22. Del revés #3
—Una vez que la guardia haya cambiado, abriré el acceso..., y cruzaremos los dedos para que no se percaten de nuestra presencia.
»Entrad. Yo cerraré la puerta tras vosotros.
—De eso nada —Raven le dio un leve empujón, haciéndolo cruzar al otro lado—. Usted primero, alteza.
Tras los pasos de Nicholas, pero a varios metros por si se cruzaban con algún guardia apostado allí, seguían el camino indicado en el plano.
Mientras ascendían por las empinadas y resbaladizas escaleras y avanzaban por los túneles secretos, Raven era la encargada de mantener la distancia apropiada con el príncipe para que, en caso de que este quisiera salir corriendo, tuviesen tiempo de atraparlo.
No se fiaban del todo de que no les hubiera preparado una emboscada allí dentro.
Sage, por su parte, se dedicó a memorizar el camino: los giros, el número de escalones, las antorchas apagadas con las que se iban cruzando.
En ese momento, la única luz que tenían era la procedente del candelabro del príncipe.
Mientras avanzaban, la artillera pudo sentir la respiración agitada de Barak y, girándose para mirarlo, vio que en su expresión había una falsa calma.
—¿Estás bien, capitán?
Este se limitó a asentir, pero ella se percató de que tenía la mandíbula apretada, apenas parpadeaba y sus ojos no la enfrentaron en ningún momento, evitando toda conexión.
—Todos tenemos miedo, Demonio del Mar —le susurró, apretándole brevemente el brazo para llamar su atención, cosa que consiguió, pues sus ojos oscuros se encontraron con los de ella—.
Es algo que nos hace humanos, y no creas que no vemos lo que ocurre dentro de ti solo porque te esfuerzas en ocultarlo.
Ese sentimiento nos es familiar a todos.
—No es el momento de que me vengas con lecciones sentimentales —escupió este, los ojos negros debido a sus dilatadas pupilas en la oscuridad.
Sage se encogió de hombros, sonriendo de medio lado.
—Lo digo en serio. Recuerda que estamos juntos en esto y, si algún compañero necesita ayuda, yo siempre se la doy.
—¿Por qué ser tan altruista? —preguntó por lo bajo el pirata.
Entonces, toda diversión desapareció de la voz y la expresión de la chica.
—Porque, hace mucho tiempo, nadie lo fue conmigo.
Sin esperar respuesta, Sage se giró para ver cómo llegaban al último tramo de escaleras.
Lo subieron con cuidado, agarrándose a las paredes porque los escalones eran estrechos y resbaladizos. La pared estaba sucia, fría, y seguro que había presenciado situaciones mucho peores que esa.
Una visita a escondidas al rey tampoco era para tanto.
Cuando llegaron al piso superior, Nicholas los esperaba unos metros más allá, frente a un acceso a la parte conocida de palacio: se habían acabado los pasadizos secretos.
—Es aquí —explicó una vez que estuvieron a su lado—. Los aposentos son grandes, así que dejad que entre yo primero y os indique dónde podéis esconderos..., pero alguien tendrá que quedarse vigilando este acceso.
—Yo lo haré —se ofreció Raven—. Vosotros tres id con Nicholas.
—Barak y yo vigilaremos los otros accesos a la habitación —se ofreció Nasir.
Todos asintieron y el príncipe tiró de una palanca oculta en la base de la antorcha apagada que tenía enfrente. Se oyó un ruido sordo, de arrastre, y poco a poco una parte del muro se desplazó hacia la izquierda, revelando los aposentos de Harker Rout II.
Su hijo fue el primero en entrar y Sage lo siguió de cerca, con los otros dos piratas pisándole los talones.
Analizaron la amplia estancia y no tardaron en localizar a su majestad.
Sage advirtió que el príncipe Nicholas se quedaba petrificado durante un momento, observando a su padre como si de pronto volviese a ser el niño de antaño.
El monarca estaba sentado en un largo sofá situado frente al balcón principal.
Las cortinas estaban corridas, por lo que la luz que bañaba al anciano era de ese tono azulado que confieren las lunas.
Llevaba puesto su camisón de dormir y, en aquella escena, más que un rey, más que un líder, parecía un hombre común y corriente consumido por lo más natural y humano: la edad.
La artillera del Luz del Alba siempre había supuesto que el rey era mucho más joven, pero, teniendo en cuenta que su hijo mayor ya tenía más de treinta y cinco y que Nicholas rozaba la treintena, lo lógico era que Harker Rout II no lo fuese.
No un anciano, pues no lo era, pero sí un hombre mayor, maduro, entrando en la tercera edad.
Su pelo negro y sus ojos azules, la marca distintiva de la casa Rout, habían sufrido los estragos del tiempo.
Unos mechones blancos le salpicaban los negros cabellos y sus ojos cristalinos se hundían en sendos nidos de arrugas y unas profundas ojeras.
Tenía la mirada perdida en algún lugar que Sage supo que no podrían alcanzar, pues era evidente que el rey estaba disociado de la realidad.
Mirando al príncipe, Sage le rozó el brazo derecho para llamar su atención.
—No podemos perder tiempo. ¿Qué hacemos? —inquirió y Nicholas le devolvió la mirada. Una profunda tristeza y preocupación se habían instalado en las facciones del hijo menor del monarca.
—Nasir, ve hacia el fondo —susurró de pronto, como si excusarse por su momento de estupefacción ante el estado de su padre no sirviese de nada—.
Hay un balcón con vistas a los pasillos inferiores y los jardines interiores.
Desde allí podrás ver si viene alguien —le indicó.
Este asintió y echó un rápido vistazo a Barak antes de irse, al cual este respondió con una señal de asentimiento—.
Barak, encárgate de la puerta y, si oyes cualquier cosa, avísanos. Sage...
—Yo voy contigo, alteza . Vamos a ver si ha merecido la pena arriesgarnos a acompañarte hasta aquí.
—No esperaba menos, por supuesto. —Con rapidez, el príncipe echó un vistazo hacia el acceso secreto y asintió, por lo que Sage supuso que Raven seguía en su posición.
No tenían tiempo que perder, cada minuto que pasaban allí suponía un peligro para ellos.
—¿Padre?
Harker se giró para mirarlos, con una lentitud y tranquilidad que los asombró a todos. Después, se volvió hacia el balcón y los grandes ventanales como si nada.
—¿Qué ves en ese gesto? —Sage realizó la pregunta en apenas un murmullo.
—No distingue la realidad de lo que sea que hay en su mente. Su falta de reacción es preocupante, lo que cuadra con mi percepción de las últimas veces que lo vi y empieza a confirmar mis sospechas de que...
—Dilo —lo apremió Sage.
—Puede que tenga lo que comúnmente se denomina «locura del tiempo». La mente, debido al envejecimiento, empieza a funcionar de manera distinta y la humanidad del paciente se va perdiendo poco a poco.
—Nicholas —susurró Sage, rompiendo la distancia con él—. Déjame hablar a mí con él. Sé que quieres hacerlo tú, pero, si de verdad quieres examinarlo como a un paciente, si habla conmigo podrás observar desde fuera y detectar cosas que podrías pasar por alto haciéndolo tú como hijo.
Dudó durante unos largos segundos, pero al final accedió.
—De acuerdo. Pero, si creo necesario intervenir, lo haré.
Sage susurró un «Está bien», y el príncipe miró a Nasir y Barak; ambos asintieron con la cabeza, dejándoles saber que todo estaba bajo control. Raven, posicionada aún en el acceso secreto, levantó el pulgar mientras devolvía sus ojos al oscuro pasillo.
Sage se permitió relajarse un tanto.
—¿Majestad? —preguntó con un hilo de voz.
—Muéstrate, pues sé que no estoy solo.
Harker Rout II seguía sentado en el sofá, con la cabeza alzada mientras contemplaba las estrellas.
En aquella posición y bajo aquella luz, el primer adjetivo que acudió a la mente de Sage fue vulnerable .
Esa imagen no casaba con la que siempre se asociaba a los monarcas a base de descripciones grandilocuentes sobre su fuerza, su inteligencia y su poder.
La noche era un hueco de calma para muchos; un instante donde las máscaras, las capas y las armas de todo tipo caían y solo quedaba uno mismo, lo que a veces podía ser un verdadero tormento.
Poco a poco, Sage avanzó hacia el monarca y se permitió sentarse a su lado. Nicholas se puso a la izquierda de su padre, pero se mantuvo de pie, a una distancia prudencial, mientras, con rostro serio y circunspecto, se preparaba para apuntarlo todo.
Segundos después, cuando el rey se giró para mirarla, Sage sintió que su corazón daba un vuelco, pues los recuerdos la asaltaron de manera tan brutal, certera y desprevenida que tuvo que retroceder para recomponerse.
«La locura me lleva lejos de ti, hija mía. No quiero hacerte daño. Vete».
Sage sacudió la cabeza para deshacerse de esa imagen y tragó saliva con esfuerzo, intentando aparentar normalidad. Pena era lo que sentía al ver ese lenguaje corporal, esos movimientos inseguros y esa mirada desenfocada.
Pero no podía ser tan simple. Y esa sería la única oportunidad que tendrían de averiguar qué había originado todo eso, qué lo había llevado a aliarse con el Emperador y romper el pacto de Nahulla.
Era inconcebible que un hombre en aquel estado hubiese sido capaz de reunirse con las nereidas en una playa virgen y llegar a un pacto con ellas.
Mientras se acercaba de nuevo al rey, pudo apreciar que este tarareaba algo, pero no logró distinguir qué.
—¿Puedo observar las vistas con usted, majestad?
Durante un instante, Harker frunció el ceño.
No los vio, pero Sage percibió la aprensión en Raven, Barak y Nasir, ocultos en la oscuridad.
Por otro lado, el príncipe escribía en su cuaderno, concentrado en su tarea.
Sería mejor que permaneciesen así mientras ella era la que estaba en el tablero de juego.
—No te conozco. —No había preocupación en su voz.
—Entonces tal vez sea buen momento para hacerlo. Yo sé su nombre, ¿le gustaría saber el mío?
Usó ese tono que hacía años que no usaba, que había tenido que perfeccionar desde muy pequeña, y se le hizo un nudo en la garganta ante el dolor que le provocaba la familiaridad de aquella táctica.