La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 22. Del revés #2
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22. Del revés #2

Todos asintieron ante las palabras de Raven y no quedaron dudas sobre quién mandaba en esas circunstancias. Sage tuvo que controlar el repentino calor que sintió en la parte baja de su vientre y, recomponiéndose, miró de reojo a los chicos esperando una respuesta por su parte.

—Lo dijimos —afirmó Nasir convencido—, y no soy de ese tipo de personas que dicen las cosas en vano.

Barak dio un paso adelante, cerrando aún más el círculo que formaban, y puso una mano en el hombro de Nasir, que le sonrió orgulloso.

—Pase lo que pase, nuestra prioridad debe ser clara —hizo una ligera pausa tras aquellas palabras—: mantenernos fieles a la misión..., y si eso significa que al final tenemos que matar al príncipe, lo haremos.

—Esperemos no tener que llegar a eso —respondió Raven con voz dura mientras se ponía en marcha.

Todos la siguieron con los ojos y Sage pudo ver como cogía el macuto que ella misma había robado de los almacenes de palacio. Sonrió para sí misma, satisfecha, y dio por supuesto que dentro estaría lo imprescindible para la misión.

—¿Lo tenéis todo?

Los tres asintieron y Raven se dirigió a Barak.

—Tú sabes dónde está apostada la guardia y seguro que encuentras un camino alternativo para llegar a la biblioteca sin ser vistos. Te seguimos.

Salieron de la habitación con sigilo con Barak en cabeza y Sage en la retaguardia. Nicholas les había ofrecido reunirse con él en sus aposentos, pero Raven se había negado. Ya estaban en clara desventaja con respecto a él como para meterse aún más en la boca del lobo.

Sage recordaba las palabras finales de la espía cuando rechazó la propuesta: «Nos reuniremos aquí poco antes de medianoche.

Si quieres jugárnosla, lo harás, pero al menos conocemos este espacio y no iremos a ciegas.

No me fío de qué o a quién podríamos encontrarnos en tus habitaciones privadas ni sé cómo saldríamos de ellas».

Nicholas había encontrado lógico su razonamiento y, como no deseaba complicar más las cosas, había aceptado de buen grado.

Barak se detuvo en lo alto de las escaleras de la primera planta mientras iban de camino porque oyeron pasos con una cadencia marcial, casi como una marcha militar, y supieron que varios miembros de la guardia estaban cerca.

—Vamos —susurró Barak.

Todos lo siguieron sin rechistar.

A medida que avanzaban por los interminables pasillos de palacio las dos lunas eran las únicas testigos visibles en aquella despejada noche.

Habían elegido un camino más largo pero también más seguro para llegar a la biblioteca, y Sage tuvo que reconocer que Barak había hecho un trabajo excelente estudiando los planos de palacio, memorizándolos al milímetro: en un tramo incluso habían tenido que salir a un balcón y caminar por el alféizar exterior para colarse luego por una ventana.

El artillero se movía con un sigilo y una seguridad que tan solo la dejaban con la preocupación de asegurarse de que nadie los seguía.

Por fin, tras varios minutos, giraron a la derecha en una última esquina y Sage avistó la puerta de la gran biblioteca entornada. Una vez que estuvieron a tan solo unos metros, esta se abrió un poco más y Nicholas apareció, con la misma vestimenta que llevaba por la mañana.

Al verlos a los cuatro, no pudo evitar echar un rápido vistazo a los Demonios del Mar, pero no había tiempo para preguntas y les hizo un gesto para que se apresuraran.

El grupo franqueó la puerta, que cerraron tras ellos de inmediato.

El príncipe sacó un juego de llaves y se cercioró de que ese acceso principal quedase inhabilitado.

Sin mediar palabra, les indicó con la cabeza que lo siguieran y los guio hacia su escritorio de la planta superior, que seguía tan desordenado como horas antes.

—He de decir que estoy gratamente sorprendido de que no vengáis armados —declaró en voz muy baja.

—No tenemos armas, pero no las necesitamos teniendo esto. —Barak levantó las manos, y ahí Sage tuvo que darle la razón. Aun así, el príncipe no pareció amedrentarse.

—Mejor, entonces. Aunque he de decir que lo que más me asombra es esto .

Los señaló a los cuatro, que estaban en línea observando a Nicholas mientras este cogía algunas cosas del montón de pergaminos que había sobre la gran mesa.

—¿Qué es «esto»? —quiso saber Nasir.

—Vuestra alianza. Creía que Sage y Raven se habían infiltrado solas en palacio, pero al ver cómo se acercaban a vosotros y hablabais esta tarde...

—¡¿Las has estado espiando?! —masculló Barak.

—Por supuesto, hay mucho en juego. Pero ¿el Luz del Alba aliándose con el Indomable ? Eso sí que no me lo esperaba.

—Sabe demasiado —gruñó de nuevo el Demonio del Mar y, exasperada, la artillera apoyó ambas manos sobre el escritorio, dando un gran golpe.

—¿Cómo coño sabes eso? —bramó entre dientes la chica.

—Tengo mis recursos. —Nicholas siguió con su tarea como si nada—. Además, han visto navegando el Indomable no muy lejos de estas costas. Un placer conoceros, Barak y Nasir.

Ninguno se movió del sitio, y solo los pasos del príncipe se oían en la gigantesca estancia.

Sage apretó los puños sobre el escritorio, siguiendo de cerca los movimientos del que tal vez podía ayudarlos facilitándoles información sobre la Séptima y, además, sin delatarlos.

Aún más, tal vez colarlo en los aposentos del rey Harker también fuera beneficioso para ellos, porque quizá podrían descubrir algo más sobre esa reunión con las enviadas del Emperador.

—Nos tiene cogidos por los huevos —declaró Nasir, con una expresión de sosiego total.

—Repito lo que os he dicho esta mañana: yo os ayudo a cambio de un par de favores que no considero complicados. Quid pro quo .

»Ahora, seguidme. Os llevaré a los aposentos de...

Nicholas se vio obligado a detenerse, pues Raven había ido hasta él, poniendo una firme mano en su pecho.

—Vas a indicarme el recorrido que haremos en el plano que te voy a mostrar —le exigió con voz amenazante la espía—. Y si veo algo extraño, no dudaré en sacarte los ojos.

—No te atreverías —murmuró este, sus cristalinos ojos azules devolviéndole la mirada sin pestañear.

Aunque lo ocultaba bien, Sage se dio cuenta de que la expresión del príncipe flaqueaba. Se separó del escritorio y se plantó al lado de Raven para apoyarla.

—Hay destinos peores que la muerte, majestad —soltó Raven—. Y dudo que puedas continuar con tus investigaciones sin una vista adecuada, ¿no crees?

—Tenéis mucho que perder.

—Somos piratas —susurró Sage, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza como quien observa a su presa—. Estamos acostumbradas a apostar fuerte.

Raven sacó del macuto uno de los pergaminos que llevaba. Se lo entregó a Nicholas y susurró con dureza:

—Marca la ruta, alteza .

Este apretó la mandíbula y, resignado, asintió.

Mientras desplegaba el plano, los cuatro piratas se posicionaron casi como un escudo frente al príncipe, una tentativa de intimidación que estaba funcionando a juzgar por su leve temblor de manos.

Puso objetos aleatorios en los extremos del pergamino para que no se doblase y señaló un punto en concreto.

—Estamos aquí, en la biblioteca. Este mapa es muy completo, pero falta señalizar algunos pasadizos secretos.

—Cogió un carboncillo y empezó a marcar el pergamino ante la cara de asombro e interés de los demás—.

Ahora sí, las entrañas de palacio en su totalidad...

Los aposentos de mi padre están ubicados dos pisos más arriba y jamás llegaríamos sin usar una «ruta alternativa».

Entraremos por una puerta escondida aquí y, una vez dentro de los corredores ocultos, nos dirigiremos hacia el oeste, hasta unas escaleras que llevan a la segunda planta, donde otras escaleras más estrechas suben a la tercera, y luego, todo recto hasta el acceso a los aposentos del rey.

—¿Y no habrá guardias apostados en esos pasadizos secretos? Seguro que no eres el único que conoce su existencia —declaró Sage.

—Lo dudo. Esos corredores no se utilizan jamás.

Seguro que se construyeron hace mucho tiempo por si había una rebelión en palacio, pero están en completo desuso.

Me atrevería a decir que él es el único que tiene un plano de los corredores y que, además, los ha utilizado en muchas ocasiones —intervino Nasir con cierto toque burlesco.

Nicholas asintió admirado.

—Don Pelirrojo no es tan inocente como creíamos —soltó Sage.

—No subestimes mis silencios confundiéndolos con ingenuidad. Es el error de muchos antes de que los mate.

Esta fingió un escalofrío para luego guiñarle un ojo. Había notado el humor en el tono de sus palabras y el pequeño brillo en sus ojos verdes lo delató.

—Qué miedito.

—Sigo sin fiarme —intervino Raven.

—Si lo prefieres, puedo ir unos metros por delante —ofreció Nicholas, atrayendo de nuevo la atención de Nasir y Sage—, para que puedas comprobar que no se trata de una trampa. En el caso de que nos encontráramos con alguien, podríais retroceder.

—Lo que confirma mis palabras, ya los ha usado antes.

—Sería estúpido no hacerlo —observó Raven, sus ojos fijos en el mapa recién marcado, memorizando la nueva ruta al milímetro.

—¿Dónde está el acceso secreto a la alcoba del rey? —preguntó Barak.

—En la pared, junto a la chimenea —explicó Nicholas—. Hay dos entradas más, pero esas sí llevan años sin usarse, por lo que no me arriesgaría. Por lo tanto, entraremos y saldremos por la misma...

El príncipe enrolló el plano y se lo devolvió a Raven. Cogiendo un candelabro con velas encendidas, les hizo un gesto con la cabeza y los cuatro piratas lo siguieron hasta una estantería en el fondo de la biblioteca que parecía de lo más normal.

Nicholas accionó una palanca disimulada bajo una de las baldas inferiores y, con un ruido estrepitoso, la estantería se desplazó y dejó a la vista un pasadizo oscuro con telarañas y un viento más frío que el calor de verano que los acompañaba.

—Tardaremos unos diez minutos en llegar.

—Justo para el cambio de guardia de medianoche —calculó Barak.

El príncipe asintió, mostrando una mueca de aprobación.