La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 22. Del revés #6
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22. Del revés #6

—Eso no es asunto tuyo. —Nasir dio un paso adelante y, para sorpresa de todos, empujó a Nicholas hacia su escritorio—. Venga, quiero esa fábula... ya.

Sin rechistar, el príncipe subió corriendo a su zona de estudio en el piso superior, seguido por los demás. De un cajón sacó un tomo, un pliego de pergaminos y un cuaderno con anotaciones recientes, pues la tinta se veía fresca.

—Al principio no sabía si tenía relación, pero... —Giró el tomo para que pudieran verlo.

«Laverne, la primera reina», se podía leer en la portada.

—Resume la historia —pidió Sage, nerviosa.

—No hay tiempo. Lleváoslo todo: los manuscritos y mis impresiones. Es lo único que he podido encontrar en tan poco tiempo, pero tal vez os ayude a dar con lo que andáis buscando.

»Y, por favor —del bolsillo de sus pantalones extrajo una carta doblada a la perfección y lacrada con el sello real—, dadle esto a mi hermana, como acordamos.

Raven cogió la carta y asintió secamente. Sage, en cambio, le mostró una mueca de empatía, pero la dureza en su gesto no desapareció.

—Huid por los pasadizos por los que hemos venido. Seguid el plano y llegaréis al centro de la ciudad si no os salís del camino principal. Yo los entretendré haciendo que centren la búsqueda aquí durante unas horas más, pero debéis daros prisa.

—Nicholas —susurró Sage, captando la atención del joven—, tu padre no está loco y no deberíais dejarlo solo.

Él apretó la mandíbula.

—Lo sé. Pero, si está siendo víctima de la magia, de la magia negra..., me temo que eso complica las relaciones con los pueblos mágicos. Tengo que asegurarme primero...

—¡¿Pueblos mágicos?! —exclamó Barak, asombrado e irrumpiendo en la conversación.

—¿Existen? —La voz de Nasir acompañó la de su compañero.

Las piratas del Luz del Alba intercambiaron una mirada rápida y silenciosa.

«Por supuesto que existen», pudo leer Sage en los ojos de Raven.

—Vámonos —ordenó la espía—. Cada minuto que perdemos es uno que ellos ganan.

Volvieron a la entrada secreta de la biblioteca y se metieron en el pasadizo.

—Sage —llamó el príncipe.

Antes de cerrar la puerta del todo, ella lo miró. El corazón de la artillera dio un vuelco al ver en aquel rostro, cabellos oscuros y ojos cristalinos, casi un reflejo de su compañera y amiga. Un atisbo de Índigo.

—Decidle a Adelaida que lo sé todo y que jamás se arrepienta de haber conseguido su libertad. Y lo más importante: que no vuelva.

—Lo haremos. Ojalá no volvamos a vernos.

—Ojalá sea así —respondió el príncipe.

El acceso se cerró y los fugitivos no perdieron más tiempo.

Siguieron a Raven, que, con el plano en la mano, iba avanzando por el interminable laberinto subterráneo de Serídea. Vigilaron constantemente sus espaldas, temerosos de que, en cualquier momento, el tiempo que Nicholas les estaba facilitando se agotara.

Aunque, debía admitirlo, Sage también tenía la preocupación de lo que les podría estar esperando al final de esos pasadizos..., y si no sería todo una jodida trampa.

—Ya casi estamos —indicó la espía—, estad muy atentos al salir.

—¿Y qué haremos una vez en la calle? —quiso saber Nasir, situado detrás de Raven.

—Ir directos al puerto y buscar a Bernher. En cuanto lo hayamos encontrado, investigaremos lo que Nicholas nos ha dado, volveremos al Indomable de inmediato e iremos en busca del Luz para compartir con Neve toda la información que hemos obtenido, que no es poca.

—¿Lo dices tal vez por el demonio que ha poseído al rey Harker y porque tenemos una posible respuesta al acertijo que supone la Séptima? —planteó Barak con un tono irónico, pero luego cambió a uno más serio para añadir—: Tienes razón, hay que darse prisa, mucha.

«Eso no era un demonio», pensó Sage, pero se mordió la lengua.

Poco después llegaron al final del pasadizo.

Subieron las escaleras indicadas en el plano y, con fuerza, empujaron hacia arriba la trampilla de acceso a la ciudad.

Estaban en un sótano y, gracias a la antorcha que llevaban, pronto dieron con la puerta de la pequeña habitación, que estaba rota.

Al mirar a su alrededor se dieron cuenta de que estaban en un edificio abandonado no demasiado grande y enseguida encontraron la salida.

Una vez fuera del edificio, en cuanto sus pies tocaron la tierra del callejón, Raven apagó el fuego, pero no se deshicieron de la antorcha. No podían dejar ninguna pista.

—Sé dónde estamos —soltó Nasir, mirando alrededor—. Conozco un atajo hacia el puerto.

—¿Cómo es posible? ¿Estás seguro? —preguntó Sage, extrañada, pues Serídea era una gran capital y esa calle no era de las principales.

Liderando al grupo, el curandero del Indomable se limitó a responder:

—Me crie aquí.

Corrieron calle abajo y, a medida que descendían en dirección al puerto, Sage sintió que el corazón se le henchía al volver a ver el mar, la libertad. Y sintió que el miedo de verse de nuevo encerrada en una celda que la había acompañado esos días se disipaba.

Estaba amaneciendo.

La artillera cerró los ojos, sonriendo de oreja a oreja, apreciando el familiar y añorado olor a sal, el aroma natural del mar.

Y, por encima de eso, la luz.

Todo ello, su definición de libertad.