La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 26. Velas #8
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26. Velas #8

Una descarada declaración de intenciones. Pues, en parte, aunque había luchado por negarlo, ella también lo quería.

Pero no debía, pues, si caía en la tentación, temía no encontrar el camino de vuelta a lo que sería vivir sin conocer los labios de Garret Zatran.

—Lo sé —consiguió decir tras unos segundos en los que sus descontrolados pensamientos le impidieron razonar con claridad y, por lo tanto, actuar de la misma forma—. Me has mirado la boca unas cuantas veces y tienes las pupilas bastante dilatadas.

Volvió a sacudirse el flequillo, esta vez para evitar que el hombre que tenía frente a ella viese cómo tragaba saliva. A pesar de que estaba atrapada entre el árbol y él, no se sintió intimidada. De hecho, su cercanía nunca la había intimidado.

Garret, en cambio, temblaba de placer ante lo intimidante que Hazel le resultaba, y ella misma lo había notado. Era una sensación de poder que le encantaba.

—¿Qué pasa si lo hago?

—Será cuestión de que lo compruebes. —Lo miró a los ojos y vio que Garret despertaba del sueño ante aquellas palabras. No esperaba que le siguiese el juego y menos de aquella manera tan directa.

Levantó la comisura de sus labios y, tirando la copa vacía lejos, apoyó el otro brazo también en el árbol, teniéndola a su merced.

El vientre de Hazel dio un vuelco de deseo que la pilló desprevenida.

—¿Me envenenarías de nuevo, espeluznante Hazel?

—Disfrutaría haciéndolo. —Desafiante, levantó la barbilla, mirándolo a través de sus pestañas.

Garret gruñó mordiéndose el labio inferior. Su mirada turquesa brilló en la noche a pesar de la creciente oscuridad, la fiesta y sus participantes olvidados por completo.

En ese instante solo estaban él y ella, y la promesa hecha a sus capitanes que debían cumplir.

—La última vez sobreviví. —Redujo más la distancia y Hazel lo dejó—. Podría hacerlo una segunda vez.

—¿Y si no fuera así?

El arquero sonrió de medio lado, sus ojos rebosantes de malicia y placer.

—La más dulce de las muertes.

Y, sin más, se apartó.

Hazel cogió aire, percatándose de que había estado sin respirar unos largos segundos. Parpadeó, confusa, y vio que Garret recogía la copa, giraba la cabeza en su dirección mientras se alejaba y la levantaba en un gesto que significaba un «Salud».

—Ha sido divertido, Belladona —dijo—, pero hay un pacto que respetar.

Dicho esto, se acercó a la multitud y se perdió en ella sin volver la vista atrás.

A Hazel se le ocurrió que quizá no estaba tan borracho como aparentaba y había querido jugar con ella, buscarle las cosquillas, como ella había hecho en alguna ocasión, debía admitirlo..., aunque... conocía a Garret.

De verdad iba a besarla y algo lo había detenido.

«Pero ¿el qué?».

—Te ha visto dispuesta a besarlo, a romper el pacto, y por eso ha parado —se respondió con sorpresa a sí misma cuando la realidad la golpeó de repente.

Y esas palabras le hicieron darse cuenta de que, al fin y al cabo, conocía la parte de Garret que él decidía mostrar al mundo.

La curandera no había olvidado que se había lanzado a protegerla cuando Caribdis casi abordó el Luz del Alba antes de que Neve acudiese a su rescate.

Ni tampoco que, antes de eso, la había acompañado en la enfermería y la había alabado por sus conocimientos y habilidades.

El Garret que acababa de tener delante no era el mismo que había conocido semanas atrás y, a pesar de que se había repetido múltiples veces, más de las que le gustaría reconocer, que no implicaba nada, la verdad decía lo contrario.

Aquello estaba dejando de ser un entretenimiento divertido, Garret lo acababa de confirmar cuando Hazel le había dejado claro que estaba dispuesta a seguirlo si le tendía la mano.

La chica resopló, apartándose del árbol y llevándose una mano al pelo, que revolvió a la vez que gruñía de frustración.

«Céntrate, Hazel. Es mucho mejor así, lo correcto».

Mirando a su izquierda, tuvo la sensación de que era casi como un fantasma que veía a los vivos disfrutar de la celebración, condenada a observar sin ser observada.

Otros se habrían lamentado de estar en esa situación, pero ella lo vio como una oportunidad única.

Debía olvidar lo que acababa de ocurrir con Garret, pues no los llevaría por buen camino a ninguno de los dos.

Tal vez lo mejor sería buscar cierta flor que Zóferas había mencionado.

Hazel la había estudiado y sabía qué planta era. Además, sus flores brillaban por la noche, así que no sería difícil de localizar.

Miró de nuevo el camino que se adentraba en la oscuridad de la selva y se mordió el labio inferior preguntándose qué hacer, pues quizá fuera peligroso aventurarse ella sola sin más...

—Puedo intentar no alejarme demasiado —se dijo, dando el primer paso—. Tan solo un rato. Si no la encuentro cerca y pronto, volveré. No me echarán en falta.

«Además, debes alejarte de ese arquero, jovencita».

El escalofrío que la recorrió ante aquel pensamiento fue pólvora suficiente para que echara a correr hacia la selva con una sonrisa en los labios.

Las horas fueron pasando mientras la bebida y la comida fluían, y el cielo, que en un principio había estado completamente despejado, poco a poco se fue cubriendo de una espesa capa de oscuras nubes que albergaban una tormenta de verano sin igual.

A Neve solo le había hecho falta oler la brisa al principio de la noche para saberlo.

El pueblo de Vasilak sabía cómo disfrutar de una celebración. No había rastro de Índigo ni de Hazel, lo que tampoco le preocupó. Eran mayorcitas para saber pasarlo bien a su manera.

Pero tanto jolgorio empezaba a agobiarla; no estaba acostumbrada a estar entre multitudes, y menos durante tanto tiempo, y la bebida, la música y el griterío le habían provocado dolor de cabeza.

Procurando que nadie lo notara, se alejó de la mesa de honor para dar un paseo, y acabó siguiendo un camino de piedra que se metía en la selva, necesitada de soledad, aunque fuese brevemente, para recuperarse.

Dio las gracias por llevar sus botas, pues entre la falta de luz, ya que las antorchas eran escasas a lo largo del camino, y el empedrado irregular del suelo, otro tipo de calzado habría condenado sus tobillos a un destino terrible.

El serpenteante sendero subía y subía hasta uno de los peñascos que daban al mar, y durante la subida gozó de una vista panorámica sobre la gran cala y la explanada donde la fiesta continuaba.

Los olores, los fuegos, la música, las voces..., todo para honrar la llegada de Vasilak a su hogar, por el regreso de su líder a casa. Una muestra de respeto y de amor que Neve admiró.

Lo hacía con cualquier sociedad que se viese tan unida y vital.

Aun así, debía reconocer que, para esa parte oculta en su interior, era algo demasiado abrumador con lo que lidiar.

La opresión en el pecho la había avisado de que necesitaba salir de allí.

Mientras se alejaba, había hecho caso omiso del odio, la reticencia e incluso el miedo con los que muchos la miraban.

En realidad, era una combinación a la que estaba más que acostumbrada; sin embargo, en aquel lugar el sentimiento se intensificaba de manera significativa.

Sacudió la cabeza para apartar esos pensamientos y se estiró, sintiéndose ligera con aquel vestido impresionante de color verde coral y el cabello suelto, a pesar de que le picaba la cara por culpa del maquillaje.

Entendía que en contadas ocasiones debía llevarlo para no delatarse, pero odiaba el malestar que le producían los diferentes tintes en su piel; a veces era más molesto que una herida de batalla.

Siguió ascendiendo hacia la cima poco a poco, y la fiesta fue quedando atrás, cada vez más pequeña; el mar, con el Luz del Alba atracado cerca de la playa, estaba tranquilo aquella noche.

De pronto, frente a ella, vio que el camino se dividía en dos: uno se adentraba en la selva, mientras que el otro llevaba hacia un claro iluminado tenuemente. Invadida por la curiosidad, Neve siguió el camino de la izquierda, hacia la luz.

A medida que avanzaba, la estrecha senda se fue ensanchando hasta convertirse casi en una avenida, pues podrían haber circulado más de dos filas de carruajes por ella.

Entendió el porqué de la amplitud del camino cuando llegó a su final, pues desembocaba ante una abertura excavada en un peñasco. La altura no era mucha al principio, pero, conforme se avanzaba, el techo se iba alzando hasta formar una sala cavernosa gigantesca iluminada por antorchas bien cuidadas.

Parecía una especie de santuario, y sus sospechas se confirmaron cuando vio lo que había al fondo de aquel espacio.

La estatua de una mujer.

Tenía una cara amable y era hermosa, de esas bellezas por las que los hombres matarían a cambio de una leve sonrisa.

Neve se quedó mirando los ojos de la desconocida y, aunque no sabía de qué color habían sido, pues aquella estatua era honorífica, una sensación de paz la invadió incluso con todo lo que tenían encima.

Sintió que la tensión de sus hombros desaparecía; que dejaba de apretar los dientes; que sus brazos, sus manos, sus dedos, se relajaban, cayendo a sus costados.

A los pies del monumento había una inscripción, junto con velas, flores frescas y amuletos parecidos a los que Vasilak llevaba en las muñecas y colgando del cuello.

Un símbolo de respeto por parte de las tribus de esa isla.

Neve leyó el nombre para ella, sin que nadie pudiese oírlo.

Azari Duststream

5 de marzo de 307 - 24 de agosto de 326

Amiga, madre y pirata. Hasta el fin de sus días.

—Solo tenía diecinueve años. —Levantó la mirada de nuevo hacia el rostro de la estatua y, durante un breve espejismo, se preguntó quién sería.

Una de las cosas que siempre había admirado era el respeto a los que ya no estaban, que se los honrara.

Y al ver aquellas velas apagadas fue como si el recuerdo de aquella mujer estuviese también olvidado en parte.

En el fondo, sabía que no era así: las flores frescas lo demostraban y el lugar estaba bien cuidado.

No le cupo duda de que Azari tuvo que ser alguien importante para los habitantes de Nyaria.