La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 21. Trazos #5
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21. Trazos #5

—Fiebre, mareos, vómitos. Le he inyectado el veneno en el brazo y la herida se ha vuelto violeta en segundos. No voy a intervenir en el proceso para que no pierda efecto, pero capitana... —Hazel se cruzó de brazos, frunciendo el ceño—. No es normal que a Vasilak no le afecte nada.

La chica de cabellos dorados sabía por dónde iban. De alguna manera, estaba arrinconada.

—¿Estás insinuando algo?

—Neve, ¿qué pasó bajo el agua?

La pregunta vino de Índigo, y supo que entre ellas había una pequeña alianza.

No las culpaba; no podía creer la cantidad de secretos que empezaban a acumularse en un espacio tan pequeño...

, y por eso decidió no seguir guardándolos.

No se había ganado la confianza de sus chicas a base de mentiras. Jamás.

—Vimos el rayo de luz. Y estoy segura de que Garret y Arendar también. —Hazel asintió ante las palabras de Índigo, que dio un paso hacia delante—. ¿Qué pasó?

—¿Por qué usaste tus poderes, Neve?

Como si de alguna manera se hubiesen sentido invocados, su piel empezó a brillar de forma ligera, lo suficiente para que ambas piratas se dieran cuenta al mirar a su capitana. Esta no lo ocultó, sino que, orgullosa, contestó.

—Si no hubiese hecho lo que hice, habría muerto —se justificó, dejando de apoyarse en el escritorio para erguirse.

—¿Y acaso eso habría supuesto un problema? —Había incredulidad en la voz de Hazel.

—¿Es que no lo recuerdas? Sellé el pacto de Cráneo Negro, Hazel. Juré que ambas tripulaciones se protegerían, igual que hizo él, y el pacto sigue vigente.

—Empiezo a pensar que es una excusa que te pones.

—¿Qué insinúas con eso?

—Hazel, no te pases —intervino Índigo.

—¿De qué estás hablando? ¿Crees que me gustó darle mialiento ? —contraatacó Neve, ofendida—. Solo mantuve mi palabra.

No esperaba el silencio que se hizo tras su declaración. Cerró los ojos y maldijo, girándose para escapar durante un par de segundos de los rostros acusatorios de las dos chicas.

—No tuve elección, sabéis que nunca antes lo había hecho, él es el primero —se defendió Neve, apretando los puños.

—Así que no nos equivocábamos, nuestra teoría es cierta —dijo Índigo casi para sí misma.

—¿Y si debido a eso ha cambiado, Neve? —preguntó casi al mismo tiempo Hazel.

—¿Crees que no lo he pensado? —gruñó la capitana.

—Un beso de sirena no cambia al que lo recibe —murmuró la contramaestre, mirando hacia la puerta para asegurarse de que no la oían fuera—. ¿O sí?

—Neve no es una sirena común, Índigo —recalcó la curandera, señalando a su capitana—. Y si le diste tualiento , con tus poderes, tal vez...

—¿Por qué lo hiciste, Neve?

Ambas miraron a Índigo y Neve se enfrentó a la familiaridad de esos ojos azules. No era el color lo que le resultaba conocido, sino el tinte de empatía y preocupación que los decoraba.

—¿Crees que me beneficiaría más que estuviera muerto que que esté vivo? En ese caso todas sus tropas irían contra mí. El pacto solo incluye a las tripulaciones del Luz y el Indomable . Provocaría...

—... una guerra interminable entre nuestros dos bandos —terminó por ella la curandera.

Más razones ardían en la punta de su lengua, pero las contuvo.

Hazel se perdió en sus propios pensamientos, intentando hallar alguna solución al caso, y, en esos fugaces instantes, Neve se dio cuenta de que Índigo había detectado que ocultaba algo más.

En lugar de insistir o juzgarla, le ofreció una mueca de comprensión y pudo leer en sus ojos: «Sea lo que sea, tus razones tendrás».

Y luego Índigo se preguntaba por qué Neve la había escogido como su mano derecha.

—Tengo que contaros algo más. —Ambas la miraron esperando a que continuara y Neve notó que el retrato de Sol ardía allí donde lo había guardado.

Por eso, como respuesta a la silenciosa reacción, lo sacó, desdobló el dibujo con cuidado y se lo mostró a sus compañeras.

Les explicó todo lo ocurrido con sumo detalle, y también que Vasilak se había percatado de la verdad.

Además, expuso su sospecha de que Sol se había encerrado a sí misma, ya que las nereidas no habían podido acceder al espejo, y que estas de algún modo se habían enterado de que Neve sí lo había logrado y habían venido a recuperarlo.

—Eso quiere decir que lo de anoche fue una simple advertencia de lo que podría pasar —musitó Índigo, sujetando el dibujo entre sus manos.

—Invoca a Nélida y Loire. —Ambas miraron a Hazel—. Tal vez tengan respuestas tanto para esto como para lo de Vasilak.

»Dile al capitán que te cubra; yo me quedaré con Arendar, y Garret e Índigo pilotarán el barco —añadió la curandera—, así tal vez puedas dar con alguna solución.

—No las he convocado nunca tan lejos del archipiélago, en pleno océano —explicó Neve—. No sé si me oirán, si vendrán.

—Lo harán —le aseguró Índigo con una convicción apabullante.

—Puede que tarden horas en llegar.

—Pues más vale que nos demos prisa.

Con Neve en cabeza y su poder ya apagado, las tres salieron del castillo de popa y la capitana bajó hacia sus aposentos, no sin antes pasar por la enfermería con Hazel pisándole los talones.

Entró sin llamar y vio a Vasilak sentado en la cama, mientras que Arendar se retorcía de dolor, respirando con dificultad y sudando debido a las fiebres.

Ante tal entrada, el capitán del Indomable se levantó alarmado.

—¡¿Qué ocurre?! —exclamó.

—Ven conmigo. Ahora.

La orden fue tan firme que Rackstorm no la cuestionó y, mientras Hazel corría a inspeccionar a Arendar, ambos capitanes salieron, aunque se quedaron cerca de la puerta.

—Garret e Índigo se encargarán del Luz mientras Hazel se ocupa de Arendar, y tú tienes que cubrirme frente a tu arquero si pregunta por mí, así que quédate con ellos. Creo que podemos encontrar respuestas, voy a llamar a mis aliadas.

—¿Cuándo?

Neve respiró hondo y declaró:

—Ya mismo. Así que...

—¿Por qué no me ha afectado el veneno, O’Shea? —Señaló hacia la enfermería—. ¿Por qué Arendar está así y yo no?

—Esa es otra de las incógnitas que creo que podremos resolver —farfulló ella, tensa y moviendo los brazos con gestos rudos y cortos—. Sube a cubierta y haz lo que te he dicho.

—Odio tener secretos con mi tripulación, O’Shea —gruñó él, acercando su rostro a ella—. Que sea algo que tú hagas no significa que yo deba aplicarlo también.

—Solo esta vez.

—No es solo esta vez —respondió con dureza Rackstorm—. Guardar tu secreto ya es una mentira que no podré deshacer.

Neve fue a contestar, pero él pasó por su lado y empezó a subir las escaleras hacia cubierta.

—Voy a cumplir mi parte. Cumple la tuya y llama a esas sirenas.

Neve cerró los ojos, maldiciendo, pues sabía que su enfado estaba más que justificado. Se giró con intención de ir tras Vasilak, pero él ya no estaba.

Sin tiempo para el remordimiento, tragó el familiar nudo que siempre portaba consigo en la garganta y corrió hacia las escaleras que bajaban al último nivel del barco, donde estaban sus aposentos.

Y rezó para que Nélida y Loire oyesen su llamada y apareciesen cuanto antes.

La biblioteca era sin duda un lugar digno no solo de ser disfrutado, sino también admirado, en la que destacaban sobremanera la infinidad de estanterías rebosantes de volúmenes encuadernados en cuero.

La luz bañaba toda la estancia, pues entraba a raudales por los numerosos ventanales.

Los impolutos y deslumbrantes suelos eran de mármol, y los altos techos estaban exquisitamente decorados.

Sage controló su impulso de salir corriendo hacia la primera hilera de libros para leer los lomos de los manuscritos que descansaban entre aquellas paredes al recordar su papel y lo que le había dicho Raven mientras iban hacia allí.

«Mantén un perfil bajo y recuerda que somos empleadas de servicio, no sabemos leer».

No iba a romper la confianza que había depositado en ella para aquello por sus motivaciones personales.

Nada más entrar en la gran sala repleta de conocimiento, Raven le indicó que fuese hacia la derecha mientras ella desaparecía a la izquierda. La artillera obedeció y se movió entre anaqueles, procurando no ser vista. Si tenía la mala fortuna de que la pillaran, fingiría haberse perdido.

Había contado a unos pocos criados de sala, encargados de que todo estuviera limpio, de encender las velas al atardecer, de buscar los libros solicitados y otras tareas así.

Todavía no había visto guardias, pero, si el príncipe estaba allí, sin duda los habría.

Más motivos para mantenerse alerta y pasar desapercibida.

Dios, cómo echaba de menos sus pistolas.

La artillera apretó los labios ante el ansia de recuperar sus armas y, al ver una escalera de caracol que parecía llevar al siguiente piso dentro de la biblioteca, la subió con sigilo, agradeciendo que en aquella zona no hubiese casi nadie.

—Tráeme algo de comer.

La voz rompió el silencio del lugar y Sage se detuvo en seco. Había empleado ese tono que solo ciertas personas sabían usar: las que dejan claro quién manda sin necesidad de imponerlo.

Con precaución y disimulo, Sage se dirigió al lugar de donde procedía esa voz; el pasillo que seguía la llevó a un rincón espacioso y apartado.

Tal y como había comentado el príncipe regente Atticus, su hermano pequeño Nicholas estaba trabajando en lo que debía de ser su área personal dentro de la biblioteca; aunque, de «pequeño», tenía poco, pues debía de rozar la treintena a juzgar por su rostro, sus oscuros cabellos y su barba bien cuidada...

, y, por supuesto, por los ojos cristalinos de la familia real.

Estaba tan ensimismado leyendo que no se percató de que un sirviente le traía una bandeja con la comida que había pedido, junto con una copa de agua y otra de vino, además de fruta.

Había tintero y pluma y pergaminos repartidos sobre un gran escritorio, además de cuadernos y grandes tomos tan antiguos que los dibujos de las páginas por las que estaban abiertos casi estaban borrados.

Sage echó un vistazo a su alrededor en busca de Raven, a quien había perdido de vista, pero no la encontró, sin duda por haberse mimetizado con el entorno.