La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 23. La guardiana
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23. La guardiana

La guardiana

Diez años antes

—Majestad, toda la familia real Aranus... ha sido asesinada. El pueblo se ha rebelado en el Continente Este.

—¡Aumentad los controles en las costas y el mar!

—La voz de Harker Rout II dando órdenes a su consejero y al capitán de sus ejércitos llegó hasta lo más hondo de la joven—.

Me da igual si los malditos piratas nos dan problemas, debemos controlar los ánimos del pueblo y lo que pueda venir de las costas del este.

Si la gente de allí ha hecho que la corona caiga, nosotros podemos...

—¿Adelaida?

Ella levantó la vista y vio a Nicholas, que estaba allí, como siempre.

—¿Está muerto? ¿Kristopher está muerto?

No reconoció su propia voz. No cuando llevaba más de una semana llorando y sollozando.

—Eres idiota —dijo Atticus tras ella—. Acaban de aniquilar una monarquía centenaria y a ti solo te preocupa tu querido prometido. Mujeres.

—Y tú, como heredero, deberías estar más atento a lo que padre hace. Aprende algo, futuro heredero.

Esas palabras las había pronunciado el segundo hijo, Edward, el siguiente en la línea sucesoria tras Atticus.

—Hemos perdido a Ariadne hace tan solo unos días y, ahora, Adelaida, al que iba a ser su marido, a quien tenía en gran estima. Ten un poco de empatía.

—¡No tolero que me hables así! —replicó el primogénito, rabioso.

Nicholas le hizo un gesto a su hermano mayor y tercero en la línea dinástica, Dominic, para que apaciguara los ánimos.

Este, sin dudarlo, fue a poner paz entre sus hermanos.

El cuarto de ellos, Frederick, seguía en la misma esquina que al principio, silencioso, bebiendo la que era su segunda botella de alcohol de la mañana.

El caos era total en la cámara donde estaban despidiendo con honores a Ariadne, cuyo cuerpo seguía en el féretro, iluminado por los rayos de sol que entraban por la parte más alta de la torre.

Nicholas la estrechó contra su pecho y Adelaida no pudo hacer otra cosa que dejar que las lágrimas cayeran mudas por sus mejillas, no solo por su querida hermana, que le había hecho la existencia más llevadera, sino también por alguien a quien había aprendido a amar a través de las cartas.

Adelaida no había tenido más remedio que huir.

Y encontrarse a...

Índigo se despertó, como siempre, sobresaltada y con el corazón latiendo demasiado rápido. Lo peor de los sueños es que a veces no son más que recuerdos regodeándose del dolor que causan.

Observó la brillante luz que entraba por la escotilla y miró el reloj que colgaba de su cintura.

Era casi mediodía, pero los demás todavía no se habían levantado.

Se giró un poco hacia la izquierda y, al otro lado, en la cama superior, vio que Arendar dormía profundamente, sus ondulados cabellos blancos cayendo por su frente y ocultándole parte del rostro.

Debajo, Garret, encogido en su camastro y aun así ocupándolo por entero, roncaba con suavidad.

Hazel dormía en la litera debajo de la suya, tapada hasta arriba, tan solo visible algún que otro mechón de su cabello.

Como siempre, había sido la primera en despertar.

Aprovechó para asearse y cambiarse de ropa con rapidez.

Odiaba el mal olor que a veces emanaba de su cuerpo, pero por suerte Hazel tenía perfumes y ungüentos que servían para ahuyentar dicho hedor.

Se recogió su larga y oscura melena en su coleta alta habitual y, con las manos sobre la empuñadura de las espadas que colgaban de sus caderas, subió a cubierta.

Para su asombro, tan solo vio a Vasilak en el puente y, sintiéndose un poco posesiva con el timón, subió allí y lo saludó como era debido.

—Hola, capitán Rackstorm.

—Buenos días, contramaestre. —Con la cabeza, señaló algo tras ella—. Observa.

Índigo siguió su mirada y se quedó sin aliento, tratando de asimilar lo que sus ojos estaban viendo.

Aún estaban a bastantes millas, pero las tres torres se distinguían con nitidez, a gran distancia una de otra, formando un triángulo dolorosamente perfecto. Las murallas submarinas de Noros ya no eran un mito, sino una realidad.

Girándose hacia el capitán, este soltó una mueca de diversión respetuosa al ver la sorpresa dibujada en el rostro de la joven.

—Has pasado toda la noche de pie, tendríamos que haberte relevado hace rato... ¿Por qué no nos has despertado? —quiso saber ella, pero no hubo exigencia en su voz. Era mera curiosidad.

—Necesitabais descansar —respondió Vasilak con voz autoritaria—, una tripulación agotada no es útil.

—Cierto —convino.

—¿Cómo pudisteis trabajar para ella sabiendo lo que es?

El cambio de rumbo en la conversación la pilló desprevenida y, aunque durante un fugaz instante sintió rabia por la pregunta, después se percató de la posición de Rackstorm..., de lo que había tenido que pasar, lo que había tenido que sacrificar. En lo que se había convertido, en lo que Neve era.

—Hace una década que trabajo para ella, pero, aparte de eso, del tiempo que llevo a su lado, Neve O’Shea me dio un hogar.

Nos dio un hogar. A cuatro chicas que huían de un mundo en el que la inmensa mayoría de nosotras no tenemos la oportunidad ni el derecho de decidir qué queremos hacer con nuestra vida.

Cuando nos lo contó, ¿crees que no temía cómo reaccionaríamos a esa información?

—Caminó hacia él, ignorando el leve respeto que le causaba lo grande que era—.

Podríamos haber huido a la primera ocasión y revelar su secreto, pero no lo hicimos.

Y no fue por temor, al menos por mi parte, fue por lealtad y respeto, lealtad y respeto que Neve se ganó desde el principio.

»Así que no podría importarme menos lo que es. Es Neve O’Shea, mi capitana, y, como su contramaestre, la seguiré hasta que las mareas decidan tragarse este barco y darnos un fin.

—Esas palabras te honran y me hacen comprender mejor por qué te eligió como contramaestre. —Cruzándose de brazos y soltando un profundo suspiro, prosiguió—: Algo así pasó cuando conocí a Arendar.

No debería, pero la curiosidad le podía. Y más cuando los sentimientos hacia el hombre de cabellos blancos se le hacían cada vez más confusos.

—¿Desde cuándo es tu contramaestre?

—Desde poco después de convertirme en capitán del Indomable y tener que encontrar una nueva tripulación.

Había oído rumores, pero sus palabras se lo confirmaron. Tras la muerte de Reinhard Rackstorm a manos de Neve y que Vasilak sobreviviese al ataque, él se convirtió en el capitán de un Indomable renovado, pues la tripulación de su padre no había querido servirlo.

—Tuviste que ver algo especial en él para hacerlo tu contramaestre.

Índigo caminó hacia la mesa de mapas para disimular su interés, pero podía sentir la mirada de Rackstorm sobre ella; no se trataba solo de información para saciar su curiosidad, sino que cualquier dato que pudiese darle a Neve podría ser crucial.

—Es un excelente navegante y, como has podido comprobar, un extraordinario matemático. Sus conocimientos en esos ámbitos mejoraron mucho al Indomable tanto en rapidez como en resistencia. Se ganó su puesto. Hoy por hoy, no se lo daría a nadie más.

—Que no se entere Garret —bromeó Índigo sin poder evitarlo.

—Se lo ofrecí a él primero, antes de encontrar a Arendar.

—A Índigo le sorprendió la sencillez con la que le estaba confiando todo aquello, y aguzó los sentidos—.

Lo rechazó categóricamente, pues no quería un cargo así para él.

Y fue honorable por su parte ser consciente de que ese puesto le venía grande.

»Si lo que te preocupa es que mi contramaestre pueda superarte en conocimientos, créeme, los dos tenéis un gran talento para estas artes.

—No me preocupa en absoluto. —Fue sincera en su respuesta—. No es soberbia, es solo que soy consciente de mis capacidades y, además, creo que tener a alguien que también pueda llevar a cabo este tipo de operaciones agiliza las cosas. Lo que me preocupa es eso de ahí.

Ambos se giraron para mirar las imponentes torres e imaginaron las murallas, quizá extendiéndose bajo el barco, quién sabía.

—Iré a despertar a los demás —anunció Rackstorm, descendiendo a cubierta—, y descansaré un poco antes de llegar.

Índigo se limitó a asentir y, más tarde, mientras observaba las tres torres sobre el agua y las comparaba con su escala en el mapa, se dio cuenta de que, aunque pareciera irónico, Vasilak Rackstorm podía ser un hombre honesto y agradable, alguien que sabía entender a las personas e incluso respetarlas.

«Eso hace que su gente y los suyos lo admiren y lo quieran como líder».

Lo mismo que pasaba con Neve O’Shea.

Se sorprendió de lo acertado de la comparación, aunque sonara extraña, pues jamás se habría imaginado poner a esos dos capitanes al mismo nivel.

Aunque hacía horas que las había visto a lo lejos por primera vez, Neve aún sentía una extraña opresión en el pecho.

Sabía que la ciudad de Noros había existido miles de años antes y, aunque su hundimiento seguía siendo un misterio, esas tres torres eran la prueba irrefutable de que el mito era cierto.

Tras sustituir a Vasilak, había ordenado que navegasen hasta la más cercana y, con Arendar al timón, los demás se encargaron de que el Luz fuese lo más rápido posible. Dejó dicho también que la avisara cuando estuvieran muy cerca del imponente torreón antes de acercarse a él.

Oyó los pesados pasos de Vasilak, que volvía de su corto descanso también con ropa limpia y el largo cabello recogido en un alto moño ceñido que le marcaba las facciones y la apretada mandíbula.

Se había afeitado la barba, pero su sombra asomaba ya, dándole cierto toque de juventud. Aun así, la treintena se seguía notando en su rostro.

—Estamos muy cerca. ¿Cuántas horas de luz tenemos todavía? —le preguntó.

—Diría que al menos siete. Apenas has dormido, no vas a rendir bien —se quejó ella. Jamás reconocería en voz alta lo buen luchador que era, lo sabía porque se había enfrentado a él, y tenerlo al cien por cien era una ventaja de la cual no quería prescindir—. Deberías seguir descansando.