La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 26. Velas #7
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26. Velas #7

—Gracias por el baile, Índigo —dijo mientras los aplausos se desvanecían y, con una habilidad que la pilló desprevenida, le cogió la mano y le besó con suavidad el dorso—. Espero que no olvides la información que he compartido contigo.

Le guiñó un ojo, divertido.

Ella resopló, pero no apartó la mano, pues Arendar se la soltó enseguida.

—No lo haré —le aseguró, con una expresión desafiante.

Él no respondió al desafío, y a la joven le frustró ver que no le importaba que no se fiase de él.

¿Acaso la consideraba estúpida? Le iba a demostrar que de eso no tenía un pelo.

La música cambió y más gente se unió a aquellos bailes más animados, por lo que Índigo aprovechó la oportunidad y, una vez que el contramaestre la dejó atrás, decidió no regresar a la mesa principal de momento y se abrió paso entre la multitud con paso lento y hombros caídos para alejarse del bullicio.

Con la mirada perdida, mientras caminaba reflexionó sobre la información que Arendar acababa de proporcionarle, para así reestructurar el esquema mental que tenía de él.

Hacía diez años que había abandonado su vida de alta cuna, gracias a la cual había adquirido todos esos conocimientos reservados a unos pocos privilegiados de sangre noble.

Por motivos que desconocía, su familia había sido asesinada y él se había salvado gracias a un sirviente.

Tiempo después se había unido a Vasilak, Arendar no era su verdadero nombre y había tenido una prometida que seguía viva y a la que echaba de menos.

—Algo no me cuadra —susurró, abrazándose a sí misma mientras se apoyaba en la pared de piedra de uno de los acantilados que rodeaban la cala en la que había acabado.

Mientras intentaba aclarar sus pensamientos, suspiró y sintió un leve picor en la nariz, que se rascó con delicadeza.

Fue entonces cuando aquel particular olor volvió a ella.

El de cedro, el suave y delicado olor a madera mezclado con el aroma cítrico que la rodeaba.

Dos polos opuestos, ya que el cedro solo crecía en el Continente Este, dato que Kristopher le había mencionado en una de sus cartas y que recordaba a la perfección.

Sus palabras resonaron en su cabeza de nuevo.

«Suelo pedir que la añadan en los perfumes y aceites que elaboran para mí».

Fue como si le clavaran un puñal y, por desgracia, Índigo sabía qué era sentir una cuchilla de ese tamaño entrar en su cuerpo. Quizá fuera metafórico, pero sintió un dolor parecido, tan hondo en su pecho que no lo creyó posible.

Cogió aire y las lágrimas le llenaron los ojos, pero no parpadeó mientras la realidad calaba en ella, despacio primero y, después, con un golpe tan seco y voraz que sintió que se desgarraba por dentro.

Se tambaleó y tuvo que apoyar las manos en la rocosa pared, pues las piernas no le obedecían.

«Cálmate. Está muerto, Índigo. Kristopher lleva diez años...».

No pudo contenerse y volvió a la fiesta, pero se detuvo a unos metros de la mesa que la presidía.

Su mirada lo buscó, directa y decidida.

Y, por supuesto, él le devolvió la mirada.

Estaba de pie junto a su silla, con las manos en el respaldo, el cabello blanco agitado por la brisa, cada vez más fuerte, pero Índigo no se había dado cuenta de que las nubes, que hacía un par de horas eran inexistentes, cada vez se cernían más sobre ellos.

La tormenta se acercaba.

No. Ella solo veía que el semblante inocente y suplicante que le mostraba aquel hombre en ese momento era el de alguien mucho más joven, y que, en sus cristalinos ojos azules parecían esconderse cientos de gritos de socorro.

Jamás lo había visto en persona, solo en retratos. Y en estos siempre llevaba el pelo muy largo, por las caderas, y suelto como demostración de la elegancia y poderío de la casa real de Aranus.

Índigo tragó saliva y por fin parpadeó, un gesto que provocó una mueca de pena en Arendar.

Una mueca que lo confirmaba todo.

«No. No. No ».

«Deberías estar muerto».

«Te lloré».

«Te vengué en mis sueños».

Índigo dio un paso atrás, con una mano en el corazón, que latía desbocado, y su respiración cada vez más acelerada.

Se había enfrentado a la muerte en el pasado, pero aquello era distinto. Inhumano y cruel.

Vio que Arendar se percataba de su expresión y soltaba el respaldo de su silla, pasaba por detrás de Zóferas, que lo miró con curiosidad, y bajaba de la tarima con la intención de ir hacia ella..., cosa que hizo al instante y a gran velocidad.

Empezó a retroceder, negando con la cabeza, temblando sin control.

Un instante después, salió despavorida en dirección al único lugar que conseguiría calmarla: el mar.

El Luz del Alba . Allí estaría a salvo.

Allí su pasado no podría perseguirla.

«Corre. Corre, Índigo, corre».

Oyó cómo la llamaba, pero no se detuvo ni miró atrás, pues, si lo hacía, se encontraría cara a cara con un fantasma.

Y los hombres muertos no cuentan cuentos.

Había identificado el sabor de inmediato. Cuando Índigo se fue a bailar con Arendar, Hazel se había puesto con la comida, lo primero, una macedonia de verduras y frutas que la había dejado congelada.

«Numidicina. El jarabe nocturno».

Se había levantado enseguida y había abordado a Zóferas con decisión.

—¿Qué condimento lleva esta ensalada?

La anciana la miró confusa y respondió lo obvio, lo que Hazel había detectado.

—Jarabe nocturno. Lo usamos para condimentarlo casi todo.

—Es difícil de conseguir... —susurró Hazel con el vello de punta.

—Tenemos nuestros recursos. En el interior de la isla hay varios árboles que nos proporcionan la flor suficiente para abastecernos, pues es muy buena para fines culinarios.

«Y, con el tratamiento adecuado, produce un veneno mortal», se dijo Hazel, pero se guardó el comentario para sí.

Tras un «Gracias», volvió a su sitio, o esa era su primera intención, pero, de repente, la selva que los rodeaba y que se perdía en el corazón de la isla se le antojó demasiado tentadora.

Aquellas palabras no dejaban de repetirse en su cabeza, por lo que se vio obligada a pasar de largo de la mesa y escabullirse entre la multitud, fingiendo que observaba con atención el baile de prometidos en el que Índigo y Arendar estaban participando...

con una conversación cuya tensión podía palparse a millas de distancia.

—¿Qué narices pasa entre esos dos? Parecen el perro y el gato —farfulló para sí.

Hazel se habría sobresaltado en otra ocasión, pero entre el barullo de los festejos y que no paraba de darle vueltas a las flores que Zóferas le había mencionado, la presencia de Garret fue, incluso, una agradable sorpresa.

Debía admitir que el baile o, más bien, la batalla en la que Arendar e Índigo estaban enfrascados en la pista era un espectáculo digno de admirar.

Sus movimientos eran elegantes, el vals lo requería, y ellos los ejecutaban a la perfección, pero no era difícil detectar en cada paso y cada giro una afilada daga directa a la yugular.

De todos modos, los ojos de Hazel abandonaron la pista y se dirigieron hacia la selva, que la invitaba a adentrarse en ella. No podía esperar a mañana. Eran flores nocturnas y su néctar solo funcionaría si lo extraía antes del amanecer.

Se giró hacia Garret, que se tambaleaba un poco, con las mejillas rojas y sus ojos turquesa brillando a la luz de las antorchas.

—No se llevan muy bien —comentó él, señalando con la cabeza a sus compañeros de travesía.

—¿Quién de nosotros lo hace? —replicó la chica.

—Tú y yo nos llevamos bien, aunque quieras negarlo, Belladona. —Le ofreció su copa, pero Hazel rehusó.

No había bebido nada todavía porque pensaba hacerlo mientras cenaba, pero no le había dado tiempo debido a su descubrimiento.

Si al final cedía y se decantaba por ser temeraria, debía entrar en esa selva sobria...

, y, con Garret allí, no tenía margen de maniobra para esfumarse, al menos no en ese momento, así que tuvo que distraerlo.

Lo miró de arriba abajo mientras él daba otro trago y vaciaba su copa.

—Reconozco que ha sido impresionante. —Hazel se cruzó de brazos, apartándose el flequillo de los ojos. Tenía que cortarse el pelo, llevarlo largo no era útil ni práctico con su tipo de vida. No entendía cómo Índigo y Neve podían soportarlo—. El espectáculo de antes.

—Estabas acojonada.

—Diría que impresionada, por partida doble. Impresionada porque hayas sido capaz de hacer algo así, y por el ligero temor que me ha provocado.

Garret soltó una risotada y miró a su alrededor. Nadie les prestaba atención y, para sorpresa de Hazel, vio que la cogía del brazo con firmeza, pero también con delicadeza, y la llevaba hacia el linde de la selva, donde la oscuridad les procuraba cierta privacidad.

—¿Te acuerdas de lo que te dije aquel día que intentaste dejarme en evidencia delante de mi capitán?

—Que en circunstancias bien distintas te habría gustado conocerme.

—¿Acaso esta no lo es? No estamos en un barco y no tienes venenos encima con los que matarme.

—Esto último no lo sabes..., y las circunstancias no han cambiado en absoluto. Yo sirvo a mi capitana y tú, a tu capitán, y este pacto acabará un día y la enemistad volverá.

Vio que adoptaba la misma posición que aquel día en el nido de cuervos, inclinando su cuerpo sobre ella, apoyando su desnudo y musculado brazo en el árbol, flexionándolo de tal manera que su puño quedó cerrado y sus venas se marcaron.

Fue como una ola inesperada, de esas que te golpean con tanta rapidez y potencia que te dejan sin respiración durante lo que parece una eternidad; en aquel momento, Hazel fue demasiado consciente de su presencia como para ignorar lo que estaba a punto de pasar.

Una situación que, tal vez, no podía ignorar más.

Joder.

Iba a besarla.

No podía ser. No.

«Déjale», le dijo la voz en su cabeza.

—Te besaría ahora mismo —soltó sin apartar los ojos, algo nublados debido al alcohol, de sus labios.

En otro momento, Hazel se habría echado atrás y se habría aferrado al árbol que le daba soporte. Sin embargo, apenas se apartó, su delgado cuerpo entrando casi en contacto con el de él.