26. Velas #3
Neve oyó la conmoción tras ella procedente de Índigo y Hazel, el sonido de la tierra bajo sus pies, que delataba que se habían apartado ligeramente.
La capitana se permitió echar un vistazo rápido a Arendar, que estaba cerca de ellas pero sin participar en lo que aquello fuese.
No, tan solo observaba la escena de brazos cruzados y con evidente interés, los ojos celestes tan fijos en lo que se desarrollaba delante que Neve no lo vio parpadear ni una sola vez mientras lo miraba.
Las palabras salieron como un grito de poder e intimidación y fueron el desencadenante de un rito del que Neve había oído hablar, pero del que jamás pensó ser espectadora.
Frente a ella, varios metros más allá, Vasilak lideraba lo que Neve no se atrevía a definir como baile , pues era amenazador e inquietante en el mejor de los sentidos.
Los movimientos eran precisos, potentes y rudos mientras avanzaban sincronizados pisando fuerte al tiempo que se golpeaban en pechos, muslos y brazos, gritando acompasados con voz grave...
, todos gestos intimidatorios que conseguían su objetivo.
Lo vio en Vasilak, en Ivette a su lado, sus ojos verdes brillando con un poder que hizo enarcar las cejas a Neve.
Y luego Garret, cuya ejecución no era tan estoica, sino más bien teñida de su fanfarronería típica, aunque conseguía un efecto igual de aterrador.
Esas personas eran guerreros, piratas y letales, muy diferentes pero a la vez muy parecidos a ella.
Neve sintió una extraña emoción.
— Shela uma nakoile uma! —bramó su líder—. ¡Que la fuerza de los antiguos camine con nosotros!
— Uma! Uma! —respondieron todos, pidiendo esa fuerza mientras el público se unía al baile sin moverse del sitio.
Y, entonces, empezaron a acercarse a ellas. Un paso tras otro, la distancia que había al principio fue disminuyendo y, de pronto, al espectáculo se unieron los tambores.
Neve miró alrededor, tratando de descubrir dónde se escondían los músicos, y tropezó con los ojos de Zóferas, tan solo un par de pasos tras ella a su derecha.
La miraba con curiosidad, con cierto misticismo, e, inclinando la cabeza, señaló con su báculo a su nieto, de alguna forma obligándola a mirar de nuevo esa exhibición.
Tampoco es que no quisiera hacerlo.
Se giró, por lo tanto, y se mantuvo firme pero sosegada, sentimiento que la asombró bastante, pues debería sentirse intimidada, aunque fuese un poco.
Entonces, ¿por qué se le ponían los pelos de punta?
A medida que se aproximaban, Índigo y Hazel retrocedían, pero ella se mantuvo inalterable, saboreando cómo el eco de sus gritos, así como el poder y la amenaza que emanaban no solo de sus voces, sino también de sus miradas y sus movimientos, rebotaban en ella.
Se le erizó la piel de una manera que la hizo sonreír.
De oreja a oreja.
Y la primera confusa por su reacción fue Ivette, que bailaba junto a su padre. Como líder de la amenazante exhibición, Vasilak seguía acercándose a Neve en formación.
Una parte del público chillaba y vitoreaba, enloquecido, aunque muchos otros seguían la representación en silencio.
La distancia se fue acortando más y más mientras la intensidad del baile y de los tambores aumentaba, al igual que el ritmo del acelerado corazón de Neve, que sacó pecho para demostrar que no la amedrentaban, y era cierto, porque solo estaba sorprendida, en el buen sentido.
Sus ojos se posaron en Vasilak, que parecía otro en aquella tesitura, mucho más relajado, contento, a pesar de estar profiriendo gritos y gruñidos que no pretendían relajar en absoluto.
Aún menos, cuando dio otro paso.
—Neve —oyó tras ella.
Ignoró a Índigo y su preocupación, y alzó la barbilla.
—Qué coño tiene —murmuró Hazel refiriéndose a ella y, por el tono de su voz, Neve supo que sonreía—. Si lo que quieren es intimidar, conmigo lo han conseguido.
—Es egocéntrico por vuestra parte pensar que esto va dirigido solo a vosotras, señoritas —declaró Zóferas, situada muy cerca de las tres.
Segundos después, el baile llegó a su fin de forma tan abrupta como había empezado y el eco de los tambores se fundió en la noche junto con el humo de las hogueras y las antorchas que iluminaban el lugar.
Y Vasilak quedó cara a cara con ella, respirando tan fuerte que Neve pudo sentir su aliento a pesar de la diferencia de estatura. En otro momento lo habría interpretado como una declaración de intenciones, pero no esa noche.
Había iniciado la celebración y ella había estado en primera fila de la actuación.
Sabía que muchos habrían deseado que retrocediera, que mostrara un atisbo de pavor ante lo que tenía delante.
Pero, una vez más, estaba maravillada por el espectáculo.
Así que, sonriendo de nuevo, levantó ambas manos e hizo un gesto muy simple: aplaudir con entusiasmo mientras mantenía la mirada del capitán.
Durante unos segundos, fue la única, el resto también respirando con dificultad esperando a que Vasilak hiciese el primer movimiento.
Este tan solo siguió mirando a Neve, a quien le dedicó una sonrisa con una expresión más que sorprendida para luego apartarse despacio.
—¡HE VUELTO! —soltó en un grito que hizo abrir aún más los ojos a Neve, que interrumpió su aplauso, las manos juntas frente a su pecho—. ¡ESTOY EN CASA!
La respuesta fue inmediata y bestial, con todo el pueblo vociferando palabras de ánimo y felicidad dirigidas a su líder. Vasilak se giró para levantar a Ivette en hombros, quien se unió a los vítores, y padre e hija saludaron a su pueblo con regocijo y alegría.
Garret, aún sin aliento, se acercó a ella.
—Bien hecho, capitana —comentó.
Sin más, la dejó allí y se unió a Vasilak, Ivette y el resto de los habitantes de Dría en la celebración.
Alguien le tocó el hombro y, al girarse, vio la esquelética y arrugada mano de Zóferas, que reclamaba su atención.
—Vayamos a la mesa. Empieza la mejor parte: el festín.
Neve volvió a girarse, esta vez hacia las chicas, que no dudaron un instante en ir a su lado, cada una cogiéndola de un brazo, a lo que O’Shea no puso objeción ninguna.
Aquella noche, no.
Mientras iban hacia la larga mesa sobre la tarima que presidía el banquete, Arendar salió de entre el público y se acercó a ellas con una ceja enarcada.
—Impresionante, capitana, cómo te has mantenido en tu sitio sin moverte. Yo, la primera vez que lo vi, también me acojoné. —Índigo acogió el comentario con expresión seria, pero Hazel no pudo evitar reír.
—¡Como para no hacerlo! Pero ¿por qué Garret ha participado y tú no? —quiso saber la curandera.
—Él se ha criado con ellos y es parte del pueblo —explicó con sencillez el chico, su cabello blanco y ondulado moviéndose debido a la brisa—. Yo... soy el contramaestre de Vasilak y ya está.
—Ese «Y ya está» sobra, contramaestre —replicó Neve, lo que encendió una luz de asombro en la celeste mirada del hombre—.
Ser contramaestre del capitán Rackstorm es algo grande y, que no hayas bailado, demuestra aún más el respeto que tienes por su pueblo.
No te has arrogado derechos, y eso dice mucho de ti.
—Bueno —atajó irritada Índigo, señalando a Zóferas, que, un poco más adelante, los observaba con interés—, ¿nos sentamos?
Arendar la miró durante un largo instante y Neve se dio cuenta, pero Índigo se esforzó por no devolverle la mirada, evitando ese intercambio.
La capitana miró entonces a Hazel, que también se había percatado de la tensión entre ambos, y, silbando para llamar la atención de Arendar, dijo:
—¿Nos muestras cuáles son nuestros asientos?
La larga y majestuosa mesa de caoba estaba repleta de comida y bebida.
Siguiendo las indicaciones de Zóferas, Neve se sentó a la derecha de Vasilak, instalado en el centro, de cara a su pueblo.
Índigo se puso a su derecha y Hazel, a continuación.
La capitana del Luz se permitió unos instantes para observar a la gente desde allí.
Había dos mesas infinitas, que empezaban bastante cerca de la plataforma, donde todo el mundo comenzaba a tomar asiento y a conversar animadamente mientras se llenaban copas, los padres llamaban a cenar a sus hijos y algunos miraban a las invitadas de su líder con ojos como puñales.
No los podía culpar, ella misma habría actuado así de estar en su posición.
Pero no permitió que aquello fuese el principal motivo de su análisis del entorno.
Las antorchas, que se contaban por decenas, iluminaban la cala de forma hermosa, y en el cielo destacaban las dos lunas crecientes y las estrellas que las acompañaban.
Cuando todos ellos se estaban sentando, Vasilak se levantó, con una copa gigante en la mano, y Neve pudo ver el orden en el que los demás se habían sentado al otro lado. Ivette, a la izquierda de su padre, y tras ella, Arendar, Garret y Zóferas.
Ante la imagen de su líder de pie ante su pueblo requiriendo su atención, el griterío fue disminuyendo hasta convertirse en un murmullo que dio paso a que Rackstorm comenzase a hablar.
— Traios zed ra uk’hali Somme. K’wen da bura isa ... —pronunció alto y claro, y luego lo tradujo—: El mar me ha devuelto a casa. Que comience el festín de los hermanos.
Neve notó que Índigo y Hazel la miraban, y giró la cabeza para alentarlas con un gesto.
Las dos volvieron a mirar al frente, sin saber muy bien qué hacer.
Era comprensible, pues no entendían nada de lo que decía Rackstorm, que se dirigía a su pueblo en su idioma natal, como era lógico.
Ella se dedicó a analizar los rostros de las personas que lo escuchaban sin tocar la comida ni sus copas, atentos a un líder que, sin duda, había sabido ganarse a su pueblo.
El silencio era tal que las palabras de Vasilak creaban un eco interesante en la explanada que acababa en esa preciosa cala, y se giró para mirarlo.