21. Trazos #4
La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera detenerla y, en parte, se maldijo a sí misma.
Raven había aprendido que la información se debía sonsacar de diferentes formas dependiendo de las situaciones, y que las motivaciones personales siempre debían quedar a un lado.
Pero esa vez, tratándose de su compañera y amiga, el peso que Índigo parecía cargar sobre sus hombros y que callaba se estaba convirtiendo en una comparación para con sus propios motivos que la espía no pudo eludir.
«¿Índigo lo había dejado todo atrás porque su padre la ignoraba o por la muerte de Ariadne? ¿Tal vez por ambas cosas? ¿O quizá había otras razones que ellas todavía desconocían? Vivía rodeada de lujos. Podría haber hecho lo que quisiera...».
No se atrevió a expresar todo eso en voz alta, pero tuvo claro que Sage había podido leer en su rostro lo que había pensado nada más cruzaron miradas.
—Creo que todas tuvimos grandes motivos para huir de allí de donde veníamos. —La voz de Sage, incluso queda, cargaba consigo una gravedad por desgracia muy familiar para Raven—. Fuesen los que fuesen los de Índigo, tomó la decisión correcta.
Raven iba a responderle, pero una de las puertas laterales del gran pasillo se abrió y ambas se volvieron en silencio a mirar en dicha dirección.
A la espía se le pusieron los pelos de punta y, tras ella, pudo sentir cómo Sage se tambaleaba, consciente de lo que significaba lo que tenían frente a ellas.
Ocho guardias ataviados con el conocido uniforme azul oscuro con toques dorados, cuatro a cada lado del corredor, avanzaban con paso coordinado, casi coreografiado, flanqueando a dos hombres, uno rozando la tercera edad y otro mucho más joven, tal vez en mitad de la treintena.
El grupo se fue acercando mientras ellas se volcaban en sus quehaceres, y Raven no desaprovechó la oportunidad de aplicar el oído a lo que decían.
—Hoy llegarán las cortes del norte y del sur para hablar de los presupuestos del próximo otoño —comentó ese en el que Raven reconoció al consejero del rey, pero a quien se dirigía no era a Harker Rout II, aunque el parecido era innegable.
Era alto, con porte erguido y con una semejanza tal a su contramaestre que, si no fuese porque le sacaba al menos seis años, habría pensado que eran gemelos.
Atticus Rout de Fiebon y O’Malley. El heredero al trono, que sería coronado como Atticus Rout VI.
—Estoy al tanto de la agenda de hoy, consejero Carter. Espero que Nicholas, el único de mis hermanos que queda por aquí, no vuelva a molestarnos como la última vez.
—El joven príncipe está tan ensimismado en sus propios estudios que no saldrá de la biblioteca en toda la jornada, estoy seguro.
—Pasaron tras ellas sin hacerles el menor caso, como si formaran parte de la decoración del inmenso pasillo—.
Está empeñado en encontrar una cura para su majestad, lo tiene en gran estima.
—Siendo el más joven y el más mimado, normal que esté tan aferrado a padre —soltó con frialdad Atticus—. Mejor. Que se quede ahí estudiando esos libros anticuados. Padre no podrá volver a cumplir con sus funciones de rey, pero no parece aceptarlo.
—Su alteza está más que preparado para afrontar dicho reto —lo aduló el consejero.
—No lo dudes, nadie mejor que yo para ceñir la corona y reinar.
La voz del anciano se difuminó a medida que bajaban las escaleras que llevaban a la primera planta, volviendo a dejar a las dos piratas infiltradas a solas.
Se giraron despacio para mirarse y Raven tuvo que contener la risa ante la expresión de incredulidad de Sage.
—Es el puto heredero —susurró la artillera—. Qué prepotente y ególatra.
—Pero nos ha confirmado información importante: hay solo dos príncipes en palacio. Él y Nicholas, el menor.
Sage se cercioró de que nadie podía oírlas, y musitó:
—¿Qué sabes de él?
—Que es un cerebrito y que se ha pasado años investigando para encontrar cura a varias enfermedades, entre ellas la que le provocó la muerte a Ariadne. De eso se deduce que su relación con sus dos hermanas no era tan mala como sí lo es con sus otros hermanos.
—Índigo nunca lo ha mencionado.
—Hay cosas que uno puede compartir y otras que no. No la juzguemos por ello.
—Jamás lo haría —se defendió Sage, y Raven vio que maquinaba algo—. ¿Y si vamos a la biblioteca?
—¿Qué se nos ha perdido allí? —Se oyeron pasos y ambas volvieron a fingir que limpiaban, Sage los cristales y Raven los marcos de una de las ventanas.
—No es una biblioteca cualquiera, de eso estoy segura. Y tú, siendo nuestra espía, deberías saberlo.
—No lo es, es cierto. Pero no veo qué puede haber allí que nos sea de utilidad para nuestra misión.
—Tal vez encontremos textos lo bastante antiguos como para referirse a la Séptima. De ser así, incluso podríamos llevárnoslos para analizarlos cuando salgamos de aquí.
Debía admitir que, aunque arriesgado, era un buen plan.
—El príncipe estará ahí todo el día.
—Más razón todavía para ir. —Dejó el trapo con el que estaba limpiando y se acercó a ella, levantando su rostro—. ¿Confías en mí?
—Sabes que sí —respondió con convicción la espía.
—No en este sentido —especificó Sage—. Confías en mí en muchos otros escenarios, pero necesito que confíes en mí en tu territorio. ¿Lo harás, Raven?
Esta respiró hondo, admirando durante unos segundos la belleza de la chica que tenía delante: su piel y ojos oscuros, su cabello recogido en ese moño tan extraño y tan poco habitual en ella.
No se parecía en nada a la Sage que estaba acostumbrada a ver, pero sin duda seguía siendo ella.
También admiró la determinación y la seguridad con la que compartió aquella idea, y cómo esperaba ansiosa su respuesta... , su aprobación.
—Hace mucho que no visito una biblioteca, ¿sabes?
Sage sonrió de oreja a oreja.
Siguiendo las instrucciones de Hazel, Arendar y Vasilak bebieron del veneno-antídoto que la curandera había preparado, y ambos acordaron pasar las siguientes horas en la enfermería bajo su supervisión por si las fiebres subían demasiado.
Era pasado el mediodía y, aunque el verano hacía que la noche todavía quedase lejos, las palabras de Índigo resonaron en la cabeza de Neve como un recordatorio cruel.
«No evitaremos una noche más antes de llegar a las murallas».
Dos noches para llegar. Y si no estaban preparados para lo que pudiese pasar en unas horas, tal vez lo de llegar a las murallas sería inviable.
Mientras la contramaestre quedaba al mando del barco y Garret la ayudaba, Neve se había refugiado en el castillo de popa.
Todo eso del antídoto, Noros y haberle salvado la vida a Vasilak había obligado a la capitana a posponer centrarse en un elemento vital dentro de toda aquella locura: las nereidas querían ese trozo de espejo. Y la pregunta era por qué.
Tenía claro que sabían de la existencia de esa prisión; la verdadera cuestión era entonces que, pudiendo haberse metido en la isla flotante y coger el trozo de espejo antes, ¿por qué esperar a que lo tuviera ella?
—Porque, por alguna razón que se me escapa, no podían acceder —concluyó, sorprendida al ver cómo encajaban las piezas.
Con cuidado, sacó el retrato que Vasilak había hecho de la misteriosa dama blanca y se permitió apreciar el gran trabajo que había hecho el capitán.
Antes había ocultado su asombro ante la facilidad con la que, tan solo con descripciones generales, Vasilak había sido capaz de reflejar tan bien algo que solo ella había visto.
Quedó impactada de que unas manos tan bruscas y manchadas de sangre hubieran podido llevar a cabo una obra de arte tan delicada y precisa.
La enigmática mujer le devolvió la mirada y, pasando sus callosos dedos por el blanco cabello sobre el pergamino, murmuró:
—Ya he deducido que ellas no podían acceder a tu cárcel... ¿Tal vez te encerraste allí dentro por ese motivo? Estabas protegiendo ese espejo, ¿verdad?
Ahora bien, ¿por qué, entonces, su recuerdo no paraba de repetir aquella frase?
«Sácame de aquí, por favor».
Empezó a darle vueltas y más vueltas a ese rompecabezas...
—Tenías un nombre —dijo Neve apoyándose en la pared, el sol de media tarde dando en el retrato—. Ojalá...
«Podrías darle uno».
—Sol —murmuró al ver cómo la luz de este iluminaba aún más el dibujo—. Estoy segura de que lo echaste mucho de menos ahí abajo.
Cuanto más sopesaba la idea de que Sol se había encerrado por voluntad propia en lugar de que la encerraran, más sentido tenía. Por eso las nereidas no habían podido hacerse con él.
—¿Qué intentabas ocultar? —se dijo, volviendo a mirar el dibujo de la dama blanca.
Antes de poder plantear más hipótesis, llamaron a la puerta con fuerza. Neve levantó la cabeza, sorprendida, pues había estado tan ensimismada en todo aquello que había bajado la guardia durante unos instantes.
Guardándose el retrato, dio paso a quien fuera que estaba al otro lado.
Hazel fue la primera en aparecer, seguida de Índigo.
—¿Quién va al timón?
—Le he pedido a Garret que mantenga la ruta por un rato —contestó la contramaestre—. Hazel me ha pedido que baje, dice que es importante.
Cerró la puerta tras ella y Neve rodeó el escritorio, apoyándose en este y haciendo un gesto hacia sus compañeras.
—¿Y bien?
—No tiene fiebre. —Las palabras de la curandera fueron directas al tiempo que acortaba la distancia con Neve. Fue entonces cuando la capitana se dio cuenta de que, a pesar del entusiasmo que su sanadora había mostrado minutos antes por su descubrimiento, bajo los ojos tenía ojeras.
—¿Qué quieres decir?
—Vasilak. No tiene ningún síntoma de haberse envenenado.
—Hazel se giró al ver que Índigo se acercaba y se ponía a su lado y, aunque faltasen Sage y Raven en aquella ecuación, Neve sintió una nostálgica comodidad al volver a esas posiciones habituales en el Luz del Alba —.
En cambio, Arendar está pasando por lo mismo que Garret.
—¿Qué síntomas tiene Arendar?