27. Tormenta #8
Estaba de rodillas; la lluvia, fría y letal, la calaba hasta los huesos y la golpeaba de manera incesante, casi como un castigo.
El mar estaba picado y las olas chocaban y se peleaban con las rocas de la playa, mientras que, tras ella, la selva le devolvía el sonido del embate del agua sobre las grandes hojas de los árboles y las plantas tropicales, otras víctimas del aguacero que presenciaban la escena, quiso pensar que con verdadera sorpresa.
En el fondo, lo disfrutó. Dejó que el vestido verde coral se adhiriese a su piel y que su pesado y largo cabello le cayese por la espalda en una cascada, gestos humanos que la hicieron sentir viva.
Elevó la cabeza, sus párpados luchando para proteger sus ojos cuando las gotas de lluvia caían con ímpetu en ellos.
Observó las negras y cargadas nubes, los relámpagos que rasgaban la oscuridad...
, y respiró hondo, abrazándose a sí misma con fuerza en un gesto de sumisión y arrepentimiento que, desde lo más profundo de su ser, odió.
Odiaba mostrarse débil. Odiaba hacer lo que debía.
Pero no le quedaba otra.
El sueño había terminado.
—Supongo que esto es el inicio de mi castigo, ¿verdad? —Habló hacia el cielo y supo que, de haber habido alguien junto a ella, habría pensado que estaba loca—. Lo entiendo, fui egoísta y estoy preparada para lo que venga.
Nadie apareció ni contestó, pero la tormenta pareció ceder, pues la lluvia amainó un poco y los rayos y truenos fueron a menos.
Solo cuando extendió la mano izquierda hacia el cielo, como si quisiera acariciar los relámpagos que refulgían sobre aquella solitaria playa a la que se había dirigido al despedirse de Vasilak y la estatua, fue consciente del regalo que llevaba consigo.
La pulsera con la caracola.
No había pensado llevarse nada, pero ya no podía volver... por lo que aquel objeto la acompañaría en su peculiar travesía.
Se puso en pie y se dirigió a la orilla, dejando que el agua acariciase sus pies descalzos, pues sus botas habían quedado abandonadas a medio camino sobre la arena, empapadas y bien colocadas.
En apenas dos minutos, la tormenta se transformó en una pequeña llovizna mientras las nubes se iban disipando, dejando entrever un cielo estrellado.
Fue entonces cuando lo oyó. En la lejanía, dirigiéndose hacia el oeste.
Hacia donde estaba amarrado el Luz del Alba .
Se giró en dirección al sonido, su corazón latiendo con fuerza y un nudo formándose en su garganta.
Se llevó los dedos a los labios y emitió un silbido tan potente que oyó cómo algunos animales escondidos cerca de ella huían selva adentro.
El cuervo cambió de dirección, yendo hacia ella.
Neve sonrió y levantó el brazo, lista para recibirlo.
El pájaro aterrizó con elegancia, empapado y cansado del viaje.
Y Neve vio el vial de cristal que contenía una nota enroscada.
—Hola, Trix. Buena chica. —Posó el ave sobre la arena, y esta se mantuvo junto a ella, fiel, graznando—. A ver qué noticias tienen Raven y Sage...
La lluvia había cesado, pero aun así tuvo cuidado de no mojar el pergamino.
Leyó despacio.
Hemos visitado al Oráculo y Lamya nos ha acompañado, con el «Dos Lunas», pues tuvimos que requerir de nuevo su ayuda.
Lo que buscábamos era una profecía.
La profecía está relacionada con la Séptima, pero no dice qué es esta exactamente.
El Oráculo nos la compartió. Y conoce a quien la ocultó, pues esta se encuentra bajo un hechizo que impide...
—Las profundidades están cada vez más agitadas, Neve.
Levantó la vista tras leer el pergamino por segunda vez y les dedicó una mueca a Loire y Nélida, tan solo sus cabezas asomando en la superficie.
Habían obedecido a su llamada y también a su petición de que la dejaran sola durante la tormenta, por lo que habían permanecido sumergidas hasta entonces.
—Las cortes submarinas...
—Lo sé. Y acabaré pronto con su inquietud. —Neve hizo una pausa, para luego declarar con rotundidad—: Ha llegado la hora.
Ellas se miraron y asintieron. Neve soltó un hondo suspiro.
—Tenía que pasar —se limitó a responder Nélida.
—Podemos buscar otra solución, Neve. Te lo llevamos diciendo desde hace mucho tiempo... —aportó la otra sirena.
—Y yo lo agradezco —la interrumpió sin alterarse—, pero no me queda otra y acepté mi destino hace muchos años.
—¿Para eso creaste la tripulación? ¿Sabes cómo se sentirán cuando...?
—Nélida —la cortó Loire, cogiéndola por su escamoso hombro—, cuidado con cómo le hablas. Muestra respeto.
—Están preparadas para ello. Lo sé. No me echarán en falta.
— Mientes —escupió Nélida, y su compañera se tensó.
Neve la ignoró con dificultad y se metió aún más en el agua, enrollando de nuevo la misiva y guardándola en el recipiente de cristal.
—Tengo que pediros un último favor.
—No nos lo pidas, Neve —suplicó Nélida, con voz rota. Su tono azulado parecía más apagado de lo normal en aquel oscuro amanecer.
—Llámalas. A las nereidas. Diles que no tengo el trozo de espejo que tanto anhelan, pero sí algo mucho mejor.
—No lo digas —susurró Loire, sujetando a Nélida, que parecía estar a punto de echarse a gritar.
Y el grito de una sirena sería algo difícil de ocultar.
Nélida y Loire no apartaron la vista de ella, y algunos de los primeros rayos de sol que empezaban a asomar por el horizonte las tocaron con delicadeza.
—Diles que la Séptima se entrega voluntariamente a su Emperador.