La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 21. Trazos #6
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21. Trazos #6

Sin perder más tiempo, siguió observando desde su escondrijo al príncipe, que, con aire ausente, dio un bocado a un trozo de pan untado de mantequilla.

Fue entonces cuando se levantó y, con decisión, se dirigió a una vitrina que tenía a la espalda, en la que se veían tomos de todos los tamaños tras unas puertas de cristal cerradas con llave.

Llaves que el príncipe estaba sacando de su bolsillo para abrir una de las cerraduras.

Las puertas rechinaron debido a la falta de aceite y el hombre se agachó para rebuscar en una de las baldas inferiores un libro que le costó sacar, no solo por su grosor, sino también por su tamaño; medía casi tanto como el torso del príncipe.

Con cuidado, lo llevó al escritorio y volvió después para cerrar la vitrina.

Mientras lo hacía, Sage se acercó con sigilo lo máximo que pudo para no ser descubierta y, por suerte, alcanzó a leer el título: Tratado sobre la mente humana.

La artillera oyó los pasos del príncipe cuando este regresaba al escritorio y, cautelosa, se escondió entre dos estanterías, fuera de su vista.

—Si os preguntáis de qué año es el ejemplar, os diré que ni siquiera es el original, sino una copia de una copia más antigua —comentó de repente Nicholas mientras abría el manuscrito y pasaba las hojas con sumo cuidado.

A Sage le dio un vuelco el corazón—. No sois las primeras almas curiosas que vienen a verme, pero me resulta incómodo e invasivo que me observéis desde vuestros escondites.

Estáis más que invitadas a acercaros a contemplar mi trabajo.

Sage no dijo nada, ni siquiera se movió, pero sí pudo ver que al otro lado, tocando al balcón de enfrente, Raven salía de entre dos anaqueles y negaba con la cabeza firmemente.

—El papel de príncipe malvado se lo adjudicó mi hermano mayor, el primogénito.

En cuanto a los otros, hace meses que no los veo.

El dulce sabor del matrimonio, supongo...

—Dio un trago a su agua, la copa de vino todavía intacta—.

No quiero parecer un lunático hablando solo, así que lo diré una vez más: estáis invitadas a uniros a mí.

Sage y Raven intercambiaron una conversación muda desde sus respectivos escondites, recurriendo a algo que en su día les pareció inútil, pero que Neve insistió en que aprendiesen durante su año de entrenamiento: lenguaje de signos.

Comunicación silenciosa.

— ¿Qué hacemos?

— No lo sé, pero si sabe que estamos aquí...

Sage hizo un gesto con los dedos como si bajasen unas escaleras.

— Venga, ya nos ha visto, ¿qué más da?

— No vamos armadas. Podría ser una trampa.

— ¿Tú lo has visto? Seguro que hace años que no blande una espada, si es que alguna vez lo ha hecho.

Raven hizo una pausa en su conversación muda, que no habría durado más de diez segundos, y el príncipe dijo:

—Tal vez sí estoy tan loco como pinta mi hermano. Una pena, señoritas.

Sage insistió y vio cómo Raven suspiraba, asintiendo.

— Estate alerta —le dijo por último.

Sage asintió con firmeza en respuesta. ¿Cuándo dejaba ella de estar en alerta?

Ambas salieron de sus escondrijos a la vez y sus pasos debieron de alertar a Nicholas, que levantó la mirada y la dirigió a una y otra alternativamente, mostrándoles una sonrisa por completo sincera y abierta.

—Decidme, ¿tengo cara de loco?

Sage y Raven intercambiaron una mirada, pero ninguna dijo nada. A su lado, el criado que había traído la comida estaba quieto, como si esperase más órdenes..., que recibió un instante después.

—Bruce, ¿podrías pedir a todo el personal que abandone la biblioteca? Me gustaría tener una charla con estas encantadoras sirvientas.

A eso se refería Raven con «estar alerta»: a que tal vez ese encanto escondía algo peligroso, retorcido y cruel. En cambio, lo que se preguntaba Sage era por qué le parecía que la honestidad y bondad que mostraba Nicholas era genuina.

El empleado asintió vehemente y dio un par de palmadas fuertes que, sin más, movilizaron al personal fuera del lugar.

Sage se dirigió hacia el escritorio serpenteando entre baldas, libros y mesas, y cuando llegó encontró a Raven ya allí.

Su rapidez seguía sorprendiéndola a pesar de los años que hacía que la conocía.

Con precaución, ambas piratas se acercaron al príncipe, que las esperaba.

—No me suenan vuestras caras, si os soy sincero.

—Nos hemos incorporado hace poco al servicio de palacio, alteza —explicó Raven de inmediato, pero con una calma y serenidad resultado de muchos años de oficio y de conseguir información de la forma que requiriese la empresa que tuviese entre manos—.

Le pido disculpas si nuestro comportamiento ha infringido alguna norma.

No se nos había informado de que la biblioteca era una zona prohibida.

—No lo es. Cualquiera puede venir a visitarla. Una vez le propuse a mi padre que dejase acceder al pueblo de vez en cuando, incluso que le permitiese visitar el palacio, pero mis iniciativas altruistas le parecieron demasiado peligrosas al viejo Harker.

—Lamentamos el estado de su padre —se apresuró a decir Sage—. Esperemos que se recupere pronto.

—No lo hará.

Su respuesta fue contundente y la chica frunció el ceño, insegura acerca de qué decir.

«Sé tú misma. Actúa con la mayor naturalidad posible dentro de las circunstancias».

—¿Cómo está tan seguro?

—Porque el alma que ocupa ese cuerpo ya no es la de mi progenitor, no al menos desde hace unas semanas; desde esa... visita.

Sage notó que Raven la buscaba con la mirada; ambas habían atado cabos al instante: la reunión de Harker Rout con las enviadas del Emperador. Eso no solo confirmaba los rumores, sino que aumentaba la lista de preguntas, aunque la principal y más apremiante era ¿por qué?

—¿Cuándo llegasteis a palacio? —Nicholas se levantó, rodeó la mesa, se apoyó en el borde y se encendió un cigarro con una calma apabullante.

—Hace dos días —explicó Raven con una postura perfecta mientras el príncipe exhalaba el humo—. Estamos muy agradecidas por la oportunidad que se nos ha brindado de ganarnos la vida.

—¿De dónde sois?

—Yo procedo de un pequeño pueblo de las costas del sureste —respondió Sage, lo que no era mentira.

—Yo, del norte de Unea —dijo Raven tras ella.

—Visité ambos lugares durante mis años viajeros. —Asintió, con una mirada perdida en recuerdos del pasado—. Preciosos sin duda.

»Aunque de eso hace tiempo... Supongo que habréis oído hablar de mí, de mi obsesión por la medicina. Investigo sobre las enfermedades con el fin de encontrarles una cura. En algunos casos lo consigo; en otros..., no tanto. De cualquier modo, las más difíciles son las de aquí.

Se señaló la cabeza con el dedo índice de la mano izquierda, la derecha ocupada con el cigarro. Tan de cerca, se percató Sage, se parecía mucho a su hermana Ariadne, con esos rasgos más dulces en contraste con los afilados de Índigo y Atticus.

—Es una intención muy honorable, su alteza, además de complicada.

—Algunas veces, imposible. —Cogió un manuscrito que había a su lado, algo más grande que su mano, y lo abrió por lo que a Sage le pareció una página al azar.

Tenía los dedos manchados de tinta, alguna más seca y otra más fresca—.

Pero hay que seguir intentándolo. Estos estudios requieren tiempo, dedicación, pero, sobre todo, paciencia.

A veces incluso valentía, pues puede que te enfrentes a cosas más complejas y oscuras de lo que imaginabas.

—¿Se refiere a la enfermedad de su padre? —preguntó con delicadeza Raven.

Sage no supo si el interés era genuino o del todo falso.

Era muy buena.

—Es mental. Algo que lo deteriorará por completo con el tiempo, por lo que intento encontrar una manera de frenarlo.

—Seguro que hallará la manera —respondió Sage, fingiendo tan bien como pudo.

Esa conversación les estaba resultando muy útil, pero la verdad era que se estaban arriesgando demasiado a ser descubiertas. Tal vez lo más inteligente sería irse y...

—Quiero haceros una pregunta.

Las palabras de Nicholas interrumpieron sus pensamientos, y Sage se encontró tan fuera de juego que la espía respondió por ambas.

—Por supuesto, alteza. ¿De qué se trata?

Nicholas apagó el cigarro lanzándolo dentro de la copa de vino y las miró durante lo que les pareció una eternidad... hasta que al fin habló.

—¿Seríais tan amables de compartir conmigo cómo se encuentra mi hermana, tripulantes del Luz del Alba ?

A pesar de no contar con la caracola para invocarlas, Neve tenía sus métodos.

De la cajonera de su escritorio extrajo un collar con una pequeña caracola que de algún modo ancestral estaba conectada con otras que Nélida y Loire siempre llevaban consigo.

Se metió en el agua, se la llevó a los labios y, aunque le costó varios intentos, por fin logró que Loire la captara; lo notó porque la suya vibró.

Mediante un código compartido, Neve les transmitió a través de la caracola que requería su ayuda con urgencia, y ellas, a su vez, prometieron estar allí lo antes posible, siguiendo la estela de esa vibración para localizarla.

La velocidad de las sirenas era impresionante, pero se trataba de cruzar la inmensidad del océano, por lo que lo más útil sería recurrir a criaturas aún más veloces, y Neve supo que a sus aliadas se les ocurriría usarlas para llegar a la mayor brevedad al navío situado a tantas millas del archipiélago.

Por ello, en ese momento iban de camino, cada vez más cerca del Luz del Alba.

Mientras las esperaban, Garret e Índigo tendrían que haber seguido encargándose de la navegación y Hazel, cuidando de Arendar y vigilando a Vasilak.

Pero la realidad era que los dos capitanes, la contramaestre y la curandera se hallaban en los aposentos de Neve, aguardando a que llegasen sus aliadas; todos estaban inquietos y necesitaban respuestas.

—¿Tardarán mucho en aparecer? —quiso saber Vasilak, alterado—. Además, ¿cómo vamos a hablar con ellas desde este camarote? ¿No deberíamos salir al exterior? No tiene sentido...