La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 21. Trazos
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21. Trazos

Trazos

El timón parecía haberse convertido en el punto de encuentro para llevar a cabo las reuniones que había sido necesario celebrar desde que habían partido del Peñón de Run.

El día era claro y el sol, potente, un manifiesto indicio de que ya había empezado el verano.

Por la posición de este, Neve calculó que estaban casi a mediodía y, aunque disponían de más horas de luz, se dijo que cada minuto que pasaba los hacía más vulnerables a nuevos ataques.

De izquierda a derecha, situados en círculo, Garret, Hazel, Índigo, Arendar y Vasilak, que estaba a su lado sin decir palabra, la miraban expectantes.

«Al grano».

—Venían a por el espejo. Ese era su objetivo aparte de... vosotros. —Señaló a los chicos, que se miraron entre sí.

—A eso lo llamo yo una buena introducción —musitó Arendar, estupefacto.

—Llevaban días siguiéndonos, yo creía que por mera curiosidad.

«Mientes fatal», se riñó.

—La cuestión es que las nereidas son criaturas que viven en las profundidades.

A diferencia de mis camaradas las sirenas, no toleran la luz del sol, de ahí que nos atacasen en cuanto se puso.

—Neve dejó el trozo de espejo en la mesa de navegación, donde Índigo tenía su arsenal de mapas y libros, algo ya permanente al lado del timón—.

Quieren esto y lo vendrán a buscar. Así pues, debemos prevenir el próximo ataque, prepararnos, y el hecho de que vosotros dos —señaló a Arendar y Vasilak— no podáis luchar nos deja en desventaja, lo que me lleva al siguiente punto.

Miró a Garret, a su izquierda, y Hazel saltó antes de que pudiera preguntar.

—Tengo una teoría al respecto.

La capitana la miró.

—¿Cuál?

—Creo que fue mi veneno.

—¿Por eso querías mi sangre? ¿Para compararla con la de Arendar? —interrumpió Garret, atónito.

—Ponedme al día —exigió Neve, confundida.

A medida que la explicación de Hazel avanzaba, a Neve le iba pareciendo menos descabellado lo que proponía.

—Pero, si necesitamos respuestas, debo hacerlo ya —explicó la curandera—. No podemos perder más tiempo.

—Ve, entonces. Cuanto antes tengamos los resultados, mejor. Además, para esta siguiente parte solo os necesito a vosotros dos. —Señaló a Arendar e Índigo, que se miraron.

—Lo que necesites, capitana —dijo su mano derecha.

Hazel hizo un gesto a Garret y ambos se dirigieron hacia el laboratorio de la chica: la enfermería.

Neve lanzó una muda plegaria para que la hipótesis de Hazel fuera cierta. Eso les daría ventaja.

El círculo se volvió a cerrar, reducido en ese momento a los dos capitanes y los dos contramaestres.

—Debo saber en qué punto exacto nos encontramos —dijo Neve, e Índigo se acercó a la mesa para cumplir esa orden y sacó el mapa que estaba usando como guía—. Necesito hacer unos cálculos.

—¿De qué, exactamente? —quiso saber Arendar.

—Preciso saber a cuánto estamos del Continente Este y si hay algún tipo de tierra en la que refugiarnos al menos durante unos días.

—¿Acaso importaría? —intervino Rackstorm, descruzando los brazos y señalando los pergaminos—.

Está claro que estamos en medio de la nada, a merced de cualquier cosa que haya ahí abajo.

No tenemos ni una sola pista acerca de la Séptima y encima ahora debemos custodiar un trozo de espejo que unos seres nada amigables quieren recuperar.

—Si se me permite intervenir... —dijo Arendar, levantando las manos en un gesto calmado—. Creo que no estáis viendo un punto de conexión que a mí me parece bastante evidente.

O’Shea y Rackstorm se miraron, para después alentar al contramaestre del Indomable a proseguir.

—No creo que nuestro encuentro de la otra noche con esa especie de isla flotante fuera casual —explicó Arendar, su cabello blanco agitado por la suave brisa—. ¿Y si la aparición del espejo estuviese relacionada con la Séptima?

—No eres el único que lo ha pensado. También se me pasó por la cabeza cuando lo encontramos —admitió Neve; hubiese sido necio por su parte negarlo, pues esa suposición era mejor que nada—. La cuestión es: ¿qué conecta ambos elementos?

—Creo que ya sé a qué punto de conexión se refiere el contramaestre —declaró Índigo, rompiendo el silencio que mantenía desde que había empezado a calcular con exactitud en qué punto del océano se encontraban, tal y como Neve le había encomendado.

Los tres miraron a la chica, cuyos ojos cristalinos seguían fijos en el mapa, como si hubiese descubierto algo que antes no estaba ahí.

—¿Qué has visto, Índigo? —quiso saber Neve, con una mezcla de orden y curiosidad en su voz.

El silencio de su contramaestre la puso más nerviosa, pero intentó controlar su anticipación y se aferró a la confianza que siempre había depositado en ella.

Índigo cogió un carboncillo que había sobre la mesa y, con cuidado, empezó a marcar algo que parecía un camino sobre el mar.

Todos siguieron con atención su fina mano desplazándose sobre el pergamino hasta que se detuvo en un punto en medio del océano.

Neve se acercó para mirarlo mejor, pero no lo comprendió.

—¿Qué se supone que estamos viendo?

—Me falta un patrón —musitó Índigo para sí, y Arendar se asomó para leer por encima de su hombro los números que ella estaba anotando.

—Déjame ver. —Neve y Vasilak se pusieron frente a los contramaestres, y Arendar cogió otro carboncillo y escribió algo cerca del último punto que había marcado Índigo—. Si intentas hacer lo que creo que intentas hacer, te falta un dato.

—Es la constelación de Cosima —explicó Índigo—. El recorrido que hemos hecho sigue ese patrón de estrellas, lo que no puede ser casualidad. Aun así, nos falta el final.

—¿El final? —preguntó Vasilak, confuso.

—Nos falta por recorrer una parte de la ruta —explicó Arendar a su capitán—. Y ese tramo que nos queda completaría la constelación que Índigo ha trazado.

—¿En qué te has basado para esos cambios de dirección estos días?

Índigo miró a Neve ante la pregunta.

—Muy sencillo: en nada. Es tal y como ha ocurrido.

—Dibujó una «A» en el Peñón de Run, su punto de origen, para luego, en el primer cambio importante de rumbo, escribir «1»—.

Aquí fue cuando avistamos la señal que nos advertía que estábamos entrando en el Océano Central; lo siguiente fue la noche que encontramos el espejo —lo marcó con un «2»—, cuando desviamos un poco la navegación hacia el norte.

Y debido a los fuertes vientos de estos días, hemos derivado un poco hacia el sur, llegando a este punto —marcó un «3»—, donde nos encontramos y donde nos atacaron las nereidas.

Si comparamos nuestro trayecto con esa constelación, coinciden.

—Y las matemáticas siempre siguen patrones —añadió Arendar, que miró con atención las anotaciones de Índigo.

—Hay más —musitó esta, y repasó con el carboncillo las líneas que había trazado para que la supuesta constelación quedara más clara—. La distancia entre todos los puntos es la misma .

—Eso no puede ser casual —murmuró Vasilak con voz grave, inclinándose también hacia delante, tal y como había hecho Neve.

—No lo es —le dio la razón Arendar—. El problema es que, entonces, necesitamos recorrer...

—Ciento cincuenta millas más —interrumpió Índigo—, lo que nos llevará al menos dos días con buen viento. Pero no sabemos qué nos encontraremos allí.

—Espera. —Arendar cogió el compás que había junto a los carboncillos y otros utensilios de navegación.

Con precisión, dibujó un círculo perfecto alrededor del punto donde se encontraban en ese momento: Neve miraba todo aquello sin entender nada—.

Si todas las distancias son iguales y necesitamos recorrer esas ciento cincuenta millas...

—Solo tenemos que ver qué parte del círculo cumple esa numeración —acabó Índigo con él, mirándolo sorprendida.

Arendar le devolvió la mirada de forma fugaz, asintiendo. Regresó al mapa y, utilizando el mismo compás, empezó a trazar una serie de círculos que, finalmente, le llevaron a marcar un punto en concreto en medio del océano.

Un punto en medio del océano donde no había absolutamente nada.

—¿Qué se supone que tenemos que estar...?

—¡Un segundo! —exclamó Índigo interrumpiendo a Vasilak sin querer, claramente perdida en sus pensamientos—. ¿Recuerdas lo que nos dijo Lamya en Monha? ¿Lo que no se veía en el mapa?

Neve asintió, sin poder dejar de observar los movimientos de su mano derecha.

Con cuidado, Índigo extrajo del bolsillo interior de su chaleco la bolsa que Lamya les había dado con aquellos polvos; Neve la reconoció al instante.

Con precaución, agarró una pizca y la esparció por aquella zona concreta, justo en el centro del mapa.

Guardó la bolsa de nuevo y todos vieron cómo, poco a poco, algo que había estado oculto empezaba a aparecer.

Tres pequeñas islas que formaban un triángulo.

—Las murallas submarinas de Noros.

Todos se volvieron hacia Arendar, origen de aquellas palabras.

Neve evitó mirar a Índigo, quien, estupefacta, se había girado para encarar al contramaestre.

—¿Por qué dices eso?

—Explicad qué está pasando. Ahora.

Ante la orden tajante de Vasilak, que comenzaba a perder la paciencia, su contramaestre habló.

—Recuerdo que me contaron que las murallas submarinas de Noros son lo único que queda de una antigua ciudad que se hundió hace miles de años, y que solo las tres torres más altas...

—... asoman en la superficie.

Todos miraron a Índigo, que terminó la historia por él. Sus poses eran rígidas mientras intercambiaban una mirada; la de él, de sorpresa, y la de ella, tensa y alerta.

—¿Las tres torres son esos puntos que parecen islas en el mapa? —preguntó Vasilak, acercándose al pergamino para examinarlo mejor—. ¿Y tienen relación con la Séptima?

—Según nos contó Lamya, se dice que en esas murallas están escritas historias antiguas, ancestrales —declaró Neve, sus ojos perdidos en el mapa.

—Tal vez allí podamos encontrar alguna pista —comentó Arendar.

—Confirma la ruta —ordenó Neve a Índigo, que asintió—. A toda vela ahora mismo. Voy a avisar a Garret y Hazel, necesitamos todas las manos disponibles para que el Luz llegue allí cuanto antes.