La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 26. Velas #6
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26. Velas #6

El siguiente movimiento del pirata la distrajo de sus pensamientos, porque Arendar rompió la distancia entre ambos, agarrándola con su brazo derecho por la cintura, e Índigo pudo sentir no solo el leve roce de sus callosos dedos en el centro de la espalda, sino su aliento y el olor que emanaba de él.

Esto último fue lo que más la sorprendió.

Pues era un olor particular, atípico para la época.

—¿Qué perfume llevas? —se le escapó.

—¿Esa es la primera pregunta que quieres hacerme? —Sus ojos azules brillaron con diversión.

Iba a partirle la cara.

—Responde.

—No es un perfume, sino un aceite aromático. El ingrediente principal es el cedro.

El dolor que produjo el vuelco de su corazón llegó antes de que pudiese procesar por qué lo había sentido. Y el recuerdo la alcanzó al instante. Una de las últimas cartas de él antes de morir.

«Uno de mis aromas favoritos es el cedro. Suelo pedir que la añadan en los perfumes y aceites que elaboran para mí y, como mis hermanos lo detestan, también me resulta útil para mantenerlos alejados. En cambio, espero de corazón que sea una fragancia que vos apreciéis, mi querida prometida».

Debía distraerse. No podía pensar en él.

Y menos en los brazos de otro.

Tragando saliva y recomponiéndose, Índigo se disponía a hacerle otra pregunta cuando la música los envolvió y empezaron a moverse. Cogió con la mano derecha la izquierda de él y puso la izquierda sobre su hombro con excesiva fuerza, haciendo que Arendar arqueara sus blanquecinas cejas.

El cuerpo de Índigo pareció despertar de un largo letargo, reconociendo la melodía del vals y siguiendo los pasos como sus maestros le habían enseñado, siguiendo el tempo y permitiendo que su compañero de baile la dirigiese.

El agarre de Arendar en ella aumentó, e Índigo se preparó para la repentina vuelta que ambos hicieron, imitando al resto de las parejas que, a diferencia de ellos, parecían estar disfrutando genuinamente.

El aroma de él volvió a inundar sus fosas nasales y las palabras salieron atropelladas de su garganta.

—Eras de alta cuna, ¿verdad?

Arendar le soltó la cintura para hacerla girar sobre sí misma dos veces y, después, atraerla hacia sí más cerca que antes. Índigo percibió su cuerpo sólido contra el suyo, pero siguió bailando, impaciente por una respuesta que la alejase de pensar en él .

—Por favor, ilumíname. ¿Qué te hace pensar eso?

—Nadie aprende a bailar así en una taberna.

Te mueves como alguien que ha sido instruido y se ha pasado la juventud en salones de baile.

No cuentas los pasos, no miras tus pies, no dudas en los movimientos, todos perfectos, y diriges con elegancia y seguridad.

A eso hay que sumar tus conocimientos matemáticos, que, por desgracia, no se enseñan a las clases bajas y requieren tiempo, contactos y libros muy específicos al alcance de pocos.

Por último, no llevas tanto tiempo con Vasilak como Garret y, en comparación con ambos, destacan tus modales, mucho más refinados y distinguidos que los suyos.

—Sí que eres observadora.

—Ante una posible amenaza, sí.

Arendar apretó la mandíbula, esta vez molesto de verdad.

—Estoy algo cansado de que me consideres una amenaza cuando lo único que he hecho es ayudaros.

—Ahora lo eres más sabiendo el secreto de mi capitana.

—Seguimos bajo pacto, Índigo. Además, nos salvó la vida arriesgando la suya. He de admitir que jamás pensé verme en una situación similar, y menos con O’Shea, pero esas son dos razones más que suficientes para mantener el pico cerrado.

Ambos se soltaron y giraron sobre sí mismos mientras otra pareja, aún de la mano, cruzaba el espacio que ellos habían dejado entre ambos al separarse.

Un segundo después, volvían a estar cogidos el uno del otro, ya que, por desgracia para Índigo, era un vals de los largos. Y estaba segura de que Arendar era consciente de ello.

De nuevo, el olor a cedro. Índigo cerró los ojos, luchando contra las lágrimas.

—Sigo sin confiar en ti.

—Dime por qué.

—Ocultas algo —confesó ella por fin.

Arendar no pudo evitar soltar una risa incrédula. Se miraron a los ojos, las pupilas dilatadas y los ceños fruncidos.

—No seas hipócrita, Índigo.

—¿A qué viene eso?

—Me echas en cara eso con desdén cuando tú también tienes tus secretos. Creo que yo podría hacerte la misma pregunta, contramaestre. ¿Eres de alta cuna?

—No hagas preguntas peligrosas —le advirtió ella, pero su tono amenazador no pareció amedrentar a Arendar en absoluto.

—¿Qué tiene de peligroso saber tu origen? —La acercó aún más y rozó el lóbulo de su oreja con sus labios al hablarle al oído, provocándole un escalofrío que Arendar pudo apreciar en sus desnudos y delicados brazos—. Se oyen muchos rumores sobre él.

—Los conozco bien.

—Entonces, ¿son ciertos? ¿Eres una bastarda de Harker Rout II?

Esa era la mentira que Índigo había ido esparciendo de unos años a esta parte: que ella no era Adelaida, la hija legítima desaparecida del rey, sino una hija fruto del adulterio..., cuando en realidad su padre le había sido fiel a su madre hasta el día que murió.

Había tenido que difundir esas habladurías para proteger su verdadera identidad, ya que ser la contramaestre de Neve la había expuesto a muchas miradas, y pronto su evidente parecido con la familia real del Continente Oeste dio pie a rumores que la ponían en peligro.

Respecto a su madre, Índigo apenas la recordaba, pues tenía dos años cuando esta falleció. En concreto, en el parto de Ariadne.

—Te deleitarías si respondiera a eso.

—Está bien, ya lo haré yo: sí, provengo de alta cuna, y antes de esta vida de pirata mi origen me permitió tener acceso a estos conocimientos y modales privilegiados. ¿Satisfecha?

La chica sonrió con suficiencia y fue a hurgar en la herida.

—¿Y tu familia? ¿Tienes contacto con ellos o te ignoran por haber manchado su linaje al elegir esta vida?

—Sería un poco macabro, están todos muertos..., asesinados, para ser exactos. Yo, por suerte o por milagro, pude escapar.

No debía seguir, no debía indagar, a pesar de que la intriga le subía, imperiosa, por la garganta. Aun así, logró controlarla y cambió su siguiente pregunta por una disculpa.

—Lamento mis palabras. Yo...

—Oh, vamos, Índigo... —La obligó a girar sobre sí misma, haciendo caso omiso de los pasos del vals y dando la nota. La espalda de ella chocó con el pecho de él y pudo sentir cómo se inclinaba de nuevo para hablarle al oído—. Te he dicho que no seas hipócrita. Has disfrutado de la pregunta.

No podía negarlo, pero eso había sido antes de conocer la respuesta. La culpabilidad la había azotado como un trapo seco, de improviso.

—Puede que haya sido así, pero no esperaba esa contestación. Una cosa es que desconfíe de ti y otra muy distinta es alegrarme de haber herido tus sentimientos.

—No lo has hecho. Tampoco les tenía mucho aprecio.

Índigo levantó la vista y se quedó sin aliento al ver lo cerca que estaban.

—¿Por qué los mataron?

—Porque, en parte, eran unos hijos de puta.

—¿Cómo escapaste?

—Uno de nuestros sirvientes me sacó por un pasadizo secreto que ellos usaban para moverse por...

mi hogar —Había dudado en las últimas palabras, pero ella no le dio demasiada importancia—.

Me llevaron lejos. Cuando me subí al carro y vi que quemaban mi casa, supe que mis padres y hermanos estaban muertos...

, así que decidí empezar de cero. Y Vasilak fue el único que me ofreció un hueco en su barco y quien me dio mi nuevo nombre.

—¿No te llamas Arendar?

—¿Acaso tu verdadero nombre es Índigo?

La contramaestre no contestó, por lo que su silencio fue respuesta suficiente.

—¿Has intentado volver a tu hogar?

—Han pasado más de diez años. La ciudad donde me crie no es la de entonces y, siendo honesto, no lo echo de menos.

Ralentizaron su paso, aún sumergidos en la melodía del vals. ¿Cuántos minutos llevaban bailando?

Le habían parecido horas.

—Siempre añoramos algo del pasado; es imposible escapar por completo de él —replicó la chica.

Vio que tragaba saliva con fuerza, como si estuviese luchando por no decir algo inapropiado... o dejar escapar algún secreto, y entonces Índigo lo miró de nuevo a los ojos, hasta que, al final, en apenas un susurro gutural, Arendar respondió:

—En eso llevas razón. Hay algo que añoro, y demasiado.

—¿El qué?

Se dijo que él no le respondería. No tenía derecho a hacerle esa pregunta y seguramente no recibiría contestación, pero se recordó que quien no arriesgaba no ganaba.

Y ella necesitaba saberlo todo . Estaba dispuesta a enterrar su aversión hacia él y su desconfianza con tal de conseguir más información y conocerlo mejor. Y él parecía más que dispuesto a ofrecérsela.

De pronto la joven se dio cuenta de que el ritmo de la música cambiaba, lo que significaba que el vals estaba llegando a su fin.

Debía aprovechar y hacer más preguntas..., pero la respuesta de Arendar llegó antes.

—A mi prometida.

Eso sí que no se lo había esperado. Abrió mucho los ojos y el asombro le separó los labios, mostrando su perplejidad.

—¿Murió también?

Vio una leve conmoción en el rostro de Arendar que supo controlar.

—Por suerte, no. Está viva y disfrutando de una vida que la llena.

El caso es que, tras huir de la masacre que sufrieron los míos, no tuve más remedio que ocultarme una temporada.

Si me hubiese reunido con ella, la habría puesto también en peligro, y eso era lo último que quería para ella, para ambos.

»Así que los dos hemos seguido con nuestra vida, pero hoy por hoy, incluso después de tantos años, todavía la echo de menos. Es incluso desgarrador.

El vals terminó, y ambos se detuvieron. A su alrededor, todos vitorearon a la pareja prometida, que se besó con pasión.

Durante un momento, Índigo ignoró a Arendar y aplaudió con fuerza, sonriendo ante la escena.

Cuando volvió a mirarlo, encontró sus ojos, que no se habían apartado de ella.