27. Tormenta #2
Arqueando una ceja, Garret ladeó la cabeza, mirándola burlón.
—Belladona, ¿acaso estás mostrando curiosidad?
—Responde a la pregunta y punto —gruñó ella exasperada.
—Ah, no —replicó él—. La balanza tiene que estar equilibrada. Responderé, pero, a cambio, tú tendrás que responder a lo que yo pregunte.
—Olvídalo. Quedémonos callados hasta que amanezca.
—Empecé a construir esta cabaña con la ayuda de Vasilak cuando tenía nueve años.
—Espera, espera, ¿cómo que nueve años?
—Preciosa, eso de no interrumpir no lo controlas muy bien.
Hazel se mordió la lengua y, asintiendo, le hizo un gesto para que continuara.
—Gracias. —Ella vio que se esforzaba por aguantarse la risa, sus ojos turquesa brillando con diversión—.
Vasilak tenía claro que yo necesitaba pasar ratos a solas, pero no tenía dónde, porque llegué aquí con lo puesto de pequeño y ellos me acogieron en su casa, así que, cuando volvíamos a tierra, venía aquí y estaba unos días por mi cuenta.
Construimos la casa en apenas un mes, trabajando sin parar, con la ayuda de sus padres y varios más de la comunidad.
Por supuesto, yo me he encargado de mantenerla en condiciones a lo largo de los años, pero he de admitir que hacía tiempo que no venía. Está algo descuidada.
En tan solo un minuto, le había confesado mucho más de lo que la joven esperaba. De manera inconsciente, se movió para estar cara a cara con él y se arrebujó en la sábana; estaba empezando a entrar en calor.
El empapado y largo cabello castaño claro de Garret le caía por el rostro y la espalda, y mojaba la sábana que lo cubría.
Sus ojos la encontraron, y quizá en otro momento Hazel se habría sentido incómoda o irritada, pero allí, en aquel refugio donde se sentía calmada, segura y cómoda junto a él, encogió las rodillas hacia el pecho, apoyó la cabeza sobre ellas y murmuró:
—¿Dónde estuviste antes de embarcar en el Indomable ?
Garret soltó una risa suave y, chasqueando la lengua en un gesto de negación, la señaló con la cabeza.
—Casi cuela. Me toca a mí. ¿Por qué te fascina tanto el veneno? —preguntó serio, pero luego añadió burlón—: ¿Acaso eres inmune?
—No voy a responder a esa pregunta —sentenció ella con una mueca extraña.
Lo cortante de su respuesta fue suficiente para que él no insistiese en el tema, y ella lo agradeció.
—Está bien. —Se pasó varios segundos sopesando qué preguntar—. ¿Por qué te has adentrado tanto en la selva?
—Estaba buscando una planta nocturna que Zóferas me ha comentado que tenéis aquí en la isla y que solo se puede recolectar de noche. Llevo tiempo tras ella y... he actuado por impulso, como una idiota.
—Lo has hecho. ¿Sabes la suerte que has tenido de no toparte con ningún animal salvaje? Y también de que yo haya llegado justo a tiempo de evitar que cayeses por ese barranco.
—¿La caída era mucha? —indagó algo mortificada.
—Mejor no quieras saberlo. Me toca.
Hazel asintió, agradeciendo el cambio de tema, aunque tuviese que seguir respondiendo sus preguntas. Al fin había dejado de temblar, su cabello estaba casi seco y volvía a sentir los dedos de las manos y los pies.
—¿Cuál es tu postre favorito?
Hazel frunció el ceño, confundida por la pregunta, pero, como no quería que eso llevara a otra broma de las suyas, se detuvo un momento a pensarlo. Hasta que un vívido recuerdo acudió a su mente y sonrió.
—El pastel de caramelo y crema. ¿Y el tuyo?
—La tarta de queso. ¿Parte favorita del barco?
—El nido de cuervos —soltó de inmediato la chica.
—¿Y por qué no me extraña? —Lanzó más hojas al fuego y este crepitó, la llama creciendo—. ¿Estás mejor?
—Has perdido el turno de pregunta con eso, pero sí. El fuego está ayudando.
—Espero que, tras este malvado plan organizado, por supuesto, con alevosía y premeditación, me esté ganando tu confianza para luego apuñalarte por la espalda, Belladona.
—¿Puedes parar de llamarme así?
—¿Te molesta? Puedo dejar de hacerlo si es así.
—No dejarías de hacerlo.
—En realidad, no. Es bastante simple: te pega. Y aunque creas que no veo cómo reaccionas cada vez que te llamo así, lo veo. Con claridad.
—¿Y cómo reacciono según tú?
Ahí estaba. El tono que utilizaba cuando quería jugar con los hombres. Pero con él había algo distinto que le puso los pelos de punta.
Garret percibió que una corriente pasaba entre ellos cambiando por completo el ambiente. Se inclinó hacia delante, acercándose a ella, y Hazel no se apartó, apreciando el olor que su cuerpo desprendía ante la mezcla del calor del fuego y los restos de la tormenta.
De pronto los separaba apenas un metro..., y tal vez fuera la noche, o que Garret había echado algún tipo de hierba mágica al fuego, pero Hazel se vio pronunciando aquellas palabras antes de poder controlarlo.
—Cuando mi madre estaba embarazada de mí —la expresión de él cambió y su postura también, mostrando que sentía verdadero interés por lo que le estaba contando—, estuvo muy enferma y consumió una medicina que, tomada en altas dosis, puede ser adictiva.
Esa medicina llevaba una combinación de venenos, pues, tomados en la justa medida, pueden sanar.
En exceso, en cambio, pueden provocar la muerte inmediata.
Ella murió en el parto y, debido a la cantidad de ese remedio que había ingerido, creen que desarrollé inmunidad a ellos.
—Siento lo de tu madre.
—Yo no. —Fue directa y sincera—. No la conocí, una pena que muriera, pero estaba condenada. Si no hubiese muerto en el parto, lo habría hecho poco después.
Vio que él fruncía el ceño, como dudando, y poco después supo de qué se trataba: Garret levantó la mano izquierda y, con delicadeza y cierta precaución, casi como si temiera que fuese a morderlo, le apartó un mechón de pelo que le caía por la cara y se lo puso detrás de la oreja.
El roce de sus gruesos dedos en su mejilla hizo que la parte baja de su vientre bailase y gritase con desespero.
—Los míos me abandonaron. —Hazel lo miró atónita y vio que sus ojos estaban fijos en ella.
Estuvo a punto de apartar la mirada, pero se obligó a sostenérsela—.
Eran unos maleantes que malvivían en las calles.
Tengo entendido que tenía al menos tres hermanos mayores más, pero también los abandonaron a su suerte. Espero que yo fuese el último.
—Qué hijos de puta —murmuró y Garret asintió con dureza ante su comentario.
—Lo eran, la verdad. Vasilak me encontró mendigando en el puerto de Ferella y avisó a su padre. Me acogieron en el Indomable y llevo ahí desde que tengo memoria. Nos criamos juntos.
—¿Cuánto tiempo mendigaste?
—Unos meses. Apenas tengo recuerdos de esa época, pero algo que jamás olvidaré es el hambre y el horror de las calles. Escapé de situaciones de las que otros no pudieron huir.
—¿Como los críos a los que rescatamos la noche que te envenené?
Hubo una pausa antes de que él respondiese, y los ojos de ella fueron hacia el lugar donde seguramente tendría la cicatriz.
—Así es. Buenísima puntería, me tuviste jodido durante días.
—No ibas a morir. Esa no era mi intención.
—¿Debería darte las gracias?
—Me subiría el ego bastante.
—Entonces mejor me mantengo callado. ¿Quién querría eso?
Ambos rieron por lo bajo y el corazón le dio un vuelco de nuevo; el hormigueo que había sentido antes volvió con más fuerza y, tras mucho tiempo ocultando aquellos pensamientos, al fin admitió para sí misma una realidad que había obviado.
Garret era un hombre de verdad, atractivo y seguro de sí mismo...
y, sin duda, uno de esos en los que Hazel se fijaría durante sus paradas fugaces en los puertos donde solo compartía lujuria con desconocidos.
En otras circunstancias ya se habría acostado con él.
Lo habría cabalgado hasta la saciedad, algo que le encantaba hacer, pues todos ponían esa expresión de asombro al dar con una mujer dominante.
Pero no. Él mismo había reculado hacía unas horas ante el casi beso que compartieron por respeto a las normas establecidas entre sus capitanes en Cráneo Negro.
Además, era de un barco enemigo y, en un futuro no muy lejano, el pacto se rompería y todo volvería a la normalidad...
, una en la que el hombre que tenía delante, que había dejado caer su sábana hasta las caderas y había dejado su tronco al descubierto, querría vengarse por lo que le había hecho.
—¿Qué estás mirando, Belladona?
—Nada —dijo con apenas un hilo de voz.
El recuerdo de un Garret supuestamente borracho pretendiendo besarla acudió a su cabeza y tuvo que apretar las piernas. El arquero advirtió el gesto y sus hombros se movieron debido a la profunda inhalación que tuvo que tomar.
Ambos se estaban excitando. Y ese torso no ayudaba .
—Deja de mirarme así.
—Así, ¿cómo?
— Tú sabes cómo.
Todavía sujetando la sábana contra su pecho, pero apoyándose con la mano que le quedaba libre, ignoró la coherencia de su cabeza y salvó el poco espacio que quedaba entre ellos.
Dios, olía tan bien.
—En realidad, no —murmuró con la voz ronca y vio que las pupilas de Garret se dilataban y los músculos de sus brazos se tensaban, pues apretaba los puños—. ¿Quieres tocarme? Si no, no cerrarías tanto los puños. Te estás controlando, y parece que está siendo una tarea muy... dura.
— Hazel.
Una advertencia. ¿Cuántas más habría?
Estaba deseando jugar con él para averiguarlo.
Posó la mano en su pecho y Garret contuvo el aliento, pues era la mano que sujetaba la sábana que le cubría el cuerpo, en ese momento expuesto para él.
No dijo nada, logrando lo que a Hazel tanto le gustaba: dejar a un hombre sin palabras. Su sexo palpitó de excitación y fue deslizando la mano por el vientre de él hasta toparse con la cicatriz de la herida que le infligió.
La rodeó con el dedo índice e, inclinándose hacia él, susurró:
—La encontré.
Él soltó el aire de golpe y Hazel soltó una risita traviesa, bajando la mano aún más, justo donde la sábana empezaba a cubrirlo de caderas hacia abajo.
Allí donde se encontraba lo que le interesaba a ella.
—No podemos, Hazel.