La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 22. Del revés #5
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22. Del revés #5

En cuanto la puerta se cerró tras ella, se llevó la mano al pecho, respirando con dificultad. Tambaleándose, llegó al escritorio y le dio un trago a la primera botella de alcohol que encontró a su alcance. No se molestó siquiera en servírselo en un vaso.

El amargo sabor descendió por su garganta y fue un recordatorio de por qué el alcohol, con la cantidad justa, calmaba algo sus preocupaciones.

En todo caso, beber era rápido, eficaz y sin demasiados efectos secundarios en ella. Tan solo le daría un empujón para aguantar hasta la salida del sol.

Porque, debía admitirlo, estaba física y mentalmente agotada.

Como no podía evadirse durante mucho más tiempo, dio otro trago a la botella y, centrándose en su respiración, cogió aire tres veces, contando hasta diez antes de exhalarlo todo.

Un minuto después, salió de nuevo a cubierta.

—Hazel, sube al nido de cuervos por si acaso —ordenó. La curandera asintió y, con eficacia, empezó a subir por la escalera de metal incrustada en el mástil principal del barco—. Índigo, Arendar, id a vigilar la proa. Rackstorm y Garret, quedaos en el centro de la cubierta. Yo cubro el timón.

Tuvieron que captar tal determinación en su voz que ni siquiera Vasilak se resistió..., aunque no le extrañaba, pues no le había dirigido la palabra desde que había soltado su mano bajo el agua y había atravesado el cristal para entrar en el Luz del Alba .

Mientras Neve gobernaba el barco y el resto de la tripulación se mantenía atenta a cualquier movimiento extraño en las aguas, su instinto le decía que, bajo el navío, las únicas criaturas sobrenaturales que había eran sus queridos caballos marinos.

Considerar que estos eran la única razón por la que las nereidas se habían abstenido de atacar era, sin duda, una insensatez.

Siendo seres tan mezquinos y sanguinarios, lo más lógico habría sido que atacaran en cuanto la luz abandonara los cielos.

De todos modos, si pensaban que, por el hecho de estar dándoles tregua aquella noche, iban a bajar la guardia es que no habían tratado con piratas nunca.

Abriendo su mano derecha, sintió cómo ese conocido hormigueo concentraba su energía en la palma de su mano y, sin salir de su piel, esa zona adquirió la familiar luminiscencia, a primera vista inofensiva.

—Puede que las debilitases demasiado.

Dando un respingo, vio que Vasilak había subido a la timonera. Neve cerró el puño y la luz se desvaneció al instante.

—Vuelve a tu puesto —ordenó ella con brusquedad y dureza.

—Conmigo no, O’Shea.

Se acercó a ella, que se vio obligada a levantar la vista hacia su rostro. En la oscuridad de la noche, sus ojos eran de un dorado oscuro casi irreconocible.

—No sé qué clase de poder posees y tengo la sensación de que tú tampoco, pero sí creo que nos sería de gran ayuda.

Comenzó a caminar por aquella parte del barco, vigilando las aguas mientras hablaba; Neve se había dado cuenta de que mantenía la voz baja para que los demás no se enterasen.

—Ahuyentaste a esas bestias con tu luz.

Le contaba aquello como si ella no hubiese estado allí, como si no hubiese accedido a esa partícula de poder que había dentro de ella, como si haberlo utilizado a esa escala no le hubiera proporcionado el mayor de los placeres; como si no solo su ser acuático, sino también el terrestre, no hubiesen gritado de placer cuando se dejó llevar.

Últimamente, todo parecía estar del revés.

—No tengo un claro recuerdo —prosiguió Vasilak, sacándola de sus pensamientos—. Pero sí sé que para ellas fue casi letal. Puede que aún se estén recuperando de tu ataque. ¿No lo habías sopesado?

—¿Me crees tan estúpida? —Se giró un poco hacia él sin soltar el timón, que aferraba con fuerza.

—Al contrario. De estúpida no tienes un pelo, Neve O’Shea.

—Había tanta verdad en sus palabras que, por un instante, pilló a la joven desprevenida.

Si algo definía a Vasilak era su honestidad a la hora de compartir sus pensamientos.

A veces, demasiado—. Por eso he venido a plantearte eso: no para que me contestes, sino para que lo tengas en cuenta porque tal vez...

—Cuidado, Rackstorm —atajó ella.

—¿Por qué reniegas de ese don? —prosiguió él, quitándole importancia a su advertencia.

—No he renegado. —Fijando el timón para que no se moviera, lo dejó atrás para plantarle cara de una vez. Su calidez la alcanzó en cuanto sus cuerpos estuvieron a pocos centímetros—. ¿Cómo podría entender algo así alguien como tú?

—¿Alguien como yo?

Lo había ofendido. Bien. No tenía ningún derecho a presentarse allí para recriminarle eso viniendo de la total ignorancia.

—No sabes lo que significa llevar una carga como esta —gruñó entre dientes y pudo sentir que su parte más primitiva amenazaba con salir al exterior—. Que no solo los de arriba, sino también los de abajo, cuenten contigo.

—¡Cuéntamelo, entonces! —exigió Vasilak, inclinando su rostro hacia el de ella—. Es un don lo que tienes, O’Shea. Y solo te avergüenzas de...

—¡Tú no entiendes nada ! —susurró ella con tal fervor que un solo desliz habría convertido aquel murmullo en un grito ensordecedor.

—Capitanes...

— ¡¿Qué?!

Ambos se giraron a la vez, soltando el mismo grito a un Garret que se quedó estupefacto al final de las escaleras.

Señalando tras él, no le hizo falta añadir nada.

Estaba amaneciendo.

El cielo había adquirido el familiar tono anaranjado y, bajo el agua, Neve captó que los hipocampos le dejaban saber que volvían a las profundidades, pero que se mantendrían cerca.

Índigo y Arendar volvieron de proa para hacerse cargo del timón.

En el rostro de Garret aún se palpaba la incomodidad y la curiosidad por saber de qué habían estado discutiendo.

—¡Las veo!

Todos miraron hacia el nido de cuervos, donde Hazel estaba apostada. Neve agradeció aquella distracción.

—¿El qué? —preguntó la capitana, alejándose de Vasilak y centrando su atención en su compañera, aunque una parte de ella parecía seguir todavía en la conversación con el capitán.

—¡Las tres torres de las murallas! ¡Están bastante lejos, pero llegaremos en unas horas!

—Está bien. —Vasilak intervino con voz firme y los señaló con la cabeza a todos—. Id a descansar. El tiempo es bueno, estamos solos en este vasto océano y, sabiendo que tenemos las murallas cerca, llevaré el barco hasta allí. Los demás, a dormir.

—Que duerman los otros —replicó Arendar, dando un paso adelante—. Yo me quedaré contigo.

—Una orden es una orden —pronunció Neve y todos la miraron—.

Ha sido una noche larga y debemos reponer fuerzas.

Que no hayan atacado no significa que no lo vayan a hacer cuando vuelva a ponerse el sol, aunque en ese momento hayamos alcanzado las murallas.

Además, aún tendremos que localizar lo escrito en los muros de Noros, planear el método... , así que todos a dormir.

Oyó que Hazel empezaba a bajar del nido y fue la última en entrar por la escotilla, justo antes que su capitana.

Vasilak estaba ya sujetando el timón entre sus manos cuando Neve le dijo:

—Un don también puede ser una condena, Rackstorm. No lo olvides.

No esperó su respuesta y se dirigió a su camarote mientras los otros cuatro piratas caían rendidos en sus catres. Una vez que estuvo sola en la familiar estancia, corrió a meterse en la cama y, despacio, metió la mano debajo de la almohada.

El frío tacto del espejo acarició su piel y Neve se durmió al instante.

Llegaron a la biblioteca sin aliento, temerosos de que los guardias hubiesen visto por dónde habían huido.

Por suerte, estaban solos en la gran sala, pero se oía el barullo de pasos que iban y venían fuera, por lo que no disponían de mucho tiempo.

Sage se giró para observar al príncipe y pudo ver en su rostro la angustia, la confusión y las preguntas: ¿Qué le pasaba a su padre?

¿Qué era esa cosa que tenía dentro, porque le había quedado claro que no padecía la enfermedad que él sospechaba?

No se trataba de la locura del tiempo, aquello era algo primitivo, atávico.

Oscuro.

Y solo algo ancestral podría llevar a cabo algo así.

Se disponía a abordarlo cuando Raven pasó a su lado como una de sus balas, rezumando ira y adrenalina. Barak y Nasir fueron tras ella, así que Sage corrió también hacia el príncipe.

La espía del Luz lo agarró por la pechera y el joven tardó unos segundos en salir de su ensimismamiento y darse cuenta de qué era lo que tenía delante.

—La información sobre la Séptima. ¡Ahora! —exigió Raven.

—¡Es una antigua fábula! —exclamó él de inmediato.

—Estás de coña —masculló Barak, incrédulo.

—¡Lo es! —replicó, y Raven apretó su agarre, pero Nicholas no se amedrentó—. Lo que me ha dejado de piedra es que mi padre ha recitado una parte.

—¿Es eso tan extraño que declamaba? —inquirió Sage acercándose, y Nicholas asintió—. La fábula. ¿Cómo se titula? ¿De qué trata?

—Lo tengo en mi mesa. —Miró las manos de Raven y esta, soltando aire por la nariz, lo liberó a regañadientes—. Como os prometí, lo estuve investigando. No vengo con las manos vacías.

—Nos darás lo que tengas y nos dejarás marchar, principito —amenazó Raven, imponiéndose ante él.

—¿Cómo pretendéis huir de aquí?