23. La guardiana #3
—El príncipe Nicholas conocía nuestra tapadera. ¿Me puedes explicar por qué?
Vio que Zach palidecía y, tras él, la decepción en la cara de Bernher y el enfado en la de Lía fueron respuesta suficiente.
—¿Te has liado con el príncipe? Guau —expresó Sage llevándose las manos a la cabeza.
—¿Le dijiste que irían? —exclamó Lía con un tono de decepción en la voz.
—Sabía que no os haría nada y que incluso podría ayudaros.
—Este tío es gilipollas —declaró Barak para sí mismo, pero todos pudieron oírlo. Su tono era duro, y parecía estar reprimiéndose de decir o hacer algo más.
—Ahora mismo no tengo tiempo para esto, pero tus acciones tendrán consecuencias, Zach.
No lo olvides. Bernher —se dirigió al hombre, que esperaba paciente—.
Voy a informar al Indomable de nuestra vuelta.
Dirígete a mar abierto y, en cuanto tengamos su posición, llévanos allí a todo trapo.
A estos dos —señaló a sus espías—, déjalos en Ferella, ellos ya saben qué hacer.
—Sí, jefa —respondieron ambos. Raven ni los miró.
Luego se giró hacia los piratas.
—Haremos lo siguiente: invocaremos a una sirena para que informe al Indomable de nuestra vuelta. Y mi cuervo irá a Monha.
Los chicos se miraron entre sí, confusos, pero Sage comprendió lo que se proponía al instante.
—¿Qué hay en Monha? —preguntó Barak.
—Alguien que nos puede dar respuestas —respondió por ella la artillera.
—La princesa de Derus es aliada de Neve. Tiene un amplio archivo que tal vez nos sirva de ayuda y, además, es una gran académica e historiadora. Siento que, si volvemos al Luz del Alba así, lo haremos con las manos medio vacías.
—Si de verdad Lamya puede ayudarnos, que así sea —convino Nasir—. Nosotros, mientras tanto, podemos...
—Intentar averiguar si tu teoría de que el poema es un mapa es cierta. Porque, si tienes razón y es un mapa, ¿adónde o a qué lleva?
Bernher empezó a gritar órdenes. Se izaron las velas y el mercante empezó a ganar velocidad, alejándose del continente.
—Sage, invoca a las sirenas. —Esta asintió—.
Yo voy a mandar el cuervo a la princesa.
Chicos, os dejo con lo que nos dio Nicholas.
—Les entregó los documentos: el tomo, el pliego de pergaminos y el cuaderno con anotaciones—.
En cuanto ella y yo acabemos, nos reuniremos con vosotros.
Id al castillo de popa, a Bernher no le importará.
Todos se giraron para mirar al viejo lobo de mar, que, desde el timón, les ofreció una sonrisa tranquilizadora. Y, sin perder más tiempo, se pusieron en marcha.
—¡¡Nos hundimos!!
—¿Qué has hecho?
El grito lo soltó Garret; la pregunta, Arendar.
Y el silencio fue de Vasilak, aunque varias preguntas e imágenes se materializaron en su cabeza, pero todas ellas se vieron interrumpidas por su voz.
Por la voz de Neve.
—Alguna vez te habrás preguntado por qué no te has topado con mi barco durante un lustro entero —dijo Neve, acercándose a él mientras Arendar y Garret gritaban en cubierta al ver que el agua se acercaba a la borda—. Cómo pude evitarte no solo a ti, sino también a tu hermana y a tus aliados.
El capitán miró a Hazel e Índigo, que estaban una junto a la otra con una calma que le hizo saber que el barco no se estaba yendo a pique.
Aquello iba más allá.
—Espero que algún día me cuentes algún secreto tuyo, Rackstorm. Tener que mostrarte todas mis cartas no me parece nada justo.
Alrededor del Luz empezó a levantarse una especie de escudo redondo de un tono verdoso que se cerró sobre sus cabezas y formó en torno al barco una esfera casi perfecta.
—¡¡¿Qué cojones está pasando?!! —Más gritos de Garret.
— ¡Maldita sea, cállate ya! —chilló Hazel, yendo hacia él—. ¡No vas a morir!
—Belladona, ¿sabes lo que es esto? —La cogió por los hombros, pero no la miró, sus ojos puestos en el agua que subía cada vez más.
La curandera puso los ojos en blanco, exasperada.
—¿Qué te ha llamado? —preguntó Índigo, sorprendida.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —Arendar se acercó a ella veloz y, por un momento, pareció que también la sujetaría entre sus brazos, pero se contuvo—. ¡Nos está engullendo el mar!
—Esa es la cuestión. —No se dignó ni mirarlo.
Y, segundos después, estaban bajo el agua.
Vasilak giró sobre sí mismo, una inquietud apabullante recorriéndole el cuerpo al ver que estaban rodeados de mar... y no solo eso.
A su izquierda, las murallas parecieron darles la bienvenida, agradecidas por tener visitantes tras siglos de soledad en las profundidades.
—¡Magia! —gritó Garret, horrorizado y muerto de miedo. Rackstorm no podía culparlo. Pasar de la luz pura a un pozo oscuro era algo difícil de procesar—. Barak tenía razón, ¡este barco es mágico!
—¿Cómo? —Esa fue la simple pregunta de Rackstorm, que miró a Neve anonadado. Asombrado. Curioso—. ¿Cómo lo logras?
—Alguien me debía un favor.
—Tú y tus favores —respondió él con guasa. No podía hacer otra cosa.
«¿Qué más secretos ocultas, O’Shea? ¿Con qué más me vas a torturar?».
—Alguien con ciertos dones me debía algo —prosiguió ella—. Y conseguí que conjuraran un hechizo que fuese capaz de hacer que el Luz del Alba navegara bajo el mar. Solo dura unas horas, después tendremos que emerger.
—Entonces es cierto... que aún hay magia en nuestro mundo.
—Sí, hay seres sobrenaturales como... —empezó a pronunciar una palabra, pero, cuando estaba a medias, se corrigió— mis aliadas .
—Pero Vasilak la había oído. Echó un rápido vistazo a Arendar y Garret, que, perdidos en el desasosiego, no prestaban la menor atención a la capitana—.
Y hay otros. Hasta tenemos un Oráculo que a saber de dónde viene y cómo ha aparecido, Rackstorm, ¡por supuesto que hay magia!
, pero quienes la usan se ocultan, y hacen bien.
Tras permitirse esos primeros momentos de estupefacción, Vasilak no perdió más el tiempo, pues no era su estilo ni su forma de actuar. Ya habría otro momento para asimilar lo que acababa de suceder; se serenó y, dando una palmada, se dirigió a todos.
—Está bien. Según dice la capitana, nuestro tiempo es limitado y, además, la luz de la superficie irá desapareciendo. Zatran, Norman, recomponeos.
Llamarlos por el apellido siempre funcionaba, pero no bastaba para sacarlos del estado de estupefacción en el que se encontraban. Tenía que actuar como su líder, como el capitán al que seguían.
Neve arqueó las cejas y, cruzada de brazos, lo analizó. Ni siquiera bajo el agua desaparecía la luz de sus ojos dorados, esa luz particular de la que a veces le costaba apartarse.
—Al final sí que vas a serme útil, a pesar de haber dormido solo dos horas.
Detestó el sentimiento que lo inundó al oír ese comentario de ella, un sentimiento recurrente que esa vez podía identificar con más claridad.
Incluso dentro de la locura que todo aquello suponía, lo supo.
La admiraba. La admiraba, la envidiaba, la detestaba y la admiraba de nuevo: porque había conseguido una tripulación leal, porque no permitía que nadie se entrometiese cuando tomaba una determinación; porque se arriesgaba cuando era necesario.
Por cómo lo había hecho por él y los suyos.
Por cómo se había expuesto por completo a él, a pesar de quedar vulnerable.
Por todos los mares, ¿quién haría algo así? ¿Sería él capaz de hacerlo?
La palmada que dio Neve para captar no solo su atención, sino también la de los demás, lo sobresaltó como a un niño pequeño al que regañan.
—Junto con el capitán, quiero que copiéis todo lo que veáis en las murallas, que lo analicéis.
Yo acercaré el barco lo máximo posible mientras vigilo los alrededores, pero estas paredes son extensas, tanto en horizontal como en vertical.
—Algunos miraron hacia abajo, donde las murallas desaparecían en las profundidades.
—¿Listos? —preguntó Índigo.
Todos se declararon preparados y Neve los observó un momento mientras tomaba el timón en sus manos. Sus ojos se posaron primero en Vasilak, quien, como si los hubiera sentido fijos en él, se giró para mirarla.
No había resentimiento ni odio, tan solo determinación.
El capitán asintió con un gesto y, parpadeando, Neve se lo devolvió. Los demás estaban ya concentrados en las murallas y ella misma las examinó detenidamente por primera vez desde que se habían sumergido.
Había de todo: desde letras del antiguo alfabeto rúnico, pasando por grabados de figuras geométricas, hasta figuras talladas con todo lujo de detalles.
Oyó los carboncillos trabajando e Índigo le pidió que avanzara poco a poco para poder ir siguiendo los grabados.
Neve se concentró entonces en el timón, que, bajo el hechizo, respondía de un modo distinto, lo inclinó hacia delante y el Luz del Alba empezó a avanzar, en busca de respuestas en aquellos muros.
Horas después, los cuatro volvían a estar en el Indomable , y el cuervo había regresado con la respuesta de Lamya.
Venid de inmediato. Os estaré esperando en el puerto. Tenéis permiso para amarrar vuestro navío allí, aunque no será bien recibido por muchos.
Princesa Lamya de Derus
En efecto, la recepción del Indomable en el puerto de Monha no fue cordial precisamente, pero Lamya aguardaba en el muelle para apaciguar los ánimos.
Raven y Sage desembarcaron, seguidas de Barak y Nasir, y la trishuka los recibió con una sonrisa amable, pero con una postura tensa.
—Gracias, Lamya. No sabes cuánto te agradecemos esto. —La sinceridad en la voz de Sage resultaba palpable, y Raven no tardó en unírsele.
—Neve te lo recompensará, lo sé.
—No me tiene que recompensar nada. Con que todo este misterio acabe cuanto antes y se sepa el motivo por el que esos dos han hecho ese supuesto pacto, para mí será suficiente.
Barak y Nasir se habían mantenido a un lado, pero había llegado el momento de las presentaciones. Con tres guardias tras ella, Lamya se acercó con paso decidido a los dos piratas, que mantuvieron la boca cerrada.
—Mi lealtad es para con Neve O’Shea, y esta será la única vez que el barco de su enemigo amarrará en mi puerto, ¿entendido?