26. Velas #4
Su pose era relajada, pero también autoritaria, y su voz salía de lo más profundo de su pecho con una seguridad, potencia y dignidad que le hicieron preguntarse si ella misma había lucido así cuando había tenido que hablar en situaciones un poco más complejas y delicadas que aquella.
Le llegó su aroma y, durante unos segundos, la distrajo, una mezcla de cítricos combinada con el olor natural de Vasilak que le erizó el vello de todo el cuerpo.
Neve respiró hondo y decidió concentrarse en su rostro, aunque solo pudiese verle una parte, pues estaba sentada a su lado mientras él, de pie y mirando al frente, hablaba a los presentes.
Fue entonces cuando Vasilak se giró hacia ella, haciendo una pausa en su discurso, y la señaló, sus ojos dorados encontrándose con los de Neve, que vio en ellos la sorpresa por haberla pillado comiéndoselo con la mirada.
Sin duda no esperaba que lo estuviera haciendo tan abiertamente.
Frunció el ceño durante un fugaz instante en el que no parpadeó ni movió un solo músculo, y luego volvió a dirigirse en su idioma a la multitud, aunque sus ojos y su atención siguieron en ella.
Hizo otra pausa silenciosa durante la que sus miradas parecieron alargar aquella extraña conexión, como si ninguno quisiera apartarse, y Neve tuvo que apretar los puños aferrándose a su vestido.
El gesto no le pasó inadvertido a Vasilak y lo sacó de su breve ensoñación.
Miró a Índigo y Hazel mientras seguía hablando, y volvió a girarse hacia su pueblo.
Instantes después, se hizo de nuevo el silencio.
Fue entonces cuando lo hizo. El pensamiento había cruzado fugaz su cabeza, pero un leve hormigueo nacido en el fondo de su estómago la animó a actuar. Con delicadeza, tocó el antebrazo de Vasilak para llamar su atención y, rompiendo ligeramente la distancia, le susurró:
—¿Podría decir unas palabras? Seré breve, lo prometo.
El capitán vaciló, mirándola a ella, luego al público y de nuevo a ella, su vista descendiendo de su rostro a sus pechos. Libres bajo la tela. Lo comprendió. Ese vestido era revelador, no lo culpaba. Ni tampoco cuando tragó saliva.
—No sé si es la mejor de las ideas.
—No lo es. Pero algo me dice que lo haga. ¿Puedo?
—Por supuesto que puedes, Neve. Lo único..., muchos no han salido nunca de la isla. No te entenderán.
—Te prometo que lo harán.
Seguidamente se puso en pie y, copiando a Vasilak, cogió la copa que tenía frente a ella, pero no la levantó.
En cierto modo, la usó para templar sus nervios, como punto de apoyo, porque no sabía qué hacer con las manos, mientras sentía la agitación que se estaba levantando en el pueblo de Rackstorm, algunos murmurando entre sí y otros tan solo desbordando odio y repugnancia a través de sus miradas.
Como siempre, Neve se irguió, con la cabeza bien alta.
Y habló.
La conmoción fue instantánea. Y ya no solo del pueblo, sino de sus compañeros de mesa.
Vasilak se volvió abruptamente hacia ella y Hazel e Índigo intercambiaron una mirada, estupefactas.
No quiso alargar aquello más de lo necesario, así que fue al grano...
, aunque las palabras y la especial pronunciación de aquel idioma eran bastante difíciles.
—Quiero dar las gracias a vuestro líder, el capitán Rackstorm, por su hospitalidad, sobre todo teniendo en cuenta en qué punto estaba nuestra relación antes de iniciar esta travesía.
Procuraremos que nuestra presencia aquí sea lo más discreta posible para no molestar y nos esforzaremos por partir lo antes posible hacia el archipiélago, alejándonos de estas aguas.
»Agradezco las palabras que vuestro líder nos ha dedicado a mi contramaestre, a mi curandera y a mí misma, y os garantizo que nuestras espadas permanecerán envainadas mientras nuestros pies deambulen por estas tierras.
Tened por seguro que, si en algún momento la tuviese que blandir aquí, tal y como os ha explicado él, sería para cumplir mi obligación de defender a la tripulación del Indomable ...
, y eso se extiende al pueblo de su capitán.
Nadie se atrevía a decir nada, así que Neve respiró hondo una vez más y terminó con brevedad.
—Prometo recordar esta noche el resto de mis días, sean los que sean.
Levantó la copa para hacer honor a aquellas palabras y se sentó, su mirada fija en el vacío plato que tenía delante, un punto de distracción para no dejar que el peso de los centenares de miradas que estaban puestas en ella pesase más de lo que ya lo hacía.
Segundos después Vasilak dio dos golpes con su propia copa y el jolgorio volvió a reinar, claro indicativo de que la fiesta podía seguir su curso.
Fue entonces cuando sintió un apretón en el muslo izquierdo y levantó la vista hacia él.
—¿Qué ocurre? —preguntó con fingida inocencia al encontrar sus ojos; la miraba desconcertado, la boca abierta y el ceño fruncido.
Neve adquirió una expresión divertida, pero no hubo petulancia en el gesto, sino más bien algo que se acercaba a la ternura.
—¿Cómo...?
—¿Cómo es que hablas nuestro idioma?
Ambos se giraron cuando Ivette interrumpió colándose entre ambos; Vasilak apartó despacio la mano del muslo de Neve, sintiendo el fantasma de aquella inesperada caricia como un peso enorme.
Ella y Rackstorm intercambiaron una última mirada antes de que Neve le contestase a su hija.
—Mis padres me obligaron a aprender los cinco idiomas oficiales del archipiélago de Bhyeria y el Continente Oeste desde pequeña, así que he entendido todo lo que habéis dicho durante el baile, el discurso que ha dado tu padre y... todo lo demás.
—¡¿LOS CINCO?! —exclamó la joven atónita y la capitana asintió, sin poder evitar sonreír ante el asombro de la joven.
—Unos se me dan mejor que otros. Este, sin duda, fue el más complicado.
—Lo has hablado bien, aunque se te nota mucho el acento. Y ha habido un par de palabras que...
—Ivette, vuelve a tu asiento y come, anda —le pidió su padre, dándole un suave toque en la nariz. Ella se apartó resoplando, pero regresó a su sitio.
Neve hubiera querido empezar a cenar, pues debía admitir que tenía hambre y, además, hacía tiempo que no se le presentaba la ocasión de comer platos tan exquisitos como los que tenía delante, pero no le fue posible.
No con él invadiendo su espacio físico y mental.
—Neve.
Ella levantó la vista despacio, de nuevo siguiendo la voz de Vasilak, esa noche teñida de un tono distinto, desconocido para ella. Sin duda, aquel lugar sacaba colores a la luz que Vasilak le había querido ocultar y que a Neve le resultaron fascinantes.
—Me he excedido —dijo, adelantándose.
—En absoluto. —Su respuesta fue firme, y se inclinó hacia ella con una mirada llena de algo que a la capitana le dio miedo describir, así que intentó cambiar el rumbo de la conversación.
—Pero confirmamos que sigo siendo una caja de sorpresas para ti.
La música fue subiendo de volumen, y hablar se hacía cada vez más complicado, pero la oyó: una risa sincera y natural salió de él, que negó con la cabeza, como si no pudiese creer a la mujer que tenía delante.
—Desde luego, no saberlo todo de ti me deja un regusto amargo para el cual me gustaría encontrar antídoto.
Neve rio, nerviosa.
«¿Por qué estoy nerviosa?», se preguntó al caer en la cuenta.
—Deberías dejar de beber tanto, Rackstorm.
Él le mostró su copa y Neve comprobó que todavía estaba llena... hasta arriba.
Sus ojos se encontraron una vez más.
—Ya te lo dije. No miento, O’Shea.
«Responde. Dile algo. No te quedes callada como un pasmarote».
Quiso obedecer a ese ego que le gritaba a voces todo aquello, pero algo desconocido se abrió paso en su interior...
, diciéndole que digiriese aquellas palabras; que se percatase de lo que significaban, que no ignorase la forma en la que la estaba mirando, traspasando barreras que Neve había levantado hacía tiempo y que nadie había roto.
Nadie hasta...
—Ojalá pudiera decir lo mismo.
Un gran revuelo se formó entre la multitud que bailaba al ritmo de la música a la vez que bebían contentos de sus copas, y de pronto todos se apartaron.
Una chica de pelo castaño recogido en un moño que no debía de ser mayor que Neve había sacado a la pista con violencia a un chico bastante más alto que ella, de piel algo más clara, cabeza rapada y expresivos ojos oscuros.
Lo tiró al suelo, se sentó a horcajadas sobre él, le cogió el brazo y, con una daga afilada, le hizo un tajo considerable en la palma de la mano.
La capitana no lo dudó y se levantó, lista para intervenir.
—O’Shea, no.
Vasilak la agarró del brazo y ella lo miró, asombrada al ver que esa situación no lo había alterado en absoluto, pues estaba muy tranquilo, demasiado. Como estaba de pie, pudo ver que Zóferas se levantaba, sujetándose al báculo, y pasaba su mirada del altercado a ella, invitándola a observar.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Índigo tras ella.
Hazel también se había puesto de pie y Neve podría asegurar que ya había pensado en más de un modo de cauterizar y curar esa herida.
—Esa chica se acaba de declarar.
—¿Cómo que declarar? —preguntó alucinada la contramaestre, inclinándose un poco hacia delante.
En ese momento, el chico al que la desconocida había herido rugió y, apartándola, se puso de pie, la levantó y se la cargó al hombro, exultante de felicidad.
—En nuestro pueblo —las tres piratas se giraron al oír la potente voz de Zóferas tras ellas y, ante la presencia de su abuela, Vasilak apartó la mano del brazo de Neve lentamente, el roce de sus dedos alargándose un instante más de lo debido—, el rito matrimonial exige el cumplimiento de una serie de directrices.
Todo empieza por la declaración de uno de los contrayentes, que es con una herida.
—¿Una herida? —preguntó Neve.