25. Gradhella
Gradhella
Hacía dos días que habían puesto rumbo a las islas Minhea, lo que significaba que no tardarían en llegar. Sage no podía evitar preguntarse si las recibiría de nuevo, puesto que volvían con unos acompañantes muy distintos de los de la última visita.
La artillera miró a su izquierda y admiró por enésima vez el impresionante barco que capitaneaba Lamya.
El Dos Lunas destacaba por sus grandes e imponentes velas, así como por su extensa eslora, recién restaurada y barnizada.
La bandera de Derus ondeaba en el mástil más alto y, en el palo de mesana, la bandera de su alianza con Neve bailaba, elegante, debido a la fuerza del viento.
Las prioridades eran claras en esta parte de la misión, y Sage no dejaba de repetírselas para no olvidarlas.
Uno: Descubrir de qué trataba la profecía.
Dos: Confirmar si estaba relacionada con la Séptima.
Tres: Averiguar cómo pararle los pies al Emperador y qué precio tendrían que pagar..., pues siempre se pagaba un precio.
La artillera se giró y fue a reunirse con Barak, que manejaba el timón.
Raven y Nasir conversaban en voz baja. A Sage todavía se le hacía extraña la facilidad con la que los cuatro habían congeniado y trabajaban; le chocaba cómo, aun siendo conscientes de que aquel pacto terminaría tarde o temprano, seguían llevando a cabo su cometido tal y como habían ordenado sus superiores.
Al llegar junto al capitán temporal del navío, este la miró de soslayo, concentrado en mantener el rumbo. No tardarían mucho en avistar las islas, ya se conocía el camino.
—Se te da bien esto de capitanear.
—Gracias —respondió, encogiéndose de hombros—, agradezco el cumplido, aunque todos sabemos que es provisional.
—No se merecen.
—A ti se te da bien ganarte a las personas.
—¿Y eso? —preguntó ella intrigada, cruzándose de brazos.
—Lo digo porque yo soy fatal para eso, y es más fácil percatarse de que alguien hace bien algo en lo que tú fallas.
—No creo que se te dé mal, solo eres... reservado.
—Lo soy —convino Barak con orgullo—, a diferencia de ti.
—¿Eso es una crítica?
—En absoluto. —La miró a los ojos y Sage se fijó de nuevo en aquellos rasgos tan particulares que se gastaba.
No tenía la tez tan oscura como ella, pero la consolaba un tanto ver a alguien que se le parecía un poco—.
Cada uno tenemos nuestras virtudes y defectos.
Tu capacidad de socializar y acercarte al corazón de las personas es una que hasta yo aprecio.
—¿Eso ha sido un cumplido? —Ante el asentimiento del hombre, Sage se atrevió a dar un paso más, a ir más allá—. ¿Puedo preguntarte de dónde eres, Barak?
—¿Cambiaría algo que lo supieras?
—Acabarías con la enorme curiosidad que me atormenta —respondió ella con dramatismo.
—Soy del noroeste del Continente Oeste, de las tierras en ruinas.
—Allí no hay casi nada... —Sage se vio respondiéndose a sí misma.
Barak hizo un gesto afirmativo, del todo de acuerdo con ella.
—Por eso mismo me fui. —Algo en su expresión cambió y la chica siguió su mirada, fija más allá de la proa del Indomable —. ¿Te parece normal?
—Oh, sí —respondió Sage impostando un tono alegre, pero todo su cuerpo se tensó.
Ya estaban llegando.
Un cuerno sonó y todos prestaron atención al Dos Lunas , en cuya cubierta destacaba Lamya, quien les hizo un gesto indicando que siguieran adelante.
Barak levantó el brazo y le mostró un pulgar hacia arriba.
—Supongo que es aquí... —murmuró Nasir, acercándose.
Raven apareció tras ella, e intercambiaron una mirada en un intento de tranquilizarse mutuamente, pues, unas millas más allá, las aguas se volvían más calmadas, más oscuras, y una niebla densa y difícil de navegar los aguardaba.
En el agua asomaban cuatro de las cinco islas que componían las Minhea, pero era imposible distinguir en su centro la isla más pequeña y desnuda, El Núcleo. Para ello, tendrían que atravesar la niebla.
—Tendremos que anclar aquí, lejos de la costa —explicó Sage—, porque estas aguas son complicadas de navegar con navíos tan grandes. Nos acercaremos a la isla en bote.
—Pues no esperemos más. ¡Preparad un bote! —ordenó Barak a la tripulación del Indomable , que se puso en marcha de inmediato—. ¿Tenemos el plan claro?
—Sí —respondieron los tres a una.
Sage sintió un cosquilleo en el estómago al ver la sonrisa de seguridad en el rostro de Barak, porque esa sonrisa le aportó cierta seguridad en sí misma..., algo que solo podía conseguir un verdadero capitán.
Minutos después, los cuatro estaban en el bote y se dirigían al Dos Lunas , que, como el Indomable , había echado el ancla.
Lamya bajó con cuidado y Sage pudo ver la angustia y preocupación de sus guardias.
Esta les habló en su idioma natal y ella dedujo que les había asegurado a sus hombres que todo iría bien.
Se alejaron, los cuatro remando con movimientos precisos y al unísono, mientras la princesa, de pie, le plantaba cara a la niebla que los esperaba...
y que los engulló por completo poco después.
El camino de vuelta a su hogar fue silencioso. Con su abuela en cabeza y custodiados por varios guardias, Vasilak miró más de una vez a Neve, que no había dicho nada desde que abandonaron la playa.
Ni tan siquiera observaba los alrededores, algo que hacía siempre que llegaba a un lugar nuevo. Solo andaba a su lado, cabizbaja, perdida en sus pensamientos.
Vasilak cayó en la cuenta, con estupefacción, de que su silencio resultaba mucho más pesado e insoportable que sus gritos, enfrentamientos y contestaciones, por lo que, sin poder soportarlo un segundo más, cuando llegaron a la entrada de la casa, la llamó con suavidad.
—Neve.
Ella lo miró y ambos se detuvieron. Despachó a los guardias y, para su sorpresa, Zóferas siguió adelante, sin girarse y dejándolos a solas en el gran jardín de la entrada al hogar de los Rackstorm.
—Neve —volvió a decir.
—Te he oído la primera vez.
—Sé que... —Se acercó a ella—. Sé que ha sido duro, pero tenía que ser así.
—No he dicho nada, Rackstorm.
—Y por eso te pido que hables. Me resulta... extraño no recibir tus reprimendas.
Ella levantó la vista aún más y aquellos ojos dorados lo observaron, unos ojos que podían iluminar la más oscura de las profundidades, lo había visto en persona. Lo había vivido. Y ella lo había salvado.
—Tu abuela ha hecho lo debido, aunque la experiencia ha sido algo más intensa de lo que esperaba. No me compadezcas, Rackstorm.
—¿Y qué ocurre si lo hago?
—No tendría sentido —respondió ella, fingiendo que no se había extrañado de sus palabras.
Hasta él se había extrañado.
—El «sentido» no es algo que nos haya acompañado en este viaje. —Se acercó más a ella y alzó el brazo con la intención de... ¿tocarla? Se detuvo a tiempo—. Buena forma de usar mi espada, por cierto.
Ante el recuerdo, Neve parpadeó y, negando con la cabeza, susurró:
—Lo sien...
—Ni lo menciones. Nos salvaste la vida. Si vuelves a necesitarla, úsala sin problema.
—¿Haberme acompañado a las profundidades ha hecho que se te suba el agua al cerebro?
—¿Por qué lo dices?
—Estás... amable. No pareces tú.
«Por desgracia, estás obligándome a enseñarte mi verdadero yo», pensó Vasilak, pero, en su lugar, dijo:
—Creo que ninguno de nosotros es el mismo después de todo lo que hemos pasado. Vayamos dentro, O’Shea. Los demás nos esperan.
Entraron y, ya en el recibidor principal, él le hizo un gesto para que lo siguiese. Había grandes ventanales por todas partes que dejaban entrar una cantidad de luz deslumbrante.
Él se mantuvo a su lado, ni un paso por delante ni uno por detrás. A su lado.
La casa era grande, y en ella destacaban, además de los ventanales, las paredes blancas, los suelos de madera y las estancias amplias, a las que se accedía a través de arcos, pues carecían de puertas.
No era el caso del salón, que tenía dos puertas con cristal de vitral que reflejaba la luz que procedía del otro lado vertiendo colores púrpura, naranja y rosado.
Vasilak tocó la manija de la puerta y, antes de girarla, se detuvo a mirar a Neve. Esta le devolvió el gesto con una expresión de asombro.
—¿Qué ocurre?
—¿Estás lista?
Neve soltó aire, incrédula, y asintió ante la insistente mirada de Rackstorm.
—Yo siempre estoy lista para lo que sea, Rackstorm.
Él se dio por satisfecho.
Y cruzaron el umbral del salón.
Encendieron los faroles a proa y popa del bote cuando ni siquiera la luz del día fue capaz de atravesar la espesa niebla. Incluso resultaba difícil ver los rostros de los otros a pesar de estar a centímetros de distancia.
Ninguno se atrevía a hablar, con toda su atención puesta en sus alrededores.
Siguieron remando, casi a ciegas, cuando de repente Sage lo oyó.
El sonido de una campanita.
Se detuvo en seco, girando sobre sí misma y haciendo que el bote se balanceara.
—¿Qué sucede? —quiso saber la espía, a su lado.
—La campanita, Raven. La he oído.
—Yo no he oído nada —dijo esta y, aunque no lo vio, la artillera estuvo segura de que había fruncido el ceño.
—Yo tampoco —comentó Nasir. Barak pareció musitar lo mismo a su lado.
—¿Qué campanita? —indagó Lamya.
—Digamos que es su manera de dar la bienvenida —explicó Sage—. Virad hacia babor. Creo que ya casi estamos.
Todos obedecieron y la artillera mantuvo sus sentidos alerta mientras, casi de forma automática, el resto de su cuerpo seguía remando con determinación hasta que...
El bote chocó con la orilla y se detuvo. Estaban en El Núcleo.
—¡Hemos llegado! —exclamó Raven, y, cuando Sage se giró hacia ella, por fin pudo verla, pues la niebla se había disipado un poco.
—Bajad del bote y no os separéis —ordenó la espía mientras la artillera saltaba fuera y cogía el farol de proa—. Y no digáis nada. Dejadnos hablar a nosotras.
El bote quedó olvidado en la orilla de aquel islote tenebroso y los cinco echaron a andar. Sage y Raven iban en cabeza, iluminando el camino; Lamya, en el centro, con su arco en la mano y las flechas listas; Barak y Nasir, en la retaguardia, con el otro farol y sus armas también a punto.