23. La guardiana #2
—Pensaré que te preocupas por mí y no porque no vaya a serte útil si estoy agotado.
Se giró hacia Garret, que le había traído algo de comer. Vasilak se lo agradeció con un gesto de la cabeza.
—Piensas lo mismo, Rackstorm. —Neve se dio media vuelta para encararlo mientras terminaba de limpiar su espada con un paño—. No lo niegues.
—¿Has pensado en cómo vamos a acceder a las murallas?
—Por supuesto que sí. —Enfundó su arma con orgullo.
No mentía. Casi no había pegado ojo a pesar del cansancio, pero, en lugar de salir a cubierta, había estado reflexionando sobre el modo de bajar a las murallas para inspeccionarlas... No tenía demasiadas opciones, y tal vez la mejor la obligaría a usar esa baza .
—Algo que no implique que bajes tú sola ahí abajo, quiero decir.
Odiaba que la calase tan rápido. Mirando alrededor, vio que todos estaban ocupados y no prestaban atención a su conversación.
—Si tanto te preocupas por mí, acompáñame —lo retó, sabiendo que se negaría—. ¿O te da mie...?
—Lo haré —sentenció, y le dio un bocado al trozo de queso que tenía en la mano para después dirigirse al timón—. No me fío de dejarte sola ahí abajo.
¿Qué narices significaba eso?
—No estás preparado —se apresuró a replicar ella, siguiéndolo escaleras arriba—. Una cosa es respirar unos minutos, y otra muy distinta, moverse, nadar, controlar todo tu cuerpo...
—¿Quieres acaso que se entere? —Vasilak señaló con la cabeza a su contramaestre cuando llegaron al puente de mando.
Neve tuvo que morderse la lengua, maldiciendo.
—Capitana, estamos a una milla de la torre. ¿Qué debo hacer? —preguntó el hombre de cabellos blancos.
—Arriad las velas para frenar el barco —respondió de inmediato, sintiendo los ojos de Rackstorm en ella.
No lograba entenderlo y la estaba poniendo de los nervios—.
Pero no echéis el ancla . Podría quedar enganchada con una parte de la muralla, porque no sabemos hasta dónde se extiende, y nos quedaríamos atrapados. Ve con los demás, yo me quedo al timón.
—Entendido. —Echó un rápido vistazo a su capitán y de nuevo a ella, y luego exclamó—: ¡Arriad velas! ¡Hay que asegurar las escotas y las drizas!
Mientras la tripulación obedecía órdenes, Neve se puso frente a Vasilak, quien, para más inri, siguió comiendo como si tal cosa. No lograba entenderlo: primero no le dirigía la palabra tras lo ocurrido, y luego no se separaba de ella.
«Hombres».
—Hablaremos de esto en otro momento.
—¿Cuándo? —musitó él.
Neve contestó al vuelo.
—Lo sabrás. Ocúpate del timón.
La capitana bajó a cubierta a echar una mano. Era poco habitual en otros barcos ver al capitán o a la capitana ayudando a la tripulación, pero para ella era algo rutinario. Algo necesario a bordo de su Luz del Alba .
Aunque habían arriado las velas, el barco siguió avanzando, pero por suerte no se acercó más de lo debido a la torre.
Por su posición, Índigo había deducido, tras analizar el mapa con la brújula en la mano, que era la torre sur, lo que convertía la que tenían a su izquierda en la torre norte, y la más alejada en el horizonte, en la torre este.
Todos se habían asomado por la borda y, gracias al soleado día que hacía, pudieron ver bajo el agua parte de esas murallas perdidas, aunque fuese solo vislumbradas.
—Madre mía —murmuró Hazel, asombrada.
No era para menos.
Si imponían y sorprendían desde ahí arriba, Neve no pudo evitar preguntarse cómo sería tenerlas enteras delante.
A pesar de la profundidad, los vigorosos rayos del sol de verano hendían el agua y alcanzaban a iluminar las almenas, los adarves y parte de los muros, de una piedra de un color claro, blanquecino; en estos últimos se apreciaban inscripciones e incluso dibujos.
—¿Distinguís algo? —preguntó Neve, sintiendo la mirada de Vasilak fija en ella a su espalda. La expresión de sus caras fue más que suficiente respuesta.
—¿Cómo vamos a conseguir información si no podemos leer lo que pone en los muros?
—Es una buena pregunta, Garret.
Neve apretó los labios y vio en los ojos de Índigo un rotundo «no» como respuesta a esa última baza que la capitana se guardaba. Había un modo de leer esas murallas, pero sería desvelar otro secreto, uno más.
—A veces, para encontrar respuestas... debemos arriesgar aquello que más nos beneficia.
—¿Qué narices significa eso? —preguntó Garret al aire, mirándolos a todos, confuso.
—No lo hagas —intervino Hazel.
Índigo estaba de brazos cruzados, contemplando a su capitana sin pestañear.
—¿Qué está pasando? —exigió saber Vasilak, poniéndose a su lado—. Mírame, O’Shea. ¿Qué está pasando?
—No lo digas —suplicó Índigo.
—Decir, ¿el qué? —quiso saber Arendar, rompiendo la distancia con la chica y poniéndose a su lado. Esta lo miró y escupió con rabia:
— Cállate.
—Índigo, no merece que le hables así —intervino Neve, viendo la aflicción en el rostro de Arendar. No era un mal hombre; tan solo cumplía con las obligaciones de su posición en el barco.
—Y yo merezco ser escuchada como contramaestre y no lo estás haciendo —gruñó en respuesta Índigo, sus ojos cristalinos enrojecidos por la rabia.
—Si queremos encontrar algo, no nos queda otra. —El tono de la capitana sonó severo en el silencio que se había generado en cubierta..., silencio que interrumpió Rackstorm.
—Más vale que me expliques qué está pasando, O’Shea.
Él estaba harto de encontrarse con secretos.
Ella estaba harta de tener que guardarlos.
—Esto es entre mi contramaestre y yo. Igual que yo no me meto en los asuntos que os traéis vosotros tres entre manos, agradecería que, al menos por una vez, respetases esto incluso estando presente en la puta conversación.
—Sin darle tiempo a replicar, Neve miró a Hazel, que contemplaba la escena con expresión preocupada...
, como si ella no tuviese el corazón acelerado y el estómago en un puño.
—Además, no va a hacer falta que te explique nada. Lo vas a ver con tus propios ojos.
Se plantó delante de Índigo y, aunque aún había negativa en sus ojos, la contramaestre cedió.
—Entiendes por qué tengo que hacerlo, ¿verdad?
—Sí, pero...
—Sé que me estoy exponiendo. —Neve pudo sentir cómo Arendar buscaba la mirada de sus compañeros, confuso. Los tres lo estaban—. Pero no hay otra alternativa. Esas murallas son nuestra última esperanza de encontrar algo de la Séptima.
—Si crees que es lo correcto, adelante.
—No es lo correcto —explicó Neve—, es que no me queda otra, Índigo, que es muy distinto.
Girándose hacia el resto de la tripulación, Neve se encontró con un sinfín de emociones, pero las ignoró y fue al mástil del palo mayor. Sintió la atención de todos y, cerrando los ojos, puso la palma de la mano sobre el mástil.
Respiró hondo y después murmuró:
—El cielo ha caído.
Durante unos segundos, no pasó nada.
Hasta que el barco empezó a hundirse.
El puerto estaba a rebosar a primera hora de la mañana.
Hacía horas que habían llegado, ocultándose tras un viejo almacén de trigo abandonado al final de este y con un bote que habían «cogido prestado», y Raven había enviado un cuervo al Wendy para que Bernher acudiese en su busca cuanto antes.
Estaban constantemente pendientes de la guardia, pero por el momento todo seguía su curso ordinario.
Se encontraban en uno de los muelles más alejados, donde amarraban las embarcaciones más pequeñas.
Nasir oteaba el horizonte con el catalejo, mientras Sage y Barak vigilaban la zona.
Raven, por su parte, seguía dándole vueltas a la información sobre la Séptima: la princesa Lamya les había dicho que se rumoreaba que era una reliquia, y de pronto tenían en su poder una fábula escrita en verso que hablaba de una reina perdida en el tiempo, parte de la cual Harker había tarareado y recitado...
—Laverne... Nunca había oído hablar de esa historia.
—Es bonita —afirmó Nasir, bajando el catalejo—. Y, según tengo entendido, está inspirada en un hecho real..., lo que nos viene bien si esa reliquia que estamos buscando de verdad existe.
—Pero ¿cómo encajan estos dos elementos? ¿Un poema y una reliquia?
—Tal vez... —Nasir se agachó junto a ella, observando los textos que Raven leía apoyados en su regazo—. Tal vez ese poema sea un mapa.
La espía frunció el ceño.
—Explícate.
Oyeron pasos y se giraron para ver cómo Barak bajaba de su posición.
—Hay más guardias en el puerto. —Sage apareció tras él segundos después—. Se está agitando la cosa, y los rumores de la intrusión en palacio se están esparciendo.
—Ya tardaban —escupió Raven.
—¡Ahí está! —Todos se giraron ante la exclamación de Nasir—. El Wendy . Tus soplones están en cubierta.
—¿Zach y Lía? —Extrañada, Raven recogió el material y se puso en pie justo cuando el mercante arriaba las velas—. Al bote. Y a remar rápido.
Poco después se estaban alejando de tierra.
El mar estaba picado, pero por suerte el navío había anclado cerca de la costa para no tener que entrar en el puerto ni pasar el control aduanero.
Cuando lo alcanzaron, Lía les lanzó un cabo.
Raven les indicó a los demás que subieran primero, y ella se quedó vigilando la retaguardia.
Los barcos llegaban y partían en aquel puerto de gran tráfico, digno de la capital del Continente Oeste, y, tal y como había advertido Barak, incluso desde lejos se distinguían los uniformes de color azul de la guardia, que se había doblado.
La espía no pudo resistirse a echar un vistazo a la cima de la colina sobre la que se alzaba el imponente palacio amurallado en el que habían estado apenas unas horas antes.
La calma que destilaba era solo aparente, pues en su interior se desarrollaba una tormenta que repercutía en ellos de manera directa.
Había visto el horror en los ojos de Sage cuando esa cosa había poseído a Harker Rout II. Y aunque Raven tenía sus sospechas, no quería sacar conclusiones precipitadas.
No podía cundir el pánico.
Por fin abandonó el bote y subió al barco con agilidad.
—¿Por qué habéis vuelto tan pronto? —quiso saber Zach acercándose a ella.