La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 20. Legados #5
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20. Legados #5

Lo único que había en él era una gran alfombra de color azul marino en el suelo y, en las paredes, retratos que parecían más recientes que los protagonistas de las representaciones que habían visto en el primer piso.

En estos aparecían los hijos del rey, a veces solos y a veces en grupo.

Sage recordó que los actuales monarcas habían tenido siete hijos, cinco varones y dos féminas, pero que «los únicos» que quedaban vivos eran los hombres, al menos oficialmente.

Al llegar al final del pasillo y mirar el último de los retratos, se detuvo en seco y Raven, que iba detrás, chocó con ella. La artillera luchó contra las ganas que le entraron de acercarse a mirar el cuadro con más detenimiento, y no poder hacerlo la frustró sobremanera.

En la placa situada en la parte inferior del marco pudo leer: «Su alteza real la princesa Adelaida Rout de Fiebon y O’Malley».

—Por favor, no os detengáis —los increpó Juliet al ver que los cuatro se habían parado frente al retrato—. No quiero recibir ningún aviso por culpa de vuestra curiosidad. Veréis estos cuadros a menudo, así que seguid avanzando.

Obedeciendo, dejaron atrás el gran pasillo.

Ver ese cuadro había dejado estupefactos a Nasir y Barak, que habían reconocido a la contramaestre, y había servido para que Raven y Sage recordaran que, mientras ellos estaban allí, en el antiguo hogar de Índigo, esta y los demás se encontraban en un océano peligroso e inmenso, rogaban que fuera con vida.

Enfilaron un pasillo pequeño y subieron unas escaleras estrechas y empinadas que los llevaron a los aposentos del servicio.

Juliet se detuvo frente a las dos primeras habitaciones, una frente a otra en otro corredor.

—No está permitido que hombres y mujeres duerman juntos, por lo que...

Sage aguantó las ganas de reír a carcajada limpia.

—... esta habitación será para Farouk y Frederick y esta de aquí para Margaret y Jia Li —continuó la doncella—.

Dentro hay lo básico: dos camas, un aguamanil y el uniforme de repuesto.

Los baños comunes están al final del pasillo a la izquierda.

Como habréis disfrutado de una comida caliente en las cocinas a mediodía, la cena será frugal, un pedazo de pan con queso y un vaso de leche.

Lo recogeréis en la cocina y os lo tomaréis en la pequeña sala del fondo de este pasillo.

Todos los empleados de esta área se acuestan a las diez, sin excepción.

»Esperad aquí, ahora vendrá a buscaros una compañera que os explicará vuestra primera tarea para esta tarde y las siguientes de la semana.

Sin más, Juliet se volvió sobre sus pasos y, antes de desaparecer escaleras abajo, se detuvo. Los cuatro se giraron para mirarla, callados.

—Bienvenidos a palacio y... suerte. La vais a necesitar.

—Deja que al menos te examine.

—Estoy bien, de verdad.

—Contramaestre segundo, será solo un momento. Es por la seguridad del barco.

Arendar suspiró, pero no se atrevió a mirarla a los ojos y Hazel sintió una fugaz pero inmensa satisfacción al ver cómo imponía desde su posición. El hombre dejó sus quehaceres y asintió, sentándose en las escaleras del puente de mando.

El día era tan radiante que lo sucedido la noche anterior parecía un mal recuerdo. Pero había sucedido y, desde entonces, ella no había dejado de hacerse la misma pregunta.

Y examinar a Arendar era uno de los pasos necesarios para encontrar respuestas.

Empezó a sacar el material de la pequeña bolsa que había traído desde la enfermería tras asegurarse de que Vasilak estaba descansando.

Se había desmayado nada más salir del agua y Garret tuvo que llevarlo a la enfermería.

Desde ese momento en adelante, Hazel se había quedado sola con el capitán y, gracias a aquel estado de desfallecimiento, había podido trabajar ágil y eficazmente.

No encontró nada fuera de lo común salvo el agua que aún le dificultaba la respiración y que su temperatura corporal era baja.

Lo giró de lado y, tras unas sacudidas y presión en el pecho, consiguió que la expulsara entre toses.

Luego le retiró la mucosidad, lo desvistió, le puso ropa seca y lo abrigó con una manta para que entrara en calor, y se quedó observándolo.

En ese momento, frente al contramaestre de Rackstorm, la alquimista tenía otros objetivos en mente.

Se lavó las manos a conciencia con jabón y comenzó con el examen.

Su pulso era correcto, al igual que su temperatura.

Le pidió que siguiera su dedo con los ojos, que movió de arriba abajo y a los lados frente a su cara.

Le hizo varias preguntas básicas que después se fueron complicando.

Tenía que comprobar si el canto de las nereidas le había dejado secuelas mentales, y luego anotaría en su diario médico cualquier dato relevante.

—¿Cuántos dedos hay aquí?

—Cuatro —respondió él medio suspirando.

—¿Cuánto es cuatro por siete?

—Veintiocho.

—¿En qué año estamos?

—En el 337 de la era Démocra.

Tras varias preguntas más, Hazel hizo breves anotaciones en su libreta y, tragando saliva, abordó la parte más peliaguda.

—Voy a necesitar un poco de tu sangre para examinarla. —Lo dijo con el tono más neutro y profesional que pudo, para que no se negara, pero tampoco tuviera que explicarle sus sospechas.

—Con todos mis respetos por tus conocimientos y habilidades, no lo veo necesario, pues tan solo estoy agotado.

—Hazel no lo dudaba. Las largas ojeras bajo sus ojos eran una clara muestra de ello y, aunque intentaba aguantar el tipo, se percibía que necesitaba descansar—.

Lo único que recuerdo es entrar en una especie de trance y verlo todo como a través de un pequeño agujero.

Intenté parar mi cuerpo, pero no me obedecía.