21. Trazos #7
—Un poco de paciencia, capitán Rackstorm —intervino Índigo al ver que Neve estaba a punto de perder los nervios.
Esta enarcó una ceja hacia la contramaestre, que se encogió de hombros. Hazel tuvo que aguantarse la risa.
—Creo que ya he tenido suficiente paciencia con vosotras.
—¡Auuu! —Hazel fingió que esa frase le había dolido.
Neve sintió una vibración en la mano que sostenía el collar con la pequeña caracola y, llevándosela al oído, oyó que Nélida la avisaba de que ya estaban allí.
Pero no habría hecho falta, porque las percibió.
Fuera del barco.
La capitana miró a sus compañeras y todo el humor que había llenado la habitación hacía un momento se disipó al instante. Las chicas asintieron, Neve dejó el colgante en el escritorio y lo rodeó, dando la espalda a los tres piratas.
—Si cuando nuestro pacto acabe cuentas algo de esto, Rackstorm —no se molestó en mirarlo, pero pudo sentir desde allí cómo apretaba los puños y la mandíbula, como siempre—, te cortaré la lengua. Será lo más eficaz.
Puso la palma de la mano sobre la pared de madera que había tras el escritorio y, cerrando los ojos, murmuró la extraña aunque ya conocida palabra.
Cuando su lengua dejó ir la última letra, sintió la vibración bajo su palma y, soltando un profundo suspiro, apartó la mano y se alejó de la pared.
Y, entonces, sucedió.
—Te preguntabas cómo pude ir a investigar la prisión flotante sin que Arendar me viese en cubierta. —Se giró para mirarlo por encima del hombro, pero los ojos de Vasilak no estaban en ella, sino en lo que tenía delante. En lo que estaba viendo.
En cómo la pared del barco se convertía en un cristal impoluto que mostraba la infinidad del mar.
—Barak tenía razón... —murmuró para sí mismo, pero esta vez no se quedó en el sitio, sino que se acercó poco a poco al cristal, deteniéndose junto a Neve—. Este barco tiene magia .
Índigo y Hazel intercambiaron una mirada incrédula, aguantándose la risa al ver al capitán del Indomable alucinado.
—¿Crees acaso saberlo todo sobre mí, Vasilak Rackstorm?
El capitán se disponía a contestar, pero no llegó a mirar a Neve, porque abrió los ojos con una expresión de extrañeza absoluta.
—¿Qué es esto, Neve?
—El modo de obtener respuestas.
Las criaturas fueron acercándose poco a poco, y no eran solo dos, sino decenas.
Neve se alegró al verlas allí y, a lomos de dos de ellas, a Nélida y Loire, que se bajaron de inmediato y se acercaron veloces al cristal, la primera deteniendo en seco su nado cuando advirtió la presencia de Vasilak junto a la capitana.
Chocando con el cristal, sacó sus garras y dientes, dispuesta a defenderla, pero Neve negó con fiereza.
—¡No! Ya sabéis el pacto que hice con él.
—Hipocampos —pronunció él, y la capitana lo miró al percibir la curiosidad en su voz.
Esa era la primera vez que veía a las sirenas de cerca, con oportunidad de examinarlas..., y no solo a ellas.
—¿Sorprendido, capitán?
Neve se giró para mirar a los magníficos seres acuáticos, lo que un humano definiría como enormes caballos de mar; su presencia imponía respeto y admiración.
En cambio, al otro lado del cristal, las sirenas concentraban toda su atención en Rackstorm, lo que estaba retrasando la conversación que las había llevado hasta allí.
—Ya basta. Ambas. Os he llamado por algo importante.
—Y que lo digas. —Nélida señaló a Vasilak, con alarma e incluso terror en los ojos—. ¿Qué le has hecho, Neve?
Ante la pregunta, todos se miraron entre sí, asombrados.
—Si ellas sospechan que le has hecho algo a Rackstorm sin haberles contado nada todavía —intervino Índigo, y todos se giraron a mirarla— es que les resulta evidente, capitana. Lo han visto.
—¿Qué habéis visto? —exigió saber Vasilak, dando un paso hacia delante, el cristal tan solo a un metro de él.
—Déjame que se lo explique —le pidió Neve acercándose a él; al ver que este no le hacía caso, retando con la mirada a la sirena, la capitana le tocó el brazo—. Rackstorm.
Soltando una exhalación profunda, giró la cabeza, pero no para mirarla a ella, sino a la mano que había posado en su brazo. Ella la apartó de inmediato y sus ojos se encontraron. Neve inclinó la cabeza, gesto que implicaba un mensaje claro: «Ten paciencia y déjame a mí».
A regañadientes, Vasilak retrocedió y Neve se lo contó todo.
La aparición de la misteriosa isla prisión, el trozo de espejo que encontraron en ella, la dama blanca, el ataque de las nereidas y cómo estas casi acabaron con Vasilak, lo que resultó en Neve insuflándole su aliento.
A medida que la joven avanzaba con la historia, incluso los hipocampos se movieron inquietos, observándose entre sí.
Nélida y Loire intercambiaron miradas, pero eso no detuvo a la capitana, que prosiguió con su narración.
No se detuvo hasta el final.
—Y ahora tenemos unas pocas horas para ocuparnos de lo que pueda ocurrir al anochecer, además de... —se giró hacia Vasilak, que le devolvió la mirada— las sospechas que tenéis de él.
—¿Qué sospechas? —gruñó este, sintiéndose el blanco de todo aquello.
—Después de que te diese su aliento —habló Nélida—, ¿qué pasó?
—No recuerdo mucho —vaciló—. El calor que salía de ella y que, cuando volví a abrir los ojos, veía con claridad.
—Define «con claridad» —inquirió Neve.
—Pude verte a ti. —Vasilak la miró, señalándola con la cabeza—. Tu forma acuática. La luz que emanaba de tu cuerpo, tus garras, tus tentáculos, tus ojos. Podía verlo todo como te veo ahora.
—¿Es posible algo así? —preguntó Neve, apartando la vista de él tras unos largos segundos. Aun así, notó que él la seguía observando.
—Le diste tu aliento con la intención de salvarlo. Nosotras no salvamos a humanos, Neve. Los matamos y nos los comemos.
Vasilak se removió incómodo a su lado.
—No mintáis. Tenemos un ejemplo claro en el que nos podemos basar.
—¿Cuál es? —quiso saber Rackstorm. Otro secreto que tenía que desvelar. Y uno de gran valor sentimental.
—Mi madre. El día que salvó a mi padre en la tormenta, le dio su aliento..., y no hubo repercusiones; no al menos como las que menciona Vasilak.
—¡¿Tu madre era también una sirena?! —exclamó el capitán sorprendido.
—Neve —había estupefacción en la voz de Hazel y se giró para ver la expresión anonadada de sus compañeras—, pero ¿qué narices...?
—¿De quién creéis que heredé mis facultades? Pero eso no es lo que importa. Lo importante es que mi padre no...
—Tu padre no sufrió cambios porque tu madre no tenía tus «habilidades» —concluyó Vasilak, y Neve asintió, lanzándole una fugaz mirada—. Entonces, esos... poderes que posees, ¿puede que me hayan afectado, influenciado? ¿Que ahora sea distinto?
—¿Qué puedo decir? De nada.
—Solo hay una manera de asegurarnos por completo —declaró Loire, extendiendo un brazo y señalándolo desde el agua—: Que atraviese el cristal.
—¿Disculpa?
—Aquellos del mar pueden atravesarlo. En este navío, solo Neve es capaz de hacerlo. Ni Índigo ni las demás pueden.
Vasilak las miró y ambas asintieron, lo que no tranquilizó al capitán. Neve lo percibió.
—Muéstramelo —le exigió él—. Atraviesa el cristal.
No perdió el tiempo. No cuando el sol iba cayendo y la noche se acercaba. Enderezando la espalda, posó sus ojos en el mar. No en las sirenas ni en los hipocampos que la observaban con atención.
En el mar. En lo azul. En lo oscuro.
Respiró hondo y, tras soltar esa última bocanada de aire, caminó lentamente hacia el cristal y, aunque lo había hecho cientos de veces, siempre cerraba los ojos cuando su piel lo acariciaba y este se convertía en agua al contacto con su piel.
La calidez del Luz del Alba quedó atrás y el frío y la inmensidad del océano la fueron rodeando a medida que atravesaba la mágica pared transparente.
Una vez bajo el agua, se giró para mirar a los tres piratas.
Vasilak se había quedado sin palabras.
—Solo los hijos y las hijas del mar pueden atravesar este cristal, Vasilak Rackstorm. Y para demostrar que eres uno de ellos, que el aliento de Neve te ha otorgado algo, deberás cruzarlo.
—¿Qué tengo que hacer?
— Solo camina hacia él —le dijo Neve en su mente.
Este la miró asombrado, pero asintió. La chica vio cómo Rackstorm se perdía en sus propios pensamientos, cómo mantenía una conversación consigo mismo que, de haber querido, habría leído en sus ojos.
Sin embargo, la capitana se tomó un momento para mirar a sus compañeras, que mantenían la vista fija en ella.
Asertivamente, les sonrió, guiñándoles un ojo para quitar hierro al asunto.
Hazel le devolvió el gesto en una mueca, pero Índigo se mantuvo seria, en ese momento mirando a Rackstorm, que dio el primer paso.
Y otro. Y otro.
Levantó su mano derecha a medida que se acercaba al cristal y Neve se mantuvo frente a él.
Un momento después, las yemas de los dedos de Vasilak tocaron la superficie.
Y, como si fuese agua, la atravesaron.
Vasilak se quedó paralizado, y Neve pudo notar la conmoción no solo en él, sino en todos los presentes, dentro y fuera del barco.
El instante se hizo eterno y, en un gesto diminuto, el capitán dejó que su mano entera atravesase el cristal, todavía asimilando lo que estaba viviendo.
Entonces Neve supo que no podría hacerlo solo; que, en sus ojos, se había instaurado un respeto hacia lo que estaba pasando que lo paralizaba.
No lo pensó dos veces.
Acercó su mano a la de él y la aferró con fuerza. Sus ojos dorados se volvieron hacia ella, que vio la duda en ellos.
— Nunca has temido al mar. No empieces a hacerlo ahora que formas parte de él.
Él no dijo nada, pero le devolvió el apretón, aceptando el desafío. Dando dos pasos más, atravesó el cristal y Neve tiró de él al ver que, antes de dejar el barco, cogía aire.
Cuando lo tuvo enfrente, vio que tenía los ojos cerrados, como si esperase que algo terrible ocurriese tras eso. Neve le dio un leve apretón y, poco a poco, fue abriendo los ojos, sus pupilas dilatándose al verla delante.
— Deja ir el aire —Nélida nadó hacia ellos, poniéndose a la derecha de Neve y a la izquierda de Vasilak— , aquí abajo no lo necesitas.