27. Tormenta #3
Ella se detuvo y se echó hacia atrás para mirarlo a los ojos mientras se mordía el labio inferior, divertida.
—Vasilak te matará, ¿verdad? —dijo ella con voz sensual, volviendo a subir la mano hacia sus pectorales, fuertes y duros.
—Y Neve te matará a ti —dijo él y sujetó la muñeca de Hazel con fuerza, pero sin hacerle daño.
—¿Sabes qué pasa, Zatran?
Ante su apellido, él gruñó, negando con la cabeza.
—Para. —Un ruego.
Estaba a punto de ceder. Hazel sonrió con suficiencia.
—La idea de que esto esté prohibido hace que pecar sea más dulce..., y yo ahora mismo estoy hambrienta.
Su mano descendió de nuevo y se detuvo en el límite donde comenzaba la sábana y terminaba su torso desnudo. Con la otra mano, le acarició el rostro, y bajo su tacto, Garret cerró los ojos y se inclinó hacia ella.
—Dime que puedo tocarte, Garret. No lo haré hasta que me digas que sí.
Admiraba su fuerza de voluntad y le asombraba el hecho de que se hubiera mantenido firme en su posición: no la había tocado en ningún momento.
Y Hazel se hubiese detenido ante la más mínima sospecha de que él no quería eso, de que lo estaba incomodando. Pero el bulto que había bajo sus caderas cubierto por la blanca tela era prueba suficiente de que querían lo mismo.
—No voy a decirte que sí, Hazel.
Se quedó helada y en su rostro se plasmó lo alucinada que la habían dejado sus palabras. No la deseaba. Estaba siendo leal a su pacto.
Garret soltó una risa gutural al ver su expresión y fue entonces cuando Hazel lo sintió.
Sus grandes y cálidas manos agarrándola por la cintura.
—En lugar de eso, voy a demostrarte lo que provocas en mí y lo mucho que llevo pensando en esto.
Era fácil huir de las pesadillas. Índigo estaba más que acostumbrada a ellas, pues, incluso reviviendo esos momentos de su pasado en sus sueños, una voz en su cabeza siempre le decía que estuviese tranquila, que todo aquello no eran más que recuerdos que solo podían traer consigo ratos de desasosiego, pero que desaparecerían.
De alguna manera, seguía teniendo el control de la situación.
Sin embargo, de lo que no era fácil escapar era del pasado. Sobre todo, si te estaba persiguiendo, literalmente, y amenazando con acabar con el poco juicio que te quedaba.
No se detuvo un instante. Corrió sujetándose la falda del fino vestido, con la vista fija en el Luz del Alba a lo lejos, su hogar, su lugar seguro. Las lágrimas le caían por las mejillas y la voz de él se mezclaba con los gritos silenciosos que su mente profería.
—¡Índigo, por favor!
Aceleró su carrera y agradeció que la pasarela de acceso al barco aún estuviese puesta. Le sería muy fácil subir, y luego ya pensaría qué hacer.
Pero necesitaba alejarse de él... o cometería una estupidez.
Unos metros más y alcanzaría el muelle.
Unos metros más y estaría fuera de su alcance.
Unos metros más y...
Tropezó con algo, se hirió un pie y casi cayó de bruces al suelo, pero pudo frenar la caída con las manos mientras un grito ahogado le inundaba el pecho.
Aun así, el golpe fue seco y duro, y la dejó desorientada durante unos segundos.
Sintió la húmeda arena de la playa bajo ella, y cómo las olas la acariciaban una y otra vez.
«Sabe quién eres. Podría ser uno de los rebeldes que acabaron con Kristopher. Corre, corre, Índigo».
Iba a girarse sobre sí misma para ver la herida cuando una sombra le tapó las lunas y luego la agarró con delicadeza por los brazos, preguntando una y otra vez si estaba bien.
—¿Índigo? Joder..., hay que curarte ese corte.
Un relámpago iluminó el oscuro cielo y el trueno sonó casi de inmediato. Tenían la tormenta encima.
Sentía los latidos de su corazón en los oídos y el cuerpo no le respondía mientras veía a Arendar agacharse para examinarle el pie, su cabello blanco cayéndole sobre el rostro, ocultándolo.
«No. No vas a ocultarte más, hijo de puta».
No le quedaba otra opción.
Tenía que matarlo.
Gritando de rabia, saltó sobre él y, sacando la daga que había ocultado en el muslo izquierdo bajo el vestido, lo aplastó contra el suelo y le pegó la hoja del arma al cuello.
Era un farsante y sabía demasiadas cosas. No podía jugársela.
Le enseñó los dientes, sus ojos enrojecidos, su cabello medio empapado mientras la herida no paraba de sangrar. Pero no le importó, pues la rabia, el dolor y la impotencia parecían nublar todo lo demás.
Ojalá aquello fuese una pesadilla. Resultaría más fácil escapar.
—Ind...
—¿Ves lo que tengo que hacer? —Apretó la afilada daga contra su garganta, pero él no hizo amago de defenderse.
Podría haberlo hecho, sin duda, pero se quedó quieto, con las manos a los lados, sus ojos fijos en ella, sin parpadear siquiera.
El nudo que tenía en el pecho creció y supo qué pasaría cuando sus manos se llenasen de sangre.
Habría roto el pacto que Neve y Vasilak habían hecho. Habría fallado a la memoria de Cráneo Negro, de los piratas.
Y todo porque su pasado no dejaba de perseguirla.
—¡¿Por qué me haces esto?! —chilló ella, furiosa—. ¿Por qué me lo has contado?
—No podía... —Tragó saliva al sentir que la presión de la daga sobre su cuello aumentaba—. No podía ocultarlo más, Índigo..., pero nadie sabe quién eres de verdad. Como te he dicho, la gente cree que eres una bastarda.
—Si tú lo has averiguado, es cuestión de tiempo que vengan a por mí. A por el Luz del Alba . Y bastantes problemas tengo ya como para añadir uno más. Será rápido, te lo prometo.
—Grace, no lo hagas.
La lluvia empezó a caer, fuerte y descontrolada, pero Índigo no pudo sentirla.
No cuando él había pronunciado ese nombre.
Solo una persona en toda su vida la había llamado así, nadie más, y ella no se lo había contado a nadie.
— ¿Qué has dicho?
—Soy yo, Grace. ¿Lo recuerdas? En tu última carta, a la que no pude responder porque vinieron a por nosotros, me dijiste tu nombre. Tu nombre real. Como promesa de que lo nuestro era verdadero.
Dentro de la realeza, a todo príncipe o princesa se le asignaba un nombre público y uno privado, para que, en el caso de que hubiera que tratar temas entre monarquías, nadie que estuviera planeando una rebelión supiera de quién se hablaba.
Solo el rey conocía ese nombre, e Índigo le había revelado el suyo a Kristopher en su última carta.
Antes de que todo acabase de la forma más cruel posible.
—No... —Las palabras se le atragantaron. Le faltaba el aire. La boca se le secó.
«Es Kristopher. Es Kristopher. Está vivo».
Negó confusa, desorientada, asustada, y se apartó de él, pero sin soltar la daga. Fue a levantarse, pero el pie herido la hizo doblarse de dolor con un alarido y cayó en la arena de nuevo.
—Vamos al barco, allí podré curarte.
No le quedaban fuerzas. El pecho le iba a estallar.
—Estás muerto. —Lo golpeó en el pecho, con lágrimas en las mejillas—. Lo dejé todo atrás porque tú y Ariadne moristeis. Me fui porque no me quedaba nada.
Lo golpeó una y otra vez, con fuerza, con rabia, con dolor. Y él lo soportó.
—Lo sé. Lo sé y siento...
—¿Cuánto hace que lo sabes? Que soy yo, que soy Adelaida —preguntó ella, interrumpiéndolo, y pronunciar su verdadero nombre se le hizo extraño, como algo prohibido. La lluvia los había calado hasta los huesos.
Ninguno se movió, y ella tuvo que mantenerse firme mientras lo miraba exigiendo explicaciones.
Y fue tan extraño... De pronto lo veía con otros ojos, y en los suyos detectó empatía, dulzura y preocupación por ella, y la percepción que tenía de él quedó trastocada. Era como si lo conociese desde siempre, pero, a la vez, fuese un completo desconocido.
—Desde que vi las anotaciones que escribiste la noche que nos topamos con la isla flotante —dijo él con voz grave, despacio, viendo que ella seguía hiperventilando—.
Me fijé en tu letra y la reconocí al instante, pues era lo único que conocía físicamente de ti.
La forma de las eses, las tes y las bes, junto con las oes, fueron pistas suficientes.
La prueba irrefutable de que eras tú, de que eras real.
La contramaestre apretó los dientes, frustrada al ver que tenía sentido, que no había fisuras en su explicación que la llevasen a pensar que era mentira, pues no lo era.
—Índigo, tengo que curarte la herida y, además, con esta tormenta no estamos a salvo aquí. Monta en mi espalda y vayamos al Luz . Allí podré examinarte y... te contaré lo que quieras. Responderé a todas tus preguntas. Te lo prometo.
Deseó poder seguir recriminándole algo, pero el ansia de respuestas era demasiado grande y el dolor de su pie aumentaba por momentos, junto con el nudo que le oprimía la garganta y el corazón.
Por eso, tras unos segundos, se limitó a asentir, incapaz de replicar. Se pusieron de pie y, con cuidado, la contramaestre subió a caballito a su espalda siseando de dolor. Luego, con paso ligero, Arendar se dirigió hacia el barco.
Índigo cerró los ojos durante el camino y se agarró a él con más fuerza cuando aquel olor familiar y delatador volvió a inundar sus fosas nasales y su alma entera.
Un instante después, sus labios estaban en los de ella.
Soltando un gemido de puro placer, Hazel sonrió y le rodeó el cuello con los brazos, apretándose contra él y hundiéndole la lengua en la boca.
Garret se lo tomó con calma, explorando el cuerpo de ella con sus manos, y Hazel sintió escalofríos ante su tacto mientras seguía devorándolo y arrancándole gruñidos que la curandera quiso guardar en lo más profundo de su memoria.
Movió las caderas para frotarse con su polla, cada vez más dura, lo que hizo que él se apartase para mirarla a los ojos.
—Eres preciosa, ¿lo sabes?
Hazel lo empujó contra el suelo y, antes de ponerse encima de él a horcajadas, le quitó la sábana para dejarlo desnudo.
Lo contempló sin disimulo, humedeciéndose los labios al mismo tiempo que el pene erecto de Garret palpitaba.
Apoyándose en su pecho, restregó su sexo contra el enorme miembro, provocando que él subiese las caderas para aumentar el roce. En los pechos discretos pero firmes de Hazel, sus pezones se erizaron cuando los dilatados ojos de Garret le mostraron que disfrutaban de aquellas vistas.