La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 26. Velas #9
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26. Velas #9

—No sé quién eres, pero estoy segura de que querrías que este sitio fuese acogedor, ¿verdad?

Encendió una vela en una de las antorchas y, con cuidado, fue prendiendo las otras una a una. Siseó cuando algo de cera caliente cayó en sus callosos dedos, pero, aun así, siguió concentrada en su tarea.

Aunque la fiesta seguía su curso en la lejanía, la paz y la serenidad que se respiraban en aquel lugar eran justo lo que Neve necesitaba.

Encendió la última vela, que quedaba a los pies de la estatua, y cuando el espacio quedó por completo iluminado, tal y como debía estar un monumento al recuerdo, descendió los tres escalones que rodeaban la base de la escultura, inclinó la cabeza y, llevándose una mano al pecho, murmuró una plegaria por la misteriosa mujer.

—Tenía razón sobre ti, joven Neve.

La capitana se volvió de golpe para encontrarse, cómo no, con Zóferas, apoyada en su báculo en la entrada del lugar. Suspirando, la chica de cabellos rubios se giró de nuevo con la idea de seguir con lo que estaba haciendo antes de que la interrumpiesen.

—¿Es que no puedo estar sola ni cinco minutos? —se quejó.

—Yo creo que estás sola más veces de las que crees. Al fin y al cabo, estar solo no significa no tener compañía. Podemos estar rodeados de cientos de personas y seguir aislados en nuestra mente... o en nuestro corazón.

—Ahórrese la filosofía barata, señora Rackstorm —replicó dándose la vuelta para encararla, y entonces se dio cuenta de que la anciana no había llegado sola.

En la caverna también estaba Vasilak Rackstorm, con un ramo de flores blancas del que colgaba un amuleto como los que ya había allí. Fue en ese momento cuando Neve supo que aquello no era una simple estatua...

Era una tumba.

—He de volver con mi bisnieta —musitó la anciana con una mueca divertida, pero con un aura que mostraba seriedad a la vez, una combinación que sorprendió a Neve—. Os dejaré a solas.

—Iré con usted —declaró Neve, a lo que él reaccionó de inmediato.

—Puedes quedarte, O’Shea. Por esta noche al menos, no morderé.

Vasilak inclinó la cabeza en señal de respeto a su abuela cuando pasó por su lado, quien le devolvió el saludo con un suave toque en el brazo. Segundos después, la guía espiritual había desaparecido, por lo que estaban los dos solos.

Sin saber dónde poner las manos, Neve se cruzó de brazos mientras Vasilak dejaba las flores al pie de la tumba. Oyó que murmuraba algo en su idioma natal y después lanzó un beso a la estatua.

La pirata pasó sus ojos de él a ella una vez, y luego otra..., hasta que, a la tercera, lo vio.

—Es la madre de Ivette, ¿verdad? —preguntó tras el silencio más largo que ambos capitanes habían compartido esa noche.

Incapaz de hablar y de nuevo a su lado, Vasilak asintió.

—¿Quién la mató?

—¿Por qué das por supuesto que fue asesinada?

Neve se atrevió a mirarlo y él arqueó una ceja en espera de respuesta. No parecía molesto. Era como si no quisiera alterarse en un lugar como aquel, lo que mostraba lo mucho que respetaba la memoria de aquella joven.

—Disculpa —balbuceó ella, mortificada—. No debería haber dicho eso.

—Falleció cuando Ivette tenía tres años, de una enfermedad que no habíamos visto nunca. Fue perdiendo fuerzas, cada vez más débil, y el pelo se le fue cayendo poco a poco. La encontré una mañana en sus aposentos sin vida; por lo que me dijeron, se quedó dormida y no volvió a despertar.

Vasilak hizo algo inesperado. Con agilidad, se sentó en el suelo, colocando sus brazos en sus rodillas, mirando a los pies de la estatua. Neve lo imitó, apoyándose en su brazo izquierdo mientras el derecho descansaba sobre sus piernas extendidas, algo inclinada hacia el pirata.

—Perder a la persona que amas... —murmuró Neve.

Él la miró por fin, sus ojos dorados algo apagados allí, como si la nostalgia hubiese quitado la ferocidad que aquella mirada siempre enarbolaba. Neve siempre había pensado que, en la mayoría de las ocasiones, la muerte obligaba a muchos a sacar su humanidad; su propia vida.

Los recuerdos la invadieron y, aunque esos sentimientos pertenecían a un periodo de su vida ya cerrado, reconoció el dolor de perder a una persona que amas de forma romántica.

—Hablas como si hubieses pasado por ello. —El susurro de Vasilak fue apenas perceptible.

—Es algo indescriptible —respondió ella del mismo modo.

Estaban solos, pero levantar la voz en aquel sitio y hablando de aquellos temas parecía una falta de respeto.

Aun así, ninguno se detuvo.

—Fue una época oscura para todos —prosiguió él, y Neve observó su perfil mientras, sin darse cuenta, desplazaba el dedo índice sobre el suelo—. Tuve que criar a Ivette solo, aunque todos me ayudaron. Es hija mía por sangre, pero hija de todos en realidad.

—Se parece a ella. —Señaló con la cabeza la estatua de Azari—. La forma de la cara y los ojos avellanados. Los labios.

—Tiene su mismo color de ojos. El pelo es mío; ella era castaña.

Podía empezar a imaginársela y lo entendió. Debía de haber sido una auténtica belleza.

—Durante el año que siguió al asesinato de mis padres —Neve cambió el rumbo de la conversación y, aunque con el rabillo del ojo vio que la miraba, mantuvo su mirada fija en las titilantes velas a los pies del altar—, me llevé a las chicas a la isla donde me habían criado.

Era un enclave seguro, remoto, con buena conexión con el archipiélago, pero desconocido, pues la gente no sabía cómo acceder allí...

, no sin conocer la ruta correcta. Y, no, no te diré dónde está.

Captó una leve risa, apenas audible, que provenía del pecho del pirata.

—Lo entiendo.

—Damir era como de la familia, nos conocíamos desde siempre —prosiguió Neve—, hijo de amigos de mis padres. Crecimos, era guapo, le gusté, me gustó. Típico romance de críos que luego llega a más. Era buen amante..., ambos nos enamoramos..., y pasó lo que pasó. Tuve que matarlo.

—Espera, ¿qué?

—Hacia el final de ese año de entrenamiento —continuó ella como si nada—, una noche quise evadirme de todo y me transformé. Estar en esa forma a veces me relaja y es una manera de conectar con partes de mí misma que, en esta forma —se señaló en su evidente estado humano—, están dormidas.

»Fui al escondite al que solíamos ir a intimar, pero no sabía que estaba en la isla. Él solía avisarme cuando venía, pero aquella vez no lo hizo. Quería darme una sorpresa antes de que iniciara mi nueva aventura: nueva tripulación, el Luz del Alba surcando los mares con su capitana.

»Me descubrió, supo que era yo y me atacó. Si no llega a ser por Hazel, que fue quien me encontró, yo no estaría aquí, tú no tendrías esa cicatriz y tal vez los mares serían tuyos.

Vasilak no hizo ningún comentario, lo que Neve interpretó como una señal para que siguiera hablando. Una suave brisa acompañó sus palabras, meciendo su larga melena, suelta y libre.

—Después de eso, supe que debía matarlo, pues tuve claro que le contaría mi secreto al mundo. No fue fácil. Fuimos a buscarlo y lo encontramos con el resto de sus camaradas. Tuvimos que acabar con todos.

»Las chicas..., jamás me perdonaré el hecho de que la primera misión que tuvieron a mis órdenes fuera matar a tanta gente, pero fue una lección y un ejemplo oscuro y sangriento de la vida que les esperaba. Las había entrenado a la perfección. Hicieron bien su trabajo.

»Lo maté a pesar de que aún lo quería, así que créeme que entiendo lo que significa perder a alguien que amas, a tu pareja.

—No era mi pareja. —Neve levantó la vista, encontrándose con la intensa y fija mirada de él. Había cambiado de posición: inclinado un poco hacia ella, solo el brazo izquierdo sobre una rodilla, el derecho estirado hacia atrás para apoyarse en él—. Era la madre de Ivette, pero no estábamos juntos.

—No lo entiendo. Como líder de esta tribu, le levantas un monumento a la madre de tu hija, ¿y me dices que no la amabas?

—Sí que la quería —recalcó él—. Era mi mejor amiga. Ivette nació... debido a un favor.

—¿A un favor?

—Ya que te has sincerado conmigo, voy a hacer lo mismo, pero no te acostumbres.

—No te preocupes —susurró ella, quitándole importancia—. Pero haciendo eco de tus palabras: hoy yo tampoco muerdo. Soy toda oídos, Vasilak.

Él puso los ojos en blanco y, tras un suspiro que Neve sintió en el fondo de su pecho, empezó a hablar.

—El padre de Azari la puso en una encrucijada. No le permitía ser pirata, pues era una mujer y para él eso era inconcebible. —Neve hizo una mueca de desagrado y Vasilak la imitó con una que decía «Lo sé»—. Tenía dos opciones: casarse con la persona que él quería, o acabar vendida a un burdel.

—Qué hijo de puta —gruñó esta, echando un rápido vistazo a la estatua.

—Lo era. El caso es que acudió a mí y me pidió el favor de...

—Te pidió que la dejases encinta... —Esta vez el vistazo rápido fue hacia él al deducir lo que había pasado.

—Así es. Sabía que podíamos confiar el uno en el otro hasta el punto de acostarnos y concebir un hijo con tal de protegerla.

Durante varios días compartimos lecho, procurando que nuestros encuentros tuviesen sus frutos.

Sobra decir que yo tuve claro desde el primer momento que, si accedía a dejarla embarazada, ese bebé siempre sería mi responsabilidad, durante el resto de mi vida, y estuve dispuesto a hacerlo...

, y al mes me anunció que había funcionado.

»Por un lado, aunque su padre se enfureció, ya no pudo hacer nada contra ella.

»Por otro, siempre he creído que, en la vida de un pirata, no hay cabida para el amor romántico, pero sabía que mi padre quería desde hacía tiempo un heredero, pues no dejaba de repetírmelo. Era “el deber de los Rackstorm”, así que ese “pacto” entre Azari y yo nos benefició a ambos.

»Ivette nació sana y fuerte y la criamos juntos sus primeros tres años, pero jamás nos casamos, pues jamás nos amamos como pareja.

Fue una relación de amistad que acabó con nosotros como padres, y seguíamos siendo los mejores amigos.

Tal vez podríamos haber llegado a enamorarnos con el paso del tiempo; ¿no empiezan todas las relaciones románticas por una amistad?