26. Velas #10
—Sí y... no. Supongo que depende.
—Tres años después de nacer Ivette, ella murió. Y hay muchas cosas de esa época que son borrones en mi mente. Pero hay algo que es una realidad que me llena de orgullo: es una pirata, forma parte de la tribu, de este pueblo, de la tripulación. Es la futura líder.
»Lo único que pude hacer por su madre, por mi mejor amiga, fue esto. —Hizo un gesto hacia la estatua—. Está aquí enterrada y siempre será honrada.
—Lamento mucho tu pérdida, pero debo decirte algo. No sé si tenía ese... magnetismo en persona, pero, si lo que querías conseguir era que este sitio transmitiese paz y tranquilidad cuando la gente viniese a visitarla, lo has conseguido, capitán.
Ambos se miraron durante un largo instante; en otra ocasión tal vez Neve habría intentado romper el silencio, algo que le molestaba sobremanera, con alguna pregunta con tal de saber más de su aliado, pero no lo hizo, dejando que aquella paz momentánea se alargase... , aunque fuese solo unpoquito más.
—Quiero darte algo.
Ella frunció el ceño ante las palabras de Rackstorm.
—¿A mí?
—Por lo que has hecho antes. Dirigirte a los míos en nuestro idioma.
—No ha sido nada —respondió ella restándole importancia.
—Puede que no para ti —vio que se quitaba algo de la muñeca izquierda—, pero para mí sí lo ha sido.
Se acercó a ella, borrando la distancia que los separaba, y, con cuidado pero sin dudar, le cogió la mano derecha y depositó una pulsera en su palma abierta.
—¿Qué estás haciendo, Vasilak?
—Darte un regalo. ¿No puedes aceptarlo sin más?
Neve se tragó sus palabras y la inspeccionó.
Era muy sencilla, confeccionada con los mismos hilos de los que estaban hechos los ornamentos que Vasilak lucía en muñecas, cuello y tobillos. Pero había algo más, algo que destacaba: un pequeño talismán no más grande que su uña.
La capitana levantó la pulsera a la luz y vio que se trataba de una simple y delicada caracola.
Su corazón dio un vuelco.
—No tenías por qué hacerlo. —Ella lo miró, sintiéndose desarmada ante el gesto, pues, sin duda, dejaba entrever quién de los dos tenía un buen corazón.
Se dijo que el que latía dentro de ella no lo era.
—No puedo aceptarlo.
—Podría decirte que, para mi pueblo, sería una ofensa que rechazaras un regalo del líder, pero solo te diré que quiero que lo tengas.
—De acuerdo, está bien —respondió ella casi ¿titubeando?—. ¿Podrías...?
Vasilak asintió y cogió la pulsera para ponérsela en la muñeca izquierda.
Y en ese momento, tan cerca, pudo apreciar cómo de grandes y callosas eran sus manos; la diferencia del oscuro tono de su piel con el de ella; los tatuajes que cubrían su espalda y la totalidad de sus brazos; el olor masculino que desprendía...
Y, todo ello, contrastando casi de manera cómica con la delicadeza con la que la estaba tratando.
Observó su rostro, concentrado en anclar el cierre que se resistía entre sus gruesos dedos, y pensó en cómo en este se podían apreciar las múltiples facetas que Vasilak mostraba al mundo y que en ese instante había decidido mostrarle esa en concreto.
Sus ojos la encontraron y durante varios segundos se contemplaron, las manos de Rackstorm cerrándose sobre la muñeca de Neve, sus respiraciones sincronizándose, y en ese intercambio ambos dejaron atrás su papel de capitanes para ser solo él y ella.
Neve y Vasilak.
Eso, sin duda, mandó escalofríos de puro terror por la columna de la chica.
Pero, por una vez en su vida, tenía que admitirlo: Vasilak era dolorosa e insufriblemente atractivo, de una manera que, si te pillaba desprevenida, podía quitarte la respiración.
Fue cuando vio que sus dorados ojos descendían a su boca cuando Neve volvió a la realidad.
Y retrocedió, alejándose de él.
—Agradezco mucho tu regalo, capitán, pero... —Neve se levantó de un salto rápido y se sacudió el polvo del vestido— he huido de la fiesta buscando un rato de soledad, lo necesito.
Él también se puso en pie.
—Por supuesto. Pero al volver no te salgas del camino y sigue las antorchas.
—Lo tendré en cuenta —mintió, pues ya sabía adónde iría.
—Y gracias de nuevo. No por lo de antes, sino por esto. Por las velas para Azari.
Neve, entonces, sí le mostró una sonrisa sincera.
—Siempre muestro respeto por los que ya no están; es lo mínimo que podemos hacer. Estar vivos es un privilegio, uno que tenemos que usar bien. —Dicho esto echó a andar hacia la salida y, sin girarse, movió la mano de un lado a otro en un gesto de despedida—. Adiós, capitán Rackstorm.
Él no contestó al momento, pero Neve tampoco hizo ademán de girarse a mirarlo. Quería dejarle la intimidad que el lugar requería, y más sabiendo de quién se trataba.
Lo último que oyó antes de salir de la caverna y enfilar el camino que descendía hasta la playa fue un suave:
—Buenas noches, capitana O’Shea.
Neve regresó a paso más rápido que el que había llevado en la ida para evitar la tentación de volver sobre sus pasos, y se desvió en cierto punto para no terminar en la playa de la que se había alejado un rato antes, y mientras lo hacía pensó en Índigo, Hazel, Sage y Raven; en que, para su desgracia, no iba a poder cumplir lo que les prometió el día que tuvieron que separarse.
Siguió con paso firme, casi trotando hacia otro de los caminos que había visto mientras subía, y sonrió al darse cuenta de que, en efecto, estaba volviendo al muelle de Dría, donde podría acceder al Luz del Alba sin problemas, pues tenía una última cosa que hacer.
Mientras acariciaba la pulsera que Vasilak le había regalado, la realidad cruzó como una flecha su corazón: Rackstorm era del todo ajeno a una cosa.
Algo que, para su propio alivio, averiguaría muy pronto.