La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 26. Velas #2
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26. Velas #2

Neve entendió su reacción, pues era la primera vez que la veía sin su habitual atuendo de pirata y algo más arreglada, pero no pudo controlar el vuelco que le dio el estómago y el escalofrío que experimentó al notar esa mirada sobre ella, pues no era producto de estar alerta, sino de algo muy distinto que no supo cómo calificar.

Y eso la dejó ligeramente fuera de juego.

También era la primera vez que ella lo veía con tan poca ropa y, si él se había permitido ese momento para observarla, ella no iba a ser menos.

No podía negar que Vasilak era un hombre atractivo, guapo, y él lo sabía, pero no parecía de los que alardeaban de ello, lo que decía mucho a su favor; los tatuajes nacían en el centro de su espalda —musculada, imponente y de ese color moreno tan particular que acentuaba su magnetismo—, ascendían hasta los hombros y luego descendían por los brazos hasta llegar a las muñecas, en las que llevaba esas pulseras de las que nunca se separaba, símbolo de su pueblo.

Neve escudriñó a continuación su torso, y le sorprendió ver que no tenía ningún tatuaje en el pecho.

Lo único que le marcaba la piel allí era la cicatriz que ella misma le había causado.

Por último, llevaba en el cuello y en las muñecas collares y abalorios que dedujo debían de ser un accesorio tradicional de su pueblo.

Nada más.

Vasilak salió de su ensueño y sacó a Neve del suyo ofreciéndole el brazo, que ella aceptó con demasiada rapidez. Al asirlo, notó el gran calor que irradiaba su cuerpo y que sus músculos se tensaban bajo su tacto, pero ella parpadeó en un intento de aparentar que no se había percatado.

Una ráfaga de viento los envolvió y su olor la invadió: un olor fresco y agradable que, de alguna manera, supo que en adelante no le sería difícil identificar ni recordar.

—Te queda bien el vestido, O’Shea.

Su voz la sacó del ensimismamiento en el que había vuelto a entrar y, disimulando, rio incrédula.

—Me gustaría decir lo mismo, pero vas casi desnudo, Rackstorm.

Levantó la vista y allí estaba de nuevo, mirándola.

Pudo apreciar cómo se mordía la lengua, casi de manera literal, como si le estuviera costando un mundo no responder a sus palabras, y se preguntó qué querría decirle; qué deseaba responder, pero le resultaba tan complicado verbalizar.

Fue el fugaz vistazo que le echó a su vestido lo que le hizo comprender hacia dónde iba todo aquello.

El corazón le dio un vuelco.

«Rackstorm, tú y yo no estamos hechos para esto», se dijo a sí misma tan fuerte que sus pensamientos tuvieron que verse reflejados en su expresión, pues vio que Vasilak abría la boca listo para hablar.

Ella fue más rápida y rompió el silencio al momento.

—Espero que haya vino en la fiesta —soltó con la vista al frente, evitando sus ojos.

Él la miró durante unos segundos que a ella se le hicieron eternos, apreciando cómo de nuevo los músculos de su brazo se tensaban. Neve no lo vio, pero Vasilak había cerrado la mano izquierda en un puño a la vez que sellaba los labios, su mandíbula apretada con rigidez.

Por fin, hizo un gesto a los guardias para que la comitiva iniciara la marcha y comenzaron a andar, dirigiéndose hacia la fiesta y dejando el hogar de los Rackstorm atrás.

Neve estaba acostumbrada a ser el centro de atención, ya fuera por respeto o por odio.

En aquel momento, en aquel escenario, no tenía claro a cuál de los dos motivos se debían las múltiples miradas de las que era objeto.

En todo caso, la capitana avanzaba con la cabeza alta al lado de su líder —ese que había dejado entrar al enemigo en casa— y, en lugar de intentar descifrar lo que aquellos desconocidos pensaban de ella, se dedicó a contemplar el entorno durante el largo recorrido.

En otra ocasión lo habría hecho con fines estratégicos, para detectar posibles peligros y encontrar vías de escape; aquella noche, en cambio, solo lo hizo para apreciar cuanto la rodeaba: el mar con la cala al fondo, los árboles que flanqueaban el camino por el que descendían, las calles y casas que iban dejando atrás, la espesa vegetación de la selva, en la que se oía la conversación de innumerables animales, sin duda asombrados de ver pasar aquel cortejo tan cerca de sus dominios.

Neve no se cortó en mirarlo. Había visto en sus ojos que algo había cambiado y que, más allá del odio y la rabia, un nuevo sentimiento, extraño para ambos, había nacido entre ellos.

El respeto.

Marchando con ella a su lado, Vasilak había demostrado el respeto que le profesaba a pesar de las circunstancias, y eso era algo que Neve valoraba sobremanera. Pero no se permitió saborear ese dulce sentimiento demasiado.

El resto del grupo los seguía en un silencio sepulcral, iluminado por antorchas que acentuaban el asfixiante calor, un silencio que solo se rompió al final del paseo, cuando llegaron a sus oídos las primeras señales de celebración.

Oyeron el sonido de los tambores, profundos y potentes, cuyo ritmo se hizo más frenético conforme Vasilak bajaba los escalones que llevaban a la enorme explanada que acababa en una cala.

Neve se quedó paralizada ante la multitud que los aguardaba abajo, tanto que Garret y Hazel, que iban justo detrás de ella, se detuvieron.

Por instinto, se llevó la mano a la cadera para coger su espada, pero la encontró desnuda. Vacía.

«Mierda».

—Neve.

La voz grave y calmada de Vasilak irrumpió en la noche de una manera que alteró y cabreó a Neve. ¿Cómo podía estar tan tranquilo?

Y esa gran cantidad de gente era solo una parte de los habitantes de la isla.

—No te preocupes. Estás bajo mi protección y, si alguien intenta haceros daño a ti, a Índigo o a Hazel, responderá ante mí. Ten un poco de fe en mis palabras.

—Tengo fe en ti —respondió antes de pensarlo, y lo más extraño fue que era cierto.

Vasilak le ofreció de nuevo su brazo y Neve lo aceptó y lo miró a los ojos.

—No me sueltes, Rackstorm.

Sus ojos se encontraron y él le dedicó un leve gesto cargado de significado que ella solo pudo calificar de íntimo. En un susurro, le respondió:

—No lo haré.

Vasilak soltó una risa silenciosa. La primera que soltaba en un lugar donde solo ella pudiese apreciarla. Eso, junto con la calidez que desprendía su piel desnuda y el relieve de los tatuajes que rozaba con las yemas de los dedos, provocó un chispazo de electricidad en Neve.

«¿Qué narices te pasa?».

—Olvida tus armas por hoy, O’Shea. Es una fiesta y, al margen de lo que sientan los míos hacia ti, solo tengo una petición que hacerte esta noche.

Neve estaba demasiado concentrada en agarrarse el vestido con la mano libre y proyectar una imagen segura, pero, resoplando, miró a Vasilak, cuyos ojos ya la estaban esperando.

—¿Qué es?

Habían bajado el último escalón y siguieron caminando.

Los murmullos de la gente se empezaron a oír mejor y Vasilak levantó la vista, sonriéndoles mientras saludaban.

Neve miró la zona del antebrazo donde iba agarrada y se apartó de él despacio, pues de lo contrario el gesto habría causado demasiada alarma.

—Que la recuerdes el resto de tu vida.

Empezaron a hablarle a Vasilak en su idioma natal y él levantó la mano, saludando a su pueblo, reconociéndolos a todos y llamándolos por su nombre.

«Menuda memoria».

La misma que ella tenía y que usaría para recordar aquella noche de festejo y de libertad.

Había largas filas de mesas a ambos lados de la gran explanada arenosa que desembocaba en una playa tranquila donde algunos niños se bañaban, pero el espacio central estaba despejado, a excepción de algunas fogatas aquí y allá para iluminar la noche.

El lugar era inmenso y había al menos cuatrocientas personas allí.

Al final de ese terreno, Neve divisó una plataforma elevada, una especie de tarima, sobre la que había una extensa mesa llena de comida y bebida, iluminada por antorchas y decorada con elementos típicos de la isla.

La capitana no dudó que estaba destinado a ellos, porque además estaba encarada hacia todas las otras mesas.

Después miró al cielo para comprobar que la noche era clara, aunque pudo sentir que se había empezado a levantar un ligero viento y, aunque no había ni una sola nube, lo supo.

Detectó la tormenta. Aún estaba lejos y no había rastro de ella, pero llovería esa noche.

Los guardias que abrían la comitiva se detuvieron y se apartaron a un lado para dejar que su líder continuase su camino. Él así lo hizo y Neve lo siguió, pero de pronto sintió que alguien la sujetaba.

Se giró para ver que Zóferas negaba con la cabeza.

—Quedaos aquí las tres. Una vez que acaben, podréis ocupar los asientos que hay en la parte izquierda allá arriba, en la mesa de honor.

Neve miró a Índigo y Hazel, que estaban igual de confusas que su capitana.

—Acabar, ¿el qué?

—Es tradición que el cabeza de la isla abra las fiestas. Lo hace con un baile tradicional de nuestro hogar. Estáis a punto de verlo. Disfrutadlo, pues pocos extraños lo han visto solo como mera diversión.

—Pero ¿qué narices...? —Hazel murmuró aquellas palabras con los ojos desorbitados mientras Índigo fruncía el ceño.

Neve pudo sentir la mirada de la anciana y de todos los que la rodeaban en ellas tres mientras se giraba. Y lo que se encontró fue prueba suficiente de que la petición de Vasilak se iba a cumplir.

Recordaría esa noche el resto de su vida.

Vasilak, con Garret a su izquierda e Ivette a su derecha, estaba como en formación junto a varios hombres y mujeres, todos ellos en la misma postura: la espalda algo inclinada hacia delante, los brazos flexionados sacando músculo y las piernas separadas; mostraban los dientes de modo desafiante y lucían una expresión crispada en el rostro.

Neve advirtió entonces el silencio reverencial que reinaba en los instantes previos al comienzo de lo que fuese aquello, unido a la expectación de los que se agolpaban en las primeras filas, incluso niños, con ojos llenos de una palabra que gritaba en la quietud del lugar.

Orgullo.

— U’ha kuma imhola! —pronunció Vasilak—. Despertad, espíritus guerreros —tradujo.