21. Trazos #3
Garret asintió, pero no habló: sabía que la cosa no acababa ahí.
—¿Qué fue lo que...?
Hazel no terminó la pregunta, pues unos súbitos golpes en la puerta los sobresaltaron, rompiendo el momento en mil pedazos. Hazel dio acceso y ambos capitanes entraron, O’Shea en cabeza. Garret buscó de inmediato los ojos de Vasilak, de su amigo, y este asintió dejándole saber que estaba bien.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Neve, con Vasilak detrás esperando respuestas con los brazos cruzados—. ¿Tienes algo?
Garret miró a Hazel y, sonriendo, la alentó a contárselo.
—Mi hipótesis era cierta —levantó el recipiente de cristal en su mano izquierda—. El veneno que usé con Garret es un antídoto para el canto de las nereidas.
—Eres buen matemático.
No lo miró, concentrada en el mar mientras esperaban a que los demás volviesen para izar velas, pero no por ello dejaba de sentir los ojos de Arendar clavados en su nuca, y tuvo que luchar contra la tentación de volverse para ver qué decía su rostro y qué callaba su silencio.
Desde el instante en que Arendar había mencionado aquel libro, las sospechas la abrumaban.
—Ese tipo de conocimientos no se adquieren así como así.
—Todos tenemos nuestro pasado, contramaestre. El mío está siendo de utilidad y eso es lo que debe importar.
Estaba escurriendo el bulto y no hacía nada por ocultarlo, lo que puso aún más en alerta a Índigo.
Él se estaba convirtiendo en un rompecabezas para ella, y no era que la chica los detestase, todo lo contrario. Ese tipo de misterios, de acertijos, le parecían fascinantes. Ahora bien, no sabía qué esperar ni qué encontraría tratándose de Arendar.
Así que prefirió la táctica de halagarlo rebajándose.
—Yo habría sido incapaz de llegar a tales conclusiones. —Hacerse de menos para ensalzar el orgullo masculino; un truco infalible, para su propia desgracia y rabia—. Y la facilidad con la que has llegado a dichos cálculos... ha sido impresionante.
—Lo mismo debería decir. Jamás habría identificado la constelación de Cosima en ese recorrido, menos aún faltándole un tramo. Tienes que dominar la materia sobremanera para haberlo logrado, y tan deprisa.
Índigo se volvió un poco hacia él, sin soltarse del timón.
—Se me dan bien las estrellas.
—¿Las estrellas o la astronomía? Porque, si hablamos de complejidad de ciencias... —Mientras pronunciaba aquellas palabras, fue rompiendo la distancia con ella, con paso lento y hasta, Índigo pensó, calculado—. Las matemáticas y la astronomía no son tan distintas. Se retroalimentan.
—En eso tienes razón. Digamos que me encanta la parte en la que el cielo cuenta historias...
O las oculta. —Lo encaró del todo, una forma no verbal de dejarle saber que, en ese desafío, ella no estaba en desventaja—.
Por lo que creo que, si de verdad el rumbo que hemos seguido marca la constelación de Cosima y las murallas submarinas de Noros son el punto final, tal vez...
—Esa conexión con la Séptima no sea tan descabellada, ¿verdad?
—Tú mismo lo has dicho. —Índigo soltó el timón y señaló los mapas—. Si tenemos alguna oportunidad de descubrir qué es la Séptima, ha sido un acierto o tal vez una suerte que ambos hayamos llegado a tales conclusiones.
»Sin embargo, este acercamiento no cambia los hechos.
—¿Y cuáles son esos hechos, contramaestre?
Dio un paso hacia él, reduciendo aún más la distancia entre ellos. La coleta alta que llevaba ella se movió con el viento, que parecía levantarse cada vez más.
—Este pacto es temporal, y tu capitán sigue queriendo matar a mi capitana.
—¿Tanto te aterra esto?
Los señaló a ambos y la chica arrugó la nariz sin entender a qué se refería.
—¿Qué se supone que es esto ?
—No lo sé, Índigo. Dímelo tú.
Detectó un deje en su voz que le puso los pelos de punta, y casi de manera instintiva quiso ir a por sus espadas, pero se detuvo a tiempo, por lo que él no vio el gesto; pero Índigo se quedó con ese tono, el que había usado al pronunciar esas dos últimas palabras.
Aunque la espía del Luz era Raven, las demás también eran capaces de analizar a sus adversarios, y aún más teniéndolos tan cerca.
Desde que se había visto forzada a pasar más tiempo con Arendar, sobre todo desde la noche en la que intentó jugar con ella al «seamos amigos» poco antes de que la isla con el misterioso espejo apareciese, había aprovechado cada segundo para estudiar su modo de moverse, hablar e interactuar.
Lo había hecho con cada uno de ellos desde que Neve y Vasilak sellaron el pacto, pero con el contramaestre del Indomable había tenido más oportunidades de completar su perfil psicológico .
Y había sido ese cambio de tono el que le había descuadrado todos los esquemas.
La cuestión era: ¿qué intenciones tenía?, ¿incluían a toda la tripulación o solo a ella?
— Esto —los señaló también a ambos, devolviéndole el gesto— es una desgraciada circunstancia en la que nos hemos visto forzados a colaborar y que deseo que termine cuanto antes para que no volvamos a vernos las caras.
Esperaba ver rabia en su rostro, sorpresa, pero Arendar se caracterizaba por ser paciente y tranquilo. Con todo, en ese momento, esas cualidades se vieron salpicadas por algo nuevo: ciertas pinceladas de chulería que dejaron entrever un ego cuidadosamente oculto, escondido.
—Antes de ser pirata, llevé una vida muy distinta a esta y aprendí muchas cosas, entre ellas, el arte de los números, que, como tú bien dices, se me da bastante bien.
Acortó aún más la distancia e Índigo tuvo que alzar la vista cuando lo tuvo delante, porque le sacaba casi una cabeza. Arendar acercó su rostro y ella sintió su cálido aliento cuando susurró:
—No eres la única con secretos, Índigo. Cuidado con empezar un juego que no ganarás.
—Y tú deberías tener cuidado con subestimarme tan a la ligera.
No se amedrentaba. Nunca. Se había criado en un hogar lleno de hombres, había tenido que ganarse su respeto, que no la acobardasen. Para ella, eso era un juego de niños.
—Créeme, yo no me tomo nada a la ligera.
Se vieron interrumpidos cuando oyeron pasos en el acceso a cubierta. Arendar mantuvo la expresión seria, sin rastro de chulería, aunque en sus palabras había una clara amenaza.
La cuestión era si Índigo tomaría aquel desafío en solitario o informaría a Neve.
En ese momento, los cuatro piratas volvían del interior, y fue Hazel la que habló primero.
—¡Índigo, mi veneno es un antídoto! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.
—Nunca he dudado de ti, cerebrito —contestó Índigo, cumpliendo su papel como segunda de a bordo y como amiga. Al ver que todos se ponían en marcha y no le prestaban atención, la contramaestre le lanzó una mirada a Arendar, que seguía observándola.
—Esto no se queda aquí —vocalizó ella sin emitir sonido alguno.
Arendar rompió el contacto visual y ayudó a Garret a soltar las velas del palo de mesana.
Índigo apretó el timón mientras sacaba la brújula de su bolsillo. Buscó el noreste y, cuando tuvo claro cómo seguir la ruta que habían calculado, sintió cómo el Luz del Alba se aferraba a los vientos y empezaba a ganar velocidad.
Y aunque lo más importante en ese momento era alcanzar cuanto antes las murallas submarinas de Noros, supo que no se podría quitar de la cabeza la posible amenaza que suponía Arendar.
Y si sabía más de lo que aparentaba.
El palacio amurallado era tan grande que incluso la espía del Luz del Alba se sentía abrumada.
Aún no había podido recorrer todas las galerías y los recovecos que figuraban en el plano del edificio que guardaba en su habitación, y por eso agradecía aún más disponer de esa guía, por si le resultaba imposible investigar el lugar con tiempo.
En ese momento, mientras limpiaba una de las ventanas del pasillo con Sage a su lado, lanzó una plegaria para que Nasir y Barak consiguieran alguna respuesta en las cocinas.
Era pasado el mediodía y los dos piratas estaban en su hora de descanso; el mejor momento para sonsacar secretos a los empleados era cuando tenían el estómago lleno, el sueño a flor de piel y la guardia baja.
Las chicas continuaban con su labor de limpieza, manteniendo su tapadera como miembros del servicio.
No se hubiese imaginado nunca que una de las tareas que les encomendarían sería en aquel piso y, concretamente, en aquel pasillo: el de los retratos reales recientes.
Y aunque Raven se veía capaz de no mirarlos, había notado que la curiosidad de Sage podía con ella, así que, mientras su compañera contemplaba las obras, ella vigilaba que no viniese nadie que les pudiera llamar la atención.
Si todo salía bien, iban a estar pocos días entre aquellas paredes, pero, en una misión como esa, mantener un perfil bajo era siempre la mejor opción.
—Sigue con los cristales, Sage. Te van a pillar.
—Qué mandona llegas a ser a veces, cielo, pero te lo perdono por ser tú.
La espía se giró para mirarla y, aquella vez, sus ojos sí que se desviaron al cuadro de Índigo y al que había a su lado, que representaba a una chica: a la menor de las princesas.
Ariadne, la hermana fallecida de su contramaestre.
Raven pudo ver el parecido, pero las diferencias también resultaban claras: mientras los rasgos de Índigo eran fríos y austeros, su hermana tenía un rostro más dulce, incluso inocente.
—Era muy joven cuando murió —oyó que decía Sage, en ese momento a su lado, mientras seguía con sus «quehaceres»—. Si Índigo llegó al Luz con dieciocho años y se llevaban tres, murió con apenas quince.
—Estos cuadros son lo poco que queda de ellas aquí, es casi como si no hubieran existido.
—¿Qué esperabas? Eran las únicas chicas de siete hermanos, y encima las menores... —Raven la miró, los ojos de Sage perdidos más allá de los cristales que estaba abrillantando—. No es que se viesen eclipsadas, es que eran invisibles.
—¿Crees que por eso abandonó palacio?