La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 25. Gradhella #2
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25. Gradhella #2

A Sage le seguía sorprendiendo la ausencia de vida del lugar, su atmósfera decrépita y tenebrosa. Anduvieron varios metros por la arena grisácea y de pronto encontraron el camino de piedra que llevaba a algo que Sage y Raven ya conocían: una campanita levitando en el aire.

Se detuvieron delante y, mientras los demás miraban estupefactos, Sage agarró la cuerda que colgaba de la campanita y la hizo sonar tres veces.

Un segundo después, la temperatura descendió de pronto varios grados.

—Lo habéis notado, ¿verdad? —musitó la artillera y se giró para mirarlos.

—Joder que sí —soltó Nasir—. Tengo los pelos de punta.

— Qué delicia oír esas palabras.

Como la otra vez, la isla desapareció a su alrededor, aunque en esta ocasión no se encontraron en un saloncito con una gran mesa redonda y la chimenea encendida.

El lugar era muy distinto.

Pero el Oráculo, igual que entonces, estaba frente a ellos, la estremecedora sonrisa asomando tras el oscuro velo.

— No estoy acostumbrada a recibir tantas visitas en tan poco tiempo, pero os esperaba. Un placer veros de nuevo, chicas. Y un placer conocer en persona a Lamya, Barak y Nasir.

—¿Cómo sabe...? —empezó a decir Lamya, pero Raven negó con la cabeza, advirtiéndola.

— Sentaos —dijo al momento el Oráculo con aquella voz tan inquietante—. Estoy impaciente por ver qué preguntas traéis.

—Ya sabes qué preguntas traemos, por lo que espero que el hecho de que nos hayas permitido entrar signifique que nos darás las respuestas —se atrevió a decir Sage.

La diosa se giró despacio, ladeando la cabeza mientras la miraba.

— Me caes bien, señorita Read.

Sage se quedó paralizada al oír su verdadero apellido.

Los demás no parecieron fijarse, pero sintió que Raven la miraba, intrigada por su reacción.

Notó que le tocaba el brazo, casi como si quisiera que la mirase, pero la artillera no rompió el contacto visual con el Oráculo.

—Es extraño saber que le caigo en gracia a una diosa.

— Un término demasiado magnánimo. En fin, debéis de estar cansados. Tomad asiento y... veré qué puedo hacer.

Todos se giraron hacia ellos cuando entraron en el salón.

Arendar, Garret, Índigo, Hazel, Ivette y Zóferas estaban de pie alrededor de la mesa, sobre la que había varios documentos, entre ellos mapas, bocetos, una brújula y otros objetos que Vasilak no tuvo tiempo de identificar, pues Garret y Arendar se acercaron de inmediato.

Se plantaron frente a ellos y Vasilak no pudo evitar lanzar una mirada de soslayo a Neve, que parecía prepararse para lo que se le venía encima. Los tres se miraron durante largos segundos, y Vasilak se mantuvo al lado de la capitana, callado pero atento a la conversación.

Arendar fue el primero en romper el incómodo silencio.

—Queríamos agradecerte personalmente que nos salvaras la vida —dijo con serenidad y convicción—. La situación era desesperada y ese monstruo nos habría engullido a todos, incluido el Luz del Alba , lo que habría sido...

—¿En serio eres una sirena?

Garret interrumpió a Arendar de manera repentina, y este giró la cabeza despacio y lo miró con una ceja arqueada.

Neve imitó el gesto del contramaestre, pero alzó la cabeza con orgullo y contestó:

—Así es.

—¿Cómo cojones has podido ocultarlo? —soltó atónito Garret, sus trenzas moviéndose con el gesto al cruzarse de brazos, toda su atención puesta en ella—. Si yo tuviese que guardar un secreto así, te juro que me habrían pillado a la primera.

—Me alegra ver que eres consciente de tus limitaciones, arquero —respondió Neve.

Esa réplica se ganó una carcajada de Arendar y la risa contenida de Vasilak, que arqueó una ceja, gratamente sorprendido.

Se cruzó de brazos para disimular y, sin darse cuenta, se acercó a ella.

—Ahora en serio —continuó Garret, con un brillo en sus ojos turquesa que Vasilak conocía bien—. Aunque descubrimos todo el pescao ...

—¿En serio? —lo interrumpió Arendar al oír esa expresión.

—... en una situación arriesgada y loca, te enfrentaste sola a ese tremendo bicho, O’Shea..., aunque imagino que esos poderes raros tuyos ayudarán. ¿Eso lo pueden hacer todas las sirenas?

—No, solo yo, Garret —contestó Neve, cuyos labios habían empezado a formar también una media sonrisa.

—Índigo y Hazel ya lo sabían, ¿verdad? —Esta vez la pregunta vino de Arendar.

—Casi desde que se unieron a mi tripulación, y ya puedes ver la lealtad que me profesan. Espero que...

—Guardaremos el secreto —le aseguró Garret, que después dirigió la mirada a Vasilak—. Más que nada porque nuestro capitán nos ha obligado a prometérselo.

Neve lo miró asombrada.

—¿Por qué lo has hecho? Sería una gran ventaja para ti descubrirme, capitán .

Llevaba razón y, en otro momento, no habría dudado en utilizar esa información en su beneficio.

A fin de cuentas, saber algo tan increíble le ofrecía poder, pero la mera idea de que alguien más supiese algo que ella había luchado tanto por ocultar —esfuerzo que él mismo conocía de primera mano, pues pocos sabían de la existencia de su hija— suscitó en él un sentimiento de empatía y de algo más que apartó lo más rápido que pudo del nudo que tenía en el pecho desde hacía semanas.

Aun así, Vasilak se quedó con esa última palabra y el tono que ella había empleado al pronunciarla, y también con el ligero sonrojo de sus mejillas, el brillo más intenso de sus ojos dorados y la mueca de diversión que se esbozó en su boca de gruesos labios.

—Revelar esa información me resultaría muy fácil, pero puedo usarla más adelante a mi favor, O’Shea.

No supo por qué contuvo la respiración hasta oír su respuesta, y mucho menos entendía la tensión que lo había empezado a invadir cada vez que estaba a su lado; una muy distinta al miedo y cercana a...

—Eso tiene más sentido proviniendo de ti —dijo ella, interrumpiendo sus pensamientos—. Una preocupación más para cuando todo esto acabe.

Esta vez, ninguno de los Demonios del Mar dijo nada al respecto y, pasando entre ellos, Neve se acercó a la mesa, donde el resto de las mujeres presentes esperaban.

Vasilak hizo un gesto con la cabeza y Arendar y Garret volvieron a su sitio de inmediato.

Él siguió a O’Shea, aunque a cierta distancia.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Neve acercándose a la cabecera de la mesa y apartando una silla para tener más espacio.

Vasilak se detuvo junto a la pirata y solo entonces le guiñó un ojo a su hija, que le devolvió el gesto con una media sonrisa.

La niña no apartaba los ojos de la capitana.

Y Zóferas, que estaba sentada junto a su nieta, no los apartaba de él. Como en muchas ocasiones, decidió no hacer caso de la anciana, aunque algo en esa mirada no le gustó en absoluto.

Pues hizo saltar todas las alarmas en él.

—Hemos estado esperando a que te despertaras para poner en común todo lo relativo a nuestra búsqueda de la Séptima.

—Me parece lógico —convino, cogiendo la brújula con curiosidad—. Adelante.

—Vasilak nos contó lo que hallasteis en las murallas de Noros —explicó Arendar, ganándose una mirada recriminatoria de Índigo, que sin duda pretendía empezar la exposición—. Y hemos encontrado algo, una conexión...

—Que la estrella grabada en los muros tuviera siete puntas no es casual. Nos dimos cuenta de que representan siete constelaciones distintas, aunque solo hemos identificado seis. —Índigo miró a Neve para después hacer lo mismo con Vasilak—. Es extraño.

—Sin duda. —Vasilak se inclinó sobre la mesa al lado de Neve, observando las anotaciones que la contramaestre señalaba.

—Barajamos la posibilidad de que la Séptima fuera esa constelación, pero no creemos que vaya por ahí la cosa.

Que la respuesta esté en las estrellas es algo demasiado obvio y alguien lo habría averiguado mucho antes —prosiguió Índigo, sacando un pergamino de debajo de varios y poniéndolo delante de los capitanes—.

Lo que sí hicimos fue investigar si había algo más allá de estas constelaciones que nos diese alguna pista y...

—La primera es la constelación de Laverne, ¿verdad? —dijo Vasilak señalándola en el mapa.

—Laverne es una de ellas, sí —se percató Neve, cogiendo el pergamino—. La primera de todas, en realidad, la que está más arriba.

—Exacto —declaró Índigo con orgullo—. El resto son las siguientes: a la izquierda de Laverne, Muirenn; a la derecha, Ebony; abajo a la izquierda, Idaria, y a su derecha, Sybil. Luego estaría Vespera y, después, la número siete, de la que, casualmente , no hemos encontrado nada.

—¿Cómo has dicho que se llama la penúltima?

Vasilak miró a Neve ante el tono de tensión de su voz.

—Vespera. Se la suele ver más brillante la víspera de solsticios y equinoccios, según tengo entendido.

—Cierto —respondió la capitana, y Vasilak vio que cambiaba de posición, incómoda—. Entonces, ¿de la única que no hay registros es de la constelación que conforma el séptimo punto de la estrella?

—Exacto.

—Hemos estado investigando —se sumó de nuevo Arendar a la conversación, y Vasilak vio que los señalaba a todos, Garret sacando pecho con satisfacción y Hazel dedicándole un gesto de agradecimiento.

Índigo lo miró con los labios apretados, sujetándose con fuerza al respaldo de la silla—.

Y también hemos preguntado a Zóferas por si sabía algo, pero...

—Yo me dedico a los espíritus, no a las estrellas, joven Norman —intervino la susodicha—. Aun así, sí que había oído hablar de las otras seis constelaciones en alguna ocasión. Sirven de mapa cuando la noche es oscura en alta mar.

Mientras los demás hablaban, Vasilak vio que Neve apretaba los puños, sus ojos fijos en la estrella de siete puntas dibujada en el pergamino que tenían delante.

No pudo evitarlo.

—O’Shea —murmuró acercando su rostro a ella, que se giró, desconcertada al encontrárselo tan cerca, pero aun así manteniendo tenso el cuerpo—, ¿estás bien?

—Solo un poco cansada e intentando asimilar toda esta información. Han avanzado bastante, estoy asombrada.

—Lo han hecho, sí —comentó con orgullo Vasilak, mirando no solo a los Demonios del Mar, sino a Índigo y Hazel—. Han hecho un trabajo excelente.