22. Del revés #4
—No. No quiero saber tu nombre. En ese caso seríamos amigos y no te conviene ser mi amiga.
Sin mirarlo, la chica pudo sentir que Nicholas se removía en su sitio y comprendió por qué. Una respuesta extraña incluso para alguien que en teoría estaba perdiendo la razón.
—Y eso ¿a qué se debe?
—No soy amigo del que me espía.
Sage se tensó al instante, pero disimuló su expresión, mostrándole una mueca amigable.
—Yo no hago eso, majestad, pero sí se me da bien escuchar y, por lo que he oído hace un momento, necesita que alguien lo escuche.
—Las historias contadas en fábulas están para ser escuchadas —convino el rey.
—Más que una historia, parecía una canción.
—¿Acaso no son los poemas, los versos, canciones? —Harker Rout II echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, como si fuese un hombre cansado de todo—. Fábulas y recuerdos que pasan a ser contados de boca en boca...
Sage y Nicholas intercambiaron una mirada y este la animó a continuar con gesto enérgico. Mientras tanto, el rey soltó un sonoro suspiro y prosiguió.
—«Ella se rebeló. Él, sin quererlo, la olvidó». Es mi parte favorita.
Nicholas pareció tensarse ante aquel verso, pero Sage mantuvo su papel.
—¿De qué poema o canción se trata?
—¿Poema? —Pareció ofendido—. En los tiempos antiguos quizá habrían llamado así a lo que estaba tarareando, pero ahora tiene un nombre más místico... y ascético.
Las palabras del monarca eran tan crípticas que Sage no supo por dónde continuar la conversación.
Por supuesto, podría haber insistido, podría haber preguntado de forma directa de qué se trataba, el nombre de lo que estaba narrando, qué historia guardaba detrás, pero, ante personas en el estado en el que estaba el rey, el modo en que se interactuaba con ellas era importante.
Debía ser paciente.
—Adelaida huyó, pero, aun así, la atrapará. Irá a por ella.
Sage tensó la espalda y se giró a mirar a Raven, quien, a juzgar por su expresión, había oído las palabras del monarca.
Hizo ademán de ir hacia allí, pero Sage negó con la cabeza, volviéndose hacia Harker.
Tras él, Nicholas se había acercado a su padre mientras giraba una hoja de su cuaderno, dispuesto a continuar tomando notas.
Lo que más había sorprendido a la artillera no había sido la revelación de que, como su hijo menor, Harker Rout II sabía que Índigo estaba viva, sino que no había hecho nada para ir tras su hija.
—¿Quiénes irán a por ella, majestad? —El tono de Sage se había vuelto más duro y, en su corazón, la preocupación resultaba evidente.
—Su legado.
Era como si Harker estuviese contando un hecho inevitable, pero, antes de que Sage pudiese hacer una pregunta más, llegó lo inesperado.
El rey soltó tal grito que la chica tuvo que taparse los oídos y se puso de pie de un salto. Todos se miraron, conscientes de que aquel sonido estentóreo atraería a los guardias de inmediato.
—¡Lo han oído! —avisó Nasir, mirando con los ojos muy abiertos desde el balcón interior—. ¡Los guardias del piso inferior vienen hacia aquí!
El monarca se levantó, tambaleándose de tal manera que su hijo corrió a socorrerlo.
—¡Padre!
Con una fuerza descomunal, el rey se zafó de su hijo y, debido al impulso, tropezó consigo mismo y cayó al suelo, donde empezó a arrastrarse con movimientos espasmódicos hacia el centro de la estancia.
—¡HUID! ¡¡Está aquí conmigo!!
Los gritos del rey se mezclaban con quejidos y sollozos de puro horror.
Las lágrimas le rodaban por la cara, roja por el esfuerzo y los espasmos, y la saliva le caía por la barbilla.
Siguiendo su instinto y evitando que el pánico pudiera con ella, Sage se agachó junto a él, intentando controlar la situación.
—¡Estamos aquí! No está solo, alteza —le aseguró con voz firme—. Su hijo está aquí. Nicholas está aquí.
—Padre, soy yo —se apresuró a intervenir este—. Estamos aquí con usted.
De pronto, el anciano adquirió una quietud tan perturbadora que, instintivamente, Sage retrocedió.
—¿Pa...?
La chica negó con tal fiereza que Nicholas lo vio y sus palabras quedaron perdidas en el aire.
Harker Rout alzó la cabeza con un movimiento seco y vieron que sus ojos cristalinos habían desaparecido, sustituidos por unas córneas negras. Unas lágrimas oscuras descendieron por el rostro húmedo del monarca.
—Cierto. Solo no está. —Las palabras fueron seguidas de una sonrisa espeluznante.
Nicholas retrocedió, asustado, pero Sage se mantuvo en el sitio, firme. Aquel no era el rey y, sin duda, no era la locura lo que reinaba en su cabeza, en su mente.
Eso iba más allá.
—Esto... esto es magia —susurró la artillera, un nudo formándose en su garganta—. Es de lo que nos habló Lamya, Raven —le explicó en voz alta a su compañera—. ¡Alguien le está...!
—Le está ¿qué? —murmuró lo que fuese que estuviera dentro de Harker Rout II—. No sabes ni qué palabras usar para definir lo que estás viendo. Magia ..., qué palabra tan insulsa y pobre para definir mi gran obra.
—Sal de mi padre —exigió Nicholas, pero Sage lo detuvo cuando intentó romper la distancia con el cuerpo de su progenitor.
—¡Tenemos que irnos! —los apremió Raven desde su puesto—. ¡Esto no me gusta!
—Si nos vamos ahora, será como si no hubiésemos hecho nada —respondió la artillera sin dejar de mirar al rey.
—¡Ya casi están aquí! —gruñó Nasir mientras arrastraba un mueble pesado hacia la puerta, Barak corriendo a echarle una mano al instante.
Desesperada y reuniendo coraje, Sage cerró la distancia que había entre ella y el monarca y, mirando aquellos oscuros ojos, declaró:
—Harker, sé que estás ahí, así que lucha contra él. Tu mente es tuya, solo tuya.
—Ella está muy cerca de mí —dijo despacio aquel ser, y de su boca también brotó un líquido negro que le tintó dientes, labios y barbilla.
—Habla claro, cobarde —gruñó la artillera, también enseñando los dientes, sin amedrentarse—. No es muy valiente ocultarse en el cuerpo de otro y decir palabras a medias.
—¡No aguantaremos más! —gritó Barak, y Nasir gruñó a su lado mientras se esforzaban por detener a los guardias al otro lado, que habían llegado y pretendían entrar.
Frente a ella, el rey empezó a negar con la cabeza y sus ojos se cerraron para, cuando se abrieron de nuevo, volver a ser de ese azul tan familiar.
Sage cogió aire, esperanzada.
—¡Majestad!
— No olvidéis —se apresuró a sentenciar.
—¿El qué? —suplicó saber Nicholas.
—Lo que todos olvidan una vez que conocen —declaró deprisa—. Una vez que lo conoces, lo olvidas. Pero, si lo olvidas, puedes volver a conocerlo.
Aquellas palabras llamaron la atención de todos, que se volvieron para mirar al monarca. La frustración estaba pudiendo con Sage y, temiendo que aquel oscuro ser tomara de nuevo el control sobre Harker, le pidió:
—¡Continúa!
—Fue una trampa. Esas criaturas..., todo era una trampa. Él ya está en mí —dijo con dificultad el rey, como si le costase respirar—. Yo me desvanezco, joven Sage. No puedo ofreceros más que mi propio olvido.
Un estrepitoso golpe contra las puertas desde fuera hizo que todos se girasen. No quedaba tiempo.
—¿Qué es lo que lo acompaña, padre? ¿Qué es eso?
— Aquel que no puede tocar la luz. Aquel que no tiene forma.
Sus palabras salieron entre gruñidos y volvió a quejarse de dolor, luchando contra el maligno ser.
—¡Majestad! ¡Aguante! —gritaron los guardias desde fuera, sin dejar de golpear las puertas; el peso de los muebles apilados contra ellas los estaba demorando, pero no por mucho tiempo.
Un golpe más.
—Hijo, llévatelos. —Las manos de Harker Rout II se dirigieron hacia Nicholas, quien, corriendo, buscó el contacto con su padre—. Ayúdalos a recordar.
—¡Vámonos! —gritó Barak, arrastrando a Nasir con él y yendo junto a Raven, que, dejando atrás la entrada secreta, corrió hacia la artillera y la agarró por el codo.
—¡Sage, por favor!
— Los mares no conocieron otra reina como ella.
Al oír aquello, Sage sintió cómo el príncipe se tensaba a su lado. En el siguiente golpe las puertas cedieron y los guardias empezaron a abrirse paso, pero los muebles apilados eran un obstáculo con el que no habían contado.
—¡Intrusos! ¡Dad la alarma!
Sage sintió que Raven la arrastraba con ella, pero la artillera no apartó los ojos del monarca.
—Corred. Ya viene. Corred. ¡CORRED!
Por fin, Sage se dirigió hacia la abertura secreta y, antes de que esta se cerrase, lo último que vio fue cómo, sin usar la voz, pero moviendo los labios, el hombre gritaba al aire, llevándose las manos a la cabeza: «Corred».
En el siguiente parpadeo, sus ojos volvieron a ese negro total, y Sage jamás olvidaría la espeluznante sonrisa que la despidió aquella noche.
Pues en el fondo sabía quién era.
Y eso cambiaba todo el plan.
Tanto para ellos como para el lejano Luz del Alba .
Hacía mucho tiempo que Neve no se sentía tan estúpida.
Horas. Habían pasado horas desde el anochecer y todo estaba en calma.
Una noche tranquila, con buen viento, sin nubes y con las lunas iluminando el barco a oscuras, pues, como de costumbre, habían apagado todas las luces de cubierta.
Los hipocampos los acompañaban, algunos bajo la quilla, otros delante y detrás del barco, y ella misma estaba lista en caso de tener que volver a enfrentarse a esas odiosas criaturas.
Pero no ocurría nada. Nada.
Se había recorrido la cubierta varias veces. La última vez que había preguntado qué hora era, había sido Arendar quien le había confirmado que eran pasadas las cuatro de la madrugada.
Apenas quedaba hora y media para que amaneciese.
—Tal vez esperen a justo antes del amanecer —había comentado este—. Estaremos más cansados para entonces. No hemos hecho guardia ninguna.
—Mi contramaestre lleva razón, Neve —intervino Vasilak, acercándose a ella—. No perdamos la concentración y mantengamos la desconfianza.
Ella asintió y, sin pronunciar palabra, entró en el castillo de popa, pues necesitaba estar un momento a solas.