La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 21. Trazos #8
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21. Trazos #8

Obedeciendo, Vasilak entreabrió los labios y las burbujas de su aliento salieron de su boca y subieron hacia la superficie.

Se llevó la mano libre al pecho, y Neve supo que esperaba sentir esa familiar presión, ese pánico del cuerpo humano cuando siente la falta de aire. Y en su rostro pudo ver cómo ese temor se convertía en extrañeza, luego en estupefacción y, después, en horror.

Un vasto y palpable horror.

—Puede respirar —oyó que Índigo decía tras el cristal.

— Jo-der —soltó Hazel a su lado, con la boca abierta exageradamente.

— Sé que me oyes —le lanzó el pensamiento a Vasilak, notando cómo se tensaba bajo su tacto. Él la miró, desencajado, y asintió. Neve le dio otro apretón, sus manos aún entrelazadas, por lo que volvió a decirle—: Inténtalo. Háblame.

Pasaron varios segundos.

Hasta que, de pronto, oyó aquella grave voz en su cabeza.

— ¿Neve?

Ella se asombró al notar que una mueca nacía en sus labios al oírlo.

— ¿Sí?

Pasaron varios segundos más y, esta vez, el tono de la pregunta no fue el mismo..., pues estaba cargado de algo que Neve conocía bien.

— ¿Qué me has hecho?

Rencor. Puro y ardiente rencor.

Fue inconscientemente a por sus pistolas y, al encontrarse con sus caderas desnudas, maldijo. El príncipe lo sabía, había echado a todos de la biblioteca y en ese momento las tenía allí a solas, convirtiéndolas en un blanco fácil.

Los sentidos de Sage se activaron y una parte de ella se dijo que lo más seguro era que estuvieran rodeadas y que no veían a la guardia porque debía de estar apostada en los pasadizos y accesos secretos que sin duda tenía aquel palacio.

Eso tendría sentido, pues eran las piratas más buscadas en el continente y al parecer las habían reconocido.

Puede que, en el archipiélago, un pacto silencioso entre la población de las islas gracias a la protección que Neve les venía brindando desde hacía años hubiese posibilitado que siguiesen libres, pero en aquel escenario todo era muy distinto.

Apretando los puños e intentando que el pánico no la dominase, miró a Raven, que seguía con la vista clavada en el príncipe, con un deje de sorpresa brillando en los ojos. Incluso a ella la había pillado desprevenida aquel cambio de guion.

Estaban jodidas.

Sin más preámbulos, Raven la agarró del brazo con la intención de arrastrarla con ella hacia las escaleras para bajarlas y alcanzar la puerta.

—Tenemos que salir de aquí —se apresuró a decir al dar el primer paso—. Ir a por Barak y Nasir y...

—¡No, esperad!

Nicholas cogió a Sage por el brazo libre, y la artillera quedó sujeta por ambos lados, lo que la obligó a detenerse.

—Alteza, suéltela —le advirtió Raven con un tono que ponía los pelos de punta—. No me gustaría tener que hacerle daño.

—¿Está bien? —preguntó apresurado el príncipe—. Adelaida, ¿está bien? ¿Sigue viva?

El peso de aquellas palabras cayó sobre Sage y su expresión cambió de manera automática: el estrés y la angustia se convirtieron en comprensión y empatía.

Nicholas la soltó al ver que el rostro de la artillera ya le había facilitado la respuesta.

—Índigo está bien —susurró la chica, y notó que Raven la agarraba con más fuerza al ver que estaba libre. No forcejeó, sino que se mantuvo entre ambos, sus pies anclados al suelo—. Lo ha estado toda esta última década.

—¿Índigo? ¿Ese es su nuevo nombre?

Sage asintió y Raven la soltó al fin, aunque se acercó más, temerosa de lo que pudiese pasar.

El hombre dejó escapar un suspiro, una exhalación que Sage supo que había estado conteniendo durante esos largos diez años. Se pasó las manos por el pelo, y de su pecho brotó un sonido mezcla de alegría y sollozo.

—Lo sabía. Sabía que estaba viva, que lo había logrado.

—¿Cómo sabías que no murió? —exigió que le contara Raven, saliéndose del todo del papel—. ¿Y cómo sabías que está con nosotras?

—Toda la familia lo sabe, pero decidimos decir al pueblo que había muerto para ahorrarnos el escándalo. De todos modos, aquí ya no es más que un recuerdo perdido en la memoria de muchos..., pero yo no olvido. No olvido que perdí a mis dos hermanas en apenas unos días.

El recuerdo del retrato que había junto al de Índigo atravesó los pensamientos de Sage, y supo que se estaba acordando también de Ariadne.

Aunque más o menos conocían la historia de lo que había pasado con la pequeña de la familia real del Continente Oeste, Índigo no había contado mucho de su pasado.

Ninguna de ellas lo había hecho cuando este no importaba a la hora de iniciar su nueva vida en el Luz .

—¿Qué pretendes dejándonos saber que conoces nuestra identidad? —fue lo siguiente que dijo la artillera, y Nicholas, asintiendo, apretó la mandíbula y se dispuso a contestar.

—Antes de desvelaros mis intenciones, quiero dejar clara una cosa: soy el único en palacio que sabe quiénes sois. Nadie os ha reconocido.

—Explícate —exigió de nuevo Raven, dando un paso adelante, más cerca del príncipe que la propia Sage.

—Adela... Índigo —se corrigió Nicholas al ver la expresión de las piratas— huyó de casa hace diez años tras la muerte de Ariadne y todo lo que sucedió en Zesthia... Desde entonces mucha gente denomina esos días la Semana Negra.

»La noté extraña la noche anterior a su partida. Tras el fallecimiento de nuestra hermana pequeña había dejado de acompañarme en mis sesiones de estudio diarias, pues, de todos nosotros, ella siempre había sido la más inteligente. Conocía las ciencias de las estrellas como nadie.

«Lo sigue haciendo», quiso decir Sage, pero calló, pues quería que el príncipe contase más.

—Y cuando nos informaron de que había desaparecido, me puse a investigar.

Noté que faltaban mapas, libros..., y no unos cualesquiera.

Entonces tuve claro que, durante días y de la forma más silenciosa y calculadora posible, la única hermana que me quedaba con vida había planificado su huida, pues tras la muerte no solo de Ariadne, sino también de su prometido, no le quedaba nada por lo que vivir aquí.

— ¿Prometido? —susurró Raven petrificada.

—¡¿Índigo se iba a casar ?! —exclamó estupefacta Sage sin poder evitarlo.

—Eso no es importante ahora —contestó Nicholas, manteniendo una calma hasta cierto punto inquietante—, pero, por aquel entonces, sí: llevaba dos años comprometida.

—¿Con quién?

—¿Os acordáis de la revuelta que hubo hace unos años en Zesthia, en el Continente Este?

—Ambas asintieron—. Toda la familia real fue asesinada en un ataque a palacio.

Adelaida iba a casarse con el segundo hijo de los cuatro que componían esa familia, el príncipe Kristopher Aranus.

Desde hace años hay instaurado un régimen con una nueva forma de gobierno, pero muchas familias aristócratas siguen luchando para que alguien vuelva a ocupar el trono, quieren una monarquía...

y eso, de algún modo, nos afecta. De todos modos, eso no tiene relevancia para lo que os necesito.

—¿Nos necesitas? ¿A nosotras? —Sage las señaló a ambas. Raven apenas se había movido del sitio.