21. Trazos #9
—No todos los días tengo la oportunidad de hablar con dos de las piratas más temidas de esta parte del océano, por lo que os pido que me escuchéis.
—Nicholas dio un paso adelante y ellas no se movieron—.
Resulta evidente que si habéis arriesgado tanto para venir hasta aquí es por un motivo de peso y tengo la gran sospecha de que tiene que ver con mi padre.
—El hombrecillo es listo —musitó Sage, divertida—. ¿Qué quieres?
— Sage —le recriminó Raven, casi ofendida de que la artillera hubiese accedido a aquel posible pacto tan rápido.
—¿Qué? Estamos en clara desventaja, no estamos hablando de un criado que sabe nuestra identidad, es el jodido príncipe .
—La artillera lo señaló para darle más énfasis—.
Tal vez con su ayuda consigamos irnos antes de aquí, volver al Luz del Alba , encontrar la maldita Séptima y que todo vuelva a ser como antes.
Raven suspiró, mirando hacia el techo de la gran estancia.
—Bocazas —dejó escapar entre sus apretados dientes.
—¡Oye!
—¿La Séptima? ¿Habláis del mito de la Séptima? Estáis en el sitio adecuado si buscáis información sobre eso...
El tiempo pareció detenerse durante un leve pero denso momento, como si todo el ruido que había en sus cabezas, sobre todo en la de Sage, hubiese encontrado el instante idóneo para apagarse y permitir a sus mentes asimilar lo que Nicholas acababa de decir.
Pero los instantes, como todo, terminan.
El ruido volvió a su mente, con una fuerza descomunal y con un ansia que hizo que Sage casi tropezase al abalanzarse sobre él, aunque Raven la sujetó a tiempo. El príncipe, sin embargo, no se amedrentó.
—¿Qué has dicho? —musitó la artillera despacio.
—¿Sabes lo que es? —indagó Raven esperanzada.
—Puede que haya leído algunas cosas acerca de eso en algunos de los muchos manuscritos que nos rodean, fábulas, leyendas... —Tuvo que ver tal esperanza en los ojos de ambas que su expresión se tornó aún más sorprendida—. Está bien. Viendo que esto ha suscitado vuestro interés, hagamos un trato.
—Habla —ordenó la espía.
—Yo os ayudo a encontrar información sobre la Séptima y no desvelo vuestra identidad a mi hermano a cambio de dos favores.
—¿Por qué vas a fiarte de nosotras? —quiso saber Sage con honesta curiosidad—. Podríamos traicionarte en cualquier momento.
—Es algo que sé que en otras circunstancias haríais —convino Nicholas—, pero esto os interesa demasiado como para arriesgaros a cagarla .
—¡El hijo de puta nos tiene cogidas por la garganta! —bramó Raven, harta de ese tira y afloja.
—Dispara —gruñó Sage, impaciente por saber qué quería, igual que su compañera.
—Ahora mismo me pondré a recopilar datos sobre la Séptima si prometéis entregarle un mensaje a mi hermana de mi parte.
—Eso es fácil —musitó Sage, mirando a Raven, pero esta desconfiaba de la facilidad de cumplir su parte del trato.
—¿Y el segundo favor? —indagó entonces.
—Necesito que os coléis en los aposentos de mi padre, cosa que estoy seguro de que ya teníais planeado hacer.
—¿Por qué no lo haces tú mismo? —quiso saber Raven—. ¿Algo te lo prohíbe?
—Atticus tiene la zona muy vigilada, y es el único que puede entrar y salir de allí. Sin embargo, conozco un acceso secreto que no está custodiado y por el cual os colaré si es preciso.
Ambas piratas se miraron, dubitativas.
—Necesito hablar con mi padre; ver cuál es su estado para averiguar qué enfermedad le aflige y encontrar una cura, o al menos intentarlo.
—¿Tan mala es tu relación con tu hermano mayor como para que no te permita visitar al rey? —musitó Raven.
—Atticus llevaba años deseando que algo así pasara para acceder al trono, para ejercer el poder. Lleva ansiando convertirse en el monarca desde que padre lo empezó a instruir. Es insufrible.
»Y siendo yo el único de los hermanos que queda en palacio y, por lo tanto, el que puede velar por los intereses de nuestro padre y entorpecer sus planes, me tiene todavía más controlado.
Solo me deja en paz cuando estoy encerrado en esta biblioteca, donde él considera que “no molesto” y donde puedo seguir con mis “estúpidas e insignificantes” investigaciones. Palabras textuales, por cierto.
—Qué capullo —murmuró Sage hacia Raven.
—Entonces, ¿aceptáis?
Sage intercambió una mirada con Raven. La artillera pudo ver que en aquella cara tan hermosa brillaba la indecisión, aunque, en el fondo, no les quedaba otra que aceptar si no querían ser arrestadas.
Y Sage se negaba a volver a una celda otra vez, por lo que, mirando a la espía, asintió, dejándole saber su opinión.
Esta se volvió a mirar la mano que le tendía el príncipe, y cerró sus oscuros y rasgados ojos durante un largo instante, exhalando.
Incluso en esa tesitura, Sage no pudo evitar pensar en lo etérea que parecía con la luz de la tarde que entraba por los ventanales tiñéndole el pelo y el rostro con suavidad.
Por fin, Raven dio un paso al frente y estrechó la mano del príncipe con firmeza. La espía era tan alta que Nicholas solo le sacaba unos centímetros.
—¿Cuándo empezamos? —quiso saber este.
La espía sonrió de medio lado.
—Esta misma noche su alteza podrá ponerse al día con su padre. Ahora, encárguese de encontrarnos todo lo que pueda sobre la Séptima.