La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 21. Trazos #2
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21. Trazos #2

—No evitaremos una noche más antes de llegar a las murallas, capitana —le advirtió la contramaestre con un deje de preocupación en la voz.

Una noche a la intemperie. Una noche más siendo presas.

—¡Oído! —se limitó a responder Neve incapaz de mirarla. Con Vasilak pegado a los talones, conducta sobre la que no dijo nada pues estaba demasiado cansada para ponerse a discutir con él, ambos dejaron la cubierta atrás.

Neve luchó contra la esperanza que había empezado a florecer dentro de ella, porque la decepción siempre aguardaba a la vuelta de la esquina.

El tiempo se les echaba encima.

Y los enemigos aún más.

—Siéntate. Deja que me prepare, será un momento.

Garret cerró la puerta de la enfermería tras de sí, pero no se movió.

Se permitió un instante para observar cómo Hazel se movía con familiaridad y rapidez por la pequeña estancia, el sol que entraba por los ventanales de la pared opuesta e iluminaba un largo escritorio atestado de raíces, ungüentos, cuencos y morteros, recipientes de cristal de diversos tamaños, frascos con líquidos, hierbas secas y otras frescas, entre otras cosas, que convertían ese rincón del Luz del Alba en un pequeño laboratorio fascinante.

Sin embargo, lo que más llamó la atención al arquero del Indomable , para su desgracia, fue la forma en la que el cabello castaño de la chica, que apenas le llegaba al hombro, se tornaba más claro en algunas mechas, adquiriendo un tono rubio oscuro apenas perceptible.

El momento de ensimismamiento llegó a su fin y vio, mientras se acomodaba, cómo la chica se lavaba las manos con agua y jabón en el pequeño aguamanil que había en una esquina.

Echó un vistazo a la cama que Hazel tenía detrás, que Vasilak había ocupado hasta hacía apenas un rato, y se fijó en que la otra seguía intacta.

Dos camas en la enfermería eran demasiadas para un barco pirata, por lo que dedujo que Hazel debía de dormir allí muchas veces tras quedarse hasta las tantas investigando con sus particulares venenos y medicinas.

De pronto se sorprendió, conmocionado, haciéndose ilusiones e imaginando escenarios imposibles.

Ya con las manos limpias, Hazel se acercó al escritorio, se sentó en su silla y empezó a preparar lo que necesitaba. Garret se mantuvo en silencio.

—Estás muy callado —le dijo la sanadora al rato.

—Te estoy dejando trabajar.

—Inusual... —se mofó ella, negando con la cabeza—. Voy a sacarte la muestra. Dame el dedo índice que prefieras.

Se giró hacia él tras coger y esterilizar con alcohol una fina aguja. Garret intentó no perderse aquellos ojos pardos, que tanto destacaban en su rostro delicado, sus jugosos labios.

Al ofrecerle el índice izquierdo, vio que ella le lanzaba un fugaz vistazo a la mano derecha, la cual había decidido dejar reposando sobre su pierna. La mano donde le faltaba medio anular.

La pregunta danzaba en su rostro, pero vio cómo se resistía.

Distraído, se había olvidado de la aguja y, cuando sintió el pinchazo, soltó un siseo y apretó el puño derecho con fuerza.

—Quejica —se burló ella, que acercó un recipiente de cristal de cuello largo para recoger la sangre que salía—. Me hace falta un poco más. No te muevas.

Esperaron a que el recipiente se llenase; durante el proceso, los ojos de Hazel volvieron a la mano y Garret no se pudo contener.

—Puedo contártelo. Te mueres de curiosidad.

—Necesito concentrarme y no sé de qué me hablas —replicó ella, sin moverse.

—Rackstorm hizo un corte limpio.

Hazel levantó la cabeza de golpe, sorprendida.

—Cuidado —musitó el arquero, divertido.

—Mierda... —Dejó el recipiente alargado en el escritorio y lo cerró con un tapón de corcho—. ¿Me estás diciendo que Vasilak te mutiló el dedo?

El chico se percató entonces de su error.

—Perdona, te lo he explicado mal. No fue él, sino su padre.

—Teniendo en cuenta lo que pasó con él... —Un silencio denso se hizo entre ambos mientras ella mojaba un trapo con alcohol, lo colocaba sobre la herida y presionaba, pero ninguno se atrevió a hablar de cómo murió el padre de Vasilak—. Tuvo que ser hace tiempo.

—Hace siete años, más o menos. —Luchó contra el malestar que amenazó con abrazarlo al recordar cómo el padre de su actual capitán lo había arrastrado delante de la tripulación del Indomable para que presenciase aquella atrocidad—.

Desobedecí órdenes y el capitán decidió el castigo, pero Vasilak, que entonces era un joven contramaestre, se negó a cortarme el dedo, así que lo hizo él mismo. Reinhard Rackstorm era un verdadero...

—... hijo de puta —terminó Hazel por él, aunque sin levantar los ojos.

Garret, con su mano libre, cogió la barbilla de la chica y la obligó a establecer contacto visual, algo que había notado que Hazel detestaba.

—Lo era. El peor de todos.

Aunque para el difunto capitán Rackstorm había sido tan solo un juego de poder y una demostración de que desobedecerlo traía nefastas consecuencias, tener que volver a aprender a tirar con arco sin una parte vital del cuerpo para ello fue lo que peor llevó Garret.

Reinhard creyó que había herido su orgullo, pero Garret jamás se arrepintió de lo que había hecho. Lo repetiría una y mil veces.

Recordó también que aquel día no rompió el contacto visual con Vasilak, que lo apoyó en silencio, de pie junto al resto de la tripulación, pero en primera fila. La lucha interna de este al no poder hacer nada para evitarlo lo acompañó durante la ejecución del castigo.

Hazel bajó la cabeza para dejar de verlo y apartó sus manos de él, y para Garret el vacío que dejó esa ausencia fue tan amargo que se maldijo por dentro.

No quería llegar a un punto de no retorno.

—Ahora sí que necesito que te calles. Debo concentrarme. —Hazel le lanzó una mirada de soslayo y él asintió.

Se levantó para coger un cuaderno lleno de anotaciones y dibujos hechos con carboncillo. Concentrada, buscó una página en concreto y, cuando la encontró, su rostro se iluminó.

Frente a un asombrado Garret, empezó entonces a trabajar con las muestras, la suya la primera.

Colocó sobre el escritorio un recipiente con agua limpia y diferentes frascos con elixires de distintos colores elaborados por ella, además de algunas hierbas secas.

El primero que abrió era de color azul noche y, de este, vertió tres gotas en el agua, que comenzó a oscurecerse.

Luego continuó añadiendo elementos tras medirlos, siguiendo las indicaciones paso a paso, concentrada... , y esperó.

De pronto, el agua ennegrecida se volvió transparente en un parpadeo, como si no llevase nada.

—Pero ¿qué narices...?

—¡Chist!

Garret levantó las manos en señal de disculpa y observó cómo Hazel cogía el recipiente alargado con su sangre y vertía tres gotas. La rojez tiñó el líquido transparente, que, de repente, adquirió un tono verde nada atractivo.

—Perfecto. Tu muestra ya está analizada. Ahora voy a hacer lo mismo con la de Arendar.

Repitió el proceso y, hacia el final del experimento, Garret se vio apoyándose en el escritorio, rompiendo la poca distancia que había entre ambos, intrigado por ver lo que pasaba.

—Te ha faltado un paso.

Hazel lo miró y, sonriendo satisfecha, replicó:

—¿Tú crees?

«No le mires los labios. No le mires los labios, cabrón».

La curandera vertió las tres gotas de la muestra de sangre de Arendar en la mezcla y ambos esperaron, conteniendo el aliento.

Y, entonces, ocurrió. El líquido se volvió de un tono celeste, como si la sangre no hubiese corrompido el color y el agua transparente se hubiese azulado un poco.

—Vale, ahora —con rapidez, Hazel cogió unas algas secas, el paso que Garret había notado que se saltaba—. Añadimos el elemento clave.

—¿Qué son? —quiso saber él.

Ella no contestó y metió las algas en el líquido, que poco a poco empezó a cambiar de color...

—¡LO SABÍA! —Hazel saltó de su asiento, dando una palmada en el aire como expresión de victoria—. ¡El veneno es un antídoto!

—¿Eso no es contradictorio?

—¡No! —Volviendo a sentarse y, aún contemplando las muestras maravillada, la alquimista se explicó—.

Estas algas proceden de las profundidades submarinas; les pedí a las sirenas de Neve que me trajeran alguna muestra porque quería experimentar con ellas por su veneno, pero resulta que, utilizadas en ciertas cantidades y mezcladas adecuadamente...

—Se levantó para coger un recipiente de cristal concreto de la estantería donde decenas de otros descansaban.

Garret, entonces, cayó en la cuenta: era el veneno que había usado con él.

Que, de pronto, se había convertido en antídoto.

—... pueden hacerte inmune al canto de las nereidas.

—Hostia puta —musitó, incrédulo y atrapado por la felicidad en el rostro de Hazel.

—Esto hará que Arendar y Vasilak puedan luchar en caso de que los necesitemos. Aunque... puede que durante las horas tras la ingesta padezcan fiebres altas. —Con el cuaderno de notas en la mano, cogió una pluma y preguntó al arquero—: ¿Cuánto tiempo estuviste con fiebre cuando te herí con la daga?

—¿Unas horas? —respondió él levantándose de su taburete—. No muchas. Casi me desmayé, si te sirve de algo.

—Daño colateral —declaró ella sin darle importancia; tras apuntar lo que fuese que la tenía tan absorta, dejó el cuaderno sobre el escritorio y la pluma en su sitio—. Lo tengo, Garret.

—Lo tienes, Belladona —respondió él, evitando llamarla por su nombre por cómo respondían ciertas partes de su cuerpo cuando lo pronunciaba—. Esto ha sido impresionante.

«Tú eres impresionante», quería decirle.

—Y tú, muy impresionable —respondió ella, siguiéndole un juego que él no había empezado, pues sus elogios habían sido del todo sinceros.

—Acepta el cumplido, no tiene nada de malo.

Vio cómo algo cambiaba en toda ella; su cuerpo se relajó, la tensión se fue desvaneciendo y ladeó ligeramente la cabeza, como si lo examinara. Hacía tiempo que Garret no se sentía tan desnudo frente a alguien.

—Perdóname por lo que te dije. —Lo último que se esperaba de ella era una disculpa—. No debería haberte tratado de esa manera ni mofarme de lo que hagas o dejes de hacer con las mujeres. Es tu vida, al fin y al cabo.