La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 20. Legados #6
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20. Legados #6

—¿No tenías dominio sobre tu cuerpo, entonces? —Hazel cogió de nuevo la libreta y anotó algo más—. ¿Sentías el viento? ¿Los gritos?

—Lo oía y lo sentía todo —contestó Arendar, sus ojos perdidos en los recuerdos del momento vivido horas atrás—. Creo que ese es el punto del canto. Poder sentirlo todo, pero sin elección alguna a la hora de reaccionar.

—Es una buena reflexión. —Escribió esa misma frase en el papel—. El corte será limpio y te lo curaré enseguida.

Dejando el pequeño cuaderno dentro de su bolsa, Hazel sacó una aguja, la desinfectó con alcohol y cogió la mano izquierda de Arendar para pincharle en el dedo índice, que sangró de inmediato.

—Bonita daga. ¿Es de pedernal?

La curandera levantó la vista para descubrir que la mirada del contramaestre había ido hacia el arma que colgaba de su cadera izquierda.

Con presteza, se dedicó a recoger la muestra, dejándola en un pequeño frasco de cristal que cerró con cuidado para, después, darle un pequeño trozo de trapo con alcohol para que el contramaestre se limpiase el minúsculo pinchazo.

—Es igual que la que usaste con Garret, ¿verdad? La que estaba envenenada.

Hazel observó la daga, pequeña pero letal si sabías cómo emplearla.

Y todavía más mortal con el veneno en el que bañó la que utilizó para atacar al arquero del Indomable ... «Sería demasiada casualidad —se dijo—, y un resultado del todo inesperado». Se levantó despacio, sus ojos fijos en la daga mientras su cabeza divagaba acerca de esa hipótesis.

Dejando a Arendar en las escaleras, Hazel localizó a Garret en la otra punta de cubierta. Corrió hacia él, que le ofreció una mueca divertida y sexy al ver cómo se acercaba.

—Belladona...

—Necesito tu sangre —lo interrumpió sin tan siquiera escucharlo.

Los ojos turquesa del chico se abrieron con sorpresa y soltó una risa, incrédulo. Una de sus gruesas trenzas le cayó sobre el hombro izquierdo. Hazel recordaba con nitidez que, la mañana que Neve encontró el trozo de espejo, él llevaba el cabello suelto, largo casi hasta la mitad de la espalda.

—¿Así es como coqueteas conmigo? —Su voz irrumpió en sus pensamientos.

—¡Déjate de gilipolleces! —exclamó ella, impaciente—. Creo que ya sé el motivo por el que no te afectó el canto.

—Si compartes conmigo tu teoría, me plantearé lo de darte mi sangre —dijo él, continuando con su juego mientras ataba otro cabo.

—¿Qué ocurre ahí abajo?

Todos, incluso Arendar, que se había acercado al oír que también quería sangrarlo, se giraron hacia Índigo, que estaba al timón.

—¡Creo que ya sé el motivo por el que no le afectó el canto!

—¿Y cuál es? —preguntó curiosa la contramaestre.

—No quiero sacar conclusiones antes de tiempo, por lo que debo hacer un pequeño experimento y necesito un poco de su sangre. —Hazel señaló a Garret, que se dispuso a interrumpirla, pero la curandera fue más rápida—. ¿Me das permiso para obtener la muestra?

—Concedido —respondió Índigo guiñándole un ojo a su compañera.

—Necesito más material, el que llevaba lo he usado con Arendar —comentó yendo hacia la escotilla de acceso al interior del barco—. Acompáñame a la enfermería, y en silencio. Tu capitán está durmiendo.

Garret dejó su tarea y Arendar lo relevó a pesar de su cansancio. Artillero y curandera dejaron la cubierta, serpenteando hasta llegar al final del primer nivel, donde estaba la enfermería, el pequeño paraíso de Hazel. Su laboratorio.

Cuando vio la puerta abierta, todos sus sentidos se pusieron en alerta.

Corrió hacia la habitación, sintiendo que tras ella Garret igualaba su ritmo. Al entrar, encontró la cama vacía; la luz se filtraba atenuada por las ventanas que daban a la popa del navío.

—¡Capitán!

Hazel se giró ante el tono de sorpresa en la voz de Garret y vio que Vasilak y Neve subían juntos del piso inferior con una seriedad extrema en el rostro.

—Debería estar descansando, capitán —le recriminó Hazel, pero calló al notar la tensión, que se podía cortar—. ¿Qué ocurre?

—Subid a cubierta. Debemos reunirnos. Hay algo de lo que tenemos que hablar.

—Creo que hay mucho de lo que hablar —dijo Garret con retintín, y Hazel se cruzó de brazos.

—No voy a amonestarte, pues tienes razón. —La voz del capitán Rackstorm sonaba fatigada y Hazel lanzó una mirada a Neve, intentando averiguar qué ocurría.

El mensaje que le devolvió su capitana fue un «Ahora no». Asintió y, haciendo un gesto a Garret, volvieron por donde habían venido, ambos capitanes tras ellos cargando una energía pesada.

No cayó en la tentación de intercambiar una mirada con Garret, pero hubiese apostado cualquier cosa a que él estaba tan confundido e intrigado como ella.

Se prometió que conseguiría esa muestra de sangre y pondría a prueba su hipótesis más tarde sin falta. Si su intuición era cierta, aquello les podría salvar en caso de que hubiese una próxima vez con esos monstruos marinos.

—Normalmente, no suele despertarse de tan mal humor —oyó que farfullaba Garret a su lado, y Hazel lo miró—. Es bastante parlanchín.

Esta vez, Hazel dejó que una pequeña risa mitigase el tenso ambiente y apretó los labios para evitar que fuera a más.

Pudo sentir la sonrisa de Garret sin tan siquiera verlo.