25. Gradhella #5
«Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides. Recuerda, no olvides».
Las voces enmudecieron de golpe y se hizo el silencio. Resultaba imposible decir cuánto rato había pasado.
¿Minutos? ¿Horas?
Con la respiración agitada y los músculos gritando por piedad, la artillera giró sobre sí misma y se quedó mirando al oscuro techo. Raven se arrastró hasta ella, pálida y con el pelo en la cara.
—Sage..., ¿estás bien?
Ella asintió con dificultad, ofreciéndole una mueca que pretendía tranquilizarla. Despacio, se incorporó y vio que los demás también lo hacían, agarrándose adonde podían.
Sage se agarró a Raven, con fuerza, temerosa de dejarla ir.
— Enseguida os encontraréis mejor, no tenéis que lamentaros tanto.
Todos miraron al Oráculo, que seguía de pie en el mismo sitio, esperando con paciencia que todo aquello pasase.
—Si es cierto que alguien ocultó la profecía con un conjuro —la voz cansada y angustiada era la de Lamya, que, sudando y temblorosa, trataba de levantarse del suelo—, ¿por qué nos la has revelado? No deberías...
— Porque quien la ocultó me dio órdenes específicas para que, llegado el momento, la gente dejara de olvidar. Y yo solo sigo lo que el destino depara; esto pasa en todas las realidades posibles, así que tampoco os creáis especiales.
—¿Y qué narices hacemos ahora?
La artillera del Luz no podía estar más de acuerdo con Barak: ¡¿qué iban a hacer?!
— Yo he respondido ya a vuestras preguntas. —Los cinco, que habían conseguido ponerse de pie, miraron con rostro desencajado a la etérea criatura—. No estaría mal que informarais a cierta capitana de lo que habéis descubierto.
»Un placer haberos tenido aquí. Hasta la próxima, mortales.
Y el salón se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.
El silencio los acompañó todo el camino de vuelta a los barcos. Abandonar El Núcleo fue, sin duda, liberador. Sage había estado solo en presencia de una diosa y no le apetecía nada repetir la experiencia, sobre todo si sus presencias eran así de drenantes.
En cuanto pisaron la cubierta del Indomable , Raven pidió que le trajeran el tintero y un pergamino, y fue a por uno de sus cuervos.
—Debemos informar a Neve y a Vasilak cuanto antes —explicó inquieta mientras preparaban la mesa y ella dejaba encima la jaula de los cuervos.
Sage se acercó a la jaula, la abrió y dejó que uno, ya acostumbrado a ella y al resto de la tripulación del Luz , se le subiese al brazo.
Antes de ponerse con el mensaje, la espía sonrió, guiñándole un ojo con ternura.
«Qué ganas de tener un momento a solas con ella, joder», maldijo para sí misma.
—¿Cómo sabrá adónde ir? —preguntó Lamya, sacándola de su leve ensoñación.
—Están entrenados para encontrar el Luz del Alba en cualquier circunstancia —explicó Raven, que empezó a escribir—. No sé lo que tardará, pero lo que sí sé es que dará con el barco, esté donde esté y haga el tiempo que haga.
—¿Y qué vas a decirles?
Sage esperó a que Raven la mirase con la mandíbula tensa; la espía no tardó en hacerlo.
—Voy a contarles todo lo que ha pasado. La visita al Oráculo, la existencia de la profecía y lo que dice, que el hechizo ya no nos afecta..., y que la valoren en relación con la Séptima para...
—Sabes algo.
Las palabras de Raven se vieron interrumpidas por una voz grave. Todos se giraron en dirección a Barak, que tenía sus ojos oscuros fijos en Lamya, cruzada de brazos y tensa.
Sage miró a la princesa, sus gruesos y oscuros labios apretados.
—Puede. Puede que haya sumado dos más dos. Pero no estoy...
—No tenemos tiempo, majestad —insistió Nasir, que pasó junto a Barak con una mirada intensa en los ojos verdes, tan deseoso de respuestas como los demás—. ¿Qué sospechas tiene?
—Que la profecía habla de la Séptima ha quedado claro en el último verso —dijo acercándose a los Demonios del Mar—, pero, además, creo que la Séptima no es algo, sino alguien..., alguien que cumplirá lo que dice el vaticinio.
—Entonces no buscamos algo —declaró Sage, y el cuervo graznó en su hombro—, sino a alguien .
Lamya asintió.
—Exacto.
—Trix. —Ante la orden de Raven, el cuervo voló al brazo de la espía y, tras anudarle el mensaje enrollado a una de las patas, ordenó—: Sé veloz, pequeña. Que llegue cuanto antes.
Alzó el brazo y el cuervo salió disparado surcando el anaranjado cielo de un cálido atardecer de un día que no lo había sido en absoluto.
Sage observó al ave hasta que no fue más que un borrón en el horizonte.
—El cuervo vuela hacia donde está el Luz , pero no va hacia el este, sino al norte —comentó la espía, extrañada—. Las murallas sumergidas de Noros se encuentran al este, ¿verdad, Lamya?
Esta asintió, igual de extrañada.
—Así es. ¿Habrán modificado su ruta?
—Supongo que debemos seguir al cuervo, ¿cierto? —preguntó Barak, que se encaminó hacia el timón.
—Sin duda —confirmó Raven.
—¿La princesa nos acompaña o volverá con el Dos Lunas a su hogar?
Todos se giraron a mirarla y ella, irguiendo el cuerpo, declaró:
—Voy con vosotros, así que el Dos Lunas seguirá al Indomable hacia el norte.
Para sorpresa de todos, Barak sonrió de oreja a oreja.
—No esperaba menos.