25. Gradhella #4
— Es mucho más sencillo de lo que creéis —sentenció con voz grave y palabras escogidas—, y es un hecho absoluto.
—¿Eso qué significa? —preguntó Raven.
— Hay ciertos sucesos que pueden ser alterados por las decisiones que tomen las personas. Sin embargo, la búsqueda de la Séptima es algo inevitable que nadie, ni siquiera nosotros los dioses, podemos alterar.
»Y aunque mi participación en esto sea algo completamente extraordinario, pues que yo medie en algo solo ha ocurrido en contadas ocasiones, era mi deber guiaros, pues, sí o sí, tenía que pasar.
—Tus hermanas, entonces, tienen otros dones —musitó Lamya, y el Oráculo giró veloz la cabeza—. Sois la tríada. La vida, el camino y la muerte. Sois...
— No menciones nuestros nombres reales, querida —se apresuró a decir con una tranquilidad que Sage percibió a punto de quebrarse—. Como he dicho, el Emperador ocultó el suyo por razones obvias.
Se hizo un denso silencio tras aquellas palabras, y fue Nasir el que al fin susurró:
—¿El Emperador es un dios?
— Y uno de los más poderosos que hay —contestó el Oráculo—. ¿He conseguido responder a una de vuestras preguntas?
—Entonces, el hechizo del que estamos hablando es todavía más poderoso y peligroso.
— Peligroso, no —replicó el Oráculo, que, de pronto, se quitó el velo de la cara.
Todos se exclamaron, por una parte, sorprendidos y, por otra, horrorizados, pero Sage ya se había esperado lo que ocultaba.
La piel de su cara era lisa y lo único que destacaba en esa superficie era una boca de color carmesí con dientes negros. No tenía ojos, ni cejas, ni nariz, y los huesos se le marcaban de forma escalofriante.
— ¿No te asustas? —retó el ser a la artillera del Luz del Alba.
—¿Por qué habría de hacerlo? Ocultas tu apariencia, por lo que es de suponer que algo agradable no hay debajo del velo que la cubre.
— Soy una diosa, querida. Verme agradable o hermosa no es una de mis preocupaciones.
—Pero que te teman y respeten sí —respondió con seguridad Sage.
La sonrisa del Oráculo fue amplia y llena de orgullo a pesar de la falta de ojos, de mirada..., de alma.
— Exacto .
—Volvamos a lo que has comentado antes de esta clara distracción con tu apariencia, Oráculo —intervino Raven, y la diosa se volvió hacia ella con una mueca divertida—. Si el Emperador es un dios, ¿por qué no nos lo dijiste cuando vinimos con Neve?
— Muy simple: en ese hecho no podía intervenir —se excusó, y volvió a cubrirse con el velo.
Sage hubiera jurado que, tras taparse de nuevo, unos ojos oscuros como la noche volvían a percibirse bajo el velo, unos ojos con una mirada que solo podría mostrar un ser milenario.
—Me suena a excusa, si me lo permites —comentó Lamya y el Oráculo la miró—. Es decir, intervienes, o al menos lo aparentas, cuando lo crees conveniente. ¿Por qué? Puede que seas una diosa, pero no eres omnipotente. Nos lo has dejado claro al mostrarnos tus limitaciones.
— Tú misma lo has dicho: formo parte de una tríada divina, así que este trabajo no lo llevo a cabo sola: mis hermanas y yo estamos conectadas de maneras que mortales como vosotros jamás comprenderíais, y cualquier cosa que yo haga afecta a su línea de trabajo.
—¿Están en este mundo? Tus hermanas, quiero decir —preguntó Nasir con voz grave pero cargada de curiosidad.
— Por suerte, no. En este solo estoy yo y, como os he mencionado, puedo predecir ciertas cosas e intervenir, aunque no es lo más acertado.
Hay infinidad de pasados, presentes y futuros y, como sé que este último es lo que os preocupa, os diré que, con los actos correctos, o incorrectos, depende de con qué ojo quieras mirarlo, puede haber cambios.
—Tanto para bien como para mal —observó Nasir, que se llevó la aprobación de la diosa—. Entonces, lo que quieres decirnos con todo esto es que, tras lo que descubramos hoy aquí, tomaremos decisiones que pueden alterar el futuro que podría haber sido y no será si hubiésemos decidido no venir.
— No lo habría podido explicar mejor. El hechizo que se realizó fue para ocultar, en efecto, una profecía que afectaba a la persona que lo llevó a cabo.
—Entonces, llevaba razón... —comentó Lamya, con esperanza—. Hay una profecía.
— La hay. E, inevitablemente, se está cumpliendo.
—Revélanosla —dijo Sage, removiéndose en su asiento y acercándose más a la diosa—. No nos puedes dejar así. Sabes lo que pasará..., quiénes saldrán vivos y quiénes no, ¿verdad?
— Los mortales y su obsesión con la muerte —musitó casi para sí misma—. Comprensible. Es lo único que os espera al final.
—¿Habrá una guerra? Debido a la profecía, me refiero —insistió Sage.
— Sí. En cualquier futuro, esa guerra tiene lugar, así que eso sí que puedo decirlo.
—¿Nos afecta? ¿A todos? —Esta vez la pregunta la planteó Barak.
— Así es.
—Preguntas de sí o no. Eso parece que funciona —observó Raven, pensativa—. ¿Hay manera de romper el hechizo?
— Sí.
—¿La profecía implica a alguien que conocemos? —preguntó Sage.
— Obviamente.
—¿Está relacionada con Laverne?
Todos se giraron, y no por la pregunta en sí, sino por el tono con el que Lamya la había pronunciado.
Sabía algo.
— Vas por buen camino. La historia de Laverne, como casi todo mito, proviene de cierta realidad. Y aquella chiquilla cambió muchas cosas en la superficie. Irónico siendo alguien que no nació allí.
—Espera —Sage sacudió la cabeza, como si intentase aclarar sus pensamientos—. Laverne, la mujer del mito, ¿existió y no era humana?
—Pero tampoco era una sirena del todo, ¿verdad? —añadió Lamya a la pregunta de Sage.
—No me gusta esto —musitó Raven, dándose cuenta de la dirección que estaba tomando la conversación, consciente de lo que estaba revelando: una realidad que, tal vez, sería más dura de aceptar de lo que en un principio creían.
— Puedo traer un árbol genealógico si eso os ayuda —soltó con cierta ironía la diosa.
—Es imposible —murmuró la espía, poniéndose de pie.
Los otros dos piratas se miraron entre sí y también se levantaron.
—¿Qué nos estamos perdiendo? —preguntó Barak.
— Nada es imposible. —El Oráculo se puso también en pie, como si esa conversación la estuviera agotando y quisiera terminarla.
Sage se levantó de un salto, el corazón latiéndole desbocado.
—¿Piensas lo mismo que yo? —Lamya corrió a su lado y la cogió del brazo para obligarla a mirarla—. Tiene... tiene sentido.
Sage se giró de nuevo para mirar a la diosa de frente y, dando un paso desafiante, dijo:
—¿Qué narices dice la profecía, Oráculo?
Aquella vez, la voz sonó en sus cabezas, y durante el primer instante todos se sobresaltaron.
Con su sacrificio, ella unificará aquello que lo oscuro rompió.
Divididos comenzaron su cometido, y unidos lo cumplirán.
La luz siempre volverá hacia la oscuridad.
Y la oscuridad siempre volverá hacia la luz.
La Primera comenzó el linaje.
Y la Séptima lo terminará.
Sintieron un pinchazo en la cabeza y, a continuación, un ahogo como ningún otro, como si tuvieran los pulmones encharcados de agua y no pudieran conseguir ni una bocanada de aire.
Los cinco cayeron al suelo, contorsionándose a medida que los recuerdos de años atrás volvían a ellos: los rumores sobre aquella profecía que corrían por todas partes; los comentarios que suscitaba el tema; cómo pronto dejó de ser una habladuría y empezó a cobrar fuerza...
, hasta que, de un día para otro, se olvidó.
Y de pronto supieron por qué.
Mientras el dolor persistía y la agonía no cesaba, Sage oyó que el Oráculo sentenciaba:
— Vuestra inquietud era saber qué era la Séptima. Siempre hay un precio a pagar.
Los gritos no tardaron en llegar. Era como si sus mentes se abriesen, como si una capa invisible que hubiese estado tapando una parte de sus recuerdos se desintegrase, quemándolos desde dentro.
Sage se llevó las manos a la cabeza, rechinó los dientes, gruñó y gritó. Le lloraban los ojos y tuvo ganas de vomitar. Sentía que iba a explotar desde dentro.
El hechizo se estaba rompiendo.
— Al haber oído la profecía de forma directa antes de que quien la ocultó haya roto el hechizo, debéis pagar el precio del dolor.
Otro pinchazo más, acompañado del susurro de mil voces que repetían una y otra vez: