26. Velas
Velas
A pesar de que esa mañana ya se había bañado con agua tibia y se había lavado el pelo dos veces con champú de lavanda, decidió aprovechar la ocasión y darse un baño relajante, aunque sin mojarse la larga cabellera.
Los sirvientes lo habían preparado sin que ella lo pidiera y supuso que sería cosa de Vasilak.
El caso es que se había dedicado tiempo a sí misma, algo que había echado de menos y que la ajetreada vida en alta mar no permitía casi nunca.
«Vespera».
No había tardado en atar cabos, ni en sentir cómo ese nudo en el pecho se le volvía a formar, ni tampoco en tener que luchar con todas sus fuerzas para mantener la compostura.
Para no salir corriendo.
Para no huir.
Neve no había tardado en entender que lo que habían descubierto Índigo y compañía necesitaba una pieza clave para completar el rompecabezas.
Una que muchos habían olvidado.
Y la joven pirata tomó una decisión.
Los rayos del atardecer iluminaban la estancia, abierta y con grandes ventanales que proporcionaban una preciosa panorámica de la isla.
La casa de Vasilak era gigante como poco y estaba en un lugar alto de la ladera de la montaña que ofrecía unas vistas privilegiadas a todos los rincones de Dría; una torre de vigilancia como ninguna otra.
Llamaron a la puerta y Neve dio paso y terminó de cepillarse el cabello.
Se le hacía extraño estar en bata, aunque fuera de seda, a la espera de que le trajesen el vestido que debía llevar en la fiesta...
Para ser sincera, la celebración les vendría bien para distraerse y desconectar, aunque fuese solo por unas horas, de todo ese peligroso laberinto, y más con lo que habían descubierto.
Zóferas apareció junto a una sirvienta, que dejó sobre el enorme lecho un vestido de tonos verdosos tirando a turquesa.
—Póntelo. Los festejos ya han empezado y debemos ir cuanto antes. A mi nieto no le gusta hacer esperar a su pueblo.
Neve fue hacia la cama y acarició la delicada tela.
—¿Por qué no puedo ir con mi ropa? Estaré más cómoda y podré llevar mis espadas.
—Porque estos festejos son especiales. Vasilak ha vuelto después de meses de travesía. Llevaba casi un año fuera.
»Sois las invitadas de mi nieto y el verde coral es un símbolo de reunión en nuestra cultura. Me he tomado la libertad de escoger yo misma tu vestido y el de tus piratas.
Neve lo levantó y se percató de que no tenía sujeción en la parte del busto. No pudo evitar reír.
—Tengo demasiado pecho para llevar este vestido. Si el de Índigo o Hazel es igual, les quedará mejor, no tienen tanto como yo.
—Yo creo que te quedará muy bien.
—No he dicho que no me vaya a quedar bien. —Neve dejó la prenda con delicadeza de nuevo en la cama y se acercó con paso decidido a la anciana—. Solo que no estaré cómoda.
—En realidad da igual lo que opines, jovencita. Es el único vestido que tengo para ti. Tienes diez minutos.
Sin más, abandonó la habitación seguida por la sirvienta y Neve dejó escapar una larga exhalación a la vez que la puerta se cerraba.
Se acercó a los ventanales y cerró los ojos para disfrutar del calor del sol del atardecer, un tipo de energía que solo se sentía durante el verano.
Dejó que su piel se empapase de ella. Era una sensación extraordinaria y pudo sentir ese cosquilleo que empezaba a hacérsele familiar: el de su poder.
Respiró hondo y dejó que los siguientes segundos se convirtiesen en un recuerdo grabado a fuego en su mente.
Soltó un fuerte suspiro, volvió a levantar los párpados y, aunque todo seguía igual, se dijo que la esperaban, así que se puso en marcha.
Se quitó la bata de seda y, con cuidado, se enfundó el vestido.
Se notaba que el tejido era de calidad, y el color verde coral encajaba bien con su tono de piel y cabello.
Se pasó las tiras por detrás del cuello y las unió hasta que oyó que el enganche quedaba bien encajado.
Entonces se dirigió al espejo, situado cerca del tocador donde poco antes se había maquillado con los productos que le habían dejado a los efectos.
Era lo bastante grande para verse entera.
Sin duda, era un vestido precioso.
Y la vieja Rackstorm tenía razón: le quedaba bien, tal vez demasiado.
Su espalda quedaba al descubierto hasta por encima de sus posaderas, donde la tela se ceñía a sus generosas curvas.
Los pliegues de su espalda estaban a la vista de todos, pero aquello a Neve nunca le había importado.
Además, con la edad había aprendido que, tanto a hombres como a mujeres, aquellos rasgos podían parecerles bellos y, por ende, se convertían en un arma poderosa que ella podía usar a su favor.
En contraste con la parte trasera, el vestido era sobrio por delante, pues carecía de escote.
El cuello alto y ajustado contrastaba con la ausencia de soporte para los pechos, que quedaban libres bajo la tela...
, por lo que, tal y como había anticipado, no se sentía del todo cómoda, aunque resaltaba su figura de forma casi intimidante.
Aquella prenda no solo la hacía hermosa, sino que generaba un aura de autoridad y poderío que, sin duda, estaba alimentando el ego de Neve.
Zóferas la había calado bien.
—Maldita vieja —musitó para sí, pero no hubo rabia en su tono, sino sorpresa e incluso cierta envidia.
La falda del vestido se ceñía a sus caderas y piernas, y en la derecha tenía una abertura que le llegaba casi a la ingle. Sin duda, les gustaba enseñar piel por esos lares.
Vio que el largo del vestido era mucho, pues le arrastraba, pero, al ver los zapatos que Zóferas le había traído también, se dijo que no le servirían: iba a tropezarse, no estaba acostumbrada a usar tacones como esos.
Miró hacia la cama, sobre la que estaba su ropa y, colocadas al pie, la una junto a la otra, dio con sus botas.
Con malicia, Neve sonrió y fue directa a por ellas.
Salió de la habitación y se encaminó hacia la entrada de la casa, donde Zóferas la estaba esperando junto a Índigo y Hazel.
Más allá, en el jardín, pudo ver a la patrulla de guardias esperando y, en medio, distinguió las cabezas de Vasilak, Ivette, Garret y Arendar, que parecían también listos para las celebraciones.
Nadie la había visto y, antes de bajar las escaleras, se detuvo un momento para admirar a sus piratas, tan distintas de lo habitual: estaban preciosas.
Hazel llevaba un vestido del mismo color verde coral, pero con un escote que parecía palabra de honor, aunque, al fijarse bien, Neve descubrió dos tiras finísimas en sus hombros.
La falda era corta y ajustada, y no le pasó por alto que su curandera también calzaba sus botas.
No pudo evitar sonreír con orgullo. La habían maquillado empleando los mismos tonos de la ropa, pero su cabello seguía igual de alborotado que en alta mar.
Y luego estaba Índigo, a quien, por su porte y su elegancia natural para vestir aquella ropa, se le notaba la sangre real que corría por sus venas.
Siguiendo la misma gama cromática, su vestido era un verdadero palabra de honor en forma de corpiño ajustado a su esbelta figura y una falda amplia y vaporosa que caía por sus piernas.
Llevaba el cabello recogido en un moño impecable que resaltaba sus delgadas facciones, y sus labios estaban pintados de un rojo carmesí oscuro.
—Id saliendo —les ordenó Zóferas—. Voy a ver por qué tarda tanto vuestra capitana.
Índigo y Hazel asintieron y abandonaron la casa para reunirse con los demás en el exterior.
Agarrada a su báculo, Zóferas no se movió del sitio, pero se giró despacio hacia Neve con una ceja arqueada.
Neve bajó por fin y se acercó con paso decidido a la anciana, que miró con horror sus botas.
—Tenía razón. Te queda que ni pintado.
—Un poco provocativo, ¿no? —objetó ella, señalando su espalda y parte de su pierna al descubierto—. Estoy segura de que ellos no tienen que ir así.
—Claro que no. Ellos van descamisados. Ahora lo verás. —Señaló hacia la puerta y Neve no tuvo más remedio que seguirla.
Despacio, se dirigieron al camino de la entrada principal.
Todos vestían prendas del mismo color verde coral, a pesar de los diferentes estilos que llevaban.
Rodeados de guardias, vio que Índigo y Hazel se habían colocado juntas delante de Arendar y Garret, que estaban en la retaguardia.
Frente a ellas estaba Ivette, con un vestido sencillo y su oscuro cabello recogido en una coleta trenzada.
Y, a la cabeza, estaba él... y hacia allí la llevó Zóferas.
Vestía unos pantalones anchos que se ajustaban a su cintura y, como había afirmado Zóferas, nada más aparte de su calzado habitual.
Su torso desnudo mostraba sus intimidantes tatuajes y algunos adornos característicos de su cultura en muñecas y cuello; estos últimos le caían hasta por debajo de los pectorales.
Su cabello estaba recogido en una trenza alta como la de Ivette, que Neve supuso que debía de ser un símbolo de realeza.
Ella, en cambio, llevaba el cabello suelto, algo que no solía hacer muy a menudo.
—¿Por qué he de colocarme a su lado? —le preguntó a la anciana.
—Porque eres su invitada, necia —respondió esta crispada, como si la respuesta fuese obvia.
Neve arqueó una ceja, sorprendida por cómo la había llamado, y oyó que Rackstorm reía por lo bajo.
—Ivette, ven conmigo atrás, sabes que este no es tu sitio.
—Abuela...
Zóferas les dedicó una inclinación de cabeza a ambos y dio con el báculo suavemente a la joven Rackstorm, que obedeció a regañadientes.
Fueron a reunirse con Garret y Arendar al final de la procesión y empezaron a charlar animadamente.
Un fugaz vistazo le permitió ver que Hazel e Índigo la miraban, confundidas, y ella trató de calmarlas con un gesto.
Por fin volvió a fijarse en Vasilak, preparada para sus pullas, pero en lugar de eso se encontró con unos intensos ojos dorados que la miraban con verdadero interés, desde su rostro hasta sus pies, despacio, como si quisiera grabar esa imagen en su mente para poder reproducirla siempre que quisiera.