ¿por qué no se lo dices tú misma?
Neve se tensó, pues no se esperaba aquello. Y, por la reacción de sus amigas sirenas, dedujo que ellas tampoco. Inna se contorsionó y Neve no sabía con certeza qué pasaría después, pero sí quién diría las siguientes palabras.
La nereida se detuvo en seco y sus compañeras se alejaron de ella, como si la temieran al sentir que su cuerpo había sido poseído.
—Un placer ver al fin a la descendiente de mi único gran amor.
Neve alzó la cabeza en un ligero gesto de desafío.
—Hola, Azazel.
El Emperador fingió un escalofrío.
—Hace muchísimo tiempo que no me llaman por mi nombre, y preferiría que continuara siendo así. Tú y yo sabemos mejor que nadie el poder que tienen los nombres.
Se acercó a ella, y fue perturbador ver cómo físicamente estaba delante de aquella criatura femenina, pero el aura y, sobre todo, los ojos y el alma de otro ser.
De uno de los grandes dioses oscuros.
—He oído que quieres ofrecerme un trato —ronroneó, mirándola de arriba abajo.
De pronto Neve fue demasiado consciente de la arena húmeda bajo sus pies; del viento acariciando y erizando su piel; de los sonidos de la selva tras ella; de las olas rompiendo en la playa en una sucesión infinita de besos y abrazos entre la tierra y el mar.
El alba se insinuaba en el horizonte, prometiendo un amanecer dolorosamente hermoso y cruel, pues Neve supo que sería el último que vería.
—Así es —respondió con firmeza—. Iré contigo y permaneceré a tu lado con la condición de que dejes la superficie en paz para siempre .
—Es lo más sensato que podrías proponerme. Puede que solo seas una semidiosa gracias al linaje de Gradhella —se llevó la mano al pecho tras decir su nombre—, pero sigues siendo algo más que una simple mortal, Nevedhia. Y debemos estar a la altura.
»Mi reino te aguarda en las profundidades. Y yo te recibiré a sus puertas para darte la bienvenida a tu nuevo hogar.
Neve asintió, tragando saliva y apretando los puños. El resto de las nereidas rieron con placer mientras él, aún en el cuerpo de Inna, regresaba al agua.
—Espero que te hayas despedido de tus seres queridos.
—Nadie me echará de menos —le aseguró con voz neutra—. He venido porque estoy lista para irme contigo.
—Una delicia para mis oídos, tus palabras —susurró, y se giró de nuevo para encararla—. Entiendo en parte por qué Gradhella huyó de mí a la superficie. Es... cautivadora, pero las profundidades lo son aún más. Por cierto, admirable tu trabajo con Caribdis. Esa criatura es fiera.
«Yo también lo soy», quiso responder, pero calló.
Lo había dejado todo preparado y, como le había dicho, estaba lista para irse con él y morir, porque sabía que, una vez allí abajo, Azazel acabaría con ella.
Neve O’Shea nunca había temido a la muerte y, desde luego, no la temía en ese momento; conociendo su legado y con la profecía en la memoria, supo que ese era el camino correcto.
Que su sacrificio los salvaría a todos.
Un alma por la de miles, millones quizá.
No, no la echarían de menos.
Se las apañarían sin ella; lo habían hecho antes y lo harían entonces.
—Abandono ya este cuerpo... impuro —gruñó el Emperador con esa voz que sonaba tan extraña, como si llevase tiempo sin usarla—. Recuerda: te espero allí abajo, semidiosa.
La nereida cayó desplomada en la orilla y Neve supo que el dios oscuro se había retirado.
Inna se puso de rodillas, recuperándose, y la miró.
—Te vienes con nosotras.
Neve pasó entre Nélida y Loire, susurrando un «Volved a vuestro hogar, chicas. Ha sido un placer».
Esta vez ninguna se movió, pues en el fondo sabían que no había solución alguna. La joven capitana avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura, y las nereidas la asieron entonces desde debajo, sumergidas para huir de los tímidos rayos de luz que empezaban a acariciar el cielo.
Neve levantó la vista hacia los primeros indicios del amanecer, los tonos anaranjados, las oscuras nubes disipándose poco a poco y dejando un cielo parcialmente despejado. Echó un último vistazo a las dos lunas que flotaban en el firmamento y a las estrellas que empezaban a desvanecerse.
Y, no supo por qué, o tal vez no quiso admitir el motivo, la última persona que acudió a su mente mientras empezaba a hundirse en el agua y disfrutaba por última vez de la luz del sol fue él.
Un capitán de tez y cabellos oscuros, de corazón noble y alma leal, incansable en la lucha, de ojos dorados como el oro recién pulido para ser admirado, de temperamento complicado, pero con un fondo dulce que hacía poco había dejado salir a la superficie.
Retenida por las nereidas, Neve cerró los ojos y dejó que sus párpados se impregnasen del calor del sol.
Respiró con sus pulmones de humana y notó cómo sus dedos, sus pies, sus piernas la llevaban bajo la superficie por última vez.
Con la imagen de Vasilak Rackstorm entregándole horas atrás la pulsera que en ese momento colgaba en su muñeca izquierda, Neve se sumergió y cambió a su otro yo.
Cuando su forma de sirena fue lo único que quedó de ella y sus sentidos acuáticos cobraron vida, por primera vez se dio cuenta de que la chica con piernas y la chica con aletas no eran tan distintas; que lo que le había mostrado Zóferas cuando se había adentrado en lo más profundo de su espíritu era lo más parecido a un juicio final que la joven había experimentado.
«Soy yo, no importa en qué forma. Soy yo y siempre lo seré», se dijo a sí misma, y prometió que aquellas palabras la acompañarían hasta que pereciese bajo la despiadada mano de Azazel.
Aun así, de alguna manera, sintió que la Neve humana y pirata quedaba atrás, varada en la orilla de aquella playa. Y, como nunca, se echó terriblemente de menos.
Dos nereidas la sujetaron de los brazos, sacándola de su último ensueño mientras Inna, esa que intentó ahogar a Rackstorm aquella noche, se acercaba a ella con una sonrisa falsa y retorcida.
Quería arrancarle la cabeza.
— No se puede estar entre dos mundos, O’Shea —oyó que decía en su mente—. El mar siempre gana, y el Emperador también. Qué ganas de que veas nuestro hogar.
La arrastraron hacia el fondo sin miramientos, rodeada por el séquito de nereidas, que se aseguraron de que no hubiera testigos de su marcha.
Poco a poco, Neve sintió que el calor del sol se alejaba de ella y se dejó llevar hacia las profundidades, lejos de todo lo que conocía, de lo que amaba y de lo que, para siempre, anhelaría...
, aunque en realidad nunca había sido del todo suyo, pues tampoco lo merecía; ese era su destino y, tal y como les había prometido a sus padres, cumpliría con el lema de los O’Shea.
«Si has de matar, lo harás. Si has de proteger, lo harás. Si has de morir, lo harás».
Con la imagen de Vasilak Rackstorm acompañándola y la pulsera en su muñeca, lo único cálido que había podido llevarse consigo, Neve mantuvo la frente bien alta mientras se encaminaban al reino hundido de Noros.
Directa hacia su muerte.
Hacía tiempo que no se despertaba entre unos brazos acogedores y la invadió una sensación de tranquilidad. En cualquier otra ocasión, Hazel habría salido corriendo..., pero no en aquella.
Parpadeó, encontrándose con el desnudo pecho de Garret bajo la mejilla. Poco a poco levantó la mirada para encontrarse con que, por supuesto, él ya estaba despierto.
Frunció el ceño, divertida.
—¿Me estabas observando mientras dormía?
Él le sonrió de medio lado, encogiéndose de hombros al tiempo que la acercaba más, si es que eso era posible.
—Ha sido interesante ver cómo roncabas. ¿Tan cómoda estabas que te has relajado del todo?
Hazel puso los ojos en blanco y se echó a reír, lo que provocó el mismo efecto en él.
Bajó la palma de la mano por el pecho masculino y pudo sentir el vibrar de aquella risa, lo que le arrancó un suspiro.
El pirata la atrapó entre sus brazos y la miró con tal intensidad que estuvo a punto de apartar la vista.
Pero no. Ella no era de las que huían de un reto, sino de las que ofrecían otro mucho mejor.
—Yo no he sido la que suspiraba en sueños «Hazel, Hazel...». —Garret chasqueó la lengua, como queriéndole restar importancia—. Estás un poco obsesionado, ¿no crees?
Con un gruñido, Garret la empujó hacia atrás y la ancló contra el colchón, creando una burbuja para ambos que la joven podría haber roto de haberlo deseado.
Pero no lo deseaba.
Se dio cuenta de que aún llevaba puesta la camisa que él le había dado de entre las pocas pertenencias que tenía en la cabaña, recordando que instantes antes de caer rendida en sus brazos él mismo se la había puesto, para luego enfundarse solo los pantalones.
En ese momento Garret aprovechó para subir sus manos por sus piernas desnudas, poco a poco, lo que la hizo morderse el labio inferior.
—Llevabas razón —musitó ella a milímetros de su boca de manera seductora.
—¿En qué, preciosa?
—En que te manejas bien a pesar de la falta de medio dedo.
En lugar de reír ante la broma, Garret sonrió con suficiencia, su cabello suelto cayendo alrededor de ambos como una cortina que los ocultaba del mundo.