La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 22. Del revés
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22. Del revés

Del revés

No cualquiera podía ser enemigo para Vasilak. Quien aspirase a ello tenía que estar a su altura, y no solo por su habilidad en la lucha o por el poder que ostentara. Para él, un verdadero enemigo, digno de su interés y capaz de despertar su sed de sangre, debía ser alguien a quien pudiera admirar.

Si uno no admiraba a su enemigo, no podía catalogarlo como tal. El resto sería perder el tiempo.

Y en ese momento, a pesar de la ponzoña que amenazaba con salir de sus labios cuando atravesó el cristal y se encontró de nuevo en el camarote de Neve, se calló al ver cómo O’Shea interactuaba con esas criaturas marinas.

Con la naturalidad, el liderazgo y la destreza que veía en sí mismo.

Siempre reconocería el alma altruista de Neve, la había visto en acción durante la travesía.

Pero que lo hubiera salvado de una muerte segura para que pudiera volver con Ivette era la confirmación definitiva, y también el hecho de que esas dos sirenas, Nélida y Loire, obedecieran su orden de regresar al archipiélago lo antes posible, a pesar de que esas aguas eran peligrosas incluso para ellas.

Vasilak controló el escalofrío y su mirada se perdió en el agua, cada vez más oscura a medida que el sol caía.

La tripulación en pleno trabajaba en cubierta, incluso Arendar, cuyas fiebres habían desaparecido ya. Se sentía algo débil, por lo que Vasilak le había preparado algo rápido para comer.

En el Indomable siempre que podía cocinaba para su tripulación.

Vio cómo la superficie se movía ligeramente y supo de qué se trataba.

Mientras que las dos sirenas se habían marchado hacía horas de allí, los hipocampos se habían ofrecido a proteger el Luz del Alba a pesar de la negativa inicial de Neve, quien, al final, tuvo que admitir que tener a dos decenas de grandes caballos de mar escoltando el barco traería algo de tranquilidad a su preocupado corazón.

La conversación entre esas criaturas marinas y Neve había sido mental bajo las tenebrosas aguas, pero ella lo había informado después de que protegerían el navío en caso de que las nereidas atacaran esa noche. Tras eso, Vasilak había abandonado los aposentos de la capitana sin mediar palabra.

Y agradeció que nadie fuese tras él.

No hacía ni veinticuatro horas del ataque y parecía que había pasado un milenio.

¿Ivette lo odiaría al ver en lo que se había convertido?

«¡Papá, no puedes morir!».

Se agarró a la borda y casi pudo asegurar que la madera crujía bajo la presión. No soportaba que los recuerdos de aquella noche lo arrollaran siempre en el momento más inoportuno: los gritos de su hija cuando lo rescataron tras la batalla con Neve, su pecho sangrante, el roce íntimo con la muerte.

El recuerdo era borroso, pero Garret luego se lo confirmó: que él se había llevado a rastras a la niña para que Nasir pudiera intervenir y salvarle la vida; que su hija había gritado desesperada, hundida por la confusión, el dolor y el miedo de perder a su padre también.

«Prométeme que cuidarás de nuestra hija, Lak. Es lo único que quedará de nosotros. De mi rebeldía. De mi libertad».

Cerró los ojos y allí estaba de nuevo...

El sol brillando fuerte sobre ellos. El escarpado suelo de las rocas que partían de la cueva bajo los acantilados creando un camino desigual hacia el mar.

Una Neve ensangrentada sobre el cadáver de su padre.

De Reinhard Rackstorm.

Cómo levantaba la espada, goteando sangre, y le juraba que él sería el siguiente.

Cómo en aquel instante, mientras desenvainaba para enfrentarse a Neve O’Shea, esta no sabía que lo acababa de convertir en el capitán del Indomable , pero también en el líder de un pueblo que llevaba años deseando que el anterior muriese.

Un regalo y una maldición a partes iguales.

Por lo que Vasilak fue en contra de todo lo que su madre y su pueblo le habían enseñado: anteponer a los demás antes que a sí mismo.

Aquel día se convirtió en su padre: en una ambición tan vasta que lo único que salió de su garganta fue un grito arrollador mientras arremetía contra Neve, que fue hacia él con la misma determinación.

«¡Se lo tenía merecido!», había dicho la pirata.

«¡Eres una asesina!», le respondió Vasilak en medio de la batalla.

«Puede que todo el mundo sepa que Graves se manchó las manos de sangre para acabar con mis padres, pero fue el tuyo quien le reveló nuestra posición. Tu padre mató a mis padres, Rackstorm. Y prometo que haré que no quede ni uno de vosotros».

El final era historia.

No pudo evitar dirigir la mirada hacia el timón, gobernado por Neve.

En su rostro y sus ojos dorados se palpaba la tensión y la preocupación, sus puños ligeramente blancos bajo la morena piel llena de cicatrices en sus entrenadas, a la vez que delicadas, manos.

Vasilak volvió a su cara y se percató de la leve diferencia que había entre la imagen que permanecía en sus recuerdos y la capitana que tenía frente a él.

Se dio cuenta de que ni ella ni él eran aquellos discípulos que se preparaban para capitanear un navío, sobre todo cuando la pudo admirar por primera vez el día que hicieron el pacto de Cráneo Negro.

Se volvió hacia el agua, y agradeció que O’Shea no se hubiese enterado de que se había perdido durante varios minutos observándola.

Todo aquello que creía, los firmes principios que lo habían definido, el código que había guiado sus actos durante el lustro pasado como temido Demonio del Mar y capitán del Indomable , empezaba a resquebrajarse, como si el núcleo de todo su ser no solo se hubiese visto afectado en lo físico, como había podido comprobar horas antes bajo el agua, sino también en el espíritu, pues había empezado a hacer algo muy poco habitual en él: dudar.

¿Cómo seguiría adelante con su sed de venganza si debía ir contra la persona que había expuesto su secreto más preciado, lo que la hacía vulnerable, por la simple razón de salvarle la vida para que pudiese volver junto a su hija?

¿Cómo cumpliría su juramento cuando todo lo que lo formaba cambiaba tan rápido como los vientos antes de una oscura tormenta?

El rencor y el odio ya no parecían ser suficiente alimento para su sagrada vendetta . La lista de motivos por los que quitarle la vida a Neve O’Shea no solo se difuminaba, sino que el pergamino parecía repeler la tinta.

«No dejaré que se regodeen en su superioridad moral.

—La voz de su padre seguía tan presente como en esos días en los que su corazón aún latía—.

Nos miran por encima del hombro, hijo. Siempre lo han hecho.

Borraré la sonrisa de esos despreciables rostros.

Los mares serán nuestros, y nuestro pueblo estará tranquilo.

Y si muero, véngame. Pues la justicia será tuya».

De nuevo, la superficie del agua pareció moverse frente a él, obligando a Vasilak a abandonar los recuerdos, en parte agradecido.

Enfocó la vista y pudo verlos, reluciendo bajo el agua, los ojos brillantes y dorados de uno de los hipocampos que los escoltaban.

De alguna manera, sintió la vibración del sonido que emitió el animal en el pecho, y se llevó una mano al corazón ante el sentimiento que lo invadió.

Lo sabía, ya no era el mismo. Como Neve había dicho, el mar formaba parte de él.

Parpadeó un par de veces, todavía más confuso ante la avalancha de sentimientos que amenazaba con ahogarlo. Y cuando volvió a mirar el agua, la criatura ya no estaba.

La noche se cernía sobre ellos como una aliada crucial para llevar a cabo la nueva parte del plan, aunque hubiese sufrido ligeros cambios, que tuvieron que comunicar a Barak y Nasir; estos, por supuesto, no tardaron en ponerse en alerta máxima.

—¿No creéis que ha sido demasiada casualidad?

—Ha sido lo primero que he pensado, Nasir —le aseguró Raven apoyada en la pared.

Los cuatro se encontraban en la habitación que les habían asignado a los chicos, hablando en voz baja, pues ya eran más de las diez de la noche y todos los demás trabajadores dormían, por no hablar de que, si descubrían a las chicas allí, su tapadera se iría al cuerno o los echarían, una de dos.

—Lo último que esperábamos era hacer un pacto con el menor de los príncipes —comentó Sage, de pie junto a Raven, pero más hacia el centro de la estancia—, pero no podemos negar las ventajas de esta situación.

—¿Que el príncipe nos haya chantajeado tiene alguna? —soltó Barak con voz dura, chasqueando la lengua y maldiciendo.

—Acepta que es posible que pase en más de una ocasión, Barak —le aconsejó Raven mientras se cruzaba de brazos—. Uno traza un plan inicial, pero en la práctica se producen cambios inesperados que hay que asumir, eso te evitará más de un disgusto.

—No se trata del plan, Raven —contestó este, y los otros lo miraron ante el tono de voz que estaba utilizando—. Ahora mismo somos el eslabón débil y estamos entre la espada y la pared. O hacemos bien nuestra parte, esa que nos pide, o puede que en unas horas estemos en los calabozos.

El corazón de Sage dio un vuelco ante aquella mención y se apresuró a responder al pirata, aunque le costó encontrar su voz.

—No lo creo. Nuestra contramaestre es su hermana, a la que hace diez años que no ve, y en nuestro encuentro nos demostró que aún la tiene en demasiada estima como para jugárnosla a la primera de cambio.

—¿Cómo sabes que no fingió, que no es una trampa?

—Es cierto que no podemos saberlo a ciencia cierta, pero una de sus dos peticiones en este inesperado pacto es entregarle una carta a Índigo de su parte, algo tan sencillo como eso. Somos la única conexión directa con ella, y eso rema a nuestro favor, porque está desesperado.

—Sigo sin fiarme.

—¡Ni nosotras! —Esta vez la artillera alzó la voz, frustrada—. A mí tampoco me resulta fácil darle un voto de confianza, Barak, pero no nos queda otra.

—Está bien —atajó Raven—. Necesito que estemos unidos, ahora más que nunca. Hemos conseguido dejar a un lado nuestras rencillas iniciales por un objetivo común, así que ahora no vamos a discutir por ese principito. Ya lo dijimos: somos un equipo, ¿no?