La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 24. Espíritu #4
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24. Espíritu #4

La contramaestre asintió. Los demás entraron tras ella, pero Ivette se quedó en la puerta, de brazos cruzados, presenciando la escena con curiosidad.

Garret y Arendar flanquearon a Índigo, pero no como si la vigilasen, sino como si formaran parte de una sola tripulación.

Garret tenía los ojos puestos en él mientras que Arendar miraba a Índigo.

—¿Cómo está?

—Requiere tu presencia en el Luz .

—Esa muchacha se encuentra ahora en nuestro territorio. —Zóferas empezó a caminar hacia Índigo. Esta no se amedrentó y Vasilak pudo sentir la rabia que emanaba de su abuela—. Nos encontraremos con ella en la playa y yo decidiré si sois dignas de estar entre los nuestros.

—Lo estoy ahora mismo —replicó Índigo, cruzándose de brazos.

Zóferas se giró para mirar a Vasilak, atónita.

No tuvo más remedio que intervenir.

—Zóferas es nuestra guía espiritual y toda persona nueva que llega a la isla ha de pasar su... examen .

—Esa asesina lo tendrá complicado —murmuró su abuela con inquina.

—No tolero que hable así de mi capitana —gruñó Índigo dando un paso hacia delante.

Arendar la agarró del brazo y esta lo miró. El hombre negó, una corta pero intensa advertencia.

—¿Acaso no lo es? —musitó Zóferas y, antes de que pudiera apartarse, le dio un golpe seco a Vasilak con su báculo en el pecho, justo por encima de la cicatriz—. Y no solo dejó el cadáver de mi hijo, hay pruebas de su intento de asesinato de mi nieto.

Índigo, de nuevo, no se dejó intimidar.

—Podríamos hablar de cómo Reinhard Rackstorm mandó a Graves a masacrar a su familia, entonces. Los deja en un claro empate.

Zóferas había empezado su examen, comprendió Vasilak. Estaba poniendo a prueba a la contramaestre llevándola al límite.

—Qué lealtad, jovencita —murmuró al cabo de unos segundos—. Y cuánto dolor llevas contigo.

—Haré que los guardias te acompañen al Luz , Índigo —intervino Vasilak interponiéndose entre ella y su abuela—. Cuando estéis listas, encended las luces de cubierta y bajaremos para encontrarnos con vosotras.

Esta asintió y se zafó del agarre de Arendar, que aún la retenía. Los guardias estaban en la entrada, un poco más allá de Ivette, quien, una vez que Índigo desapareció por el pasillo junto a estos, entró en el salón.

—Te has pasado, abuela.

Dejando su faceta dura a un lado, Zóferas sonrió de medio lado.

—Me da rabia que los enemigos de mi nieto tengan tan buen espíritu. No es mala persona —comentó, apoyándose con ambas manos en el báculo y observando el pasillo por el que la contramaestre se había alejado—. La lealtad es un arma muy afilada, y esa chica, si ama, no ama con medias tintas.

»Tiene mi aprobación, si es lo que te preguntas, hijo.

—Gracias por tomarte las molestias.

—Debo admitir —musitó casi para sí misma— que tengo interés por conocer al fin a la legendaria Neve O’Shea.

—Si le ves una herida en el hombro izquierdo —soltó Ivette acercándose a ella—, es obra mía.

—¡Ivette! —le recriminó Vasilak.

—Ella misma me dio permiso para presumir de tal hazaña —se defendió la joven.

—¿Cuándo? —quiso saber su padre.

—En casa de tía Vesna. Me cabreé bastante cuando me dijiste que no podía ir con vosotros y me topé con ella en un balcón del salón principal. Me caló al instante y me dijo que fuese empática contigo..., y que podía presumir de la herida que le causé, cosa que acabo de hacer.

Zóferas escrutó a su nieto con ojos analíticos, pero él no se dio cuenta, pues andaba de nuevo perdido en la maraña de sentimientos que había nacido desde que había empezado a conocer a la verdadera Neve.

No encontrarse con el inmenso mar y el vacío horizonte cuando salió a cubierta fue un extraño golpe de realidad para Neve. Índigo había vuelto con la noticia de que Vasilak se reuniría con ella en la playa de Dría, por lo que tendría que bajar del barco.

Aunque conocía un poco las tradiciones y creencias y la concepción del mundo del pueblo de Nyaria, temía lo que se pudiese encontrar.

Se bañó y limpió a conciencia, y se lavó el pelo un par de veces con el champú sólido de lavanda que fabricaba Hazel para todas.

Se puso ropa cómoda: unos pantalones de color crema con uno de sus múltiples pares de botas y un corsé de color negro sobre una camisa blanca.

Esta vez decidió recogerse los largos cabellos en un moño, dejando un mechón que convirtió en una trenza que actuó casi como de corona.

Dos mechones más pequeños le enmarcaban la cara delicadamente.

Neve no solía asociar el término «delicado» con su persona, pero ese era el adjetivo que mejor encajaba en ese caso.

Por último, cogió su espada, la colgó de su cadera y subió a cubierta.

Índigo y Hazel la esperaban sentadas encima de dos barriles en la base del mástil principal.

Las luces del Luz ya estaban encendidas y no tardó en oír el barullo de la gente congregada en la playa. Cuando se asomó por la borda y los presentes la vieron, el volumen de los murmullos se elevó.

Vasilak, que esperaba a los pies del muelle donde estaba amarrado el Luz , se giró ante la reacción de su pueblo, y sus ojos se toparon con los de ella.

A pesar de la distancia, vio que el rostro del capitán se alteraba al verla de nuevo. Tras él esperaban Garret, Arendar y una anciana, también observándola.

Oyó unos pasos acercándose y se giró hacia sus compañeras.

—Cuando quieras, capitana —dijo Hazel. Iba vestida en tonos verdosos, mientras que Índigo había optado por tonalidades azul claro.

De un movimiento ágil, Neve subió a la pasarela que llevaba al muelle y bajó con cuidado a tierra firme; agradeció haberse hecho un moño y se arremangó la camisa, porque hacía un calor espantoso.

Una vez que Índigo y Hazel estuvieron tras ella, flanqueándola, las tres fueron hacia Rackstorm, que las esperaba al final del muelle, justo donde la playa empezaba.

La mujer mayor dejó atrás a los dos piratas y, haciendo un gesto a Vasilak, ambos empezaron a caminar, saliéndoles al encuentro.

Cuando estuvieron solo a unos pasos de distancia, Neve rompió el silencio, dirigiéndose a él.

—Gracias por poner a salvo a mi tripulación y mi barco como te pedí.

—Ya te lo dije en su día, capitana. Siempre cumplo mis promesas.

—¿Tienes el espejo?

—Sí. Lo cogí... porque pensé que estaría a salvo conmigo.

—No puedes no saberlo todo, ¿verdad?

La pregunta provino de la anciana y Neve la miró, notando la intensidad de su presencia.

—Usted debe de ser la famosa guía espiritual del pueblo de Nyaria.

—Zóferas Rackstorm —se presentó, y Neve arqueó una ceja.

—Parece que ya no me quedan más miembros de tu familia por conocer, capitán —comentó con guasa, aunque su expresión no reflejó la broma—. Además de tu hija y tu hermana, no esperaba conocer también a tu abuela.

—¿Cómo sabes que soy su abuela? —inquirió la aludida, pero no con sorpresa, sino con escepticismo.

—Una tiene que conocer bien a su rival.

—Ivette se te escapó, por lo que me han contado —intervino Zóferas.

—Un logro admirable, el ocultarla. No tenía ni la más mínima sospecha.

—Señoritas —Zóferas miró a Índigo y Hazel—, ¿podrían dejarnos a solas? Vayan con los demás. Son bienvenidas en nuestro hogar.

—¿Neve?

Ella no se giró ante la pregunta de su contramaestre. Se limitó a asentir con la cabeza, manteniéndole la mirada a Zóferas. Vasilak, detrás de la anciana, no perdía detalle de la escena, y Neve percibió su tensión.

Tenía los nervios a flor de piel, era evidente.

Índigo y Hazel se reunieron con Garret y Arendar en la playa, y ellos las guiaron hacia la ciudad. Ivette los acompañó y solo los tres quedaron al final del muelle..., junto con las decenas de isleños que observaban la escena al detalle.

—Acabemos con esto cuanto antes —pidió Neve y, girándose hacia la anciana y abriendo los brazos, declaró—: Cuando quiera.

Los dos Rackstorm, anciana y nieto, intercambiaron una mirada y él asintió con convicción.

Estaba dándole permiso para que empezara lo que fuese aquello.

Respiró hondo y el nudo de su pecho cobró vida de nuevo, amenazando con ahogarla. Vesna Rackstorm era casi un calco de su hermano, pero la abuela era distinta.

Algo más baja que Neve, de complexión enjuta y nariz muy marcada, llevaba la piel cubierta de tatuajes tan antiguos que no se distinguían los dibujos, y su vestimenta, en comparación con la del resto de los curiosos presentes, dejaba saber que era alguien especial, alguien importante en aquella sociedad.

La mujer se acercó a ella con paso decidido y, sin dejar de mirarla un instante a los ojos, levantó la mano derecha mientras que con la izquierda sujetaba con fuerza el báculo en el que se apoyaba.

Zóferas posó las yemas de dos dedos en su frente y, en una demanda sutil, le pidió que cerrara los ojos.

Neve echó un último vistazo a Vasilak, que se limitó a asentir; estaba muy tenso. Un instante después, los había cerrado.

Al contacto con los dedos de la anciana sintió que un calor la envolvía y empezó a ver colores en la oscuridad que le ofrecían sus párpados cerrados, pero no se dejó amedrentar por lo que fuese que estuviese haciendo.

—Eres demasiado cabezona, capitana —oyó que susurraba, y le pareció que su voz y el sonido de las olas muriendo en la playa, el viento y el calor sofocante del sol eran sus únicos acompañantes—. Necesito que te relajes.

—¿Con qué fin? —se atrevió a preguntar.

—Necesito ver tu alma para permitirte acceder a mi pueblo. Y creo que nadie me lo había puesto nunca tan difícil.

Neve no habría sabido decir qué era Zóferas.

Una guía espiritual tenía el don de ver mucho más allá de la apariencia física de las personas; en parte, la idea de que alguien tan ajeno a ella fuese capaz de adentrarse en lo más profundo de su alma no le parecía un escenario del todo agradable.

Por lo que, cuando sintió que la anciana entraba en su psique, se quedó sin aliento, incómoda y ansiosa.

Después de lo que le pareció mucho tiempo, Neve soltó por fin la cuerda mental a la que se aferraba desde hacía años.