23. La guardiana #8
—Ten un poco de fe en tu capitana —replicó este con voz dura, lo que sacó por un momento de su rigidez a Índigo y pintó la sorpresa en sus cristalinos ojos—. Está dando la vida por ti.
—Huele a sangre —soltó de repente Hazel, y todos la miraron—. Huele a mucha sangre.
—¡Estamos muertos! —exclamó Garret.
Arendar miró fijamente a su capitán, esperando órdenes.
Apretando los puños, Vasilak se serenó y, encontrando su voz, gritó:
—¡A las armas! ¡No moriremos de rodillas, piratas!
Pareció costarles un momento, pero al fin todos obedecieron con la intención de crear un círculo para cubrirse las espaldas y no tener puntos ciegos.
Cuando Vasilak echó mano de su espada, el corazón le dio un vuelco.
No estaba.
Y sus ojos buscaron una vez más a Neve O’Shea.
Empezaba a acusar el cansancio, cómo su poder iba menguando, ya que su cuerpo no estaba acostumbrado a manejarlo en tal magnitud. Por ello, se aferró al poder que conocía bien: el de la espada.
Quitársela a Rackstorm había sido fácil y una decisión nacida de la inmediatez.
Maldijo, pues había perdido de vista a la criatura, lo que no era bueno..., pero si algo llamaba a esas criaturas era la sangre.
Sin dudarlo, Neve se rajó la palma izquierda y comenzó a nadar alrededor de la muralla, dejando un rastro tras ella.
El gruñido de placer de Caribdis no tardó en llegar y se volvió, pues la criatura subía a toda velocidad desde las profundidades a su espalda. No la iba a matar y ella no podía con un monstruo de tal envergadura.
Pero si...
Nadó hacia la bestia y, justo cuando estaba a punto de rozarla, Neve giró sobre sí misma y clavó la espada de Rackstorm en la gruesa y escamosa piel de Caribdis.
Se agarró a la empuñadura y se vio arrastrada por el monstruo, que ascendía hacia la superficie pegada a las murallas. Neve no perdió el tiempo y sacó la espada para volver a clavarla, dejando caer encima todo su peso para que la herida fuera más profunda.
En la superficie, Caribdis lanzó un alarido de dolor y se revolvió furiosa, y Neve se soltó y cayó al agua mientras la criatura se alejaba de ella hacia una de las torres.
Había sangre por todas partes.
Durante un segundo giró sobre sí misma para ver el Luz : todos contemplaban la escena. Devolviendo su atención al enemigo, comprobó que Caribdis había trepado a una de las torres y, aferrada a ella con sus enormes garras, soltaba un chillido ensordecedor.
Tenía que seguir distrayéndola.
Y entonces los sintió, bajo el agua, cabalgando a una velocidad vertiginosa..., a sus aliados, a sus fieles compañeros.
A cientos de hipocampos que se dirigían hacia allí, con Haxos en cabeza.
Neve quiso llorar, pero apretó los labios y se preparó para atacar de nuevo al monstruo.
— Ya llego, Neve. Ya llego.
La voz de Haxos inundó sus pensamientos.
— Ve al barco. Salva el Luz . Sálvalos —le rogó ella de vuelta.
— Mis compañeros se encargarán de sacar el Luz de aquí. La criatura no lo seguirá, está atrapada aquí .
Neve frunció el ceño, asombrada, pero mantuvo su mirada fija en el monstruo.
— ¿Cómo lo sabes?
— Es la guardiana de las murallas. Lleva siglos protegiéndolas. Si se aleja de ellas, morirá .
Oyó gritos de sorpresa tras ella y vio que el Luz del Alba empezaba a alejarse de Noros a gran velocidad, llevado por los hipocampos.
Y, por un momento, le pareció oír su nombre en los labios de Vasilak Rackstorm.
— ¡Seréis míos!
La criatura se lanzó al agua al mismo tiempo que Haxos aparecía frente a Neve.
— ¡Sube!
Ella obedeció y se agarró al cuello del caballo marino con fuerza mientras este volvía a sumergirse y nadaba a una velocidad cortante. Aun así, no dejó de mirar atrás, porque Caribdis les pisaba los talones.
Sintió el aliento de la criatura cuando esta abrió la boca para engullirlos, su ojo bueno lleno de locura y hambre y la vibración de su cuerpo chocando con la suya propia.
Estaba a punto de acceder a su poder, aun debilitada por el exceso de uso, cuando el monstruo se detuvo de repente, gritando de dolor.
— Ahí está. El límite, majestad —le susurró Haxos, casi con orgullo.
Una especie de barrera invisible lo detenía y le hería la piel en el proceso.
— ¡Maldita seas, hija de la luz! Pronto la oscuridad te atrapará y no podrás hacer nada. No podrás evitarlo.
A la misma velocidad con la que había aparecido, Caribdis dio media vuelta y regresó a las murallas, dejando un rastro de sangre y desastre tras ella.
— Súbeme a cubierta, Haxos.
Neve no se dio cuenta, pero sus manos habían comenzado a temblar y el tamaño de sus garras disminuía a medida que se alejaban de las murallas.
El hipocampo se acercó al navío, que avanzaba impulsado por sus compañeros.
Las criaturas se giraron al ver a Neve e inclinaron la cabeza en señal de respeto.
Ella les devolvió el gesto y notó el orgullo que se encendió como una chispa en su pecho.
Instantes después, Haxos salió a la superficie y la acercó a la borda.
Dándose impulso, Neve saltó a la cubierta; casi perdió el equilibrio, su cola resbaladiza fuera del agua sobre la escamosa piel de su compañero.
Vio cómo los dos piratas, agarrados en diferentes partes de la popa, se giraban para mirarla entre horrorizados y sorprendidos. Le tomó menos de un segundo localizar a Vasilak, y a Neve le hubiese gustado descifrar qué era lo que teñía su rostro.
Seguro que estaba enfadado.
Seguro que estaba decepcionado de que siguiera viva.
Seguro que...
El agotamiento pudo con ella, la luz desapareció de su cuerpo y la oscuridad la engulló.