26. Velas #5
—Es la manera en la que una de las partes demuestra interés más allá de una relación banal.
Ese rito se remonta a los inicios de nuestra tribu y ha persistido en el tiempo.
Así es como acabé casándome con mi marido, haciéndole un corte significativo en el pecho, aunque con que brote algo de sangre...
—¿No es un poco...? —Neve miró a Índigo y vio que estaba intentando encontrar una palabra que no sonase ofensiva.
—¿Bárbaro? ¿Bruto? ¿Bestia?
La contramaestre suspiró, constatando que sus esfuerzos habían sido en vano al oír la intervención de Hazel. Neve reprimió una sonrisa y volvió a girarse hacia Zóferas.
—No espero que lo comprendáis. Venís de mundos muy distintos al nuestro, así que sentíos afortunadas de estar presenciando algo así, pues no se ve todos los días.
—Y, solo por saberlo, ¿qué viene después? —quiso saber Hazel, con curiosidad en sus ojos pardos mientras se llevaba un trozo de una fruta muy jugosa a la boca.
Zóferas caminó por la tarima al mismo tiempo que Vasilak se levantaba e iba hacia la pareja en medio de la pista con los brazos abiertos. Neve lo siguió con la mirada, la voz de Zóferas inundando sus oídos mientras continuaba explicándoles aquella particular tradición.
—El orden de los pasos siguientes es irrelevante, pero sí es imprescindible que se den los tres para que, tanto Vasilak, en calidad de líder, como los espíritus mayores lo acepten.
»Como ya he dicho, el rito matrimonial se inicia con ese acto que habéis presenciado, el corte, y, en el caso de que la pareja esté formada por un hombre y una mujer, siempre lo inicia ella.
—¿Y si son del mismo sexo? —preguntó Hazel.
—Debe hacerlo el más joven, entonces. —Zóferas siguió hablando con voz autoritaria a la vez que sosegada.
»Después vienen el baile, la ceremonia y el beso, en el orden que los contrayentes prefieran.
Los prometidos de esta noche, por ejemplo, celebrarán ya mismo el baile porque así lo han elegido.
En la ceremonia, que debe oficiarse frente al líder o un mediador espiritual, se juran lealtad y formalizan su unión ante testigos.
Y, finalmente, ya solo queda el beso, que suele ser el último paso del rito matrimonial, para sellar la unión de forma física.
»Eso es todo, porque la consumación del matrimonio no tiene ningún valor entre nosotros, pues aquí permitimos las relaciones íntimas fuera de este.
—Así que la gente se lo pasa bien por Nyaria, no como en otros sitios —murmuró Hazel, divertida.
En los oscuros ojos de Zóferas, a Neve le pareció ver de manera fugaz la rebeldía de la muchacha que la guía espiritual fue en su día.
—Así es. Nos gusta la parte divertida, sin duda. —La anciana se giró, lista para volver a su asiento—. Disfrutad de la velada, señoritas. Vais a ser testigos del baile de los prometidos, ya que mi nieto ha permitido la unión, así que la música cambiará.
Y vaya si cambió. La banda, que tocaba desde un saliente algo elevado, dejó de tocar y, ante el gesto que hizo Vasilak desde la pista, atacó una melodía muy distinta que Neve conocía bien y que en alguna que otra ocasión se había visto obligada a bailar.
—Un vals. —Por un momento, la voz de Índigo sonó distinta.
Neve se volvió a sentar. Hazel la imitó, cogió su copa y se dispuso a disfrutar de la velada mientras contemplaba todo lo que pasaba a su alrededor. De las tres, parecía que era la única que de verdad se lo estaba pasando en grande.
—¿Aquí también los bailáis? —La pregunta de la contramaestre del Luz estaba cargada de asombro, pero también de cierta nostalgia, como si la princesa enterrada en ella hubiese resurgido durante un soplo de viento.
Neve compartía su asombro, pues jamás habría imaginado que, en una cultura tan diferente, quizá más ruda, el vals tuviese cabida.
Además, entendió que, para ella, el significado tomaba un rumbo muy distinto.
Zóferas se apoyó en el respaldo de la silla vacía de Vasilak y contestó.
—Es una pieza universal, y debo decir que una de mis favoritas. Abrirán el baile los recién prometidos y luego se irán sumando las parejas que quieran. Pido que respetéis esto, señoritas.
—Por supuesto, señora Rackstorm —le aseguró Neve, e Índigo y Hazel asintieron al unísono.
Dicho esto, la anciana se alejó y Neve se concentró entonces en la joven pareja, que, con una sonrisa de oreja a oreja, no podía dejar de mirarse en el centro de la pista vacía.
La sangre que manaba de la herida del chico teñía las manos entrelazadas de ambos.
Empezaron a moverse al compás del vals, susurrándose cosas y besándose fugaz pero apasionadamente.
Neve sintió un escalofrío y, al ver con el rabillo del ojo que la silla de su izquierda se movía, se giró para ver que Vasilak volvía a ocupar ese espacio, todavía de pie. Él le echó una breve mirada antes de coger su copa y alzarla.
Neve tragó saliva y se llamó al orden, crispada consigo misma sin saber por qué.
—Un aplauso y un brindis para Quelya y Trekus —pidió Vasilak en su idioma natal—, ¡que su unión sea fuerte y duradera!
Neve tradujo para Índigo y Hazel, quienes, imitando a Vasilak y a los demás, levantaron sus copas.
La euforia de todos los presentes, los gritos, los aplausos, que poco a poco se fueron apagando para respetar el tono del vals, se grabaron en su memoria, que se sorprendió a sí misma mostrando una mueca de ternura ante la felicidad de los prometidos.
Vasilak se sentó por fin, y a ella le resultó imposible no estar pendiente de los movimientos del capitán, que bebió de la copa para, a continuación, coger un trozo de pan y morderlo con ganas mientras se inclinaba para oír lo que Ivette le estaba diciendo.
Un cambio de nota en el vals hizo que Neve parpadease y, frunciendo el ceño, suspiró. Fue directa a por su copa, dispuesta a bebérsela de un trago, cuando Arendar pasó por delante con la mirada fija en alguien... En concreto, en la mujer sentada a su derecha.
—Índigo.
La contramaestre y Hazel estaban comentando el baile cuando el segundo al mando del Indomable se plantó frente a ellas ante la mirada confusa, curiosa y fascinada de Neve.
—Para ti, contramaestre Índigo, al menos fuera del barco. ¿Qué quieres? —contestó ella cortante girándose en su dirección, dejándose caer en la silla y resoplando.
El rostro de Índigo mostraba descontento y una total desconfianza hacia Arendar.
Este, sin vacilar, le tendió una mano, la otra descansando en la parte baja de su espalda en una postura más que premeditada.
—¿Me concede este baile, contramaestre Índigo?
Aquel hombre conseguía sacarla de sus casillas y dejarla estupefacta a partes iguales. No podía estar hablando en serio.
—¿Disculpa?
No se molestó en controlar su tono ni en disimular el poco interés que tenía en su oferta: que viese el rechazo que le causaba tal insinuación.
Lo que sí hizo fue apretar los puños sobre su vaporosa falda y luchar por no lanzarle una mirada de enfado a Neve, que presenciaba la escena con evidente diversión.
—Te he preguntado si me concedes este baile. —Los ojos de Arendar no la abandonaron ni un instante, y su pose destilaba tranquilidad y sosiego, algo que la sacaba de quicio—. Es un vals, así que imagino que lo conoces..., que todas estáis familiarizadas con esta música, en realidad.
—Somos piratas —adujo ella, como si fuese excusa suficiente.
—Incluso nosotros bailamos —replicó Arendar, que estiró el brazo y le tendió la mano una vez más—. Solo será un baile, de contramaestre a contramaestre.
—Pues, si es así, tendré que pedir permiso a mi...
—Concedido.
Se giró de golpe hacia Neve, que, sin mirarla, bebió de su copa, manchando sus labios de un tinte rojizo.
—¿Neve?
—Ve a pasártelo bien, Índigo.
La susodicha se acercó a ella para susurrarle al oído.
—No me obligues, te lo pido por favor.
—Es un buen hombre, Índigo. Puede caerte mal, pero no hay maldad en él.
—Tengo cinco hermanos mayores, así que esta es mi respuesta: y una mierda —masculló lo bastante bajo para que la música las tapase y solo Neve las oyese—. Además, todos podemos ser malvados.
—Eso es verdad. Y voy a usar mi maldad para obligarte a bailar con él. Ve. Es una orden.
—Te odio.
Neve se encogió de hombros y le dio otro trago a su copa.
«Esta me la paga», pensó Índigo, que cerró los ojos un momento, respiró hondo y se levantó, la cola de su vestido volando tras ella cuando, con rapidez, bajó el escalón que separaba la plataforma de la pista de baile donde él la esperaba.
No había echado de menos los vestidos en cuanto a comodidad se refería. Era un milagro que no se hubiese pisado la falda en toda la noche.
—No lo hago por propia voluntad —escupió ella, cruzándose de brazos.
Arendar sonrió de medio lado, lo que la crispó todavía más.
—Me he dado cuenta.
—¿Estás disfrutando con esto? —A regañadientes, aceptó la mano de Arendar, que, para su asombro, encontró cálida y reconfortante.
—Tiene cierto punto cómico, he de admitirlo.
Ambos se dirigieron al centro de la pista, donde varias parejas habían tomado ya posición, pues los prometidos habían abierto el baile a solas y era el momento de unirse a ellos.
—Siento que no confías en mí, Índigo.
—No lo hago —respondió ella con sinceridad.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Eso me gustaría a mí —evitó responder con gracia—, preguntarte ciertas cosas.
—Si las respondo, ¿al menos te dignarás mirarme a los ojos?
No le quedó otra cuando se puso delante de él para unirse a los demás bailarines.
La brisa cobró fuerza y agitó las llamas de antorchas y hogueras sin apagarlas.
Índigo agradeció no llevar unas sandalias sencillas sin tacones, pues recordaba el dolor que ese tipo de calzado le había provocado cuando vivía en palacio.
En ese momento, de pie uno frente al otro, se fijó en que le llegaba a la altura de la barbilla.
A pesar de ser más bajo que Vasilak y Garret, seguía siendo alto.
Ella misma era alta, casi un metro ochenta, pero Arendar le sacaba media cabeza, por lo que calculó que el muchacho alcanzaría...