La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 27. Tormenta #5
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27. Tormenta #5

Garret la agarró por las caderas y ambos se miraron envueltos por el placer, por el calor de sus cuerpos, por cómo sus alientos se entremezclaban entre gemidos y jadeos.

Hazel se inclinó hacia delante, dejando caer sus manos sobre los pectorales de él, y se quedó quieta, disfrutando de lo llena que se sentía, sin dejar de mirarlo.

Y apretó las paredes de su vagina, provocando que la boca de él formase una «O».

Segundos después, no perdió el tiempo.

Empezó a cabalgarlo como hacía rato que deseaba hacer.

Movió las caderas hacia delante y hacia atrás, y el sonido de sus empapados sexos chocando una y otra vez, el ligero dolor que le causaba la presión de las manos de Garret en sus caderas y el hecho de que Garret gimiese tanto como ella hicieron que se inclinase hacia él, buscando su boca.

Él lo vio y respondió, besándola con ansia a la vez que utilizaba su sujeción para mover sus caderas hacia arriba, entrando más profundo en ella en cada ocasión.

Hazel musitó una afirmación, extasiada, y se movió sobre él, ambos anhelando, necesitando más, en una espiral de placer interminable.

Fue entonces cuando notó que la mano de Garret abandonaba su cadera y le mostraba su dedo corazón para luego ordenarle:

—Lámelo.

Ella lo hizo, mirándolo sin parpadear. Empapó el dedo lo máximo que pudo, sabiendo qué vendría después.

—Me jode mucho decirte esto, pero deja de moverte por un instante y, si en algún momento estás molesta, dímelo. Ahora, relájate...

—¿Sabes que estás muy mono preocupado? —lo interrumpió ella sin poder evitarlo.

Él se mordió el labio, pero sin detenerse, sus dedos rozando sus nalgas y abriéndolas... para encontrar su otro punto de placer.

—Repíteme eso cuando no tengas mi polla metida hasta el fondo.

No pudo evitar que su vagina palpitara y que él pudiera apreciarlo por completo. Un segundo después, Hazel sintió cómo ese dedo hacía círculos en la entrada de su ano y un escalofrío recorrió su cuerpo, obligándola a sujetarse a él.

—¿Lo has hecho alguna vez por ahí?

Ella negó. Era cierto, pero confiaba en él.

Era un buen hombre, aunque ojalá le hubiera dado motivos para afirmar lo contrario.

En todo caso, dejó que siguiese inspeccionando esa parte de ella como si lo llevase haciendo toda la vida.

Después de estimularla, notó que empezaba a introducirlo despacio, con cuidado, y la sensación fue extraña, como si no fuese natural.

Pero se obligó a relajarse, cerró los ojos y permitió que el placer que comenzaba a sentir ahí se mezclase con el de sus sexos unidos, por lo que empezó a moverse muy despacio sobre él a medida que Garret metía más su dedo.

—Hazel, no sientes dol...

—Chist. Estoy bien, Zatran.

—¿Seguro?

Ella sonrió con dulzura, asintiendo, su rostro oculto cuando su corta melena cayó como una cortina por su cara.

Sus caderas siguieron moviéndose y él, poco a poco, introdujo y sacó una y otra vez su dedo de ella, hasta que llegó un momento en el que la extraña sensación se mezcló con el inesperado placer que, no podía negarlo, le ofrecía aquel lugar.

—Tú eres el que quería probar mi culo, Garret. Así que hazlo y deja que me corra de gusto, ¿de acuerdo?

Ante aquellas palabras, él no pudo decir nada y, acompañando los movimientos de ella, ambos volvieron a la carga, Hazel llevándose una mano al clítoris y culminando con los tres puntos de placer estimulados.

Lo notaba. No iba a tardar mucho en llegar.

Ese cosquilleo empezó a nacer en el centro de su cuerpo, provocando que sus gemidos aumentasen y ya no solo saliesen de su garganta, sino también del centro de su pecho.

El pene de Garret palpitó y le hizo saber que él también estaba cerca.

Ella lo cogió del cuello y lo acercó a su boca, sin besarlo, tan solo necesitando sentir su aliento entremezclarse con el suyo propio.

—Voy a correrme, Hazel —gruñó y soltó un largo suspiro, como si quisiera controlarse..., como si no quisiera que ese encuentro llegase a su fin, alargarlo un poco más.

Pero ella no podía aguantar más tampoco.

—Hazlo —le ordenó, y echó la cabeza hacia atrás gimiendo alto, casi gritando—. Por favor, córrete.

Entonces sintió cómo, despacio, extraía el dedo de su ano y, ya con ambas manos disponibles, la agarraba por las nalgas y se hundía aún más en ella, que se agarró a su cuello y lo besó.

Un escalofrío.

Un espasmo potente.

Y, al instante, el orgasmo explotó entre ambos con un gemido ahogado por un beso gutural y vasto.

Hazel sintió que se empapaba de él, su calor inundándola por completo a la vez que el placer la consumía y la llevaba hasta un ligero mareo, con los ojos en blanco.

¿Cuándo había sido la última vez que se había corrido así acompañada? Seguro que nunca.

Respirando agitadamente, se separó de él y buscó su mirada, que ya estaba en ella con una sonrisa en los labios.

Garret se echó hacia atrás y la arrastró con él, por lo que Hazel quedó atrapada en sus brazos, sintiendo el calor que desprendían sus cuerpos, aún unidos por ese punto sensible, por lo que cualquier movimiento hubiese enviado de nuevo descargas.

Vio que él también estaba sin aliento; aun así, apartó con delicadeza el pelo que había cubierto su rostro y depositó un beso delicado en sus labios.

—¿Todo bien? —preguntó Garret tras recuperar el aliento.

Ella asintió como respuesta, con un nudo en la garganta ante la preocupación de él. No tendría que parecerle extraño, debería ser lo normal, pero no lo era en absoluto, y por eso, encontrar a un hombre que lo hacía bien y encima mostraba ese interés y cuidado por ella la dejó sin palabras.

Algo raro en la curandera.

Despacio, él se movió hacia atrás y poco a poco salió de ella, pero no hizo ademán de levantarse, no. Permitió que ella usase su bíceps como apoyo y, con la mano izquierda, le acarició el brazo con dulzura... sin dejar de mirarla un instante.

—Eres preciosa.

Ahí estaba de nuevo. Ese cosquilleo dentro de ella, pero no el producido por el instinto animal que había sentido esa noche, sino por un sentimiento. Y, esta vez, no dejó que huyese, sino que le dio la bienvenida, intrigada por saber a qué podía llevar.

—¿Cuántas veces me lo vas a repetir?

Él acunó su rostro y, tras besarla con ternura otra vez, respondió:

—Las que me dejes.

La tormenta continuaba en el exterior, pero allí dentro las llamas crepitaban en la chimenea, y ellos se quedaron en silencio, abrazados.

Las horas pasaron y se abandonaron a la pasión de nuevo, pues eran conscientes de que no habría otra noche como aquella.

Se dejaron llevar una, dos, tres veces...

Hazel perdió la cuenta, más y más perdida en aquellos ojos turquesa.

Poco antes del amanecer y con la tormenta amainando, el sueño los venció por fin.

Oía el repiqueteo de la lluvia sobre cubierta.

El barco se balanceaba, pero nada exagerado y nada a lo que ambos no estuviesen acostumbrados.

Estaban en la enfermería y Arendar la había dejado con cuidado en la cama libre, pues aquella en la que había estado Neve seguía sin hacer desde que había despertado.

Índigo se alarmó al ver que él se acercaba a una estantería situada a su derecha.

—Ahí no —le advirtió—. Son los venenos de Hazel. Las medicinas están en el otro lado, a la izquierda.

Él miró asombrado la cantidad de venenos, tanto puros como elaborados, que la curandera había logrado reunir, y fue hacia el otro lado en busca de un barreño, agua y jabón, trapos limpios, un ungüento cauterizante, hilo y aguja y alcohol.

Índigo se fijó en que la lluvia le había pegado la camisa blanca a la musculada espalda y asoció el súbito sonrojo de sus mejillas al mareo que la pérdida de sangre a causa del corte le estaba provocando.

Arendar no habló en ningún momento, concentrado en ser eficiente y rápido.

Acercó el pequeño taburete de Hazel y se sentó, agarró el pie derecho de Índigo con cuidado y lo sumergió en el barreño con agua limpia y jabón para eliminar la sangre seca y los restos de arena.

Después lo secó con uno de los trapos y se lo puso sobre las rodillas para examinar el traumatismo y la brecha.

La contramaestre tenía el pie hinchado y amoratado, y la herida le cubría todo el empeine; aunque el corte no era profundo, entre el golpe y el tajo, le dolería durante días. Algo muy inconveniente.

Con sus grandes manos marcadas por las venas, desinfectó toda la zona con otro trapo humedecido en alcohol. Luego se la tapó con un apósito, pues no estimó necesario coser, tras aplicar un ungüento cicatrizante, mientras Índigo se mordía el labio maldiciendo para sus adentros.

Ante el gesto, él mostró una mueca de diversión.

—Puedes quejarte. Tiene que doler bastante.

Ella no respondió, haciéndose la fuerte.

En realidad, tras diez años formando parte de la tripulación del Luz del Alba , estaba acostumbrada a que tuvieran que curarla, pero siempre lo había hecho Hazel...

, y, desde luego, no con tanta delicadeza, pues él la había tratado como si fuera de cristal, lo que le resultó extraño y reconfortante al mismo tiempo.

Cuando Arendar terminó, Índigo tuvo la intención de apartar el pie, lista para soltar la avalancha de preguntas que se acumulaban en su garganta, la primera de todas como una llama lista para ser prendida, pero él la retuvo con suavidad, apoyó el pie recién curado de la muchacha en su hombro y empezó a palparle la pierna despacio con ambas manos.

Índigo se quedó paralizada, observando los movimientos del chico de cabellos blancos, que no la había mirado a los ojos... hasta ese momento, cuando intercambió una rápida e intensa mirada con ella que le hizo saltar el corazón en el pecho.

Un segundo después, él le besó con delicadeza el pie herido. Fue rápido, pero cálido y cariñoso.

Índigo no se movió, así que él tampoco..., pero sí rompió su silencio.

—Pregunta lo que quieras, Índigo. —Le bajó el pie con cuidado—. Tienes derecho a que sea del todo sincero contigo, porque siento que sigo siendo tuyo.

El estómago se le encogió ante esas palabras. Era casi como una declaración.