La profecía olvidada (Los Diarios de Bhyeria 1) 20. Legados #4
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20. Legados #4

Poniéndose de pie, se sintió extraña en esa nueva altura y se enfrentó a la parte más difícil: despedirse de sus armas, de sus pistolas. Solía llevar siempre seis, de diferentes tamaños y calibres, escondidas por todo el cuerpo. Besándolas una a una, las dejó con el resto de sus pertenencias.

—¿Cómo narices vamos a defendernos ahí dentro? —murmuró para sí misma ante la idea de que los descubriesen.

Luego recordó el arduo entrenamiento al que Neve las había sometido nada más llegar al barco, que seguían practicando cada tanto para enfrentar situaciones como esa. Sonrió ante el recuerdo de Neve instruyéndolas y odió lo que le dolía echar tanto de menos a su capitana.

Raven llamó a la puerta y ella la invitó a pasar. La espía llevaba el mismo uniforme, y verla en un tono que no fuese el típico negro que siempre vestía se le hizo muy extraño.

Ambas parecían unas desconocidas.

—Ya tenemos permiso para atracar, así que bajaremos enseguida.

Sage asintió y vio que Raven se giraba hacia la puerta, como si quisiera asegurarse de algo.

Un instante después, la cogió por el rostro y la besó con ardor, pillando de improviso a la artillera y dejándola sin aliento.

Aun así, se dejó llevar por el momento de chispa entre ambas y abrió sus gruesos labios para la lengua de la espía.

Se puso de puntillas y le rodeó el cuello, y Raven sintió cómo sonreía sobre sus labios mientras sus manos bajaban hasta su trasero.

El estómago de Sage dio un vuelco.

—Nos van a pillar —murmuró, separando un poco su boca para coger aire.

—No sé cuándo voy a volver a besarte, así que déjame disfrutarlo un poquito más.

Sage cerró los ojos de nuevo ante el siguiente beso, el contacto de labios con labios y sus suspiros inundando la estancia, exprimiendo los pocos minutos de libertad que les quedaban.

Bernher los acompañó durante el trayecto a palacio.

La capital era un ir y venir de gente, y no había ni un solo barco pirata a la vista.

Sage entendió entonces lo importante que era la apariencia y que, de no haberla transformado antes de bajar a tierra, habrían sido un blanco fácil.

Iban agrupados, Bernher en cabeza, después Sage y Raven, y, detrás, Nasir seguido por Barak, que cubría la retaguardia.

Antes de desembarcar, Raven los había avisado de que cualquiera podía ser un espía y de que había varias redes de espionaje en la zona.

Cada una trabajaba en su propio interés, pero Neve O’Shea y su tripulación siempre eran un tema interesante que investigar, incluso si provocaban un conflicto de intereses entre espías.

—Hacía tiempo que no veía tanta gente —musitó Nasir y Sage se giró, ofreciéndole una mueca de empatía.

—Yo tampoco y no me tranquiliza.

—Me alegra saber que estamos igual —respondió el médico, en confianza.

—Calmaos —intervino Raven con una naturalidad que hizo sentir orgullosa a la artillera—. Seguid hablando, pero de cosas cotidianas, de asuntos banales. Y cambiad esa cara, que os estáis delatando, por todos los mares.

—Tiene razón, disimulad un poco mejor —intervino Barak sin mirarlos, sus ojos puestos en las calles.

Sage y Nasir intercambiaron una mirada de asombro y, durante el resto del camino, hablaron del tiempo, de las mercancías, de las paradas y tiendas que iban viendo al pasar.

Barak se unió a la conversación, y Raven charlaba con Bernher tan solo unos pasos más adelante.

El grupo no se separó en ningún momento.

Cuando torcieron en la siguiente calle, lo vieron: al final de una gran avenida y sobre una escarpada montaña que daba al mar, el palacio amurallado de Harker Rout, que pareció recibirlos como desafiándolos, retándolos a descubrir los secretos que guardaba dentro.

—Es enorme —musitó Barak y Sage se percató de la molestia en su voz.

—¿Creías que iba a ser como una cabaña en el bosque? —respondió la chica intentando mantener cierto humor—. Míralo de esta manera: si le restas toda la gloria heredada de otras generaciones, solo es... una casa grande.

—¿Una casa grande? ¿En serio? —inquirió Nasir, y Barak puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.

—Intento quitarle hierro al asunto, pero no estáis colaborando en absoluto —soltó exasperada la artillera y continuaron en silencio el resto del trayecto.

Llegaron a las puertas de la muralla, vigiladas por varios guardias.

Bernher se les adelantó y se puso a hablar con uno de ellos, que echó un largo vistazo a cada uno de los piratas.

Fue discreto, rápido, pero Sage se percató de que el capitán del Wendy le pasaba algo al centinela y luego este les hizo un gesto para que lo siguieran.

Los grandes portones chirriaron cuando dos guardias los abrieron empujándolos con esfuerzo.

Bernher se acercó a ellos.

—Mi trabajo acaba aquí. Os estaré esperando en el Wendy y, para cualquier cosa que necesitéis..., ya sabes, jefa. Haced todo lo que os diga ese tío de ahí y vuestra empresa irá sobre ruedas —dijo.

—Gracias, Bernher —contestó Raven, dándole una fugaz palmada en la espalda, y, haciendo un gesto a sus compañeros, añadió—: Vamos, no tenemos todo el día.

Nada más traspasar las puertas se abría un camino que llevaba al castillo, y echaron a andar por él. En cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos de los guardias, Nasir dijo:

—¿Nos van a dejar pasar sin más? ¿Y por la entrada principal?

—Será más natural que intentar colarse por la puerta de atrás sin ser vistos, ¿no crees?

Ante las palabras de Barak, Raven se giró y lo señaló, casi como agradeciéndole que pusiera algo de sentido común.

Sage recordó lo que Raven le había dicho muchas veces, que la normalidad es el engaño más sencillo y eficaz, por lo que añadió:

—Además, recuerda que tenemos la documentación que nos acredita como nuevos trabajadores, nuestras nuevas identidades, por ahora no hay cabos sueltos.

Continuaron caminando detrás del centinela y, mientras avanzaban, la artillera comprobó visualmente el edificio para asegurarse de la fiabilidad del plano del palacio que habían estudiado.

A priori todo coincidía: las entradas y salidas, las muchas ventanas, el número de balcones, todos situados en los puntos más altos, por lo que la caída desde allí debía de ser mortal.

La construcción, levantada en piedra clara, se fundía con el paisaje marino de una forma casi orgánica, muy distinta de los palacios, ciudadelas y castillos de las tierras de donde ella provenía.

El guardia que los guiaba se detuvo ante la puerta principal y, cuando los cuatro piratas lo alcanzaron, entraron a un gran vestíbulo, donde fueron recibidos por una mujer con ropajes refinados y el pelo recogido en un moño apretado.

—¿Son parte de la nueva plantilla?

—Recién llegados de Velora —contestó el guardia mientras los demás se mantenían en silencio.

La mujer abrió un cuaderno y examinó una lista.

—¿Frederick?

Nasir dio un paso al frente, asintiendo, y la gobernanta le indicó que se colocara a su derecha.

—¿Margaret?

Sage imitó al médico y avanzó un paso, y la señora le indicó que fuese junto a Nasir.

—Y vosotros sois Farouk y Jia Li, ¿cierto?

Raven y Barak asintieron y, tras una indicación de su interlocutora, se colocaron con los demás. El guardia se despidió con un gesto de la cabeza y partió para regresar a su puesto.

—Escuchadme con atención. Soy la señora Geldir y así es como deberéis dirigiros a mí —dijo la mujer, cerrando el cuaderno de golpe e irguiéndose aún más, si es que eso era posible—.

Voy a ser rápida y no repetiré vuestros quehaceres.

Los cuatro os encargaréis de la limpieza del ala oeste del segundo piso.

Debéis mantenerlo todo impecable, ya que sus majestades son muy puntillosos.

Recibiréis ciento cincuenta nokdrils al mes y trabajaréis de siete de la mañana a siete de la tarde.

Tendréis una hora de descanso para comer, que variará un poco según las tareas que se os hayan asignado ese día.

Almorzaréis en las cocinas durante ese descanso; los cocineros os servirán una ración que se os reservará.

»Se os entregará un uniforme a cada uno, así podréis alternarlo con el que lleváis puesto. Su limpieza correrá a vuestro cargo, y tened en cuenta que lucir impecables es vital en este trabajo.

»El acceso al cuarto piso está terminantemente prohibido . Si se os ve por allí, seréis despedidos de modo fulminante, sin explicaciones.

»Eso es todo. Juliet os mostrará vuestras habitaciones, situadas con las del resto del servicio.

Todos se giraron y vieron a una mujer algo mayor que ellos esperando pacientemente a que la gobernanta acabara.

—Se os pagará el primer día del nuevo mes y lo haré yo misma en mi despacho, situado al final del pasillo, junto a las cocinas. Aquí no hay lugar para los fallos: al primero, si es pequeño, recibiréis una advertencia, pero al segundo...

«A la calle», pensó Sage.

—... seréis despedidos. Eso es todo. Juliet, acompaña a tus nuevos compañeros y no te entretengas.

La mujer no dijo nada y asintió, girándose sobre sus silenciosos zapatos y comenzando a subir las inmensas escaleras que había al final del recibidor. Los cuatro piratas la siguieron sin abrir la boca y Sage no se cohibió a la hora de observar con detenimiento el palacio.

Era una mezcla perfecta de austeridad y exuberancia, reflejo de su realeza.

Estatuas de mármol en las esquinas, cuadros de escenas regias imponentes, ventanales del suelo al techo con cortinajes de telas con pinta de costosas.

Al girar una esquina en el segundo piso se encontraron con un gran pasillo, aún más amplio que el de la planta inferior, que les dio la bienvenida.