La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 24. Espíritu #5
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24. Espíritu #5

Y la sensación de insignificancia y vulnerabilidad que experimentó no fue en absoluto grata. Era aterrador e inquietante encontrarse tan expuesta y no tener la capacidad de controlar nada.

«Pare», quiso ordenarle.

—No voy a parar ahora, Neve.

Se tambaleó ante la veloz respuesta, pero el contacto de aquellos dedos firmes y delicados en su frente no se rompió.

—No ahora que me has dejado entrar.

—Aguanta, O’Shea. —La voz de Vasilak irrumpió en todo aquello y le hizo recordar que, en efecto, no estaba sola—. Te has enfrentado a un monstruo titánico. Mi abuela no será para tanto.

—Calla, hijo. No quiero que la desconcentres.

—No me desconcentra —se defendió Neve.

—¡JA! —Zóferas rio con ganas—. Qué mentirosa de manual.

Neve soltó aire, frustrada, y apretó los puños, como agarrándose a algo que no podía sustituir lo que había soltado antes en su mente.

De pronto, la escena cambió por completo, como si hubiese abierto los ojos. El lugar era prácticamente el mismo. Esa misma playa, pero una versión más desnuda, íntima y vulnerable comparada con la realidad.

Neve se vio a sí misma, vestida solo con un camisón blanco, sus pies descalzos sobre la arena mojada, y su largo y denso cabello suelto a merced del viento.

A pocos metros de ella, apoyada en el báculo con ambas manos, Zóferas la observaba con verdadero interés.

—¿Dónde...? ¿Qué es este lugar?

—Es curioso que seas tú la que lo pregunte. Yo sí que no lo sé.

La joven miró a su alrededor: el vasto océano seguía allí, sereno, a su izquierda, pero, en aquel extraño sitio, su Luz del Alba no estaba..., ni la ciudad de Dría; tan solo había agua, arena y la isla.

—Vayamos a la orilla. Quiero comprobar algo.

—¿El qué?

La mujer mayor la ignoró, dirigiéndose con lento caminar hacia el punto de conexión entre el mar y la tierra.

Chasqueando la lengua, Neve no tuvo más remedio que seguirla. Una vez que la alcanzó, ambas se detuvieron al mismo tiempo que una suave ola les acariciaba los pies.

—Voy a hacerte una pregunta muy simple.

Zóferas se giró para encararla y Neve asintió con expresión severa, lista.

—¿Cómo te llamas? Responde y no me cuestiones.

Confusa, obedeció.

—Neve.

—Tu nombre completo.

Suspiró, cansada.

—Nevedhia Saoirse O’Shea.

—¿Quién eres?

—Soy la capitana del Luz del Alba —respondió al instante.

—Poco convincente. —Zóferas arrugó la nariz—. Dime quién eres, chiquilla.

—¿No puede verlo con sus habilidades de guía espiritual? —contestó, harta—. La tarea de aceptarme es suya, no mía.

—En eso estás equivocada por completo. He visto el alma de tu amiga pelinegra en cuanto la he tenido delante.

Junto con su espíritu, la lleva de frente, con cierto temor he de decir, lo cual es muy humano.

Y la jovencita de ojos pardos..., nada más verla, su espíritu me cautivó...

y sus secretos también. Le pesan demasiado.

»En todo caso, ambas han superado la prueba. Tú me lo estás poniendo difícil de verdad.

—¿Y cómo exactamente? —Neve le siguió el juego, consciente de que ir contra ella sería como nadar contracorriente: inútil.

—Adelaida y Jeanne saben quiénes son en realidad.

Zóferas sonrió de medio lado ante la expresión de sorpresa de Neve al oír los auténticos nombres de su contramaestre y su curandera, que ella misma se prohibía pronunciar por respeto a ellas.

Quiso hacer más preguntas, pero, antes de que pudiera formularlas en su cabeza, la anciana señaló con la suya hacia el mar.

Neve, frunciendo el ceño, apartó la vista de los oscuros ojos de la mujer para mirar en la dirección que le había indicado.

Apretó la mandíbula, tensándose todavía más. Le dolía el cuerpo, cada músculo gritaba bajo su piel pidiendo un respiro, un descanso de todo aquello. Pero, con esa imagen frente a ella, no sería sencillo.

Su otro yo con forma de sirena flotaba junto a la orilla, poderosa, con una leve mueca que no supo identificar si era un gesto de bienvenida o un grito de auxilio.

—Esto es lo que salvó a mi nieto, supongo.

«Por supuesto que se lo ha contado».

—Lo hizo obligado. —Neve la miró, de nuevo atónita ante la capacidad de aquella mujer para leer su mente, sus pensamientos—. Ha cambiado de un modo que me consternó nada más verlo y se lo sonsaqué. Su espíritu me lo gritaba. Por lo que... ante esto...

Ambas se giraron de nuevo hacia la otra Neve, que parpadeaba con esa extraña mueca en el rostro.

—Por lo que te vuelvo a preguntar: ¿Eso...?

—No lo llame «eso». Soy yo.

—¿Lo eres?

—¡Por supuesto!

—Lo dices, pero no lo sientes.

—Esa soy yo.

—¡Siéntelo como tal!

No fue un grito, ni una orden. Zóferas proclamó a los cuatro vientos con una convicción y fortaleza inquebrantables lo que Neve ocultaba de todos, incluso de sí misma, convirtiéndose en una completa desconocida delante del espejo.

Y, esa vez, delante de su propio yo.

—Reprimes lo que eres, el poder que portas. —Señaló con su mano derecha el centro de su pecho y Neve supo que, en aquel lugar, no había manera de ocultar nada de sí misma—. Y, en consecuencia, tu legado: lo que mereces y eres.

»¿Por qué, Neve? ¿Por qué ocultarlo como una cobarde?

—Piense que soy una cobarde todo lo que quiera. Pero si todos supieran...

—¿Todos? No estoy hablando de los demás. Hablo de ti. De cómo te has ocultado de ti misma hasta no llegar a reconocerte. ¿Acaso no eres esa Neve?

Neve apretó los labios y asintió, sus ojos mirando a su otra yo de cola gruesa y fuerte, tentáculos largos y delicados y escamas hermosas y brillantes.

—Me está costando encontrarte, Neve O’Shea. Pero sé que ella —señaló a la criatura marina— forma parte de ti. ¿Por qué reniegas?

—Vasilak... —dijo y se sorprendió a sí misma al pronunciar su nombre de manera tan repentina.

Zóferas arqueó una ceja, pero Neve no lo vio, sus ojos aún puestos en su otro yo.

—¿Sí? —la invitó a continuar.

—Me dijo lo mismo: que renegaba. —Hizo una pausa, tragando saliva ante el recuerdo—. Y no es cierto, la... la estoy protegiendo.

—Hablas de ella como si fuese alguien ajeno a ti.

—Me estoy protegiendo. ¿Es lo que este tedioso examen requiere para que me deje ir?

—Yo no te retengo, capitana. Eres libre de irte si quieres. Podrás seguir protegiéndote sin problema, pero creo que eso ya no servirá de mucho.

—Fue... —Neve tragó saliva—. Es una promesa. Se la hice a mis padres. No mostrar esta parte de mí por lo que pudiese pasar.

—Cuando aún estaban vivos, chiquilla. —Zóferas se acercó a ella, lo que obligó a Neve a devolverle la mirada—. Tú misma has aprendido la lección de la peor manera. ¿Acaso ocultarte no ha traído más problemas que ventajas?

—No puedo romper mi promesa; es lo único que me queda de ellos.

—Eso no es cierto y lo sabes. Solo te excusas para no enfrentarte a la verdad.

—¿Significa, entonces, que no tengo «alma»? —preguntó la joven con una risa seca.

—Tu alma está intacta. Es tu espíritu, tu yo más intrínseco, el que debes reconstruir.

»Y todo... empieza por ti.

Zóferas señaló de nuevo a la Neve que flotaba en el agua, que esa vez sí se movió más allá del parpadeo y la mueca.

Tendió el brazo hacia ella y todo su cuerpo brilló con aquel extraño y hermoso poder.

Con su poder.

Por un momento olvidó a la anciana e, invocando el poder, Neve brilló también, adentrándose en el agua y yendo hacia sí misma. Cada vez tenía más cerca su reflejo y, cuando sus dedos se rozaron, una explosión de luz la cegó de tal manera que la obligó a abrir los ojos...

Gimió, asustada y dolorida, como si volviese a respirar. Estaba de nuevo al inicio de la playa, lejos de la orilla, con Zóferas frente a ella, el pueblo de Vasilak observando... y él a tan solo un paso, sus puños apretados a los lados. Aun así, Neve percibió que estaba más cerca de ella que antes.

La anciana retiró los dedos de su frente, la miró de arriba abajo y, con tranquilidad, declaró:

—Un placer conocerte, capitana O’Shea. Tu espíritu es bienvenido entre nosotros.