La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 23. La guardiana #7
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23. La guardiana #7

Neve se acercó e iluminó la zona que Vasilak señalaba. Las estrellas eran casi tan grandes como ellos. Siguieron el dibujo y Neve tomó algo de distancia para que la luz les permitiera ver una imagen general del conjunto. Las constelaciones formaban una estrella de siete puntas perfecta.

Siete.

— Las constelaciones, a su vez, forman una estrella, Vasilak —le dijo ella, sin mirarlo.

Aun así, sintió que este se giraba hacia ella.

— ¿Una estrella?

— Cuenta las puntas que tiene. Únelas.

Tardó un momento y, al ver el resultado, tocó con delicadeza el brazo de Neve de manera inconsciente.

— Siete constelaciones creando una estrella de siete puntas. La Séptima. Tiene que ser algo relacionado con eso, O’Shea.

— Creo que hay una historia oculta en estos muros y estas constelaciones que hacen referencia a la Séptima tal vez sean un mapa para encontrarla. Si esa reliquia es algo tangible, podremos dar con ella.

— Empiezo a pensar que no lo es. —Vasilak nadó hacia ella tras decir eso, rompiendo la distancia para quedar justo delante.

Era extraño tenerlo cara a cara bajo el agua, sin la diferencia de altura tan significativa en tierra firme—.

Debemos averiguar cuáles son estas siete constelaciones.

Por lo que he visto, Índigo es muy buena en eso, seguro que las identifica enseguida.

Fue insólita la familiaridad con la que había hablado de ella.

— Es la mejor en ese campo. La astronomía es su fuerte .

—Rodeándolo, rozó su antebrazo, agarrándolo después de manera inconsciente, pues había descubierto algo en aquellos astros—.

Aunque..., espera. ¿Esa no es la constelación que Índigo trazó en el mapa analizando nuestra singladura? La ruta que siguió el barco. Cosima.

— No puede ser coincidencia.

— No la había reconocido sin la última parte de la ruta, pero encaja. Y sé lo suficiente de navegación y de astros como para identificar ese grupo de estrellas. Es de los más conocidos, ¿cómo he podido ser tan necia?

— ¿Son un grupo? —Él se puso a su altura, de nuevo al lado izquierdo de Neve, que pudo notar su calor humano a pesar de lo profundo que se hallaban.

— Son las constelaciones de Gradhella.

— ¿Quién o qué es Gradhella?

Neve se giró hacia Vasilak y, con una sonrisa de orgullo que no sabía de dónde salía, dijo:

— Una diosa. Estas constelaciones representan a sus hijas, y las llamaban Las Siete de Gradhella. Sin duda, esto es...

De súbito, Neve se vio arrastrada por Vasilak hacia una grieta en la muralla lo bastante grande para que ambos cupiesen. Fue rápido, más de lo que la chica hubiera imaginado, y sintió cómo la apretaba contra la pared mientras le susurraba en la mente.

— ¡Apaga tu poder!

Ella obedeció al instante y, si hubiese podido respirar bajo el agua, sin duda lo estaría haciendo a una velocidad vertiginosa.

Se fijó en Vasilak y su preocupación aumentó por momentos al ver que miraba hacia el exterior alerta, su mandíbula apretada y sus fuertes y callosas manos sujetándola con fuerza para inmovilizarla.

No fue hasta segundos después cuando se percató de que, poco a poco, la estaba colocando tras él, como si intentara protegerla.

— No estamos solos —murmuró ella en su cabeza. No fue una pregunta.

Él asintió y ambos se quedaron quietos hasta que el sonido de aquello que fuese que se les había unido delató su presencia. Neve se aferró más a Vasilak, intentando ver a través de la grieta, y este, sin soltarla, le permitió asomarse.

— Hacía mucho tiempo que no tenía una visita de este tipo, pero os entiendo, las murallas son una exquisitez, aunque... sería una pena que le pasara algo a ese barco...

— No.

Cuando Neve la percibió cerca, salió disparada de la grieta, arrastrando a Vasilak consigo.

— Neve, ¡¿qué haces?!

Ella se detuvo de golpe y Rackstorm chocó con ella. Frente a ellos, la oscura y titánica criatura se dio la vuelta.

— Estamos muertos.

El terror de Vasilak había salido a la luz en aquel pensamiento, que no iba dirigido a ella. Pero no había tiempo para el temor, no cuando todos corrían peligro.

— Neve O’Shea. Hija de la luz. Había oído decir que ese linaje perduraba y me regocija ver que es cierto .

Era Caribdis, una de las criaturas abisales más longevas conocidas en ese mundo, un monstruo marino femenino colosal. Se podían apreciar en su cuerpo las heridas de batallas pretéritas y le faltaba un ojo. Aun así, para ella, los dos piratas eran un simple bocado.

— Majestad, ¿dónde está?

El interior de Neve dio un vuelco cuando oyó la voz del hipocampo en su mente, lo que significaba que estaba lo bastante cerca...

— ¡Haxos!

El caballo marino acudió a una velocidad vertiginosa, como un remolino de agua que se detuvo frente a ellos, imponente.

No había tiempo. Debía actuar ya.

— ¡Llévatelo! Llévatelo al barco ahora y ayúdalos a escapar.

Vasilak no pudo oír la conversación entre ambos, pero, un instante después, Haxos lo estaba empujando con tanta fuerza que lo obligó a soltarse de la sirena y aferrarse al cuello de la formidable montura.

— Sálvalos. Salva mi barco. Vive.

— No. —Las burbujas salieron de su boca, conmocionado mientras se veía arrastrado hacia la superficie—. ¡Neve!

Caribdis se lanzó hacia delante, con la boca abierta, lista para acabar con ellos.

Y Neve accedió a su poder.

Una impetuosa luz igual a la que usó con las nereidas salió de ella, cegando a la criatura, que chilló horrorizada.

Neve se permitió un segundo para girarse y ver que Haxos y Rackstorm alcanzaban la superficie junto al Luz del Alba.

Luego, enfrentando de nuevo al monstruo, que daba bandazos, dolorido, supo que había llegado el momento que siempre había temido.

Luchar en su forma de sirena.

— Vuelve a hacer eso y te dejo ciega.

Neve sacó los dientes, rabiosa, con su poder vibrando en ella.

Estaba concentrada en la criatura, tan metida en ese enfrentamiento que no advirtió que se había convertido en un foco que iluminaba las profundidades con una luz que hacía tiempo que no se veía allí...

Y eso a pesar de que sabía que no había liberado todo su poder.

— El dulce sabor de la batalla.

Caribdis pareció recomponerse al fin y su voz resonó bajo el agua en una serie de vibraciones que chirriaron en los oídos de Neve, que jamás había temido tanto el mar como en ese instante.

Su parte humana le gritaba que saliera de allí, que huyera, que se salvase...

, pero, si lo hacía, nadie sobreviviría.

— Sé de alguien que ansía tenerte.

Neve sacó sus garras y se sorprendió al ver que crecían por momentos, afiladas y gruesas. Su parte marina, su parte bestial, estaba alcanzando su forma plena.

— ¿Hay una recompensa por mi cabeza? ¿Por eso estás aquí? No soy fácil de cazar —la retó, echando de menos su espada.

— Estoy aquí por ellos. —La criatura dirigió su mirada hacia el barco y la alarma de Neve creció—. Te quieren viva, Neve. Matarte no me reportaría ningún beneficio, pero agradezco que me hayas traído un aperitivo.

Sin darle tiempo a responder, la criatura abisal se lanzó hacia arriba..., directa hacia el Luz del Alba .

Vasilak cayó de bruces en la cubierta del barco, tosiendo y empapado hasta los huesos, y se desató el caos. Los cuatro piratas corrieron hacia él, con Índigo a la cabeza.

—¿Qué ha pasado? ¡Rackstorm, ¿qué ha pasado?! —gritaba la contramaestre.

—¿Qué hace Haxos aquí? —La pregunta procedía de Hazel, cuya preocupación iba en aumento.

«Sálvalos. Salva mi barco. Vive».

Esas palabras se repetían de manera constante en su cabeza y se levantó de golpe, la adrenalina corriendo por sus venas.

—¡¿Qué narices es eso?! —gritó Arendar, y Vasilak se giró y vio que se refería a Haxos, que seguía ahí, con gran parte de su portentoso cuerpo fuera del agua. Instantes después, volvió a sumergirse con decisión.

—¡Vasilak, ¿qué ocurre?!

La desesperación en la voz de la contramaestre hizo que al fin la mirase y, cogiéndola de los hombros, declaró:

—Esa cosa tiene a Neve, Índigo.

—¿Qué cosa? —inquirió Garret, con los ojos desorbitados y expresión anonadada—. Primero las nereidas, luego el barco mágico y ahora ese caballo de mar.

—¿Qué narices hacías bajo...? —empezó a preguntar Arendar.

El grito fue estridente.

Todos se giraron y vieron cómo el monstruo emergía y se lanzaba sobre ellos, listo para engullirlos.

Todo fue lento y rápido a la vez.

Vasilak desenvainó la espada.

Garret corrió hacia Hazel, poniéndola tras él.

Arendar se giró para mirar a Índigo, que se había quedado paralizada.

Y, entonces, algo más salió del agua con una potencia y velocidad inhumanas.

Neve O’Shea saltó sobre la milenaria criatura, justo por encima de sus ojos y, en la noche cerrada, la iluminó, cegándola de nuevo.

La sirena se aferró a Caribdis cuando esta empezó a revolverse y, de un momento a otro, salió despedida por los aires para acabar chocando con uno de los mástiles del barco y caer de bruces en cubierta.

Casi por instinto, Vasilak corrió hacia ella y le dio la vuelta para ver si se encontraba bien.

—¡Neve! ¿Estás...?

—¿La he cegado? —dijo ella, buscando a la criatura con la mirada, su lado humano oculto por completo—. ¡Dime que la he cegado!

—¿Cómo que...? ¿Neve?

Vasilak se giró para ver a Garret y Arendar descolocados y, poniéndose de pie, el capitán gritó:

—¡Ahí pasmados no servís para nada!

El barco se zarandeó y supieron que esa fiera había pasado bajo la quilla, todavía cegada por el ataque de Neve, lo que les daba algo de ventaja.

—Está confusa.

Neve agarró a Vasilak por el rostro y gruñó:

—Tírame al agua. No tengo tiempo para cambiar. Tírame al agua...

No pudo ni terminar, pues Vasilak ya estaba obedeciendo. La cogió en brazos y, yendo hacia la borda, la lanzó con rapidez. Pudo ver cómo la luz que la rodeaba como un foco desaparecía junto con ella en las profundidades.

—Índigo, salva todo lo que hemos copiado de las murallas —ordenó Vasilak, gritando con potencia y llamando la atención de todos—. Yo...

—Tú no puedes hacer nada —afirmó la contramaestre, con el rostro pálido—. Es un monstruo abisal. Neve no podrá con él.