La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 24. Espíritu #3
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24. Espíritu #3

Por algo los había escogido como compañeros de travesía de por vida.

Se oyó alboroto fuera y los tres hombres se giraron hacia la entrada. Antes de que hiciera acto de presencia en la estancia, la oyó y la sintió. Su potente aura, su voz autoritaria. Y, por supuesto, su báculo. Iba a todas partes con él.

—¡Dejadme pasar!

—Ya está aquí la jefa —musitó divertido Garret.

—¡Cállate! —bramó Arendar.

Ivette fue corriendo a recibir a la señora que cruzó las cortinas y se plantó en el salón.

— Totán!

«Abuela». Aunque técnicamente era su bisabuela, la abuela de Vasilak había actuado como si también fuese la de su hija.

—Cuánta energía desprendes, querida. —La recién llegada le devolvió el abrazo a regañadientes. El contacto físico era sagrado para ella y necesario solo cuando se requería—. ¿Por qué no te acompañan Garret y Arendar a dar un paseo? Te vendrá bien un poco de aire fresco.

Una invitación nada sutil a que abandonasen la habitación cagando leches.

Vasilak los miró, asintiendo, y ambos se llevaron a Ivette de allí, que echó un último vistazo atrás. Su padre le guiñó un ojo, intentando tranquilizarla.

Él, desde luego, no lo estaba.

—Vasilak —dijo la anciana.

Siempre comenzaba ella las conversaciones.

—Zóferas.

Aunque él le sacaba casi dos cabezas, Zóferas Rackstorm era una mujer de armas tomar. Intimidante. La madre de su padre. Y la guía espiritual de la tribu que Vasilak lideraba.

—Tenemos que hablar.

Índigo fue a buscar a Rackstorm acompañada no solo por dos guardias, sino también por las decenas de miradas de su pueblo. Las madres apartaban a sus hijos cuando se cruzaban con ella, y muchos gruñían y enseñaban los dientes y blandían sus armas.

No eran bienvenidas allí, pero las respetaban por orden de su capitán.

La gran mayoría tenían cabellos oscuros y esa tonalidad oscura tan particular de piel.

En cambio, el color de los ojos de los habitantes de Nyaria era muy variado: desde marrón, pasando por azul y verde, hasta dorado e incluso violeta.

Tanto hombres como mujeres eran altos y fuertes, y todos ellos conformaban un pueblo muy unido.

No se hallaban en la capital. Índigo se había tomado la molestia de investigar y sabía que estaban en una ciudad al sur de la isla llamada Dría, situada en la ladera de una montaña que desembocaba en una gigantesca playa junto al puerto y al muelle donde el Luz del Alba estaba amarrado.

Subieron unas escaleras talladas en la roca. Había puestos de comida y tenderetes de todo tipo, y gente ajetreada que iba y venía.

Pero, aun así, se permitían unos segundos para mirarla.

En otras circunstancias, Índigo habría mantenido la cabeza alta y desafiante, pero, entre el cansancio que arrastraba desde hacía días y que estaban en territorio enemigo y para nada amistoso, mantuvo la vista gacha y no se separó de los guardias...

, con la mano en la empuñadura de las espadas que colgaban de sus caderas.

Continuaron ascendiendo y el número de curiosos fue descendiendo. Dejaron atrás el barullo del centro de la urbe y entraron en lo que parecía ser una zona señorial bastante exclusiva. Lo dedujo por la cantidad de hombres que la custodiaban.

Los guardias que la guiaban informaron de quién era a los guardianes del perímetro del hogar de Vasilak, pues resultaba innegable que era la residencia Rackstorm. Índigo debía admitir que era abierta y acogedora.

Una vez que les concedieron paso, subieron los escalones que llevaban al camino de acceso a la villa y, antes siquiera de llegar a la puerta, los vio.

A la hija de Vasilak, a Garret y a él. Arendar.

Sus miradas chocaron y este se detuvo en seco, llamando la atención de los otros dos piratas.

—¿Contramaestre?

Los guardias se apartaron para dejarla pasar, y ella avanzó despacio, pero con decisión. Sus botas repiqueteaban en el suelo de piedra y el sudor le chorreaba por la espalda debido al asfixiante calor que hacía.

Subir tantas escaleras no había ayudado.

Cuando los tuvo delante, anunció:

—Neve ha despertado y requiere la presencia de Vasilak.

—¿Vienes a echarme todo esto en cara una vez más?

—Al contrario. —Zóferas se acercó a él, el sonido de su báculo acompasando el de sus pies—. Quiero saber cómo estás, y con esos dos aquí no ibas a responderme con sinceridad.

Vasilak se dejó caer en el sofá que daba a una inmensa terraza situada en la parte más alta de la casa. Desde allí se veía la playa y, en ese momento, también el Luz del Alba.

—Agotado.

—Lo entiendo. Pero, después de lo que contaste a tu círculo de confianza, me pregunto cómo te sientes respecto a tu cambio físico . Veo que tu espíritu ya no es el mismo, hijo.

—Estoy hecho un lío. Siento que todo lo que conocía, todas las ideas preconcebidas que tenía tanto sobre Neve como sobre su forma de vida, así como de lo que pasó hace años con el Comité Pirata, eran todo mentiras.

»Que, en parte, no solo ella tiene la culpa, sino que nosotros también somos culpables.

—¡Por supuesto que todos somos culpables! Al fin y al cabo, fue mi hijo quien quiso convertirse en lo que él autodenominó «rey de los piratas», y para ello necesitaba destruir dicho comité..., y el primero en caer en sus garras fue Graves.

»Como consecuencia, los O’Shea recibieron un castigo inesperado, un final prematuro que no merecían. Esa niña...

Neve no jugaba con la paz de los piratas y, en su día, Vasilak había compartido sus ideas. Pero, al fallecer su padre, y siendo él su heredero y contramaestre, no le quedó más remedio que convertirse en capitán del Indomable y su sucesor.

—La muerte de padre fue dolorosa para muchos, pero esperada. Iba a fracasar en su intento; los O’Shea la criaron bien —comentó Vasilak.

—¿Cómo podías saber que tu padre iba a fracasar? —inquirió su abuela, yendo hacia él.

—Lo vi el día en que los O’Shea la presentaron como su heredera y contramaestre. El día que la conocí.

Hacía once años, en el último Comité Pirata, que se celebró un año antes del ataque de Graves.

Con veinte años, Vasilak vio en aquella chiquilla de quince el potencial de una líder. Aquello que un verdadero rey de los piratas debía ser y no en lo que se quería convertir su padre.

Reinhard Rackstorm. Hablar de la muerte de su padre siempre le resultaba extraño.

Su madre había fallecido cuando él y Vesna eran pequeños, y Reinhard se había encargado de criarlos.

De todos modos, la relación con él había sido horrible, pues había convertido a Vasilak en algo que él no quería: un líder, un capitán y un pirata, cuando lo que él ansiaba era la libertad.

Incluso muerto, su padre lo había condenado. Y Neve O’Shea, queriéndolo o no, había sido partícipe en dicha sentencia.

En cambio, Vesna siempre había deseado todo aquello, pero, para su padre, que fuese mujer era un impedimento, un obstáculo insalvable.

Como mujer, debía cumplir otros cometidos que tenían que ver con su aparato reproductor; un pensamiento desfasado para su pueblo que el joven Rackstorm llevaba años intentando cambiar.

Por eso, en cuanto falleció, Vasilak le ofreció a su hermana uno de los mejores navíos de su flota, además de la misión de controlar el Peñón de Run, el único territorio perteneciente a los Rackstorm del archipiélago de Bhyeria.

Desde entonces, las mujeres habían podido surcar los mares, libres de elegir una nueva vida.

Al enterarse de la masacre que Graves había perpetrado en el Luz del Alba , los gobernantes de las islas del archipiélago tuvieron que elegir lealtades, y todos ellos en bloque decidieron aliarse con Neve O’Shea.

Reinhard Rackstorm convenció a Salomón Graves.

Los padres de Neve y toda su tripulación murieron a manos de este, y la entonces joven pirata se vengó, formando una nueva tripulación y consiguiendo alianzas poderosas.

Cinco años después, cuando el padre de Vasilak lo tenía todo listo para un ataque definitivo, Neve se enfrentó a él en una batalla naval sin precedentes y le quitó la vida.

Y Vasilak recogió el testigo de su padre, provocando así el final del Comité Pirata.

Aquel día, la que tenía más motivos para vengarse era Neve.

—Los dos fuimos víctimas de mi padre —susurró Vasilak y, aunque no la enfrentó, sintió la mirada de Zóferas sobre él—. La capitana O’Shea tenía derecho a vengarse por lo que le hizo... Pero yo también a vengarme de ella, porque me quitó mi libertad y me condenó.

—Y, ahora, ha vuelto a condenarte —lo señaló, y Vasilak gruñó, rabioso. Le había tenido que contar lo que Neve hizo el día que las nereidas casi acabaron con él—, o al menos eso es lo que te dices cada día para intentar convencerte.

—Nada de acertijos conmigo —exigió él, pasándose una mano por el pelo, que llevaba suelto.

—Aunque estoy segura de que al principio el cambio que ella provocó en ti al darte «su aliento» te generó un conflicto interno, veo que a tu espíritu no le desagrada en quién te has convertido, hijo.

Le dio un golpecito en la barbilla y Vasilak la miró, encontrando unos dulces ojos marrones enmarcados por arrugas. El mismo marrón se adivinaba en su melena, casi desaparecido entre los centenares de canas que cubrían su gran trenza.

—Lo estás haciendo mejor de lo que crees. Ya casi está.

—Y eso, ¿qué significa?

Zóferas se encogió de hombros, guiñándole un ojo. En el idioma de su abuela, ese gesto podía traducirse por un «Ya verás».

Ambos se giraron cuando llamaron a la puerta y Vasilak se puso tenso cuando vio de quién se trataba. Índigo lo miró con expresión seria, primero a él y luego, a la mujer mayor que lo acompañaba. Por su postura, Rackstorm dedujo que, una vez más, Zóferas había intimidado a alguien.

—¿A qué se debe tu presencia, muchacha? —Su voz sonó autoritaria, pero se mantuvo tras él, respetando la jerarquía de mando.

Rackstorm siempre tenía la palabra decisiva.

Tal vez no la última, pero sí la determinante.

—Ha despertado —adivinó Vasilak, apretando los puños de manera inconsciente.