La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 24. Espíritu #2
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24. Espíritu #2

Se suponía que no debía tener piernas. No en ese momento.

La última vez que fue consciente de su existencia tenía una cola enorme y tentáculos en la cabeza. Había accedido a esa parte de ella que ocultaba y se negaba a aceptar, y se había enfrentado a un monstruo marino salido de sus pesadillas.

Neve entreabrió los ojos, pero no se movió.

Estaba en la enfermería y Hazel, que machacaba raíces y hojas en un mortero, parecía agotada. Tenía grandes ojeras y los ojos enrojecidos e hinchados. Tras ella, Índigo susurraba con rabia y nerviosismo, mirando a su espalda una y otra vez.

Algo que llamó la atención de Neve fue que los manojos de plantas que colgaban del techo de la habitación no se balanceaban como solían cuando el barco navegaba.

Volvió a cerrar los ojos y lo percibió. La quietud. La falta de movimiento.

Estaban anclados.

—Vigilan el barco día y noche. Y no me siento nada segura desde que estamos las tres aquí solas.

El corazón de Neve dio un vuelco ante aquella revelación. ¿Los Demonios del Mar habían abandonado el Luz del Alba ? ¿Cómo?

—Vasilak nos prometió que... —comenzó a decir Índigo.

—¿Desde cuándo te fías de él? —gruñó Hazel soltando un sollozo. No era habitual que la que lloraba fuese ella.

—No me fío, ¡pero no nos queda otra de momento! —respondió ella igual de nerviosa.

No. No podían pelearse.

Neve tragó saliva, abrió los ojos del todo y se giró lo suficiente como para hacer ruido y llamar su atención.

—¿Por qué discutís tanto?

Hazel dejó caer el mortero sobre su mesa de trabajo y se lanzó hacia ella para examinarla.

—¿Estás bien? ¿Te duele algo? Dime lo que sea, por favor.

Índigo fue algo más comedida y se conformó con mirarla desde el armazón de metal a los pies de la cama.

—Solo algo cansada. ¿Cuánto tiempo he estado así?

—Cinco días. Llevas cinco días durmiendo —explicó su contramaestre, cruzándose de brazos.

«Casi una semana».

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Neve.

—¿De qué te acuerdas?

Gruñó al incorporarse y Hazel le puso otra almohada para que estuviese más cómoda. Índigo se sentó a los pies de la cama, su rostro serio.

—Recuerdo estar huyendo de Caribdis y de las murallas.

—¿Y que Haxos te dejó en el barco? ¿Que te desmayaste en tu forma de sirena? —inquirió la contramaestre con gesto duro—. ¿Y que Garret y Arendar lo vieron todo ?

— Indi —le recriminó Hazel.

—Lo dices como si lo hubiese hecho a propósito, Índigo —murmuró Neve.

—No es eso, capitana. Es que, con lo mucho que has luchado por mantener ocultos tus secretos... y habrá sido en vano, pues con esta complicada situación todo está saliendo a la luz, y no me gusta nada.

—¿Qué ha pasado estos días? ¿Dónde estamos?

Las dos mujeres intercambiaron una larga mirada, y Neve pudo ver la conversación silenciosa que estaba teniendo lugar delante de ella, lo que hizo crecer su inquietud.

Índigo cedió por fin.

—En Nyaria. —La respuesta, delicada, vino de Hazel.

Neve abrió los ojos alarmada e Índigo le dedicó un gesto de comprensión, pues compartía el sentimiento: Nyaria, la famosa isla al norte del Océano Central, no pertenecía al archipiélago de Bhyeria, por lo que era independiente y, además, dominio de Vasilak Rackstorm.

—¿Qué hacemos aquí?

—El capitán ordenó que no te contásemos nada cuando despertases, que lo haría él mismo. Voy a avisarlo si así lo...

—Espera. Necesito... Me muero de hambre. —Como ya estaba más espabilada, percibió el olor de su cuerpo y arrugó la nariz—. Y huelo fatal.

—Y eso que me he encargado de bañarte —musitó Hazel, que se acercó a Neve para darle un beso en la cabeza.

Esta puso los ojos en blanco, pero no protestó.

—Gracias, Hazel.

Su respuesta fue un simple pero cariñoso guiño.

—Ve a por Vasilak, Índigo. Me gustaría saber por qué narices estamos aquí.

La contramaestre se levantó y dijo:

—Pero antes voy a traerte algo de comer. Me lo agradecerás.

No había planeado así su vuelta a casa. Lo último que habría imaginado semanas atrás era que acabaría regresando en el Luz del Alba y con Neve O’Shea en él.

Neve O’Shea en su hogar, en su lugar seguro.

Aun así, intentó aferrarse al sentimiento que lo había invadido al ver la isla en el horizonte.

Recordó la cara de sorpresa de quienes trabajaban en el puerto de Dría, su ciudad: había tenido que exigir que bajasen las armas, que apuntaron con rapidez a Índigo y Hazel.

Fue necesario invocar al consejo para dar cuenta de su llegada, aunque, por fortuna, no le hizo falta explicar el pacto, pues, al parecer, Vesna se había encargado de eso cuando trajo de vuelta a Ivette.

Su hija fue la primera en llegar al puerto después de que se corriera la noticia.

Vasilak y los chicos se habían quedado en el Luz para garantizar la seguridad de la nave y sus tripulantes, pero sentía la impaciencia de sus compañeros por desembarcar y pisar tierra de nuevo.

Deseaban sentir la arena bajo sus pies tras más de un mes de travesía.

Antes de abandonar el barco, Vasilak visitó la enfermería, encontrándose a una tensa Índigo custodiando la puerta.

Más allá, Hazel peinaba a Neve, todavía inconsciente y muy pálida.

Llevaba casi cuatro días dormida, y todo por conseguir que aquella espeluznante criatura de las profundidades no los alcanzase a ellos ni a su nave.

Uno de los lemas más sagrados de los piratas era que el capitán jamás abandonaba su barco. Neve había estado dispuesta a hacerlo para salvarlo sin importar las consecuencias.

—¿Os vais ya, capitán? —rompió el silencio Índigo, sin mirarlo.

—Podéis venir conmigo —les ofreció Rackstorm, lo que provocó el estupor no solo de la contramaestre, sino también de la curandera, que se giró para mirarlos—.

No os he traído aquí para teneros encerradas en el Luz .

Como líder, os doy permiso para que piséis mi hogar y os garantizo vuestro bienestar.

Los ojos cristalinos de Índigo volvieron a analizarlo, como siempre; durante aquellos días había ejercido como la líder del barco junto a él ante el estado de Neve, y Vasilak debía admitir que había cumplido con creces sus deberes como contramaestre.

—Agradecemos la invitación, pero nos quedaremos en el Luz del Alba hasta que Neve despierte. Después, veremos qué ocurre.

Ese «después» todavía no había llegado.

Las explicaciones que tuvo que dar a su pueblo fueron extensas. Como cabeza de aquella isla, había informado de inmediato a todos sus habitantes de su regreso y de que traía compañía indeseable.

Ivette no se separaba de su lado, y con razón.

El reencuentro había sido corto, rápido y emotivo, y, hasta que no estuvieron por la noche a solas, Vasilak no pudo ponerla al día de todo.

De absolutamente todo .

Durante la explicación, los ojos verdes de su hija habían ido hacia el muelle junto a la playa, donde se encontraba amarrada la embarcación y, aunque Rackstorm no supo descifrar por completo lo que su expresión significaba, fue del todo sincero con ella.

—No soy el mismo desde que me salvó.

—¿En qué sentido, papá? ¿Ahora también eres una sirena? —El capitán detectó cierto humor en su tono, lo que aligeró el peso que cargaba en su pecho.

—Digamos que... he ganado cualidades interesantes... —Ivette arqueó una ceja—. Y, como te he dicho, la capitana O’Shea me confesó que lo hizo por ti.

—No entiendo a esa mujer —fue su respuesta, con su mirada todavía puesta en el barco.

—La verdad, yo...

Decir «tampoco» sería mentir. Pues, para su desgracia, Vasilak había empezado a comprender muy bien cómo funcionaba la mente de Neve O’Shea, lo que había pulverizado por completo la imagen previa que tenía de ella.

—... creo que es una persona compleja —se limitó a decirle a su hija.

—Me alegro de que estés en casa. Tu pueblo te necesita, papá.

Ivette se retiró poco después a su habitación y Vasilak cayó rendido en la cama, tan igual pero tan diferente a la última vez que había estado allí, meses atrás.

Se dejó vencer por el sueño, pues sabía que los próximos días serían un caos.

En ese momento, habiendo amanecido de nuevo, giró el trozo de espejo entre sus manos.

Lo había encontrado rebuscando en los aposentos de Neve y, aunque debía admitir que en parte se sintió mal por hacerlo, sentía que aquella pieza, fuese lo que fuese, debía estar con él.

Por supuesto, cuando Neve despertara, le tendría que dar explicaciones.

Y esperaba que fuese más pronto que tarde.

—Lo que echaba de menos este sitio —soltó Garret mirando el paisaje que los rodeaba.

La casa de Vasilak, la más grande de la ciudad, se encontraba en una ladera junto a muchas otras interconectadas por caminos y escaleras que hacían que el descenso hacia las calles principales de Dría fuese rápido y eficaz.

Se trataba de un entramado creado años atrás, cuando su tatarabuelo lideraba a su pueblo.

Su padre había querido destruir la estructura, pero Vasilak lo había impedido.

Alrededor de Dría, la selva se expandía gigantesca e intimidante. Rackstorm la conocía como la palma de su mano y sabía qué zonas eran útiles y cuáles había que evitar.

—Quién diría que eres un pirata amante de la mar —le respondió Arendar a Garret, quien no tardó en replicar.

—Cuanto más estoy en la mar, más echo de menos mi hogar. Pero la mar también es mi hogar. Es una relación... complicada.

—Tú sí que eres complicado —bromeó el contramaestre, lo que provocó una breve risa en Vasilak.

Hacía tiempo que no reía de verdad.

Ivette, que estaba sentada a su lado en el suelo, apoyó la cabeza en su rodilla izquierda mientras observaba el trozo de espejo que su padre tenía entre las manos.

—Parece un pedazo de cristal normal —musitó, y Vasilak tuvo que estar de acuerdo.

—A veces, en lo más ordinario está lo más mágico.

—¿Desde cuándo eres un filósofo? —se mofó la joven, y su padre oyó la carcajada de Garret tras él y la suave risa de Arendar.

En otro momento les habría recriminado su actitud, pero, tras lo que habían vivido días atrás y habiendo asimilado de la mejor manera posible todos los secretos de Neve que habían sido descubiertos, se contuvo.