27. Tormenta #6
—Dime tu verdadero nombre —susurró antes de que sus pensamientos la traicionasen—. Completo.
No fue una pregunta, sino una exigencia.
Arendar se sentó a su lado en la cama y se echó atrás la blanca melena para dejar al descubierto su cara. Índigo se giró para encararlo, esperando con impaciencia su respuesta.
Fue entonces cuando la contramaestre se fijó en sus carnosos labios, en sus pómulos prominentes y en que sus pestañas también eran blancas.
¿Cómo no se había fijado antes?
«Te nublaba el rencor».
—Me llamo Kristopher Bastian Aranus de Zesthia y era el tercero en la línea sucesoria de la extinta monarquía del Continente Este.
Índigo cerró los ojos tras su contestación. Esperaba que esa información la golpearía como un tsunami imparable y se la llevaría por delante, pero ocurrió justo lo contrario: fue como si, por fin, la calma regresara a un mar embravecido durante años.
—¿Qué ha pasado con tu larga melena? —Era consciente de lo absurda que resultaba la pregunta, pero fue la primera que le salió—. Recuerdo que, en los retratos que me enviaron de ti, te llegaba por las caderas.
—Era el rasgo distintivo de la casa Aranus, y todo el mundo lo sabía, así que, por razones obvias, tuve que cambiarlo. Por otro lado, en la vida en alta mar, el pelo corto es más cómodo, higiénico y fácil de cuidar.
—¿Cómo acabaste así? ¿Qué pasó? ¿Cómo sobreviviste? —A medida que hablaba, se le quebró la voz y vio que su dolor se reflejaba en las facciones y la expresión de Arendar.
«De Kristopher».
—Uno de los sirvientes de palacio fue a buscarme a mi dormitorio, pues el ataque tuvo lugar de noche.
Segundos antes de que consiguiesen echar la puerta abajo, me metió por uno de los pasadizos secretos que pocos conocían y corrimos hasta que alcanzamos el exterior de las murallas de la ciudad.
Huimos y me llevó a su pueblo natal, a varios días de camino.
Me ofreció protección y... siempre se lo agradeceré.
»Tuve que empezar de cero. La rebelión había acabado con la monarquía, con toda mi vida anterior, pues poco después supe que todos estaban muertos, así que no podía volver, no tenía adónde.
»Por tu bien y por el mío, también tuve claro que no debía contactar contigo para contarte la verdad. Fue una decisión muy dura, pero... no me quedaba otra opción si quería sobrevivir.
»Viví en el campo ayudando a James, el criado que me salvó, junto con su mujer y su familia.
Aprendí lo que era ganarse el pan a base de duro esfuerzo y una de las primeras cosas que hice fue cortarme el pelo y teñírmelo de negro para que nadie pudiese identificarme.
Como puedes imaginar, mi apariencia, tan distintiva, hubiera levantado sospechas y debía evitarlo a toda costa.
Índigo asintió. Por supuesto que lo entendía, ella había hecho lo mismo. Y seguía haciéndolo, no en vano había sobrevivido dejando su vida de palacio atrás.
Pero en ese momento, con el que había sido su prometido vivo y frente a ella, ¿cómo iba a navegar todo aquello?
—Viví así los cinco primeros años, hasta que James falleció y su mujer decidió marcharse con sus hijos al Continente Norte, de donde era su familia. Tuve claro que esa etapa se había cerrado, así que regresé a la costa..., donde me topé con Vasilak en una taberna. El resto es historia.
Se interrumpió de pronto y fue a coger una manta de la estantería que había sobre la cama deshecha. Se la dejó en el regazo.
—Curarte la herida del pie, pero no evitar que pilles un resfriado sería estúpido, ¿no crees? Voy a cambiarme y a por ropa seca para ti. Desvístete y tápate, ahora vuelvo.
Ella asintió y, cuando estuvo sola, se quitó el vestido. Luego se tapó con la manta y esperó. Poco después llamaron a la puerta y ella le dio paso. Él le dejó la ropa que le había traído y salió. Cuando estuvo vestida lo avisó de que podía volver a entrar.
Arendar cerró la puerta tras él, con un atuendo sencillo y austero, y volvió a sentarse junto a ella.
Índigo no perdió el tiempo.
—Lo he estado pensando y entiendo que contactar conmigo hubiese sido necio por tu parte, pero... ¿por qué no viniste a por mí? ¿Por qué no me buscaste?
Algo brilló en los ojos de él y, cuando la cogió de las manos, ella no se apartó. Dejó que las sujetase con una mezcla de firmeza y delicadeza que le demostró demasiadas cosas.
—Porque, pocos días después de mi huida de palacio, el rey anunció tu muerte... Quedé desolado, sin esperanza. No se me ocurrió pensar que tú también habías huido, ni por un segundo.
»Años más tarde me llegaron los rumores de que la nueva contramaestre de Neve O’Shea tenía los ojos cristalinos de los Rout y las habladurías de que eras una bastarda aumentaron. Debo reconocer que la noticia me enfadó a niveles en los que no me reconocía.
—¿Por qué?
Cuántos porqués en tan poco tiempo.
—El hecho de que una bastarda siguiese con vida y tú no... Lo sé, es un pensamiento horrible, pero es lo que pasa cuando estás enamorado, que el corazón se vuelve egoísta y cruel sin pretenderlo.
Silencio. Miradas.
El latir de un corazón desbocado y desconcertado.
Y la mente de Índigo cada vez más confusa.
Vio cómo la miraba a los labios, esperando respuesta a dicha declaración.
Podría decirle que, en su día, sí, había correspondido a ese amor; que había estado enamorada de Kristopher Bastian..., pero aquellos sentimientos pertenecieron a Adelaida Grace Rout de Fiebon y O’Malley.
Y ella era Índigo.
Vio que se inclinaba hacia ella y no lo detuvo, pero supo que no podría corresponder el beso que tenía intención de darle, así que, en lugar de apartarse, juntó su frente con la de él, impidiéndolo.
Arendar suspiró, entendiendo el gesto y lo que significaba.
—No somos los mismos, Arendar. No soy la misma que hace diez años —le explicó y él asintió, manteniendo sus manos cogidas.
Ella tuvo que controlar el escalofrío que estuvo a punto de recorrerla; había soñado con el calor de esas manos de forma recurrente durante una década. Con ir de la mano de su prometido.
Se apartó de él para poder mirarlo a los ojos mientras se sinceraba.
—No tengo palabras para describir cómo me siento al descubrir que estás vivo. En parte, feliz, pero también triste e impotente por lo que tuviste que vivir después de tu huida.
—Podría decir lo mismo. Lo de Ariadne..., no sabes cuánto lo lamenté, cuánto lo lamento. Hablabas tan bien de ella y estaba deseando conocerla.
Índigo tragó saliva, el recuerdo de su hermana pequeña vivo y grabado a fuego en su memoria.
—Solo quiero que... que comprendas que la pirata que has conocido estos meses es eso: una pirata. No soy la princesa que nació en una cuna de oro, ni tampoco la esposa que te prometieron para unificar los reinos que todos creen muerta.
—Yo tampoco soy aquel príncipe al que dieron también por muerto —contestó él con voz pausada, sin alterarse. Parecía que nada lo hacía—. Soy el contramaestre del Indomable y pertenezco a los Demonios del Mar. Pero hay una virtud que conservo de mis días pasados: la paciencia.
La contramaestre podía confirmarlo. Durante el tiempo que llevaban sometidos al pacto, jamás lo había visto alterarse ni cabrearse. No podía decir lo mismo de ella.
—Soy paciente —insistió él—. Y ahora que te tengo delante, la eternidad me parece un reto decente hasta que tomes tu decisión.
—Kris...
—Arendar —la corrigió él—. Ese nombre es el que me representa ahora, igual que Índigo a ti.
—¿Tomar mi decisión? ¿A qué...?
—Nunca he dejado de amar a la princesa que me prometieron —le confesó como si nada, como si no temiese abrir su corazón y mostrárselo a ella y al mundo entero—.
Y fue extraño ver cómo, al descubrir que de verdad eras tú, esos sentimientos que creía enterrados resurgían de sus cenizas.
Y sin pretenderlo, se me dio la oportunidad de volver a enamorarme de ti.
—Are... yo, no sé...
Él sonrió de oreja a oreja. Y maldición si eso no lo hacía parecer atractivo a sus ojos.
—Lo sé. A veces soy muy intenso. Discúlpame.
—Jamás te disculpes por amar. No muchos pueden permitirse ese lujo.
«¿Hablas por ti?».
Tragó saliva, alejando aquellos pensamientos. Kristopher Bastian Aranus de Zesthia y Adelaida Grace Rout de Fiebon y O’Malley habían muerto años atrás, arrastrados por fuerzas y circunstancias que escapaban por completo a su control.
Pero en ese momento, en aquella enfermería, sin testigos, sin presión, con las verdades dichas, tal vez...
El estómago de Índigo dio un vuelco. No era tan fácil.
—Seguimos perteneciendo a bandos enfrentados. Este pacto tiene fecha de caducidad.
—No te estoy pidiendo que te cases conmigo, Índigo. —Ella no pudo evitar soltar una risita nerviosa—. Solo que me permitas conocerte de verdad, a tu nueva yo, y viceversa.
La contramaestre que había dentro de ella gritaba que no aceptara, que era el enemigo, que todo eso podía ser una táctica.
Pero otra parte de ella bailaba de felicidad, pues seguía siendo una mujer. Una chica.
Una chica a la que le estaban ofreciendo una segunda oportunidad venida de la muerte, del más allá.
Así que, mostrándole una dulce sonrisa, levantó la mano derecha y se la tendió.
—Me llamo Índigo Alarie. Un placer saludarlo, contramaestre Arendar.
Este rio ante aquellas palabras y, mirando durante un instante su mano, se la aceptó y le dio un ligero apretón.
La chispa que saltó cuando sus manos se acariciaron de nuevo casi hizo saltar a Índigo.
—Me llamo Arendar Norman —contestó él sin dejar de mirarla a los ojos—. Desde lo más profundo de mi corazón, encantado de conocerla, contramaestre Índigo.
Habían vuelto a Dría a toda prisa, presos de la tormenta. Por suerte, la lluvia no había empezado a caer con fuerza hasta hacía unos minutos, por lo que llegaron a su hogar algo mojados, pero nada que un cambio de ropa tras secarse no pudiera solucionar.
Al poco, Vasilak vio que Ivette regresaba de sus aposentos con un camisón de dormir sencillo y fresco.
La tormenta hacía que el ambiente fuese pesado y bochornoso.