27. Tormenta #7
—¿Dónde están los demás? —preguntó la cría, a lo que Vasilak, por primera vez en mucho tiempo, contestó encogiéndose de hombros, sin darle importancia.
—Estén donde estén, estarán bien. Ya me preocuparé mañana de echarles la bronca si han hecho algo indebido.
—¿Tienes razones para pensar que están haciendo algo indebido?
—Por el bien de nuestro pacto y por respeto a Cráneo Negro, más les vale que no sea así, pero... no estoy seguro y tengo mis razones. No estoy ciego, hija.
Esta rio, arqueando las cejas en un gesto dramático.
—Permíteme que lo dude.
Vasilak se giró para mirarla al oír esas palabras.
Era apenas un poco más baja que Neve..., quien, por cierto, tampoco había regresado todavía.
—¿Hay algo de lo que me tenga que enterar?
Vio que Ivette dudaba y, al fijarse en su lenguaje corporal, percibió que estaba tensa, como si de verdad tuviese un secreto en la punta de la lengua que no pudiera compartir y que, además, no le gustara demasiado.
—¿Cómo te sientes?
Ambos se giraron al oír la voz de Zóferas, quien, también cambiada, como siempre apoyada en su báculo, fue hacia ellos. Vasilak advirtió la mirada de soslayo que su abuela le lanzó a Ivette y esta apretó los dientes, pero sin amedrentarse.
Algo pasaba y él no tenía ni idea de qué era, y eso no le gustaba en absoluto.
—Tiene que saberlo —farfulló la chica.
—Saberlo, ya lo sabe, lo que pasa es que aún no se ha dado cuenta. Y no quiero ponérselo tan fácil y contárselo.
—¿De qué narices...?
—Sorprendente la joven rubia —Zóferas se sentó en el reposabrazos de un sofá, creando un triángulo perfecto entre los tres—. Habla nuestro idioma casi a la perfección, y ni su propia tripulación lo sabía, a juzgar por su reacción.
—Bueno, le falla bastante el acento y su vocabulario... —empezó a criticar Ivette.
—¡No seas celosa y rencorosa, niña! —exclamó Zóferas—. El día que tú sepas hablar los cinco idiomas igual que ella podrás ser tan exigente, pero no hasta entonces.
—Podríais haberme enseñado —soltó esta, mirando a su padre con recriminación.
—Aún estoy a tiempo de hacerlo. Y puede que lo haga —amenazó él.
Ivette sonrió con suficiencia.
—Acepto el reto.
Menuda táctica de distracción más patética. Él se cruzó de brazos, todavía con la ropa de la fiesta, pero deseando también secarse y ponerse cómodo..., pero se negaba a irse de aquella sala sin respuestas. Y que le ocultasen secretos era lo que Vasilak Rackstorm más odiaba.
—Ivette, déjanos a tu abuela y a mí a solas. Vete a dormir.
Sabía que la niña lo estaba mirando, pero no apartó sus ojos de los de su tranquila e imponente abuela, que le indicó a su bisnieta que obedeciera con un gesto.
Para su asombro, Ivette no se quejó ni un poco. Asintió y, con paso ligero, salió del salón, dejando a Vasilak y Zóferas solos.
Como siempre, fue al grano.
—¿Qué me estáis ocultando? —exigió saber, dando un paso hacia la guía espiritual.
—Nosotros no te estamos ocultando nada, hijo. Solo que tú aún no has abierto los ojos del todo a la verdad.
«Más ambigüedad. Genial, maravilloso».
—Te tengo un respeto y un aprecio enormes, abuela, pero me estás llevando al límite con esto y detesto que me ninguneen.
Fue entonces cuando, con una mueca de suficiencia, Zóferas se levantó y, con la cabeza del báculo, le dio en el pecho. Justo en el centro de la cicatriz.
—Por aquí empieza todo.
«Neve».
—¿Esto tiene que ver con ella?
Zóferas asintió, sus hombros subiendo y bajando después debido a la profunda respiración que realizó.
—No está cerrado del todo, pero está casi hecho, y no os gustará. Aunque los espíritus lo han decidido así.
—Zóferas... —la voz de Vasilak sonó como un gruñido grave, llena de confusión y anticipación.
—Sigues sin verlo y no pasa nada. —Suspiró, apartándose de él despacio—. Me voy a la cama, hijo. Estas fiestas me dejan molida y los espíritus están alterados hoy con esta tormenta. A ver si me dejan descansar.
Mientras su abuela se dirigía hacia la puerta, Vasilak levantó la mirada y descubrió que Ivette esperaba allí, medio escondida, pero sin pretender ocultarse del todo.
Chasqueó la lengua, frustrado pero consciente de que no conseguiría más información por mucho que insistiera.
Cuando la anciana llegó a la altura de la chica, esta le ofreció un brazo que ella rechazó antes de desaparecer pasillo abajo.
Ivette miró una última vez a su padre y Rackstorm encontró recelo y preocupación a partes iguales en los ojos verdes de su hija, quien siguió a su bisabuela, dejándolo solo en el gigantesco y oscuro salón, tan solo acompañado por la incesante lluvia.
Y también por un leve hormigueo en la herida que tenía junto al corazón, que, por primera vez desde hacía años, volvía a dolerle.
Pero de una manera nueva y desconocida.
Había algo en aquella tormenta que no era mundano, igual que el modo en que se había desatado... apareciendo de la nada.
Algo había cambiado.
Y Neve sabía qué.
La habían advertido de que eso pasaría, pero, aunque llevaba años preparándose, no pudo evitar sentir que su corazón y su alma daban un vuelco..., pues el camino final se presentaba ante ellos.