27. Tormenta
Tormenta
Había perdido la cuenta del rato que llevaba caminando por la selva, pero el silencio que la acompañaba era señal suficiente de que se había alejado demasiado de la fiesta y no sabía cómo volver.
Levantó la antorcha que había cogido para alumbrarse y suspiró de frustración; los árboles eran tan altos en aquella zona, con el follaje de las copas tan espeso, que era casi imposible ver el cielo desde allí.
Pero el gran relámpago que iluminó la noche durante un instante, además de los pocos segundos que pasaron hasta que oyó el sonido del potente trueno, le hicieron saber que la tormenta que no esperaban había llegado y la tenía encima.
—Tengo que regresar —se dijo en voz alta, girando y volviendo sobre sus pasos—. Si me doy prisa seguro que encontraré el camino antes de que descargue. Solo debo prestar atención para oír el barullo de la fiesta.
Anduvo varios minutos y la lluvia llegó de pronto. La curandera renegó e intentó proteger su única fuente de luz mientras apretaba el paso, aliviada al ver sus propias pisadas.
—Vas bien —se dijo, intentando mantener el ánimo—. Has estado en situaciones peores.
«Pero siempre ibas acompañada de alguien. Ahora estás sola».
Esos pensamientos intrusivos no le resultaron de gran ayuda.
Continuó andando, procurando no salirse del sendero, porque lo último que quería era adentrarse aún más en la espesa selva, pero entre la poca visibilidad, el barro bajo sus pies y que la antorcha se apagó a los pocos segundos, Hazel se detuvo en seco, maldiciendo.
—No. Mierda. No, no, no.
Giró sobre sí misma, temerosa de la oscuridad que la rodeaba, respirando con agitación, y de pronto sintió que la tierra cedía bajo su pie derecho, pues, sin darse cuenta, se había acercado a un precipicio.
Soltó un grito, preparándose para la caída y cubriéndose con los brazos, cuando de repente notó que tiraban de ella.
En lugar de rodar y caer metros y metros hacia lo desconocido, se encontró con el cálido abrazo de alguien mucho más grande que ella que la arrastraba lejos del peligro.
De manera inconsciente, se agarró a su salvador y miró hacia arriba, pero en aquella oscuridad era difícil...
—Casi te caes por un jodido barranco, Belladona.
Hazel no contestó, sobrepasada por la situación.
«¿Qué hace él aquí?».
—Garret.
—Hola, preciosa. Menuda tromba, ¿eh?
—¿Cómo me has encontrado?
—No he tenido que encontrarte porque no te he perdido de vista ni un momento.
—Sacó una capa de debajo de la suya, se la puso sobre los hombros y le subió la capucha rápidamente.
La calidez de la prenda, que había estado en contacto con el cuerpo del arquero, fue una sensación que la relajó al instante.
—Me has seguido.
—Pues claro que te he seguido. —Alzó el farolillo que llevaba entre los dos, el cabello empapado cayéndole sobre el rostro—.
¿A quién se le ocurre meterse en una selva que desconoce sola, de noche, vestida así y sin provisiones?
Encima va y se desata una tormenta de golpe. Hazel, por favor, podrías...
La risa se le escapó antes de que pudiera controlarla. Era absurdo; tenía que ser una alucinación, él no podía estar allí.
—¿Puedes decirme qué te hace tanta gracia? —A la chica le hubiese gustado responder, pero las carcajadas aumentaron mientras se doblaba sobre sí misma al tiempo que la lluvia arreciaba, empapándolos, y otro relámpago iluminaba el cielo—. Venga. Vamos.
Un segundo después, sintió la mano de él en la suya, llevándola por un camino distinto. Garret caminaba como si se conociese la zona de memoria: cada árbol, cada arbusto y cada piedra del camino no eran más que un parque de atracciones para él.
La agarró más fuerte, como si quisiera asegurarse de que estaba allí y no iba a perderla, y el corazón de la joven dio un vuelco inesperado que la llevó a romper el cómodo silencio.
—¿Adónde me llevas, Zatran? —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima de la potente lluvia y se preguntó cómo narices era posible que el farolillo, aun protegido por un cristal, resistiese la fuerza del agua.
Gracias a su luz, cuando Hazel miró al pirata pudo apreciar que Garret sonreía de medio lado, los ojos brillantes y el verde en leve ventaja sobre el azul.
—A refugiarnos del aguacero. No te aseguro que sea cómodo, pero sí seguro.
Odiaba el hormigueo que había sentido en partes demasiado íntimas cuando la había cogido de la mano.
El agarre era firme y cubría los pequeños dedos de Hazel con facilidad.
El arquero la atrajo hacia sí y, con semblante serio, pareció escuchar lo que los rodeaba.
La selva era oscura, húmeda, y la falta de luz debido a la tormenta no ayudaba.
—¿Nos perderemos?
A pesar de que Garret se agachó un poco, Hazel tuvo que mirar hacia arriba para enfrentarlo, pues le sacaba casi dos cabezas.
—Me conozco esta isla como la palma de mi mano. Vamos, Belladona.
Tirando de ella, se adentraron todavía más en la selva, en la oscuridad.
Caminaron largos minutos, o tal vez fueran horas.
Hazel se aseguraba de pisar donde lo hacía Garret, además de rezar pidiendo que ningún animal salvaje los atacase...
aunque, si lo hacía alguno venenoso, quizá podía aprovechar para extraerle el veneno.
Fuera como fuese, y para su asombro, él no la soltó ni un instante, aunque el sudor de sus manos, junto con la lluvia, las hiciese resbaladizas.
En cuanto el pirata notaba que la mano de Hazel podía resbalar y soltarse de la suya, la recolocaba para reforzar la sujeción.
La joven curandera tuvo tiempo de sobra para contemplarlo de espaldas, y así, relajado, sin esos aires chulescos y bromistas que se gastaba, bajo la noche selvática, se dijo que parecía otro.
Parecía él .
En un momento dado, Garret se detuvo, le indicó que lo esperase allí y la soltó para desaparecer entre unos árboles.
Hazel abrió y cerró varias veces la mano, el calor del chico todavía con ella.
Enseguida regresó con una escalera rudimentaria hecha con ramas que a saber dónde había estado escondida y que no parecía muy estable.
La apoyó contra el tronco de un árbol inmenso, sin duda el más grande, y se la señaló a la sorprendida chica.
—Vamos. Tenemos que subir —le dijo—. Tú primero.
—Sí, claro, para que tengas un primer plano de mis posaderas —bromeó Hazel.
—Con esta luz de mierda no voy a ver nada, Belladona, así que sube, por favor. Estoy calado.
La chica chistó, pero le hizo caso. Agarrándose a la inestable escalera, empezó a subir. La copa del gigantesco árbol la protegía de la lluvia, cuyo sonido empezó a quedar algo amortiguado. En cuanto llegó al final, vio lo que le pareció que era... ¿una casa?
—¿Qué narices es eso? —soltó perpleja.
—Mi refugio para cuando me hartaba de socializar, o para cuando Vasilak me hinchaba demasiado las pelotas. Empuja la tranca de la puerta con fuerza hacia arriba y cederá.
Hazel obedeció y, no sin esfuerzo, la rudimentaria puerta se abrió entre crujidos. Entró deprisa en el inesperado refugio.
Gateó en la oscuridad mientras oía cómo Garret atrancaba de nuevo la puerta, esta vez desde dentro, y la seguía por la estancia con agilidad. Al instante, varios farolillos se encendieron y Hazel tuvo una mejor vista del lugar.
Se trataba de una cabaña de madera muy bien construida, pues el sonido de la lluvia quedaba amortiguado allí dentro y no dejaba entrar ni una sola gota.
Hazel se puso de pie y analizó la casa del árbol.
Era tan sencilla como útil, pues contaba con lo necesario para sobrevivir: una cama desnuda y sin hacer, pero con una almohada, un aguamanil en una esquina, una única ventana con una cortina sencilla de color azul y una mesa con una silla al lado de la pared que daba frente a esta, junto a una chimenea apagada y con restos de hojarasca.
Era básica, pero segura. El pirata no la había engañado, después de todo, e incluso le pareció acogedora.
—¿Cuánto queda para que amanezca?
—Unas cuantas horas —le dijo él mientras empezaba a desvestirse—. Te recomiendo que te quites esa ropa mojada o te congelarás. Voy a hacer fuego para calentarnos y poder secarla.
—¡¿No es peligroso?! —exclamó ella—. Ya he visto la chimenea, pero todo esto está hecho de madera.
—Mujer de poca fe. —Había recuperado el tono burlón—. Es mi refugio. Lo conozco bien.
—No pienso desnudarme.
—No voy a asustarme, si eso es lo que te preocupa. Tú verás lo que haces, pero paso de resfriarme.
Dándose la vuelta, empezó a deshacerse de las botas y los pantalones. Abrumada, Hazel se giró, buscando una alternativa. Pero no la había, ¿verdad?
Algo le rozó la cabeza y ella se asustó. Una sábana blanca, seca. Se giró hacia Garret, que se había tapado con otra.
—En ocasiones dormía varios días aquí. Suelo tener sábanas, por si acaso.
—Sin más, se sentó y, de un baúl al lado de la chimenea en el que Hazel no había reparado, sacó hojas, ramas y madera que puso en la chimenea y, aprovechando la llama de los dos farolillos que iluminaban la estancia, encendió un fuego que empezó a crepitar con rapidez.
Suspirando, Hazel miró la sábana y puso los ojos en blanco. Tal vez, que la viese desnuda no sería lo peor. Haberla encontrado desprevenida e indefensa había sido todavía más bochornoso.
Garret tenía razón. El ansia había obnubilado su razón y se había adentrado en aquella selva como una inconsciente. Sabía que no era estúpida, pero no podía negar que había actuado como si lo fuera.
Bufó entre dientes, rabiosa consigo misma, y se quitó las botas, la capa que Garret le había prestado y, finalmente, el vestido de color verde coral, que estaba empapado.
No se molestó en girarse para ver si estaba mirándola.
Se soltó el moño, dejando caer su mojado pelo, y ocultó su cuerpo con la sábana.
Se giró hacia Garret, que tenía la mirada perdida en el humeante fuego. Se acercó despacio y se sentó frente a la chimenea, pero manteniendo la distancia con él.
—¿Cuánto tardaste en construir... esto?