24. Espíritu
Espíritu
Hacía día y medio que habían abandonado Monha acompañados por el navío Dos Lunas . En ese momento, en el atardecer del segundo día, parecía que se encontrasen en ese impasse de calma que precede a la tormenta, y Sage quiso exprimirlo al máximo.
Instalados en el puente de mando, Nasir y ella se turnaban para llevar el timón y comprobar que seguían el rumbo, mientras que Raven y Barak se habían retirado a descansar para luego sustituirlos.
La artillera estaba cenando allí, y debía reconocer que disfrutaba de aquel tiempo a solas, pues el médico había bajado a la cocina también a por su cena; aunque solo fuesen unos minutos, lo agradecía sobremanera.
Masticó despacio a la vez que se llevaba una jarra de cerveza bien fría a los labios. Habría sido más sensato beber agua, pero la joven no podía decir que no a una buena jarra de su bebida favorita. No era de las mejores que había probado, pero tampoco de las peores.
—¿Tan buena está que no puedes resistirte? —oyó al rato.
Se terminó el momento de soledad.
Se giró con una ceja enarcada hacia Nasir, que se sentó a su lado con su porción de comida en el plato y una jarra vacía.
El médico se sirvió un poco de vino y, tras tomar un buen trago, imitó a Sage y comenzó a vaciar su plato.
La artillera lo observó con expresión pensativa, recordando lo que había dicho hacia la parte final de su estancia en la capital del Continente Oeste.
«Me crie aquí».
Como siempre, la curiosidad pudo con ella y la pregunta salió de su boca antes de que pudiera detenerla.
—No tienes acento de Serídea, Nasir.
Él la miró de reojo engullendo un trozo de pan y un par de uvas.
—Si quiere preguntar algo, hágalo, señorita Dare —la retó, algo que gustó demasiado a la chica.
—¿Eres del Continente Norte?
—Sí.
Vaya, no se esforzaba nada en ocultarlo.
—¿Cómo acabaste tan lejos de casa? Tengo entendido que es complicado cruzar las aguas desde allí hasta el oeste.
—Viví en mi ciudad natal hasta los seis años, momento en que mis padres quisieron buscar una vida mejor y compraron un pasaje para emprender la travesía.
—¿Así de fácil? —preguntó sorprendida la chica.
—No recuerdo mucho del viaje, pero, hasta que me uní a Vasilak, viví en Serídea, en la zona sur de la ciudad.
—Ese es el barrio de quienes no son originarios de la capital, ¿no?
—Digamos que la segregación estaba a la orden del día, aunque tengo entendido que la cosa ha cambiado bastante desde entonces.
—¿Para mejor?
Nasir rio por lo bajo, pero no había humor en esa risa.
—Admiro tu optimismo, Sage. —Girándose por completo hacia ella, añadió—: ¿Qué hay de ti?
Esta vez le tocó a ella el turno de soltar una risa seca y luego arquear las cejas mientras vaciaba su jarra de un largo sorbo.
—Se tarda casi un mes en llegar a estas aguas desde el lugar del que yo procedo.
Pudo apreciar cómo Nasir la observaba de arriba abajo de una manera que a Sage le pareció de todo menos invasiva. Con el paso de las semanas, la chica se había percatado de que aquel hombre tenía la capacidad de hacerte sentir cómoda incluso en las situaciones más incómodas.
Un verdadero don, sin duda.
Miró a su alrededor y agradeció que no hubiese nadie más en el puente, pues la conversación se estaba tiñendo de una intimidad un tanto peculiar.
El médico volvió a romper el silencio instantes después.
—Te propongo un juego, artillera.
—Dispara —respondió ella de inmediato, inclinándose hacia delante.
—Vamos a llenar esta jarra de vino. —Cogió la botella y empezó a llenar su propia jarra.
—Cerveza —objetó ella.
—Vino. Un poco de elegancia, joven.
Ella chistó, pero al final cedió.
—El juego consiste en lo siguiente: uno hará una pregunta y, si el otro no quiere responder, tendrá que beber.
Sage soltó una risa aguda mientras daba una palmada fuerte en el aire.
— Suuupernovedoso . Hagamos esto: tres preguntas cada uno y los dos bebemos en los seis turnos. De esta manera, nadie gana ni pierde.
Nasir sonrió de medio lado, su corta melena moviéndose con el viento y sus ojos brillando en la luz crepuscular.
—De acuerdo. Empieza tú.
Sage se frotó las manos, sopesando qué preguntar.
Mientras tanto, Nasir le llenó la jarra vacía de cerveza con vino.
Podía decantarse por preguntas muy concretas, pero eso complicaría mucho el juego; Nasir era astuto e inteligente como un zorro, pero también tenía buen corazón.
En aquel momento, Sage se inclinaba más por pensar que lo único que quería era pasar un rato agradable antes de seguir con aquella peligrosa misión.
Antes de encontrarse con el Oráculo.
Se enderezó y decidió cuál sería su primera pregunta.
—¿Cómo llegaste al Indomable ?
—Es una historia curiosa, en realidad. Fue por pura casualidad. O tal vez fuera el destino.
Ella apoyó un brazo en la mesa, descansó la cabeza en esa mano y arqueó ambas cejas en un gesto que dejó claro que estaba más que lista para escucharla.
Nasir soltó un largo suspiro y, con voz serena, comenzó a contársela.
—El médico del Indomable había muerto unos días antes, y Reinhard mandó a Vasilak a Serídea con la misión de encontrar a uno que estuviese interesado en embarcarse y dejar el continente.
Esa noche coincidimos en una taberna no demasiado conocida del barrio del sur, cerca de mi casa, y lo oí hablar con varias personas...
y me enteré de lo que andaba buscando. Me presenté ante él y me ofrecí de inmediato.
Sage fue a interrumpirlo, interesada en saber por qué estaba tan deseoso de abandonar la capital, pero no tuvo tiempo, pues él mismo le ofreció la respuesta.
—Yo siempre había tenido interés por la sanación, los tratamientos, las hierbas medicinales, las pócimas...
, porque mi anhelo siempre había sido ser médico, desde pequeño, pero mis padres estaban empeñados en que me olvidara de eso, convencidos de que, al no pertenecer a las clases altas, sería incapaz de lograrlo.
El caso es que yo nunca me rendí y me formé de manera casi autodidacta, así que les demostré que se equivocaban.
Una noche les dije que me iba, pero que sabrían de mí pronto.
Y fue justo esa noche cuando me topé con Vasilak.
A la mañana siguiente, me convertí en el médico del Indomable a las órdenes de su padre.
»Unos meses después, tuvo lugar la batalla con Neve, y el resto ya lo sabes.
Tenía tantas preguntas, pero lo que más le había llamado la atención era que había dejado a su familia atrás sin trifulcas ni enfados; tan solo persiguiendo su sueño, luchando por lo que quería ser.
—Pero ahora no solo eres médico; también eres pirata.
—Vasilak me ha entrenado bien durante estos años y le estoy muy agradecido por ello. —Tomó su trago de vino despacio, y Sage le imitó, y entonces añadió—: Me toca.
—Cuando quieras —contestó Sage.
—¿Es cierto que mataste a dos hombres con una sola bala?
La pregunta la pilló desprevenida, algo que Nasir conseguía muy a menudo, pero que ella no tomó demasiado en cuenta. Había conseguido su respuesta, y en ese momento los ojos de Nasir brillaban con un interés evidente y Sage sonrió de oreja a oreja.
—Sí, lo es. ¿Ya está? —Nasir asintió y Sage sonrió de oreja a oreja para, al momento, ambos volver a beber de sus copas —. ¡Mi turno!
Se puso a pensar y, de pronto, una pregunta, demasiado jugosa para pasarla por alto, le vino a la cabeza.
—¿Cómo fue curar la herida que le hizo Neve a Vasilak?
Nasir se tomó un largo rato antes de responder y Sage empezó a dudar de si tan siquiera lo haría.
Pero, sí, lo hizo.
—Durante unos instantes, me sentí casi como un dios..., y fue terrorífico.
No esperaba tal contestación.
—¿Salvar vidas da miedo? —susurró la artillera.
—¿Es esa tu tercera pregunta?
Ella estuvo a punto de negar con la cabeza, pero, tomándose unos segundos para reflexionar, asintió.
—Salvar vidas es gratificante, pero el proceso, en muchas ocasiones, te cambia por mucho que tú no lo quieras. Y al día siguiente de la noche que salvé a Vasilak, no amanecí siendo el mismo.
—¿Para mal?
Nasir negó.
—No es que sea para bien o para mal, Sage. Simplemente es. En todo caso, tú eres quien decide qué hacer con ello.
Hubo una pausa tras aquellas palabras y la realidad de estas hizo que el corazón de Sage diese un vuelco. Nasir no solo era alguien astuto, sino muy sabio.
—Tres preguntas seguidas, así que me toca. Pero antes, dos tragos cada uno, compañera.
—Solo te quedan dos, no hagas trampas —le advirtió ella.
—Soy de todo menos un tramposo —de nuevo bebieron de sus copas. Él acabó sus tragos antes y preguntó—: ¿De qué zona del Continente Oeste eres?
—De Trakos.
Pudo apreciar la alarma momentánea en el rostro de Nasir, quien asintió al momento para disimularla..., aunque algo tarde.
—¿Tu familia sigue viva?
Esta vez, Sage apuró la jarra antes de tan siquiera responder la pregunta.
Aunque la respondió, no supo por qué.
—Se podría decir que sí, aunque para mí están bastante muertos.
Oyeron unos pasos y la chica soltó todo el aire que había estado reteniendo. Raven regresaba de su descanso, por lo que Barak no tardaría en aparecer también. La espía se acercó a ella y se inclinó para besarle con ternura la mejilla.
—¿Todo bien por aquí?
Ambos intercambiaron una mirada, y Sage asintió con convicción, lo que hizo que él la imitase algo más dubitativo.
—Sí, pajarito. Solo estábamos conversando.
—¿Sobre qué exactamente? —indagó Raven con curiosidad.
—Pues... —empezó a decir él, pero Sage entró al rescate.
—De la cantidad de hombres que puedo cargarme con una sola bala.
No le gustaba nada tener secretos para Raven, pero ya se lo contaría en otro momento. Se sirvió otra copa de vino y se mezcló en la conversación general.
Oía voces en la lejanía, lo que le hizo saber que no estaba bajo el agua.
Reconoció las sábanas que la envolvían, el olor a hierba fresca mezclada con alcohol. Identificó las voces, que hablaban en voz baja, con un tono preocupado. Sentía los párpados pesados, pero, sobre todo, las manos, el pecho y las piernas entumecidos.